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Guatemala: la casta de las niñas inflamables

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¿Quién lanzó el fósforo? ¿Quién puso el candado en el salón? ¿Por qué entre las sobrevivientes hay, al menos, nueve niñas embarazadas? ¿Quiénes escucharon los aullidos y se quedaron cruzados de brazos mientras las niñas ardían? Van surgiendo las respuestas, a pesar de la opacidad de la Presidencia de Guatemala. Las investigaciones avanzan y ya hay tres funcionarios detenidos señalados por homicidio culposo. Pero hay otra pregunta incómoda: ¿Por qué esas niñas llegaron a este lugar? ¿Por qué no se escucharon las denuncias previas?… Porque ellas eran parte de las invisibles, las desechables, las inflamables.


Fotos Plaza Pública/Simone Dalmasso.

Está en primer plano. Su rostro se dirige a la cámara, es una máscara calcinada con la boca a medio abrir. Es el grito. Tras ella, en segundo plano de la foto, hay un montículo de torsos cabezas piernas brazos pies. Cuerpos retorcidos que se cubren entre sí, que quedaron detenidos mientras pretendían escapar del fuego. No se alcanza a ver alguna puerta cercana. Pareciera que las niñas se acurrucaron: derrotadas. Algunas lograron salir vivas, muchas han ido muriendo en los hospitales. En cinco días la cifra ha llegado a 40. Este no es el número definitivo.

Fue el fuego que estalló el 8 de marzo el que provocó, por fin, que se empiece a cuestionar en serio, con firmeza, al sistema de protección de la niñez de Guatemala. Es este mismo fuego el que, ¿por fin?, despertó la indignación de un sector del país y el que ha impulsado a las organizaciones relacionadas con la niñez a elevar aún más la voz. El Hogar Virgen de la Asunción era una bomba de tiempo a la espera del chispazo.

Foto de Simone Dalmasso/Plaza Pública.

Desde 2013 hubo denuncias y publicaciones en prensa sobre la situación de los niños bajo protección estatal (se acusaba a los encargados del hogar por maltratos, de dar comida en mal estado, de abusos sexuales, y de trata). Saltaban las alertas, pero todo seguía más o menos igual. ¿Por qué? Porque esos niños no importaron a los gobiernos de turno o a la sociedad que leía las notas. Porque en Guatemala no requiere mucho esfuerzo ocultar la precariedad, la exclusión, el abandono, la situación en la que viven cientos, miles, millones de personas –no sólo los que viven en estos hogares. No se necesita esconder la desgracia en un país que se niega a verse a sí mismo.

Ahora hay estupor e indignación por el incendio macabro y por las declaraciones de lo que sucedía en este espacio creado para proteger a la niñez en situación de vulnerabilidad: pequeños abandonados, algunos huérfanos, niños que huían de casas cuyas madres solteras eran incapaces de alimentarlos, chicos maltratados, chicas violadas por sus propios padres, niños y adolescentes sin oportunidades que eran presa fácil de las pandillas voraces. Entonces, los juzgados ordenaban al Estado protegerlos. Y el sistema los arrastraba, los vertía, los hacinaba: más de 700 niños en un espacio con capacidad para 400 (no hay cifras exactas). Un presupuesto miserable, con personal insuficiente o poco calificado, directores sin experiencia y altos funcionarios ocupando los cargos por pagos de favores. El hogar de protección era un lugar más peligroso que la calle o que las casas donde los abusaban, porque de allí no podían huir.

El 7 de marzo los chicos se amotinaron, algunos intentaron escapar, y un grupo de las adolescentes fue encerrado en un salón. Hasta ahora las declaraciones oficiales dicen que las mismas niñas encendieron el fuego, todo indica que por varios minutos los policías y los monitores ignoraron sus alaridos pidiendo auxilio.

El edificio estatal ha sido clausurado, y a velocidad vertiginosa los menores fueron devueltos a sus familias o han sido trasladados a otros hogares estatales y privados; las chicas que sobrevivieron al incendio resisten en los hospitales o sus cuerpos esperan para ser reconocidos en la morgue. Hay tres funcionarios detenidos, a pesar de que hasta ahora el presidente Jimmy Morales había hecho todo lo posible por descargar de responsabilidad a los suyos, e hizo malabares para desviar la atención de la ciudadanía.

Muchas familias aún buscan los cuerpos de sus hijas calcinadas. Foto de Simone Dalmasso/Plaza Pública.

Porque si algún crédito se le puede dar al presidente de Guatemala es el de su destreza para decir lo que una buena parte de guatemaltecos quiere escuchar. Antes de su meteórica llegada a la Presidencia sabía hacer reír con los chistes más burdos; luego, en campaña electoral, supo engolar la voz como pastor evangélico, apelar al nacionalismo más barato y añejo, y subirse a la ola de la “anti política”. Ahora, su discurso después de las llamas se ha concentrado en desviar la atención de la responsabilidad del Ejecutivo y de la Secretaría de Bienestar Social bajo su mando.
Morales batea hacia otras instituciones como el Organismo Judicial o la Procuraduría de Derechos Humanos y declara: esas jóvenes estaban en “conflicto con la ley”. El presidente apela así al subconsciente colectivo linchador del ojo por ojo, de la pena de muerte, de “los malos” pueden y deben arder, y al “sus familias no los cuidaban”; criminaliza, responsabiliza, hace que las miradas de “los buenos” vean con reproche y señalen con dedo acusador a las familias que ahora organizan funerales. Jimmy Morales desempolva la vieja estrategia de construir un enemigo, de destruir al otro: hay muertes que se pueden justificar, hay personas culpables de su propia muerte. Estas niñas revoltosas y sus familias descuidadas se lo buscaron.

Su discurso cae como semillas en tierra fértil. Guatemala es un territorio de pólvora y el Estado es un monstruo de cartón que sirve para enriquecer y proteger a algunos y para aplastar e ignorar a otros. Un Estado colapsado cuyos gobernantes son incapaces de prevenir, y que consideran las cárceles, los psiquiátricos, los hogares para ancianos, lo refugios para niños las últimas cloacas de la sociedad.

Cada 7 de diciembre se celebra en Guatemala “la quema del diablo”: se saca de casa toda la basura acumulada durante el año y al atardecer se enciende una hoguera donde arden los malos recuerdos y lo que ya no sirve. El fuego, ese elemento mítico de muerte y purificación. Los incendios han dejado cicatrices en la historia nacional; el que achicharró a estas niñas no es el primero.

En 1960 se incendió el hospital psiquiátrico, donde murieron más de 150 personas –entre enfermos, criminales e indigentes-; en 1980 el incendio de la Embajada de España, por el que murieron 37 personas calcinadas, 22 campesinos, 8 diplomáticos y cinco estudiantes, y sobre el que por muchos años se aseguró que los mismos campesinos se habían inmolado. Los fuegos de la guerra que incendiaron iglesias, escuelas, ranchos con personas adentro. De estos fuegos quedan las brasas encendidas, tizones que nadie se preocupa por apagar, a la espera de un nuevo acceso de rabia o de un estúpido y brutal intento de apagarlos por la fuerza, con gasolina, o con candado…

El denominador común de estos fuegos es que algunos en Guatemala justificaron y siguen justificando la tragedia. Estos fuegos se relacionan porque aún hay guatemaltecos que piensan que hay quienes merecen morir entre las llamas; se relacionan porque el Estado tiene un papel protagónico (por negligencia o por haberlo encendido); y tienen en común que en muchos casos quienes murieron eran los que una parte de la población considera el “otro”: los enfermos, los campesinos, las niñas pobres…

#FueElEstado dice la etiqueta en las redes sociales, y saltan unos en defensa de este ente acéfalo y gelatinoso. El humo impide ver la responsabilidad de los funcionarios que asumieron cargos por compadrazgos y pagos de campaña, el calor impide ver que detrás del Presidente (los Presidentes de la historia) está el capital de los financistas que juegan al ajedrez con gobernantes y contubernios corruptos para hacer negocios con éstos.

Acompañamiento funebre de una de las víctimas que murío calcinada en el incendio en el Centro Hogar Seguro Virgen de la Asunción en Ciudad de Guatemala, Guatemala.
Foto PubliNews/Oliver De Ros.

Parece imposible reconocer que esas niñas quemadas, como sus madres y sus abuelas, nacieron con las cartas marcadas de la fatalidad, en un círculo vicioso –de pobreza, de abusos, de violencia-, en la imposibilidad de salir del barranco. Para algunos en Guatemala hablar de desigualdad, de exclusión, de racismo, de machismo es una herejía.

Es más cómodo guardar silencio ante los debates sobre cambios estructurales al sistema –como las propuestas a reformas en el sector justicia estancado en el Congreso-, de reformas fiscales -estancadas ad eternum. Es más cómodo callar que hablar de educación sexual y reproductiva –en la que sectores religiosos y conservadores se encargan de poner zancadilla a cualquier política relacionada. Pretender que el Estado garantice la salud y la educación, lo más básico, a esos grupos vulnerables es una utopía para algunos y una consigna comunista para otros. Y es que para algunos estos silencios funcionan relativamente bien, excepto cuando hay una tragedia, excepto cuando se enciende el fuego. Pero los incendios se aplacan.

En medio del caos administrativo, casi una semana después del fuego, algunos padres continúan deambulando desesperados entre hospitales, morgue y la secretaría ahora descabezada en busca de sus hijas. Aún no hay certeza sobre la identidad de algunos de los cuerpos. Un comando de voluntarios (la mayoría mujeres) pone orden y acompaña a las familias desamparadas, perdidas en la burocracia y la angustia, porque las instituciones poco hacen. Los cuerpos de las niñas son llevados a sus pueblos y sus barrios de origen, se arman coperachas para pagar los funerales, saltan campañas para comprar lo más básico, apelando a la bondad y la caridad de todos. Poco a poco los rostros de los niños y los nombres de las niñas quemadas dejarán de ocupar los titulares.

Quedará para la historia la foto de las niñas carbonizadas, como quedaron la del psiquiátrico y la de la embajada. Quizás esta vez haya justicia –algunos engranajes se mueven, como el del Ministerio Público. Pero, conociendo la historia, hay poca esperanza de que esta vez sepamos ver que agazapadas detrás de la pila de cuerpos carbonizados hay miles de niñas en una fila infernal. Hay una casta condenada al olvido. Porque ignoramos las señales del humo. Porque nos negamos a ver a las niñas y mujeres más vulnerables, a los indígenas, a los otros, aunque se nos quemen las pestañas. Fuimos incapaces de ver a los ojos a esas niñas. Con ella, con la de la foto, la sin nombre, nunca podremos cruzar una mirada: sus córneas explotaron con el fuego.

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