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Isabel y la belleza de ser

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El último gran trabajo de la primera actriz de El Salvador, Isabel Dada, fue en la película Volar –aún sin estrenar-, de la directora salvadoreña Brenda Vanegas. Dada, una de las pioneras y más reconocidas intérpretes del teatro y cine salvadoreños, falleció este miércoles 14 de junio a los 76 años. Vanegas le rindió este homenaje.

Foto FACTUM/Cortesía Volar


No me ha sido fácil poner en el papel estas letras, estas palabras. Hay días en que las palabras no logran salirse del pecho, ni de la voz, ni de las manos.

Una quisiera elegir los versos más bonitas y las palabras más bonitas  para hablar de nuestra querida Isabel. Chabelita para tantos.

Antes de conocerla de cerquita, como tuvimos mi equipo y yo el gran regalo de hacerlo, sabíamos que era una gran actriz, de sus premios y de su pared llenita de reconocimientos, de lo mucho que todo el mundo la quería y la admiraba. La había visto en alguna obra dirigida por Roberto Salomón y, sobre todo, en las varias veces que vi Los peces fuera del agua de nuestro querido David Calderón, quien también ya está del otro lado del enorme mar de esta vida.

Cuando escribí Volar, pensaba mucho en ella como actriz para que interpretará Esther, así como también pensaba en Patricia Rodríguez para hacer de María. Pasaron varios meses para que pudiéramos dar con ella y tener un encuentro. Le llamábamos a la Radio Clásica, a su casa, le dejamos mensajitos  y así.  Fue gracias a Roberto Salomón y a André Guttfreund que pudimos dar con ella.

“Déjenme el guión,  lo voy a leer y si me interesa la historia entonces hablamos”, nos dijo. Dos días después nos conocimos y empezamos a trabajar en este viaje.

Se había pasado una tarde con una de sus nietas, y de tanto en tanto la nieta llegaba a preguntarle por la historia.  Al final de la lectura, ambas saltaron de alegría porque sí haría el papel.

“Miré mamita, miré … esta es una buena señal: cuando a mí se me enchina la piel es porque sí hay que hacerlo”, decía emocionada. Las veces que a las dos se nos enchinó la piel, no sólo por Volar, sino por compartir la vida.

Yo me quedaba mucho tiempo pasmada viéndola, escuchándola: sus ojos, su risa, su elocuencia hacían que inevitablemente una la quisiera mucho. La quisiera con el corazón inmediatamente.

No conocí nunca a un ser humano tan fiel a sí misma como Isabel. En ella había  poesía en todo lo que vivía y sentía.  No es fácil cuando una persona, una mujer y una actriz así nos deja; su vacío se siente en la memoria, en el cuerpo y  sobre todo en lo que ya no podremos hacer con ella.

Cuando la abrazaba en nuestras despedidas le decía que no se nos fuera a morir, que nos quedaba mucho por contar y hacer. “Vamos a hacer tres películas, nos quedan dos pendientes, mamita”,  me decía con cariño.

Se reía mucho con los textos de Fermina, la película que ha quedado escrita y a la que ahora le falta una actriz. También con pasadas de jovencita, de niña, de adulta: “Ana Ruth (Aragón) me decía: ‘hoy sí, Chabelita, te pelaste con tal o cual cosa'”. Un ser auténtico.

Estaba llenita de pequeñas y grandes pasiones: su amor por los pasteles, -y el dulce de chilacayote-, lo mismo que por los libros y la poesía, por el teatro.  Los intentos de hacer dieta sana y ceder luego a las pastas, los embutidos o cuanta cosa se le pusiera enfrente. Terminaba así ofreciendo la fruta, verduras y semillas que le comprábamos para cuidarla en rodaje. “André, coma esto, te tenes que cuidar. Es bueno, es frutita”, decía.

Porque ademas tenía que llevar la lonchera que se preparaba vacía para que no la fueran a regañar en casa. La necesidad de su leche caliente y sus galletitas antes de dormir, en su habitación llena de libros y de fotos viejas. Niña y mujer. Actriz y persona. Alma y belleza.

Artista de una humanidad bestial y profunda como el mar. Así era ella; me dio recitales de poesía en casa y a mí se me enchivaba la piel al escucharla. Le gustaba aquel poema de amores imposibles entre el mar y la luna. Pasamos muchas horas conversando sobre ilusiones, sobre dolores, sobre amores, sobre fracasos. Ella amaba sin mezquindad a todo y a todos. “Cómo he aprendido de todo en esta vida”, me decía.

El teatro nació con ella, así como al nacer tenía esos hermosos ojos azules. Con tres o cuatro años armaba sus improvisados teatros en casa, y más grandecita, a los seis años, siendo tan decidida en todo, se enamoró por primera vez. Un día tocó la puerta de su vecino y pidió hablar con la mamá del niño. “Le vengo a pedir permiso para casarme con su hijo”, le dijo totalmente segura de su decisión.

Desde siempre supo muy bien lo que quería.  Una revolucionaria y una guerrera. La belleza de su ser lo extendía a todos. Ella amaba, fue una mujer que amó todo, que abrazó todo. Amaba y admiraba a sus compañeros, disfrutaba de su familia y de sus nietos, los programas de radio con su hija Fabiola. “Yo soy la que más aprende. Robi me dice: ‘qué suerte que tenés a Fabiola en ese programa porque vos siempre te vas por otro lado'”.  Y se reía al contarme, pero también con este programa de radio había conocido mucho sobre las profundidades del ser.

Cada cosa era un gran compromiso para ella, nada hacía a medias. Los dolores ya la aquejaban y así viajó a Barcelona para hacer sus últimas escenas. “Yo en Barcelona súper por lo feliz que le hacía a mi madre hacer su trabajo. Recuerdo esa escena en el mar de Barcelona: ella llorando de emoción, todos llorando de emoción y aquel abrazo colectivo”, dice su hija Fabiola.

Recuerdo con mucha gratitud lo mucho que trabajó para el personaje Esther. Mirábamos películas juntas, fuimos a especialistas, a entrevistas, fue un gran compromiso como nadie para hacer su trabajo.  “Esto que estamos haciendo es profundo” me decía, cuando leí un texto que le gustaba.

Un día me pidió que le guardara un secreto: ¨Yo he dicho que me están pagando $5,000 para hacer este papel para que no crean que esto es cualquier cosa. Este trabajo es importante”. La verdad es que  le pagamos ni la mitad de la mitad de eso.

Era de una gracia y de una coqueteria muy genuina, y sus frases la delataban:

“Mamita, mire, ¿no será que Esther se puede poner un labial rojito?”

“Mire, a Esther yo la veo como de unos 70 años no de  75 años, para que lo cambié en el guión”.

“Mire, me va a regañar Ricky (el maquillista) porque él me dijo que no me hiciera nada en el pelo y yo me lo fui a alisar un poquito, pero me lo han dejado bien chirizo, pero yo digo que Esther tiene mucho de no ir al salón”.

Entonces venía Ricky Mina y la regañaba.

“Ay, ya tengo mamá”, decía riéndose, refiriéndose a Ricky.

Isabel es sol. Hay personas que son sol inevitablemente; ella era esto en nuestro rodaje, en el cuartito en el que estaba mientras esperaba sus escenas siempre había risas, secretos y chistes, pero también cuando llegaba el momento de prepararse, su mirada, su postura, su voz, su alma se transforma para dar vida a Esther.

Nuestro sol de rodaje se volvió sol en nuestras vida, y ahora lo será en nuestros más profundos recuerdos para todos aquellos que la conocimos y todos aquellos que la podrán conocer un poquito con su última obra.

Con la película que hicimos, y que estamos a pocos meses de estrenar, estreno que será también un homenaje para ella,  aprendimos que hay muchas formas de Volar y que la muerte es una de ellas. Una contundente, simbólica y poética.

Un abrazo con los latidos del corazón a todo galope de emoción. Que donde estés, querida Isabelita, no te falte el amor, los dulces de chilacayote, la poesía, ni los más bonitos recuerdos de esta vida, y de todos los que nos quedamos acá extrañándote en todo y en tanto.

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