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Hodor, la hora del gigante

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Hasta el episodio del domingo pasado, titulado “The door”, las entregas de la quinta temporada de “Game of Thrones” habían andado entre los misterios que no lo eran –la resurrección de Jon Snow- y el usual acomodo de las piezas argumentales. Había habido, sí, un par de sorpresas visuales, como la imagen de Melisandre, la mujer roja, convertida en anciana hechicera, o la reedición de Daenerys Targaryen como la reina incombustible. Pero no fue hasta el episodio anterior, el quinto de la temporada, que GoT volvió a ser la gran serie televisiva que ha sido en las entregas pasadas. Aquí una breve reseña.


Lo mejor empieza a medio camino, con la escena en que Tyrion Lannister (Peter Dinklage) y Lord Varys (Conleth Hill) negocian con lady Kinvara, una bellísima hechicera, sacerdotisa suprema de la orden del señor de la luz, un arreglo para mantener viva la cintura política de Daenerys, la reina exiliada que no termina de arreglar sus entuertos para navegar con todos los poderes a recuperar el trono de hierro, es decir, el altar mayor en esta historia de metáforas que hablan sobre las bajezas que se revuelcan en los cuchitriles de los siete reinos.

La secuencia es una de esas que se sostiene a fuerza de buenas actuaciones, sobre todo la de Dinklage, quien ya ha hecho de sus gestos y de la cadencia sarcástica con que maneja los diálogos marca de fábrica de la serie.

La actriz rusa Ania Bukstein interpreta a la hechicera Kinvara en Game of Thrones.

La actriz rusa Ania Bukstein interpreta a la hechicera Kinvara en Game of Thrones.

Hasta aquí todo muy bien, pero todo muy cerebral también, que es algo característico en el ajedrez del poder que es “Game of Thrones”. Como he escrito antes al hablar de esta serie: no son solo, ni principalmente, el morbo macabro que provocan las decapitaciones o linchamientos de personajes que pensábamos protagonistas, ni el uso exacerbado, casi pornográfico, de la violencia, es, sobre todo, el manejo de la intriga, que hace de esta serie un thriller político en toda regla. Soy de quienes encuentran buena parte de la gracia en ese juego de poderes, el juego de tronos que tan bien describe Cersei Lannister en la primera temporada: o ganas o te matan.

Hacía falta, sin embargo, el ingrediente emocional, el despliegue de las pasiones.

Es en este quinto episodio que vemos, también, el que parece ser el inicio de la venganza de Sansa Stark, la princesa vilipendiada, violada, humillada por los dos malos más malos de la serie, Joeffrey Baratheon y Ramsay Bolton. Pues la princesa se ha fugado y se ha dado a la tarea de conseguir aliados, de armar ejércitos y de manipular generales para retomar su pueblo, su castillo y pasar por la espada a quienes la humillaron. Ya hay en este personaje un brillo nuevo; un tonito oscuro que empieza a ser atractivo.

Y a 15 minutos del final llegamos al plato fuerte: el ataque de los white walkers a los dominios de la sabiduría y el misticismo en el que Bran Stark, hijo del malogrado Ned, guardián del norte, se prepara, también, para proteger a los reinos del hombre de las fuerzas desconocidas de lo sobrenatural, representadas aquí por un ejército de zombies. Desde Hardhome, el episodio de la cuarta temporada en el que conocimos sobre el ascenso inminente del ejército de los no-muertos, la sub-trama de la guerra entre los bárbaros y la civilización, que se pinta ya como el pasto de la más grande de las batallas, no hace sino ganar terreno en la retina.

Fue como parte de esa sub-trama que “Game of Thrones” volvió a regalarnos su versión más fantástica y grandilocuente: zombies, un árbol místico visto en un vertiginoso plano cenital, hadas, y los amos de los no-muertos que, hoy sabemos, fueron una vez hombres reconvertidos en seres terroríficos para combatir a otros hombres –qué más que esa otra metáfora de la guerra y el poder-, como los elfos y los orcos de Tolkien. Todos enfrascados en una persecución, los unos por vencer el último portal hacia la tierra de los hombres, los otros por detenerlos.

Y luego, Hodor. Supimos ya –sí, hay spoiler, pero no creo que nadie que haya llegado hasta aquí con la lectura no sepa aún de que va esto– que el gigante que ha cuidado a Bran Stark, al que hemos oído repetir mil veces ese vocablo, “Hodor”, es en realidad otra metáfora, hermosa esta: la del héroe cotidiano, menor, discreto que diría Mario Varga Llosa, capaz, eso sí, de cambiar el curso de las cosas sin más argumentos que su lealtad a ese ser débil, el pequeño mutilado, al que el destino le ha hecho cuidar. Hodor es el héroe improbable, uno que no amansa dragones como Daenerys ni convence hechiceras como Tyrion ni ensambla ejércitos como Sansa, es un bondadoso gigante que sin más armas que sus manos y su fuerza sostiene las puertas del infierno para proteger al más débil. Hay mucho cerebro en GoT, mucho cinismo, mucha violencia. Y hay momentos como este: bondad perceptible entre tanto cúmulo de mierda. ¿Qué hay más humano que eso?

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