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Ha de ser jodido abortar

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No alcanzo a imaginarme cómo ha de ser el drama de una mujer que, tras ser violada o haber sido usada para prostituirse bajo amenazas, no tenga opciones de elegir si resulta embarazada. Dar a luz un ser que no pidió, que no buscó y que, al contrario, es engendro de un violador o de cualquiera de decenas de hombres que pagan por sexo. Y cómo ha de ser también el dilema vital de una mujer que planeó y esperó tanto para quedar embarazada, pero ahora peligra su vida porque su cuerpo no va a soportar toda la etapa de la preñez. No creo que para una mujer sea motivo de fiesta despegarse carnalmente de un ser que lleva dentro. No creo que las mujeres tengan como deporte embarazarse para luego andar abortando a diestra y siniestra. Ni tampoco creo que una situación tan complicada en cada caso individual deba tener una misma respuesta, tajante e impuesta.

Entiendo que, en la mente de las feministas más radicales, esta columna de opinión solo debería existir y ser válida si yo fuera una mujer. Porque qué sabe uno como hombre -que no es mujer, pues- para hablar por ellas, como ya me dijo una cuando tuve la osadía de escribir desde la masculinidad sobre las mujeres futbolistas. Pero, bien, me da igual. Y es que veo congruentes las luchas de muchas mujeres en El Salvador sobre el derecho al aborto, sobre la despenalización de cuatro situaciones en las que el aborto debe ser una alternativa legal para las mujeres. Porque hay una realidad detrás que las respalda. No son inventos ni estrategias ni campañas del fulano George Soros, quien según los recalcitrantes pro nacimiento es la persona que paga mi salario para que yo apoye a miles de mujeres que sufren un sistema judicial injusto y son revictimizadas una y otra vez. Mujeres que solo cobran importancia -negativa- para esta sociedad cuando exigen su derecho a elegir. Pero reciben a cambio el silencio o la condena cuando son violadas, prostituidas, no tienen los recursos para mantener a un hijo ni tampoco para cubrirse un tratamiento médico cuando sus embarazos son de alto riesgo.

En El Salvador es jodido vivir. Ni hombres ni mujeres nos podemos dar por exonerados de la violencia criminal y asesina. Ni de ser víctimas ni, lamentable esto, de ejercitarla. Sufrimos todos los días la inseguridad. Y las mujeres tienen el panorama negro, también, cuando son víctimas de violaciones y, encima de eso, este país les niega el derecho a abortar, a tener que pasar por un proceso complicado en el que se necesita tratamiento psicológico o psiquiátrico para sobrellevar la victimización, y atención médica y, sobre todo, comprensión.

¿Qué país hemos hecho todos juntos? En 2012, la Organización Panamericana de la Salud llamó la atención a El Salvador para que se preocupara por las violaciones sexuales contra niñas, y no solo porque las niñas son las principales víctimas de las agresiones (84 por ciento solo en 2010, según la OPS), también porque son víctimas de embarazos no deseados. Los números de 2010 le sirvieron a la organización para hacer algunas conclusiones en un informe de 2012. Con “26,662 embarazos en niñas y adolescentes de entre 10 y 19 años”, cruzados con los porcentajes de violación contra menores de edad, “se puede concluir que el embarazo precoz en niñas y adolescentes no es decisión propia y está asociado a la violación sexual”.

Las tendencias, años después, no han mejorado. Al contrario. En 2017, la Policía Nacional Civil recibió 3,290 denuncias sobre delitos contra la libertad sexual*. ¿Adivinan quiénes fueron las principales víctimas? Mujeres, menores de 17 años, y en su mayoría: niñas (91.15 por ciento de los casos). Los datos de 2018 están inclinados a finalizar el año con un incremento en las violaciones sexuales contra este mismo sector de edad de las mujeres.

Nunca he pensado que las mujeres se despiertan una mañana y dicen: hoy me dejo embarazar o me dejo violar y voy a abortar dentro de dos meses, porque soy una asesina. No creo que planifiquen abortar como una meta de vida. Ni creo que lo busquen como para ponerlo en su currículo: licenciada en la universidad tal, he trabajado aquí y allá, con mucha experiencia y, ah, sí, lo olvidaba, orgullosa abortista de bebés. Qué escenarios son los que inciden para que una mujer tome la decisión de no continuar con un ser dentro del suyo. O más bien se puede tratar de una sucesión de infortunios que desencadenan en escenarios lesivos para la naturaleza femenina. En cualquier caso, los derechos de las mujeres no pueden ser menos válidos que los de ningún otro ser humano.

¿Por qué el Estado salvadoreño no les da el espacio a estas víctimas y a sus familias de poder decidir si en realidad quieren gestar un ser no deseado ni planificado dentro de sus cuerpos? ¿Quiénes creen que una mujer puede ser violada y luego no tener ningún problema con parir un ser que no pidió? ¿A quién le parece genial la idea de que una niña puede ser víctima de trata, de prostituirse bajo amenazas, y luego deberá aceptar con felicidad que quedó embarazada de alguno de las decenas de hombres que la utilizaron? A las chicas que se muestran en las campañas y que han salido a marchar para pedir que se mantenga prohibido totalmente el aborto en El Salvador me gustaría preguntarles eso: qué pensarían si ellas fueran las que estuvieran detrás de esas cifras macabras de violación y de embarazos producto de abusos sexuales.

La Sala de lo Constitucional estableció en 2017 que el derecho a la vida del ser no nacido en ningún momento es absoluto, que cada caso debe ser ponderado individualmente, porque el derecho a la vida de la persona por nacer no debe imponerse en ningún momento sobre el derecho a la vida de la madre. Y en caso de que llegue a ocurrir una colisión de derechos, las leyes deben dar la pauta de acción. Pero en El Salvador el aborto es prohibido y sancionado con severidad, y no tiene ninguna excepción. Y los diputados de la Asamblea Legislativa están lejos, tanto en su voluntad como en su capacidad mental, para ponerse a legislar sobre este problema.

El dolor que ha de significar para una madre perder a un hijo durante el embarazo por complicaciones de salud es un drama que está más allá de mi comprensión. En El Salvador estas situaciones les pasan a menudo a muchas mujeres, a muchas jóvenes, a niñas inclusive. Y el Estado no las asiste. Al contrario, las castiga.

Este es El Salvador. Un debate válido y que debe ser en lo fundamental científico-jurídico, abordado con protagonismo por las mujeres víctimas, médicos, abogados de alto nivel, psicólogos, trabajadores de la salud en las comunidades, y acompañado de opiniones con sustento de la sociedad entera, se ha degenerado y ahora parece un revoltijo al mejor estilo salvadoreño, una situación polarizada como tanto les encanta a mis paisanos: o Arena o el Frente, o Real Madrid o Barcelona, o pro vida o pro aborto. Una completa idiotez.

Este 28 de septiembre, decenas de mujeres se congregaron afuera del Centro Judicial Isidro Menéndez para exigirle al sistema de justicia salvadoreño que se reconozca que la decisión sobre el cuerpo de las mujeres es asunto personal. Foto FACTUM/Gerson Nájera

Qué mal el Colegio Médico de El Salvador que hace meses dio una postura más cercana a los dogmas religiosos que a la ciencia. Deberían repensar su profesión, ¿no creen? Tan mal que ni siquiera consultó a la sociedad de ginecólogos y obstetras salvadoreños, quienes ya hablaron sobre la validez del aborto en ciertos casos, desde la perspectiva médica científica y psicológica. Ellos tuvieron que pronunciarse por aparte para corregir a la gremial mayor.

Me deprimió ver a diputados referirse a las víctimas de violaciones sexuales, de trata, a las mujeres con embarazos con graves complicaciones, como una “minoría” que quiere cambiar los valores de la sociedad salvadoreña. Dejen de practicar la imbecilidad, diputados. Esas mujeres son víctimas de crímenes graves y lo que menos necesitan es que ustedes, que solo se acuerda de que hay pobres cuando hay que pedir votos, les sigan acumulando calificativos negativos.

Hasta personas que en sus perfiles de redes sociales dicen que son periodistas se han convertido en afanosos activistas de prohibir en su totalidad el aborto en el país, más por creencias que por certezas. También deberían repensar su oficio. O al menos no mentirle a la sociedad con eso de colgarse el nombre de tan ensuciado oficio.

El año pasado escribí una columna precisamente para hablar sobre la hipocresía y las contradicciones argumentativas de la visión autocalificada como pro vida. Pero también pienso que el oportunismo no se vale cuando se trata de los derechos y de las violaciones a esos derechos.

La exdiputada del FMLN Lorena Peña fue presidenta por dieciocho meses de la Asamblea Legislativa, y terminó su período el 30 de abril de 2018. Durante los otros dieciocho meses fue la primera vicepresidenta. Peña tuvo tres años completos para presionar en el congreso sobre las cuatro causales para eximir a las mujeres del delito de aborto, que decía que ella apoyaba. Pero lo vino a hacer con mayor ruido en las últimas semanas, justo cuando ya no tenía nada que perder electoralmente y cuando se sabe que promover reformas de ley de esta significancia, en el ínterin entre la elección de diputados y las últimas semanas de una legislatura, lleva a situaciones de inconstitucionalidad. Podría ser hasta increíble que el exdiputado John Wright, de derecha, tuvo más entereza para proponer y dar seguimiento a excepciones al delito de aborto en medio de aquella legislatura que finalizó.

Pero no solo en la arena política, también en las luchas de la calle se cuecen habas. Muchas mujeres de los movimientos feministas y las organizaciones de protección de los derechos de las mujeres se han emocionado con las manifestaciones de las argentinas, quienes han logrado llevar a discusión del congreso el tema del aborto legal a plenitud. Distinto al caso salvadoreño, en el que lo que está en discusión -paralizada, por cierto- son las causales de exención del delito de aborto: por embarazos producto de la violación sexual, de ser víctimas de trata, de estar en riesgo la vida de la madre, de que la vida fuera del útero sea inviable y cuando se trate de niñas que resultaron embarazadas por relaciones sexuales con mayores de edad, ya sea por estupro o por, también, violación.

Esa definición, pienso yo, es la que hace falta. Si bien se percibió orden de ideas en un principio, cuando el tema llegó a la Asamblea Legislativa, haber puesto los ojos en las realidades de otros países distrajo la atención. De no ser por los discursos que escuché el pasado 28 de septiembre de algunas organizaciones que siguen con la puntería fija en las cuatro causales, bien definidas, podría decir que la lucha social de las mujeres por la despenalización del aborto se convirtió en una ensalada en que ya no se entiende si lo que se quiere es la abolición completa del delito, es decir, el derecho pleno de abortar sin causales de por medio. Si fuera así, esa quimera entonces está mucho más cuesta arriba que las causales de despenalización y necesita discusiones y reflexiones todavía mucho más profundas que solo salir a la calle.

En este drama salvadoreño, como suele pasar, cada uno se refugia donde mejor se siente, donde más conviene, o donde les dicen que tienen que estar, aunque no sepan ni jota de lo que se discute. Las únicas olvidadas, como siempre, son las víctimas. Nadie se pone en sus sandalias. Resulta incómodo, supongo. Para qué imaginarse cómo ha de ser sufrir una violación y resultar embarazada si eso nunca les va a pasar. Para qué tratar de buscar empatía con una mujer que fue prostituida a la fuerza y quedó embarazada, si eso jamás les va a suceder. Si nunca en estos años en que fueron niñas sus abuelos o sus padrastros o cualquier familiar o cualquier amigo de la familia las violó y quedaron embarazadas, para qué tener que esforzarse en comprender esa situación. Para qué molestarse en aprender un poquito de la ciencia médica y conocer que existen complicaciones clínicas que ameritan la interrupción de un embarazo.

El primer paso para resolver un problema es aceptar que existe ese problema. Ya suficiente se ignoró a estas víctimas. No se les puede seguir viendo como una minoría. Ni mucho menos atreverse a llamarlas asesinas de sus hijos con tanta ligereza e ignorancia. No se trata tampoco de ganar o perder. Ni de derechas ni de izquierdas. Ni de religiosos ni de ateos. Necesitamos un debate entre interlocutores bien informados y menos fanáticos de posturas.

La discusión no debe ser interferida por las creencias personales de diputados que están más perdidos que Ciro Cruz Zepeda en Alcohólicos Anónimos. Ni por la decisión que se tome en la dirigencia de un partido político. Ni por las influencias de los grupos de poder que representan una u otra corriente ideológica. Las mujeres que son víctimas de crímenes no pueden quedar olvidadas y mucho menos deben estar obligadas a procrear hijos que no pidieron fecundar. Tampoco deben estar obligadas a abortar en todos los casos. La ley, como a todos los ciudadanos, debe ofrecerles opciones dignas para sus situaciones lamentablemente extraordinarias.

Ha de ser jodido abortar. Conozco a mujeres que han pasado por esos pasajes oscuros en sus vidas. Hoy tienen que llevar a cuestas su pasado en el que fueron abusadas y abortaron. Otras guardan con gran tristeza los recuerdos de un hijo o hija que no pudo ser, porque las complicaciones de salud generaron un escenario en el que tuvieron que interrumpir el embarazo con un legrado. Son problemas de mujeres de los que no puedo abstraerme solo por ser hombre. Compartimos, todos, la humanidad. Suficiente sufrimiento han tenido ellas en sus vidas para que cualquiera venga, sin ninguna autoridad moral, a ponerles la etiqueta denigrante que se le ocurra.

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