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«How to talk to girls at parties»: la ambigua identidad adolescente del punk

“Everyone leave everyone alone”
– Zan, “How to talk to girls at parties”

Aunque la película es de 2018, recién se ha estrenado en Netlix. Además, «How to talk to girls at parties» no es del tipo de historias que suelen llegar a nuestras salas de cine. Por eso y mucho más, merece una aproximación y un comentario.

[Alerta spoiler: la siguiente reseña revela detalles de la película «How to talk to girls at parties», que forma parte del catálogo de Netflix]


Una verdad maravillosa y absoluta del tiempo en el que vivimos es la presencia constante de distintas identidades que tratan de sobrevivir y vivir en el mismo mundo, tal cual es. Es más difícil que haya grupos culturales invisibilizados en este momento y es así, a partir de la existencia del Internet y gracias a la cantidad de información disponible para una larga cantidad de usuarios alrededor del mundo, aun cuando aquellos todavía sin acceso no estén enterados. 

Hoy hablamos de punk, de identidad LGBTQ y de evolucionismo, encarnados en una sola película: “Cómo enamorar a una chica punk”, terriblemente traducida de “How to talk to girls at parties”.

Y es que hay películas cuyo público demuestra un interés que no parte necesariamente del contenido per se, sino a partir de otros productos culturales generados alrededor del mismo, como es el caso del director de este filme, John Cameron Mitchell. 

John Cameron Mitchell, estadounidense, nacido a la mitad de la guerra de Vietnam, es un escritor, actor y director de cine vuelto ídolo de culto por la comunidad LGBTQ. Se le considera el cocreador del “musical glam rock”, al participar de “Hedwig and the Angry Inch”, la historia de un roquero queer en la Alemania de los años ochenta, que luego se convirtió en una película, protagonizada y dirigida por el mismo Mitchell. El alcance de Hedwig es tan amplio que incluso ya participa como referencia de otros contenidos audiovisuales, primariamente nerdos, como en el caso de “Sex Education”, la serie, en donde los protagonistas, de hecho, asisten tradicionalmente a una convención en honor al musical, caracterizados y todo. 

En el marco de la influencia de Mitchell en una nueva cultura pop, apareció en mayo del año pasado “Cómo enamorar a una chica punk”, que recién acaba de ser agregada al catálogo de Netflix. Su estreno original sucedió durante el Festival de Cannes y ha tenido una respuesta mixta en la crítica especializada. Cuenta la historia de amor entre Enn, un joven punk inglés en una provincia de la Inglaterra de los setenta, y Zan, una extraterrestre de visita en la tierra con un propósito superior. Amor romántico sci-fi ubicado en el punto más álgido del punk… ¡Toma esa! 

Este es el póster oficial de la película «Cómo enamorar a una chica punk».

No nos proyectemos: es una comedia romántica, sin embargo, nada insulsa. Es atrevida y divertida. De ella se agradece el ejercicio de sacar de su zona de confort a cada género cinematográfico.

La sinopsis es la siguiente:

«Enn (Alex Sharp) y sus dos amigos producen un fanzine con pretensiones de mostrarlo a la matriarca de la escena punk en su rancho, encarnada por una decadente –en el buen sentido de la palabra– Nicole Kidman, como la Reina Boadicea, una veterana manager de bandas punk. En esta aventura, los tres chavitos se encontrarán con una casa donde se alberga este extraño movimiento extraterrestre que confunden fácilmente con una secta religiosa de fines caníbales. Ahí conocerán a Zan (Elle Fanning), rebelde, curiosa y permanentemente hermosa. Zan y Enn escaparán durante 48 horas para introducir al alien al mundo real del punk».

Algo hay con la estética de las películas ubicadas en Europa de los años setenta y ochenta que uno identifica  mentalmente en la época plasmada. Tonos verdosos, luces suaves, colores desaturados y fotografía granulosa conviven a la perfección con un tono medio documental de la narrativa, vertiginoso, enmarcado en secuencias recurrentes, como si se tratara de stop motion o polaroids montadas una sobre otra en una sucesión vintage de imágenes fijas. 

De lo mejor de la peli es el casting: Alex Sharp en la vida de Enn, como el protagonista inglés típico, larguirucho, de nariz afilada, malos dientes y mentón débil, como emparentado inevitablemente con Hugh Grant. Elle Fanning como nuestra visitante favorita, una consistente y eternamente juvenil lindura, tan cómoda en su piel que se ve increíble navegando desde lo “rarito-cute” hasta lo más punk de los ‘hoyos funkies’. La participación de Nicole Kidman se antoja más honoraria, a pesar de la importancia de su papel para la historia. Es como ver a una de esas divas clásicas de Hollywood volverse locas. Sin embargo, siempre es interesante ver a una actriz completamente fuera de su elemento. 

Es probable que el mayor contraste de la película radique en el tema visual. Por un lado, se construyen momentos fantásticos entre los actores. Hay una secuencia de montaje durante las primeras horas de Zan en la tierra en la que Enn le muestra la vida, las calles, el punk, las bicicletas, el vandalismo, la transgresión y la belleza de comerse un mismo tomate juntos. Al mismo tiempo se presenta un manejo de la imagen tan desarrollado que logran que sea particularmente romántico que una chica le vomite sin querer a un chico en la boca. 

Por otro lado, el planteamiento de los extraterrestres se antoja muy poco orgánico, poco verosímil, como si de repente hubiera un montaje teatral en medio de una película muy cinematográfica.

No entendemos con claridad que son extraterrestres hasta muy adelante en la película, cuando simplemente los aceptamos. Mientras tanto, podría tratarse de una secta, de la onda Andy Warhol, Edie Sedgwick y The Velvet Underground, en trajes de cuero de colores. Estos mismos aliens podrían representar la introducción de un grupo avant garde con fijaciones sexuales muy específicas y música new wave. Además, se propone un uso muy extraño de animación por computadora representando galaxias, estrellas, moléculas, virus y bacterias, como si se tratara de un ataque de LSD, versión mal viaje, poco logrado.

Sin embargo, hay elementos interesantes, como el diseño de arte, que construye una maravillosa casita del árbol tapizada de dibujos punk; o el diseño de vestuario, en una onda “Jean Paul Gautier meets Teletubbies”. Peinado y maquillaje son fundamentales en este caso, si se piensa en el desarrollo de todas las escenas punk, en escenarios, en música, en una forma específica de ver la vida. 

Es probable que esta historia podría haberse desarrollado en cualquier contexto. Sin embargo, esta escena punk de los setenta en un pueblito de Inglaterra ofrece posibilidades muy específicas. La atmósfera gris de la provincia británica inspira un movimiento rebelde que se manifiesta siendo todo lo contrario: energía, desobediencia, irreverencia, agresividad, todo el significado de “contracultura”. Vemos a Boadicea cazando bandas en hoyos funky y entre más under, parece mejor.

En el apartado musical, “The Dyschords” realiza una aparición honoraria mientras se hacen referencias constantes a los Sex Pistols, Siouxsie Sioux, The Clash, incluyendo, por ejemplo, un personaje con look íntegro de Billy Idol, con su obligatorio soundtrack poblado de estos nombres. Gran momento ese en el que Enn y Zan forman una especie de banda punk cósmica improvisada con una rola que explica todo lo que, al momento, no se ha entendido de la película. Con sus elementos culturales tan específicos, curiosamente, el punk se contempla como parte de la construcción de la actual cultura pop.

#ChangeMyMind

En general, con sus altibajos, «How to talk to girls at parties» es una película muy rara pero divertida, delirante, como en el estilo de la recordada «The Rocky Horror Picture Show», de 1975. Es muy adolescente sin ser boba e ingenua. El mismo director la describe como “la película favorita de una chica de 16 años”.

Uno de los elementos más interesantes del conocido como “cine de autor” es el desarrollo de un punto de vista particular de un contador de historias.

En este caso, John Cameron Mitchell propone planteamientos estéticos relacionados a la música, al punk rock, a una diversidad sexual grosera –sin ser escandalosa– y, especialmente, fuera de la obviedad de hacer sólo películas queer o alineadas con la identidad típicamente concebida dentro de la comunidad LGBT, lo que le ofrece la posibilidad muy efectiva de escapar de los estereotipos, aunque de un fenómeno contracultural muy específico se esté hablando. 

“Déjame mostrarte el mundo a través de mis ojos”, dice una rola de los contemporáneos británicos Depeche Mode. ¡Qué momento histórico para estar vivos! Tan llenos de variedad y diversidad, un momento para levantar el estandarte pronunciado por la Reina Boadicea en la película:

“Evolve or die, love”. 

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