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El dilema de ver o no ver ‘La Casa de Papel’

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No se puede decir en buena conciencia que La Casa de Papel es un mal ejercicio; solo demasiado ligero, tal vez. A nivel técnico, como bien señalan personas observadoras, es una muestra promedio de la calidad y magnitud del entretenimiento español, ese mismo dotado de producción impecable, actuaciones auténticas y realización artística acertada. El furor por esta serie no es tan injustificado: lo que La Casa de Papel hace bien, lo hace increíblemente bien, aunque al estirar más de lo necesario la historia termine presentando personajes de cartón que no encuentran mayor desarrollo que aquel que puede ser adivinado.


Cualquier ser humano latinoamericano provisto de ojos y orejas ha sido bombardeado los últimos dos meses por posts de Facebook, conversaciones, recomendaciones y comentarios sueltos acerca de La Casa de Papel. Es seguro afirmar que no existe cafetería de oficina, reunión de amigos u hogar en los que la pregunta «¿Ya viste La Casa de Papel?» no haya aparecido, mientras el emisor de tal pregunta observa fijamente a su interlocutor, esperando… Juzgando.

¿Qué se puede decir sin quedar como un idiota? Las opiniones están candentemente divididas entre aquellos que jamás habían encontrado una razón para ver una serie que no fuera Narcos, aquellos que se sienten ofendidos porque el mercado objetivo de Narcos se atreve a declarar como obra maestra a la que podría ser una serie común y corriente para el español promedio, y aquellos que le han declarado la guerra al mainstream y juran no poner un dedo en la pantalla para verla porque…

“A todos les gusta, por lo tanto tiene que ser mala”.

Ver o no ver La Casa de Papel se vuelve, entonces, un dilema con repercusiones no solo privadas, sino de estatus cultural fraterno. ¿Qué es lo genial –o rescatable– de La Casa de Papel? Que es una película de acción en pedazos. Desgraciadamente, ese también es su defecto mortal: ser una película de acción en pedazos.  

Hablemos de la serie en sí. España. Tokio (Úrsula Corberó) es una atracadora de bancos fugitiva de la justicia, atormentada por la muerte de su pareja a manos de la Policía. A punto de caer en una trampa, es interceptada por El Profesor (Álvaro Monte) quien la ayuda y le propone una oportunidad. En una locación oculta, ella y una escuadrilla dispareja de criminales tienen una misión: secuestrar la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre para el atraco de sus vidas, tomado como rehenes a una inocente excursión del Colegio Británico. El modus operandi está calculado para contemplar cualquier fallo, pero por sobre todo para pintarles como héroes ante la opinión pública. 

Un objetivo sencillo puede mantenerse perfectamente durante dos horas, especialmente si es una película de acción, donde lo importante es que el tema avance de manera rápida e intensa. Pero teniendo esa cantidad de capítulos –15 divididos en dos partes, más 9 anunciados para el próximo año–, al hipotético calzón narrativo de la serie se le empiezan a notar agujeros. La cantidad de lagunas y cabos sueltos no intencionales en la historia es lo suficientemente grande como para provocar que degrade en la mente de una situación seria a una aventura que bien importa o no cómo acabe. Aún peor, suspende completamente la credulidad y desacelera el interés. 

El Suicide Squad protagonista –aceptémoslo, esto es lo que habría pasado si Suicide Squad se hubiera hecho con más amor y menos pantomima– no es tanto una exploración interesante de arquetipos como una perfecta realización de estereotipos. ¿En cristiano? Son personajes de cartón, que no encuentran mayor desarrollo que aquel que puede ser adivinado, coloquialmente hablando, ‘de dos patadas’. De nuevo, en dos horas no se espera una ópera prima de la psicología humana, pero de cinco capítulos en adelante no es posible desarrollar una historia consistentemente a puros síndromes de Estocolmo, detectives audaces, villanos cultos, genios tímidos o amantes torpes.

Aún así, y para desconsuelo del cultureta promedio, La Casa de Papel tiene cosas muy buenas. Sus personajes, aún si limitados por las ataduras de sus desarrollos, son genuinamente simpáticos donde no pueden ser profundos, especialmente aquellos que se salen un poco del molde. Tokyo, la protagonista “profunda” y atormentada, resulta tan divertida como un puré de papas cada vez que Nairobi abre la boca. La dinámica entre Raquel y el Profesor, si bien predecible, no es menos llamativa. Son personas fantásticamente irreales, pero familiarmente agradables. 

El atraco en sí –imprimir suficientes billetes como para no preocuparse de nada en la vida– apela a nuestros sueños más bobos y juguetones. El pseudodiscurso social de los villanos bendecidos por la opinión popular (y de la audiencia) responde al profundo espíritu antisistema que alimenta tanto protestas nobles como las mas abyectas muestras de intolerancia. Todos estos son temas que merecen ser explorados banal o elaboradamente.

Pero hay que ser realistas: que Tokio y no Nairobi, por ejemplo, sea la protagonista marca la línea divisoria entre lo que vuelve a La Casa de Papel una buena o una gran serie: no se está haciendo preguntas difíciles, no está explorando terrenos interesantes. Es comprensible que por estas tierras una serie ligera pero con un estándar más alto de producción despierte un respeto tremendo, hasta comparaciones con series dramáticas de un nivel superior (hola, Breaking Bad). Y con cultura general suficiente se entiende que estas comparaciones no tienen sentido a nivel fundamental. 

Lo que no se justifica es censurar ese entusiasmo con una urgencia tan indignante. El común denominador está viendo una serie no perfecta, pero que sí demanda un poco más de atención y refina su paladar audiovisual. A veces las personas no quieren ser cuestionadas, solo complacidas. Nuestras listas de Spotify y películas preferidas hablan tanto de nuestras sensibilidades más profundas, como de nuestros placeres mundanos. ¿Son esos placeres solo válidos si se consumen irónicamente o con demasiadas excusas?

Aunque no todos los productos deben ser sometidos a un estándar tan superficial, no es lógico abordar estos entusiasmos masivos como nocivos: son más bien oportunidades de crear intercambios y análisis más profundos sobre lo que consumimos, así como introducciones a trabajos más densos e intricados, pero igualmente disfrutables. Aún si es tan irreconciliable la brecha entre lovers y haters, ¿no es una serie tan polarizante un excitante tema de conversación? 

Hemos perdido la costumbre de estar en desacuerdo para encontrar terreno común frente a la necesidad obsesiva de estar en el lado correcto de un asunto. Ese es ya un síntoma de nuestros tiempos, pero no debería mediar nuestro consumo de cultura pop. No necesitamos más fronteras mentales o prejuicios trendy: necesitamos amplitud de criterio para enriquecer nuestros sistemas de valores, nuestra compasión y nuestros sentido de comunidad. Increíble pero cierto, eso empieza desde juzgar estupideces como una serie de televisión entretenida, pero no perfecta. 

En resumen, ¿vale la pena ver La Casa de Papel? Sí. No es una obra maestra, pero es entretenida, simpática y cinematográficamente bien realizada. ¿Se puede vivir sin verla? Probablemente, pero nadie se merece un trofeo de superioridad intelectual por no hacerlo. ¿Merece una tercera temporada? Respondamos con otra pregunta: ¿el mundo realmente merecía ocho The Fast and The Furious? Pregúntenle a dos personas distintas:  van a obtener dos respuestas distintas. 

Y si en realidad no quieres saber la respuesta, entonces no veás e siguiente video:

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