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Hay que hacer trabajo arqueológico en la plaza Libertad

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En 1992, dentro de uno de sus números, la prestigiosa revista National Geographic presentó un espectacular mapa de los sitios mayas de la región mesoamericana. En esa publicación, la entidad responsable de esos contenidos señaló que sólo en el territorio salvadoreño había unos 3,000 sitios arqueológicos prehispánicos, la mayor parte de ellos ocultos bajo las tierras arcillosas y volcánicas de nuestro subsuelo. Así, en una burda operación aritmética, a cada municipio del país le corresponderían más de 11 sitios con potenciales contenidos culturales prehispánicos.

En 1994, en la zona de Madreselva-Santa Elena, en el municipio de Antiguo Cuscatlán, se produjo el hallazgo de una serie de estructuras y vestigios culturales, mientras se realizaban labores de terracería para la posterior construcción de diversas colonias, residenciales, edificios, sedes empresariales y sedes diplomáticas. Cuando se señaló la necesidad de parar las obras para realizar un trabajo de rescate arqueológico, la empresa procedió a la demolición completa del lugar y, en menos de 24 horas, no dejó ningún resto visible en la superficie del terreno. Así desapareció lo que aún se supone fue la sede de la capital del Señorío de Cuzcatán, el territorio de los pipiles.

Surcos de un campo de cultivo prehispánico, encontrado durante los trabajos de construcción del actual bulevar Monseñor Romero. Foto tomada por Carlos Cañas Dinarte el 11 de julio de 2007.

En esa misma zona, fueron destruidos campos de cultivo sepultados por la gigantesca erupción del volcán Ilopango (ahora lago), en el siglo VI de nuestra era. Ha sido gracias a la arqueología que se han logrado determinar restos de esa erupción en lugares tan lejanos como la Antártida o Turquía, lo que ha permitido dimensionar mejor a la que ahora se considera una de las más poderosas erupciones volcánicas de la historia.

Otras amplias muestras de esos campos sepultados por el Ilopango fueron descubiertas en las labores constructivas de la entrada del parque Saburo Hirao, del bulevar monseñor Romero (exactamente abajo del templo mormón), del Denny´s de la Zona Rosa, etc. Esos campos y demás vestigios arqueológicos han sido localizados a profundidades que oscilan entre los 50 centímetros y 5 metros, bajo capas diversas de tierra laborable y ceniza volcánica o tierra blanca.

Otro atentado contra el patrimonio cultural de todo el pueblo salvadoreño ocurrió con la devastación del sitio arqueológico El Cambio, en la jurisdicción de San Juan Opico, en el que un funcionario del ahora desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura) autorizó esas obras de terracería y construcción, bajo el falso argumento de que aquella zona estaba repleta de “basura arqueológica”. En arqueología, nada es basura, pues todo vestigio material, por muy pequeño o insignificante que parezca, sirve para la reconstrucción y mejor entendimiento de la sociedad que lo empleó en algún momento de la historia. Por esos hechos, ese funcionario -recientemente fallecido- y el empresario dueño de las obras fueron condenados en un tribunal capitalino.

Grabado metálico inglés de un día de mercado en la Plaza de Armas de San Salvador, a inicios del siglo XIX. Al fondo se aprecia la fachada de la última Iglesia Parroquial y primera Catedral de San Salvador. El templo fue destruido por el terremoto del 19 de marzo de 1873. Después, el predio ha sido ocupado por los dos edificios sucesivos de la Iglesia del Rosario. Imagen proporcionada por el coleccionista salvadoreño Ing. Carlos Quintanilla.

La Plaza de Armas de San Salvador, hacia 1840. Dibujo hecho de memoria, en la capital francesa, por el pintor salvadoreño Juan Francisco Wenceslao Cisneros (1823-1878). Imagen proporcionada por el coleccionista salvadoreño Ing. Carlos Quintanilla.

Desfile militar del 22 de junio de 1890. Esa misma noche, esas tropas derrocarían al presidente y general Francisco Menéndez. Se ve la segunda Catedral de San Salvador y los portales del Norte (derecha, ahora La Dalia y Sagrera) y de Trigueros (ahora de Occidente).

Es importante destacar que la arqueología no sólo contribuye a la exploración y reconstrucción de las comunidades prehispánicas de El Salvador. También hay vestigios de las etapas coloniales y republicanas que son estudiados y cuyos restos también abarcan la totalidad del territorio nacional. Así, hay restos coloniales desde islas del golfo de Fonseca, templos del siglo XVIII, imaginería religiosa, catacumbas y diversas estructuras más que merecen la pena ser estudiadas y conservadas. Por desgracia, también hay muchísimos restos que aún permanecen en el subsuelo y se desconoce mucho de sus usos en el pasado, a la vez que otros tantos se pierden por el saqueo indiscriminado y el tráfico ilícito de bienes culturales muebles.

Gracias a la arqueología desarrollada en diversas campañas de trabajo y con la colaboración de expertos internacionales, en los últimos 20 años se ha podido dimensionar mejor la importancia de Ciudad Vieja, el sitio arqueológico histórico donde, en 1528, fue establecido el segundo asentamiento de la villa de San Salvador, a siete kilómetros al sur de Suchitoto. Esos trabajos han permitido hacer sondeos con equipo electrónico para determinar los cimientos de edificios y casas aún existentes bajo muchas hectáreas de campos dedicados al cultivo de granos y pastoreo de animales. Fue mediante la arqueología que se ha sabido que en ese sitio se construyó el primer taller de fundición de metales del territorio ahora salvadoreño, se trabajó la cerámica mayólica con motivos pipiles, se realizaron las primeras ceremonias religiosas católicas y del gobierno hispánico.

También fue gracias a la arqueología que se pudo rescatar un antiguo trapiche colonial de añil en el sitio arqueológico de San Andrés, el cual fue reconstruido en su totalidad y ahora se muestra a los visitantes y turistas. Ojalá se pudiera hacer lo mismo con otros trapiches existentes en Quezaltepeque. También es tarea pendiente la reconstrucción y documentación plena de muchos de los talleres de fundición y forja de hierro que hay en Metapán y otras localidades del occidente salvadoreño, donde hay mucho más que flores, café, volcanes y restaurantes.

Una festividad tiene lugar cerca del quiosco central del parque Dueñas. Al fondo se observan parte de los portales del Norte (ahora La Dalia) y de Sagrera (edificio de madera, con su tímpano en forma de semicírculo). Fotografía postal tomada del archivo el coleccionista y educador estadounidense Dr. Stephen Grant.

Estado en que quedó el Monumento a la Libertad en el parque Dueñas, tras los terremotos y erupción volcánica del jueves 7 de junio de 1917. Imagen procedente de la colección histórica del Lic. José Panadés Vidrí.

Entre 1919 y 1928, las polvorientas calles de San Salvador contaron con un servicio de tranvías movidos por baterías eléctricas, que comunicaban diversos barrios de la ciudad con el centro y Santa Tecla. En la imagen, un tranvía circula por el costado poniente del parque Dueñas. Imagen procedente del archivo el coleccionista y educador estadounidense Dr. Stephen Grant.

En 1539, la villa de San Salvador fue trasladada desde Ciudad Vieja hasta sus nuevos asentamientos en La Aldea (ahora barrios La Vega y Candelaria) y en el valle de Quezalcuatitán (su sitio actual). Desde entonces, un solo predio de la antigua villa y ciudad ha permanecido fijo, con muchos cambios de fisonomía y nombre. Fue plaza del ayuntamiento, plaza del cabildo, plaza de la independencia, Plaza de Armas, parque Dueñas y ahora la llamamos plaza Libertad, nombre con el que también ha sido registrada por la literatura nacional, como ocurre dentro de la pieza teatral “Luz negra”, del escritor Álvaro Menen Desleal.

La plaza Libertad ha sido escenario de motines e invasiones, incendios, revueltas e insurrecciones, golpes de estado, represión de manifestaciones populares, festejos de paz, desfiles militares y escolares, actos populares de compraventa de productos, etc. Desde el 5 de noviembre de 1911, en su centro se alza un ángel que corona a los próceres de la independencia del Reino de Guatemala y su histórico movimiento insurreccional de noviembre de 1811. Esa estructura conmemorativa ya fue dañada por varios terremotos, entre ellos el del 7 de junio de 1917, que obligó a una amplia remodelación y reconstrucción del monumento.

Hasta ese momento, la ciudad de San Salvador estaba un poco más de un metro por debajo de su nivel actual. Hay fotos donde se puede apreciar ese nivel de la plaza Libertad con respecto a sus calles y avenidas adyacentes. Otra forma de comprobarlo es asomarse a la ventana arqueológica abierta en el pasillo interior del ala oeste del actual Palacio Nacional. Un metro más abajo se aprecian los restos del enladrillado de una de las caballerizas del primer Palacio Nacional, que funcionó allí entre 1867 y 1889, cuando fue incendiado para encubrir un acto de corrupción presidencial.

Desde hace 475 años, la plaza Libertad ha sido sitio de intercambio y reunión de la sociedad salvadoreña. En ella se realizaban los tiangues dominicales para comprar y vender frutas, verduras y demás productos traídos desde las localidades cercanas. Además, se festejó la llegada del siglo XX en la última medianoche de 1900 y se produjeron muchos de los grandes eventos salvadoreños de la época independentista y republicana. Además, en alguna ocasión tuvo una fuente colorida al pie del monumento central, cuyas filtraciones de agua hicieron peligrar la estabilidad del mismo. Además, por muchos años ha sido el sitio destinado a la compraventa de productos pirotécnicos usados en las festividades navideñas y de fin de año.

Aspecto de la plaza Libertad en la década de 1970. Nótense el enladrillado y la fuente al pie del monumento. Al fondo se observa el Edificio Comercial, destruido por el terremoto del 10 de octubre de 1986. Fotografía proporcionada por el coleccionista salvadoreño Lic. Jorge de Sojo Figuerola.

Durante siglos, el predio que ahora ocupa la plaza Libertad ha sido escenario de muchísimos eventos (sociales, culturales, políticos, insurreccionales, bélicos) de la sociedad capitalina y salvadoreña en general. Imagen procedente del archivo personal del coleccionista salvadoreño Lic. Jorge de Sojo Figuerola.

Por todo lo anterior, es necesario que levante la mano la arqueología nacional y se apreste a excavar y explorar en ese predio histórico. Es casi imposible que no se vaya a encontrar algún tipo de vestigio valioso para ampliar nuestro conocimiento del pasado común, ese terreno de la historia y de la memoria que nos pertenece a todos los hombres y mujeres de El Salvador. Hacer pozos de prospección o trabajos arqueológicos de gran envergadura en ese predio puede ofrecer la posibilidad de reencontrarnos con diversos momentos de la historia local y nacional. Al fin y al cabo, San Salvador no sólo es un municipio más de los 262 que forman el sistema administrativo nacional, sino es la capital de la República de El Salvador y, por ende, es la ciudad en la que han ocurrido muchos de los principales hechos y sucesos de la historia común, la de todos nosotros, la de aquellos que formamos una ciudadanía ávida por conocer más de nuestro pasado, dimensionar nuestro presente y proyectar de mejor manera nuestro futuro.

Ojalá en esta ocasión, la prepotencia, el cemento y la maquinaria pesada no nos impidan conocer más de nuestra historia. En 1994 perdimos los vestigios de la capital del señorío pipil y no tuvimos ocasión de conocer más de esa civilización que floreció en las orillas de la laguna de Antiguo Cuscatlán. Ahora es cuando debemos rescatar lo que podamos de la herencia capitalina que aún tenemos y lo que desconocemos, porque yacen entre 50 centímetros y 5 metros bajo nuestros pies, pero mucho más lejos de nuestros ojos y mentes.

*Carlos Cañas Dinarte es historiador salvadoreño. Puedes encontrarlo en Twitter como @ccdinarte2010 y en su canal de YouTube.

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