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El gigante con miedo: Reflexiones desde Estados Unidos

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Luego del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, el novelista chileno-americano Ariel Dorfman escribió: “Cuidado con la plaga de sentirse víctima, Estados Unidos. Nada es más peligroso que un gigante con miedo.” Esta era la época en la cual George W. Bush embarcaba a los Estados Unidos en la guerra global contra el terror.

José Miguel Cruz. Director de Investigación del Centro Latinoamericano y del Caribe de la Universidad Internacional de la Florida.

José Miguel Cruz. Director de Investigación del Centro Latinoamericano y del Caribe de la Universidad Internacional de la Florida.

Buena parte de los Estados Unidos se sigue sintiendo víctima. Y tiene miedo. Pero esta vez, los culpables inmediatos del agravio no son los terroristas islámicos. Tampoco son los comunistas. Ni siquiera son los cubanos, que hace más de 50 años le pusieron misiles nucleares en el patio delantero—y que ahora siguen viviendo de las remesas del exilio. Los culpables de los sentimientos de victimización vienen de adentro. Se encuentran entre sí mismos.

En realidad, los victimarios principales están en la clase política, en las grandes corporaciones, en las iglesias que presagian el juicio final y en los medios de comunicación que predican intolerancia. Juntos han manoseado las instituciones del país para ignorar algunos de los principios sobre los que se construyó esta nación. Han usado sus recursos para manipular las leyes, exprimir a la mayoría de la población, recrear dioses opresivos y despreciar a los que sufren. Con ello han logrado que, para muchos que se sienten víctimas, los culpables sean los migrantes, los que no son cristianos, las mujeres, las personas que no pertenecen a la raza blanca y los “bad-hombres”. En definitiva, los otros. Esos otros, sin embargo, constituyen la cara emergente de los Estados Unidos.

Con Barack Obama, Estados Unidos se aventuró a cambiar. Un poco al menos. Se aventuró a enfrentar las transformaciones internas. Se propuso encarar las tensiones impuestas por la globalización y la tecnología, e intentó superar la crisis generada por el manejo torpe de la economía y la política exterior unilateral. En ese esfuerzo, Estados Unidos dejó de actuar en buena medida sobre la base del miedo. El gigante amplió los derechos de sus minorías, abrazó su diversidad, aceptó su responsabilidad en algunos abusos del pasado y se comprometió con el futuro del mundo encarando el cambio climático. El gigante se atrevió a plantear otra forma de relacionarse con sus enemigos históricos, sobre la base del diálogo y la diplomacia.

No todo fue bueno y el cambio, en muchos sentidos, fue insuficiente. La gente sigue siendo víctima de un sistema que agudiza la desigualdad e ignora a los más pobres. Pero el gigante enfrentó el desafío de verse distinto y de actuar de forma responsable en un mundo más complejo y menos sumiso. El gigante quiso creer en la esperanza que trae el cambio.

El problema del gigante ahora es que no se reconoce a sí mismo. Se mira al espejo y no le gusta lo que ve. En parte porque los culpables reales de victimizar su conciencia han falseado tanto su imagen que le han hecho creer que su nueva silueta no puede ser la suya. Por eso, ahora, Estados Unidos tiene miedo de sí mismo. Por eso, ahora, una parte importante de Estados Unidos ha

decidido rechazar a su otra parte, a la que crece y que transforma: la que tiene el potencial de conciliar su conciencia con el mundo libre y con el futuro.

Por ahora, esa parte del gigante que tiene miedo ha decidido darle las riendas al matón que dispara primero y pregunta después; al macho por antonomasia que abusa e instrumentaliza a las mujeres y a los que son diferentes; al oligarca que explota a sus trabajadores haciéndoles creer que será magnánimo con ellos. Lamentablemente, con el nuevo liderazgo el miedo no se irá. La política del muro, de la segregación y del autoritarismo solo aumentará la esquizofrenia que genera más miedo y más sospecha. Y ese temor solo hará al gigante más peligroso, más destructor y más excluyente.

La mañana siguiente a las elecciones, alguien en Twitter recordó el cuento corto más famoso del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Para buena parte del resto del mundo, lo sucedido recientemente refleja ese cuento. La humanidad estaba soñando y ahora se despierta para encontrar a un gigante que se resiste a dejar de ser un dinosaurio.

Pero si algo ha demostrado los pasados ocho años es que el gigante puede ser un poco distinto, puede dejar de tener miedo. Para ello, debe aceptarse a sí mismo. Estados Unidos debe aceptar la silueta que ha venido surgiendo de las luchas por la igualdad y por la justicia, de los cambios poblacionales y de la misma sociedad global de la cual es parte. Para ello, las nuevas generaciones, los otros, los excluidos, los que seguimos soñando por un mundo mejor debemos defender más que nunca la promesa de libertad y tolerancia sobre la que se funda este país, y trabajar duro para vencer al miedo y la desesperanza.

Foto principal de Mike en threesixtyfive, tomada de Flickr con licencia Creative Commons.
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