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Habla Teodora: “Sería una falsa ilusión esperar una disculpa del Estado”

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Teodora del Carmen Vásquez recuperó su libertad después de estar encarcelada diez años y siete meses por homicidio agravado, gracias a una decisión de la Corte Suprema. Atrás deja miles de horas de malos tratos, enfermedades y olvido. No espera nada de ese Estado que la condenó y que aún no ha enmendado esa decisión. 

Foto FACTUM/Jorge Menjívar


La Corte Suprema de Justicia (CSJ) le conmutó la pena de 30 años de cárcel porque “existen razones poderosas de justicia, equidad y de índole jurídicas que justifican favorecerla con la gracia de la conmutación”. El dictamen favorable, fechado el 31 de enero de 2017, aceptó las razones expuestas por la Agrupación ciudadana por la despenalización del aborto, quien solicitó el 18 de noviembre de 2015 el beneficio para Teodora Vásquez.

La Corte solo corrigió la plana al tribunal que condenó a Vásquez. La deuda pendiente del sistema judicial es reconocer, atendiendo el fallo la Corte, que irrespetó el principio constitucional de presunción de inocencia, razón por la cual Vásquez estuvo diez años y siete meses viviendo en situaciones precarias en cárcel de mujeres. No es la primera vez que la CSJ conmuta una pena a una mujer condenada por la misma razón, a la misma pena y por el mismo tribunal. A Isabel Cristina Quintanilla se le conmutó la pena de 30 a tres años de cárcel, en 2009, “por razones de justicia y equidad y por considerar que la pena era excesiva, severa, desproporcionada e injusta”.

En esta entrevista Vásquez recuerda el día que inició su calvario. Comenta cómo fue vivir más de cuatro mil días en un sistema penitenciario señalado por violentar derechos humanos básicos por distintas instancias nacionales e internacionales que dan seguimiento a este tema. “El Salvador tiene el mayor hacinamiento en las cárceles en Latinoamérica”, de acuerdo al Instituto Latinoamericano de las Naciones Unidas para la Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente (Ilanud). También relata cómo era compartir dormitorio con 70 mujeres, en una infraestructura diseñada para albergar a 15. Y cómo ser parte de Las 17 y más le procuró seguridad en un recinto donde las mujeres condenadas por homicidio en sus recién nacidos son violentadas de forma física y psicológica.

La entrevista a Teodora Vásquez fue realizada el 15 de febrero, tres horas después de que recobrará su libertad, en la cabina de la Radio de Todas. Fue la primer entrevista que concedió a un medio, justo después de celebrar con su hijo, padres y hermanas el reencuentro.

¿Cómo se siente de haber salido libre?

Tengo el corazón que no me cabe porque llegó el día que tanto esperaba. Me encontré con mi hijo, mis padres, mis hermanas… tenía mucho tiempo de no verlas, por un momento me sentí confundida porque ni las reconocía. Tengo 10 años y siete meses que no las veía.

¿En estos 10 años y siete meses que usted estuvo en cárcel de mujeres no tuvo contacto con nadie de su familia?

Me visitaba una vez al mes mi hermana, Ceci. Y mis padres llegaban dos veces al año. Mi hijo con ellos. Luego había que sacar un poder, como mi hijo es menor de edad, para que pudiera ingresar al centro, a visitarme, pero no había dinero para sacarle ese poder. Las organizaciones me ayudaron para que él pudiera ir y sí, fue dos veces. Tenía tres años de no verlo. Me ha impresionado porque está grande, está lindo, me lo imaginaba más pequeño, chiquito, como yo lo dejé de cuatro años.

Los familiares de Teodora Vásquez esperaron su salida de Cárcel de Mujeres la mañana del pasado 15 de febrero. Foto FACTUM/Jorge Menjívar

¿Cómo se sintió de abrazar a su hijo después de tanto tiempo?

Ayer (14 de febrero), a eso de la 1:30 p.m., me llamaron. Me dijeron que fuera a tomarme una foto. Cuando ya iba de regreso porque se suponía que iba a ingresar al sector, me dijeron que ya no tenía permiso de entrar porque corría peligro mi vida adentro. Yo pensé: Ilógico, ¿por qué voy a correr peligro? “Ya no puede entrar -me dijeron- porque usted  va mañana para su casa, y allá, por envidia o por cualquier otra cosa, le pueden hacer daño”. En ese momento a mí me entraron emociones encontradas: una salir; otra, mis niñas porque para mí ellas son mis niñas.

¿Quiénes?

Las trece que se quedaron allá en cárcel. Tengo conocimiento de que habemos 27, pero estamos  en diferentes sectores. Para mí, ellas son mis niñas, pero no pude despedirme de ellas porque me sacaron y ya no me dejaron ingresar. En eso llegaron Kenia y Ena a despedirse, pero solamente a ellas dos pude ver, y ya me dejaron allí, toda la tarde.

¿Puede describirnos cómo es vivir casi cuatro mil días en la cárcel?

Inexplicable, horrible. Espantosamente horrible. Falta el agua, la alimentación no es la adecuada. La gente está hostigada de comer lo mismo. Tenemos un hacinamiento aproximadamente de tres mil mujeres. Están durmiendo de cuatro a cinco en cada cama, y en el suelo hay hasta diez personas en un espacio, en una sola colchoneta. Ponen una parte de la espalda (en la colchoneta) y otra en el piso. Está llenísimo, creo que es lo más difícil que hemos pasado. Aparte, allá es la autoridad la que decide por uno: qué va comer, qué se va a vestir, si va a tomar agua o no va a tomar agua.

A las seis de la mañana nos sacan de los cuartos para que nos vayamos a bañar. Nos dejan todo el día allí para que agarremos la comida y asistamos a los talleres que tenemos que ir. A las 6 de la tarde nos vuelven a encerrar. El cuarto cuenta con 15 camarotes y estamos 70-75 mujeres en cada dormitorio. ¿Cómo cree que dormimos? Dormimos, porque yo dejé una parte de mi corazón allá. Es espantosamente horrible. En la mañana salen corriendo esas mujeres a buscar agua para bañarse y cuando llegan a las pilas no hay ni una gota de agua; y si de casualidad hay un poquito, pues la que llegó primero lo agarra y no hay para la otra. Para tomar agua, estamos tomando de cisterna, que creo que esa no es preparada para que uno consuma.

¿Se enfermaban mucho allá adentro?

Sí, a algunas les ha dado alergia en la piel por lo mismo del agua sucia que están consumiendo.

¿Usted se enfermó alguna vez?

Me enfermé mucho de la piel. Alergias, diarreas, vómitos. No es que seamos sucias porque cada quien trata de limpiar el espacito que le toca; pero quiérase o no, siempre el humor de una persona, se le pasa a la otra, igual así vamos conviviendo y muy mal. Ahorita, Kenia se puso mal de la piel porque está consumiendo agua de cisterna y de ribete no la echan.

Nos comenta que tuvo relación con 13 mujeres más que están condenadas por la misma razón que estuvo usted ¿Cómo fue compartir con ellas? ¿Las otras mujeres sabían por qué las encarcelaron?

Entré unos meses antes que Cinthya, y con Marina entramos el mismo año. Mayra ya estaba allí, también Cristina, todas ellas, pero ni ellas ni yo sabíamos por qué delitos estábamos. Nos conocíamos, podíamos charlar, pero en ningún momento cruzamos palabras refiriéndonos al delito por el que andábamos.

¿Por qué no hablan de eso?

Porque si se dan cuenta porque uno va, la golpean. A Cinthya, la golpearon. A mí me tuvieron tres meses encerrada en un cuarto, que no me dejaba salir una señora para que no me golpearan.

¿Quiénes las golpean?

Las mismas internas porque usted puede estar allá por cualquier delito: por matar a su marido, por hacer cualquier otra cosa menos por el delito por el que estábamos.

¿Y qué hacen las autoridades de la cárcel cuando suceden ese tipo de cosas?

Nada, no hacen nada.

¿Por qué cree que no hacen nada?

Porque si nosotras vamos donde ellas a quejarnos, ellos nos dicen lo mismo que nos dicen ellas. Recibimos discriminación por parte de las internas, por parte de las autoridades. Por ejemplo en mi caso, solamente tengo un programa psicosocial porque el pasillo administrativo no nos da los programas a nosotras porque no lo merecemos.

A Cinthya le pegaron al nomás entró, pero yo no sabía por qué. En el 2012, una abogada llevaba un listado de mujeres. Ya nos conocíamos, pero yo no sabía que ella (Cinthya) andaba por eso. Cuando nos fueron llamando, todas fuimos y cuando estábamos allá, ella (la abogada) nos dijo por qué nos llamaban y nos quedamos viendo todas. Entonces entró algo así como confianza, como decir no estoy sola, está alguien más que está por lo mismo, que sufre lo mismo que yo. ¿Qué hicimos? Nos empezamos a apoyar.

¿Cómo se dan cuenta las otras reclusas de por qué delito estaban Cristina o usted?

En el momento que caemos, somos el centro de atención para El Salvador. Las cámaras se enfocan mucho en nosotras, entonces lógicamente sale en la televisión. Para cuando nosotras ingresamos había televisión en el penal y las mujeres no se despegaban de ver las noticias. Cuando yo salí en la tele, ellas ya sabían que yo por eso iba, entonces ya me esperaban. Así pasó con Cinthya.

¿Las conocen como Las 17?

Sí, claro. La directora, todo el pasillo administrativo, los jefes, las reclusas nos conocen como Las 17. Saben que tenemos apoyo de oenegés y por eso para ellas ahora nosotras somos intocables, dicen ellas. Pero yo sé que no es cosa de que ellas lo piensen, es Dios. Para mí es Dios él que ha hecho que ellas crean eso.

Teodora Vásquez junto a su madre el día de su liberación. Foto FACTUM/Jorge Menjívar

¿Qué pensó cuando la acusaron de homicidio? ¿Su familia, qué le dijo?

Mi familia no estaba conmigo en el momento que pasaron los hechos. Ellos estaban en Tacuba, yo estaba aquí en San Salvador.

¿Usted estaba trabajando?

Sí, ellos en ningún momento se dieron cuenta en el instante. Ellos se dieron cuenta por medio del televisor, de las noticias. En ese momento que ellos me vieron fue que se preocuparon por mí y empezaron a ver cómo hacían para tener contacto conmigo. Mis padres siempre me han seguido y yo he tenido siempre el apoyo de ellos, independientemente adónde esté. Cuando tuve la oportunidad de ver a mi mamá, las únicas palabras que me logró decir porque ya no se pudo más: ‘Hija, siempre vamos a estar con vos, siempre voy a creer en tu inocencia, en que no sos culpable de lo que te acusan y por ahora enfréntalo, enfréntalo porque no podemos de otra’. Hicieron lo que pudieron, pero lastimosamente no se logró nada para ese entonces.

¿Usted recuerda qué pasó el día que la detuvieron?

Sí, lo recuerdo todo. Yo trabajaba en el Liceo Canadiense, en el cafetín, de acá del centro de San Salvador. Tenía nueve meses de embarazo. Estaba muy contenta, mis padres tenían conocimiento. Ese día fui a comprar a La Tiendona. Como a eso de las 5:30 de la tarde me empecé a sentir mal y yo le dije a una compañera, que por cierto fue a la audiencia a testificar, le dije: “¿Sabes qué? Yo me siento mal, siento que me duele la espalda, me voy a acostar un rato”. ‘Andate’, me dijo ella y me fui a acostar. Estaba acostada y se hizo noche y yo me sentí más peor, entonces agarré el teléfono y empecé a marcar al 911 porque cuando me quise parar, yo no podía caminar de los grandes dolores que sentía.

Pensé: yo sola no me voy a poder ir para el hospital. Preparé mi maleta como pude y le pedí dinero a mi jefe, y ya tenía todo organizado. Como pude me fui caminando hacia la puerta, para la salida. Cuando llegué, me senté en una barda a esperar y seguí marcando al 911. Una mujer me contestaba y me decía: ‘Ya vamos, ya vamos señora, adónde está’ y les daba nuevamente la dirección. ‘Ya vamos, ahorita estamos ya llegando’. Mentiras, nunca llegó. Yo creo que ni siquiera le dijo a nadie.

Mi hijo tuvo que nacer allí porque no hubo otra opción y nació muerto y lastimosamente nació en el baño. Me levanté, salí del baño rápido, le fui a decir a mi compañera “mirá, me pasó algo, necesito que vayas conmigo al baño…” (empieza a llorar). Cuando yo iba con mi compañera al baño nuevamente, ya iba la policía para el baño y dijo el policía: ‘¿Quién fue la que hizo eso?´ “Yo lo dejé”, le dije. “Ahorita voy para allá”. Entonces me dijo ‘pues no tenés por qué acercártele porque ahorita te quedas detenida, porque mataste a tu hijo’. Y me esposó. Me subieron a un pick up y me llevaron a bartolina. Así fue mi captura. Hasta como a las 12:00 del medio día me ingresaron a un hospital de maternidad porque ya me les iba a morir en la bartolina, porque me estaba yendo en sangre, mucha sangre, más que tenía anemia.

¿Cuándo la acusaron de homicidio?

Ese mismo día, se suponía que era por aborto, pero cambiaron a homicidio agravado.

Teodora Vásques durante la entrevista con Factum el 15 de febrero de 2018, tres horas después de salir de la cárcel. Foto FACTUM/Jorge Menjívar

¿Usted espera que el Estado se disculpe públicamente por haberla condenado por un crimen que no cometió?

La verdad no, porque mi pueblo es orgulloso ja, ja, ja. Me incluyo yo porque igual soy salvadoreña. Sería una falsa ilusión que me hiciera, no espero nada, lo único que ya soy libre.

¿Espera algo del Estado?

Ya estoy fuera y por ahora que me dejen hacer lo que quiero, eso es todo. Obviamente, no soy una  delincuente, soy una persona que me he reintegrado a la sociedad, con deseos de luchar, de preparar a mi hijo porque quiero que sea profesional.

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