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¡Hey! Winona: no era necesario que Joyce Byers fuera la más “stranger”

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Mentiría si dijera que no tengo nada en contra de Winona Ryder, la actriz dueña del mayor pedigrí de todo el elenco de Stranger Things. Lo cierto es que antes no le tenía tanta “chirria”, pero después de las irritantes sobreactuaciones que la exprotagonista de “Inocencia interrumpida” y “El cisne negro” ya mostró en la primera temporada, tuve que verme en la obligación de ponerme a la defensiva. Y tal como lo esperaba, Winona volvió a hacerlo fatal, usurpando el papel de “stranger” que más le correspondería a los demogorgones o incluso a Dart, el bizarro demo-dog que Dustin consintió como su nueva mascota.

[¡Alerta de spoiler!]


Hay algo extraño —valga la redundancia— que ocurre con Stranger Things. Entre más analizo con cabeza fría el producto que recibimos, más noto las carencias, fallas, mediocridad y evidentes desaciertos que se escabullen y terminan por perderse, eclipsadas entre el inventario de cosas que sí me cautivan de esta serie de Netflix. Además, entre más se conversa sobre esto con otros fans, más afloran las discrepancias. Lo que yo veo deslucido o barato; otros colegas (de contrastado buen juicio) lo ven como notable o sobresaliente. Y viceversa. Cuesta ponernos de acuerdo.

Y esto me ocurre muy seguido cuando comparto mi opinión sobre el trabajo que la actriz Winona Ryder desempeña en Stranger Things. Con ningún otro personaje me ocurre más que con el de Joyce, la perenne esquizofrénica madre de Will Byers. He intentado explicarle a distintas amistades a qué me refiero cuando digo que lo que Winona Ryder ofrece en Stranger Things es una oda a la sobreactuación. He dicho: «mirá, es que con ella siempre siento como que en lugar de Stevia, lo que se desayuna en el Corn Flakes es cocaína pura». Y lo que consigo es risotadas y una mirada que dice: «Vaya que te cae muy mal la tipa». Y no, no me cae mal. O bueno, ahora quizás ya un poco sí, pero eso no es lo importante. Lo relevante es que costaba sostener y ejemplificar una acusación acerca de cómo es la sobreactuación. ¿Cómo podemos entenderla los que no nos dedicamos profesionalmente a la dramaturgia?

Hasta que, de pronto, fue la misma Winona quien salió a mi rescate. En algo parecido a la vida real (una ceremonia de premios), Ryder predicó con claro ejemplo cómo han sido de innecesarios sus excesos frente a la cámara. Así que…

– Estimada Winona, ¿podrías hacer una demostración de cómo se sobreactúa?

Y entonces ocurrió esto…

Y hasta ahí dejaré mis argumentos sobre esa crítica. Si alguien sigue viendo en Winona Ryder una actuación notable (o si quiera aceptable) solo debe recordar ese video. Y si persiste en su opinión, pues no pasa nada. Seguro se debe a esas “cosas extrañas” que genera la serie.

Pero aún hay más

Como prueba de que no es ‘chirria’ total lo que tengo, debo aclarar que pienso que no todos los problemas de Stranger Things se deben solo a Winona Ryder, por supuesto. Sin embargo, algunos la arrastran (como a todos) hacia el upside down del aprecio. Por ejemplo, la serie tiene el problema de repetir patrones, lugares comunes que ya asimilamos en la primera temporada y que nos vimos obligados a volver a tragar. Volvimos a ver acertijos que debían resolverse: Joyce Byers leyendo las luces en un sistema de alfabeto en la pared (primera temporada) y repitiendo ahora con un mapa (en la segunda). Aunque para ello necesitó ayuda de su nuevo novio, Bob, con quien jamás se desarrolla una química amorosa muy convincente frente a las cámaras. El mayor mérito de Sean Astin —el actor que encarna el papel de Bob— termina siendo su conexión con The Goonies. Porque en realidad ese sigue siendo el éxito de Stranger Things: la evocación a la nostalgia (para quienes vivimos la década de los ochenta) o la imaginación y el deseo de haberla vivido (para quienes no).

En realidad, la historia de Stranger Things es burda como también lo era la mayoría de películas de aventura y Sci-Fi de aquella época. Las cosas ocurren sin explicación alguna, solo porque sí. Un día Mike encuentra en el cesto de la basura a un demo-dog —así lo bautiza él— y de pronto ellos se convierten en los terroríficos villanos de las persecuciones por venir, en los ‘dementores’ al servicio del monstruo mayor. Solo porqué sí, porque es un mundo de “cosas extrañas” y no vale la pena cuestionar demasiado el asunto. No va por ahí la lógica.

Por otra parte, los personajes abusan de los clichés. O de lo contrario, que alguien me explique cuál era la necesidad de incluir un personaje como el de Billy (el hermano bully de la pelirroja Max). Necesitaban un villano de carne y hueso. Ese no podía ser más Steve Harrington, así que se inventaron uno nuevo, uno que vive desconectado a toda la trama y cuya función principal es quitarse la camiseta y mostrar el torso. Ese es Billy-Bully.

La serie es predecible. Ya sabíamos que Eleven regresaría para rescatarlos a todos; ya sabíamos que Will volvería a ser poseído u objeto de una nueva abducción; así como sabemos que es evidente que los monstruos (nuevos o incluso recurrentes) volverán para la tercera temporada.

Lo que nos sorprendió (para mal) fue la inclusión de la pandilla punk de Kali (Eight), la otra adolescente que posee poderes paranormales y que fue objeto de experimentos físicos. La serie la plantea como la “hermana” de Eleven, aunque parece obvio que la conexión ahí no pasa por la sangre. Todo el capítulo siete de la segunda temporada fue una demostración de cómo convertir una serie entretenida y peculiar en una baratija de propuestas comunes que la televisión ya nos ha mostrado repetidamente desde hace años —¿alguien recuerda a la serie “Heroes”?, estrenada diez años atrás— o que nos sigue mostrando cada año —¿quién vio “Logan”, estrenada en este mismo 2017?—. Stranger Things no debe caer en la tentación de narrarnos otra nueva historia de pandillas con poderes supernaturales. No debe perder lo que la vuelve única en los tiempos modernos: es decir, ser antimoderna.

Y aparte de ello, está claro que Stranger Things triunfa porque posee un elenco extraordinario.

Punto.

El talento que brota, por ejemplo, de Millie Bobby Brown (Eleven) suple con creces las penurias histriónicas de Winona Ryder. Es como ver el ocaso de quien ayer fue grande (“The Age of Innocence”, “Girl, Interrupted”, “Black Swan”) por la irrupción de alguien que está destinada a protagonizar las grandes películas del mañana.

Stranger Things tiene asegurada ya una tercera temporada. Y los hermanos Duffer afirman que muy probablemente habrá una cuarta, que sería la última. Pasará algo que ya comenzamos a experimentar: el brote de la malicia en los personajes infantiles, algo que no solo se retrata en los molares de Dustin. Ahora vemos que los niños van creciendo, abandonando la pubertad y comienzan a embarcarse rumbo a la adolescencia, esa edad en la que pareciera que resulta mandatorio orquestar relaciones amorosas, relaciones que podrían quebrar el vínculo que entre ellos ha persistido. Eleven se anima a darle un beso (¡bien dado!) a Mike; Lucas supera su timidez (ya no digamos las diferencias raciales) y baila con Max; al ‘Niño Zombi’ lo invita a bailar una completa desconocida solo por el simple hecho de que había que dejar la impresión de que el único descorazonado tendría que ser Dustin. En dos años veremos cómo las bicicletas serán menos importantes que los chismógrafos, así como nos ocurrió a muchos… y entonces volveremos a sonreír, a recordar y a vociferar lo grande que es Stranger Things por inyectarnos esa nostalgia, muy a pesar de Winona y todo el inventario de fallas. Esas mismas que, como dije al principio, se escabullen y terminamos por perdonar, básicamente, porque somos unos cursis.

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