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Fútbol miseria: El rey desamparado (parte II)

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Las historias sobre la precariedad del fútbol salvadoreño no terminan. Cada día son alimentadas por situaciones que causan sorpresa sobre cómo se administran los equipos de fútbol, sobre cómo viven los jugadores y las condiciones en que se desempeñan, sobre cómo se ejerce la violencia dentro de los estadios y sobre cómo se comercia —en permanente crisis financiera— con la afición a los equipos. Esta es la segunda entrega de un reportaje especial que en Revista Factum hemos preparado sobre la miseria del fútbol en El Salvador.

Fotos de Salvador Meléndez/Infográfico de Fernando Castro.


Las historias de esta miseria no terminan porque tampoco el fútbol salvadoreño mejora. “Seguimos aguantando hambre, mes y 19 días sin recibir nuestro dinero. Nos pintaron pajaritos en el aire”, denunció a través de su cuenta de Twitter el futbolista profesional Erick Molina, el 20 de abril pasado, luego de que se denunció que su equipo, el Sonsonate F.C., tenía un retraso en el pago de los salarios de sus futbolistas.

En enero de 2017, jugadores de la UES advertían que había retrasos en sus pagos. Lo mismo sucedió con el Chalatenango y el Águila en marzo de este mismo año. Y hacia el final del torneo regular se supo de la noticia de tres jugadores del Dragón que fueron separados por actos de indisciplina.

Las condiciones menesterosas del fútbol salvadoreño no son un secreto, pero se prefieren mantener en silencio. Por lo menos el portero del FAS, el argentino Matías Coloca, sabe que si abre la boca para hablar de este fútbol ya no será bienvenido:

“Hay buenos jugadores. Es un fútbol muy competitivo, pero hay cosas que ya no se usan más. Lo que pasa es que por allí si yo digo todo lo que pienso me tengo que ir mañana a Argentina. Hay cosas que ya no van más. Pero, bueno, no importa, después, cuando termine el torneo lo analizaremos y allí te voy a poder responder con un poco más de tranquilidad. Pero si te digo mi opinión me tengo que ir mañana a Argentina, así que prefiero guardármela”.

–Matías Coloca, portero de FAS.

En El Salvador, las historias de precariedad de su fútbol no terminan.

Este es el relato de Javier, un aficionado del Águila que viajó en un bus de excursión para ver un partido en el Juan Francisco Barraza de San Miguel entre su equipo y el Atlético Marte en 2015. Javier hizo el viaje San Salvador-San Miguel y viceversa un sábado de partidos de la Primera División junto con La Banda de la Capital, la barra del equipo migueleño integrada por fanáticos que viven en el área metropolitana de San Salvador.

Al regreso de San Miguel, a Javier y a los otros compañeros de viaje les sorprendió una nueva compañía dentro del autobús.

Mirá, ese día era sábado. El partido era a las 7 de la noche y terminó a las 9. El Águila y el Marte quedaron empatados 0-0. Esperamos a que todos los de la barra y los aficionados llegaran al bus para regresarnos. Esa noche se les dio “ride” (aventón) a dos vendedoras, a una que vendía ropa y a otra que vendía mangos. Las dos eran de San Salvador.

Cuando eran casi las 10 de la noche, el encargado de la excursión nos dijo que le iban a dar ride a alguien más. Y se va subiendo el jugador del Marte Kenny Lemus. El encargado nos dijo que el bus del equipo no lo podía ir a dejar a su casa porque no se podía desviar. Y como entre Águila y Marte no hay rivalidad fuerte, nadie se puso en contra. Entonces el jugador se subió al bus y se sentó en el asiento de adelante.

Parece que no andaba pisto para pagarse el transporte. Solo llevaba su maletín y se iba comiendo una charamusca. A saber qué mierda de viáticos les dan a estos jugadores. Por eso los de La Banda le dijeron al encargado de la excursión que a Kenny Lemus no le cobraran el pasaje para San Salvador porque seguro que no andaba dinero. Así que lo tomaron como un favor que le hacían.

Nadie se molestó porque Kenny era del Marte y en el bus solo íbamos aguiluchos. Es que, mirá, la rivalidad del Águila es con el Fas, con el Alianza y con el Firpo. Así que nadie lo iba jodiendo, ni siquiera se pusieron a hablar con él. Es que después de esos partidos nadie se pone a joder. Unos van tomando, otros van hablando, otros dormidos. Acordate, es viaje largo. Cuatro horas para llegar a San Miguel, dos horas de partido. Ya el regreso es para descansar.

 

Cuando el Marte descendió a la Segunda División, el defensa central Kenny Lemus no se fue con su equipo. Se quedó en la Primera jugando con el Dragón, aunque antes anduvo entrenando con otros clubes para ver si lo contrataban.

El Dragón aceptó los servicios de Lemus para que jugara con el equipo migueleño en el torneo Apertura del 2016, entre agosto y diciembre. De hecho, Dragón había resultado campeón nacional de la Primera División en el torneo anterior, en el Clausura 2016, que se jugó entre enero y mayo.

Por ser campeón del Clausura 2016, el Dragón iba a representar a El Salvador en la Liga de Campeones de la Concacaf, un torneo internacional entre los campeones de los países que integran la confederación del norte y centro de América y el Caribe de fútbol. Uno de los equipos a los que tenía que enfrentarse Dragón fue el Timbers de Portland, Estados Unidos, por lo que Kenny Lemus y sus compañeros del club viajaron al norte.

El 5 de agosto de 2016, la noticia escandalosa se difundió por varios medios de comunicación: tres jugadores y el preparador físico del Dragón desertaron del equipo y se quedaron como indocumentados en Estados Unidos luego del partido contra Portland en el que perdieron 2-1. Entre los que desertaron y se quedaron bajo condiciones migratorias ilegales estaba Kenny Lemus. De este jugador, hasta la fecha, no se ha sabido nada.

“Es lamentable porque eso va en detrimento de las siguientes salidas que quieran hacer los equipos. Son situaciones que no están al alcance ni del propio equipo que va de responsable. Ahora la embajada (de Estados Unidos en El Salvador) está poniendo una cita para que uno se presente cuando ha regresado, cuando se da visa solo para el juego. (…) Son situaciones que ya las tiene pensadas un jugador. Es bien complicado. (…) Cuando costó que se la dieran (la visa) y tiene la oportunidad, sí”, dijo Eliseo Juárez, el gerente de la Primera División, al abordar el caso de Kenny Lemus.

En la directiva del Dragón, aquellos días, hubo un terremoto. En las primeras declaraciones que se daban a la prensa, calificaban de “chabacanada” lo que habían hecho Lemus y sus compañeros de equipo. La postura avergonzada del Dragón daba cuenta de la gravedad del problema. Pero días después, en un giro de discurso, la versión de las gerencias del club, no de la junta directiva, decía que a los cuatro dragonianos se les había dado permiso para quedarse unos días más en Estados Unidos por asuntos familiares.

En todo caso, con esta versión, si cada uno decidió quedarse, ya no sería porque desertaron del Dragón -algo muy mal visto-, sino que lo hicieron por cuenta propia mientras tenían permiso.

Los predecesores de Lemus no han sido pocos. Apenas meses atrás del caso del Dragón, precisamente en febrero de 2016, el jugador del Alianza Miguel Blanco desertó del equipo para quedarse en Estados Unidos luego de un partido amistoso contra el Dallas FC. A Blanco le siguió el utilero aliancista Edwin Gómez, que también se escapó.

Y atrás de los aliancistas, el Santa Tecla también reportó deserciones de sus miembros durante un viaje a Estados Unidos en 2015, aunque en esta ocasión no se trató de jugadores.

[LEE ADEMÁS LA PRIMERA ENTREGA DE ESTE REPORTAJE]

En un partido que el equipo tecleño iba a disputar contra el Real Salt Lake, en Utah, por la Liga de Campeones de la Concacaf a finales de septiembre de 2015, el encargado de las comunicaciones por redes sociales del equipo, Jorge Navarro, iba a viajar separado del equipo. Llegó a Estados Unidos, pero no regresó. Mientras que en ese mismo viaje, el utilero Gerardo Serpas se escapó de la concentración tecleña para quedarse en el país norteamericano.

Se trata de decisiones personales, comenta el gerente de la Primera División, con cuidado de no señalar las malas condiciones que les brindan los clubes de fútbol salvadoreños a los jugadores y que, entre otras causas, los empujan a buscar mejores oportunidades, aunque sea dentro de situaciones que les ocasionan líos con la ley. Por ejemplo, los salarios de la Primera División de fútbol oscilan entre los $300 y los $9,000, según Juárez. Aunque matiza que generalmente los contratos con sueldos más altos los reciben los futbolistas extranjeros. Dentro del mar de jugadores salvadoreños, los hay aquellos que ganan este mínimo de $300.

Otros equipos no cuentan con su transporte propio y al final de cada partido dejan a sus jugadores a la deriva y a su propia cuenta para regresar a sus casas, como los futbolistas del Pasaquina que después del partido contra el Águila se subieron a la cama de un pick up para que les dieran aventón.

En El Salvador, muchos jugadores profesionales de fútbol no reciben un trato profesional de parte de sus equipos.

El dinero que le dejan los parroquianos al fútbol de la liga mayor

Los números podrían ser más felices para los doce equipos de la Primera División de fútbol de El Salvador. Pero el desinterés -o miedo- de los aficionados de acercarse a los estadios mantiene al fútbol en estación menguante. Y aunque las taquillas han mejorado con levedad en los últimos años, aún no es suficiente para mejorar la calidad de este deporte en el país.

El siguiente video infográfico detalla la realidad más crítica del fútbol élite en El Salvador entre agosto de 2014 y diciembre de 2016.

[Puedes acceder al infográfico en este enlace]

Los ingresos en los que los clubes se apoyan, porque son seguros, son los de los patrocinios y de los derechos de transmisión de sus partidos que juegan en estadios, en su mayoría, casi vacíos.

Alianza, Águila y FAS son los equipos de la liga mayor de fútbol salvadoreño que en sus taquillas facturan ganancias que les dan mejores posibilidades de mantenimiento frente al resto de clubes. Los demás son los otros nueve equipos que, se supone, son lo mejor del fútbol nacional, aunque en los estadios –y en la cancha– no se demuestre.

Los ingresos por taquillas y las cantidades de aficionados con que cuenta la Primera División cada semana son bajos. Y si bien desde 2014 se refleja una mejoría, los dirigentes del fútbol buscan cómo hacer llegar más seguidores a los estadios, para que se sumen a los fieles parroquianos que tratan de no perderse, en directo, ninguno de los partidos de sus equipos.

Mientras tanto, la realidad golpea fuerte a los clubes. Y precisamente los dos equipos que se estuvieron peleando el descenso en esta temporada 2016-2017, UES y Dragón, son los más afectados por los estadios sin afición y, por ende, con menos taquilla. En 2015, estos dos equipos jugaron el partido con menor presencia de espectadores en los últimos tres años. En el estadio Cuscatlán, entre UES y Dragón se logró la asistencia de solo 71 personas. Mientras que la taquilla más baja que se ha recaudado en este mismo período fue para un partido entre UES y Metapán, en el estadio Cuscatlán, para el que se recaudaron apenas $258.

Revista Factum cuenta con las cantidades de taquilla y aficionados que proporciona la Primera División desde los torneos Apertura 2014 (agosto-diciembre), Clausura 2015 (enero-mayo), Apertura 2015, Clausura 2016 y Apertura 2016. En estos documentos se refleja que el peor negocio para los equipos de la liga mayor ha sido recibir a la UES y al Dragón, porque son los partidos en los que se registran menos ingresos en todo sentido.

De hecho, en tres de los cinco torneos revisados, UES ha sido el equipo con menor taquilla y asistencias a estadios como local (Apertura 2014, Clausura 2015 y Apertura 2015), mientras que el Dragón ha sido el segundo menos taquillero y con menos afición en, también, tres torneos (Clausura 2015, Apertura 2015, Clausura 2016).

El partido del torneo Apertura 2014 que más taquilla registró en período regular (es decir, no en instancias finales) fue el Águila-Fas en el Juan Francisco Barraza, con $29,376. Solo en ese partido, se registraron 5,375 aficionados. Este juego acumuló más afición (precisamente 496 asistentes más) que lo que acumuló la UES como local en todo ese torneo.

Fue en este campeonato que también se registró el peor saldo negativo en un partido de fútbol de liga mayor de los que se ha revisado. Se trató del encuentro que jugó la UES como local contra el Dragón en el estadio Sergio Torres Rivera de Usulután. La taquilla de ese partido fue de apenas $478. Llegaron solo 140 aficionados. Pero el costo del espectáculo para la UES fue de $3,842. Estos costos de espectáculo consisten en el arrendamiento del estadio, transporte y otros gastos. El saldo negativo para la UES fue de -$3,364.

En el Clausura 2015, UES, Dragón y Atlético Marte fueron los protagonistas de las taquillas y asistencias más bajas. El Marte registró $27,315 y 5,709 asistentes, el Dragón, $14,227 y 2,572 aficionados; y el UES, $7,651 y 1,731 espectadores. Para poder tener una perspectiva sobre estas taquillas y asistencias, solo el partido más taquillero de ese torneo fue un Alianza-Fas por el desempate del cuarto lugar, para saber cuál de los dos iba a pasar a las semifinales. La taquilla de solo ese partido fue de $55,819 y 10,644 aficionados. Por lo que este único juego superó por $6,626 a la taquilla recaudada por los otros tres equipos en todo el campeonato y 1,262 asistentes más que los tres clubes juntos.

UES ha sido el único equipo con números rojos al final de un torneo. Fue en este mismo Clausura 2015, con una taquilla total de $7,651 que le sobrevinieron gastos de espectáculo por $8,854.44. Con ello, se aseguró un saldo negativo de -$1,203.44.

Los ingresos para todos los equipos empezaron a ser un poco más abundantes desde el Apertura 2015, cuando se abrió espacio para dos equipos más y la liga mayor pasó a ser disputada por doce clubes. El regreso del Sonsonate y del Chalatenango fue un empuje para los números de la Primera División. Tanto que estos dos equipos, respectivamente, lograron el primer y tercer lugar en mejores taquillas como locales en el torneo.

Pero a la vez que los ingresos aumentaron, surgió un fenómeno: la falta de información de varios equipos sobre sus taquillas y asistentes a los estadios. Precisamente en el torneo Apertura 2016 los equipos Metapán y Chalatenango dejaron de reportar sobre sus partidos de local, sin explicación de por medio, y, hasta el momento, ya no se pueden tener datos exactos sobre la Primera División.

La cancha no se da a respetar

El estadio Correcaminos, en San Francisco Gotera, Morazán, era la sede del Vista Hermosa, un equipo que estuvo en la Primera División en la década de los 2000 y que incluso fue campeón nacional en el torneo Apertura de 2005, cuando recién acababa de ascender desde la Segunda División. En aquellos años en la liga primera de El Salvador, el equipo jugaba en el estadio Amílcar Moreno de Gotera, mientras el Correcaminos estaba en construcción.

La inauguración del estadio fue en 2009. Su construcción costó un poco más de medio millón de dólares y en la mano de obra también tuvo ayuda de jugadores del mismo Vista Hermosa que buscaban un salario extra. Pero todo cayó en desgracia para el Vista y para su nuevo estadio, y también para su vicepresidente: Cristóbal Benítez.

El dirigente fue capturado por la policía por traficar con dos kilos de cocaína en 2010 y desde entonces el Correcaminos quedó decomisado por el Estado salvadoreño hasta que recientemente fue liberado para que se vuelvan a jugar partidos de fútbol. El Vista Hermosa, con uno de sus principales dirigentes encarcelado, quedó en los últimos lugares de la tabla de la Primera División entre 2010 y 2011 y pasó a manos de nuevos propietarios que lo cambiaron de sede hacia Nueva Guadalupe, municipio de San Miguel. El ex Vista Hermosa ahora se llama Guadalupano y juega en la Segunda División.

“Si hubieran venido hace unas semanas, hubieran visto cómo estaba la cancha. El monte era más alto que uno. Si uno se metía allí quizás se perdía”, dice Miguel, uno de los albañiles que están ayudando a la recuperación del Correcaminos. Es marzo de 2017 y el estadio ya está abierto para que el Chagüite de Lolotiquillo, en Morazán, dentro de la Tercera División, juegue sus partidos en esta sede.

“El estadio está bonito, pero se lo acabaron, lo descuidaron”, prosigue Miguel, que se queda viendo a la cancha iluminada por el sol mientras los 34 centígrados de Morazán, en el oriente salvadoreño, se dejan sentir.

La suerte le sonrió por un momento a Cristóbal Benítez, que estuvo absuelto por unos años. Incluso el partido político Gana llevó a Benítez como candidato a alcalde de San Francisco Gotera y, sorpresivamente, ganó.

Fue como alcalde de Gotera que a Benítez lo volvieron a capturar para reabrirle el juicio por narcotráfico y fue condenado a más de diez años de cárcel. En El Salvador, muchos de los dirigentes del fútbol han estado involucrados en corrupción y narcotráfico.

***

“No todos los futbolistas hondureños en el exterior disfrutan del glamour que se vive en Europa, México o Estados Unidos, donde existe un alto nivel de profesionalismo e instalaciones de primer nivel. Hay casos como el del delantero del Municipal Limeño de El Salvador Aly Arriola, quien tras un partido oficial debió ducharse con un barril y una paila (huacal), como se acostumbra en Honduras de forma casera, pero no a nivel de jugadores de alto rendimiento”. Estas fueron las primeras líneas de una noticia del periódico La Tribuna, de Honduras, que generó escándalo en el fútbol salvadoreño y hondureño.

Aly Arriola, del Municipal Limeño de La Unión, jugó el partido del domingo 22 de enero de 2017 contra el Águila, en el torneo Clausura que se ha jugado en estos meses. El partido lo ganó Limeño 2-0. Luego de que finalizó el partido en el estadio Ramón Flores Berríos de Santa Rosa de Lima, los jugadores se fueron a las regaderas –se supone que había–, pero Arriola, de forma sorpresiva, tomó un huacal y se acercó a un barril que se encontraba cerca de los camerinos y se empezó a bañar.

El periodista deportivo Raúl Recinos, de El Diario de Hoy, tomó una foto de esa escena con su teléfono y la colgó en su cuenta de Twitter. Recinos, sin querer, descubrió una de las grandes carencias del fútbol salvadoreño: las canchas y los estadios de malas condiciones.

¿Qué pasó en ese caso del jugador del Limeño? La pregunta se la hizo Revista Factum al gerente de la Primera División, Eliseo Juárez. La respuesta sorprendió igual que la foto de Recinos: el estadio Ramón Flores Berríos solo tiene dos duchas. Dos.

Pero de inmediato, Juárez zanja su declaración con que ya se habló con el equipo para que se instalen otras dos duchas más y no se vuelva a repetir la escena de Arriola que llegó hasta un periódico de Honduras.

“Yo no le digo que esa situación… cómo lo explico… no lo hizo porque no estuviera la ducha, sino por un placer de bañarse allí. Dicen que a Chalatenango le cuesta tener agua para sus entrenos. En otros equipos hay jugadores que no quieren ir al baño y agarran las bolsas de agua purificada y con esas se bañan. O sea, son cuestiones de los jugadores. Pero, sí, se ha tratado con eso, se ha tratado”, dijo luego el gerente.

Pero Juárez tuvo que admitir que no todas las canchas ni estadios del país están en condiciones de jugar fútbol de primer nivel. Por ejemplo, el estadio Ramón Flores Berríos de Santa Rosa de Lima y el San Sebastián de Pasaquina no tienen luces adecuadas para jugar partidos de fútbol por las noches. De los doce estadios de la Primera División, los dos que están en el departamento de La Unión están condenados a jugar todos sus partidos durante el día, mientras no se modernicen con una iluminación adecuada para juegos nocturnos.

Y el dinero vuelve a ser una causa determinante en la precariedad del fútbol salvadoreño. Dinero que no hay porque llega poca gente a los estadios –porque hay violencia sin control, porque se prefiere la televisión, entre otras causas–, porque no se paga mucho por patrocinios y derechos de transmisión, porque no hay mucho para pagar mejor a los jugadores y eso en varios casos los desmotiva o incluso provoca que busquen nuevos horizontes en otros países, aunque sea como indocumentados.

Fútbol de segunda

“¿¡A qué horas van a empezar a jugaaar!?”. El eco del grito del único aficionado valiente que se atrevió a reclamar algo a los equipos llegó hasta la cancha y lo oyeron los jugadores. No era que no habían empezado a jugar. De hecho ya solo faltaban cinco minutos para que terminara el partido entre Marte Soyapango y Audaz de Apastepeque, ambos de la Segunda División de Fútbol.

Ese juego de la tarde del sábado 18 de marzo de 2017 había pasado lento, aburrido, en el complejo deportivo España, sede del Marte Soyapango. No era para menos. El marcador iba a terminar cero a cero en un partido que en teoría debería ser de fútbol profesional. Pero no fue así.

En El Salvador, el fútbol profesional no es profesional.

Un puñado de personas sobre los graderíos que no llegaban ni a cien –entre quienes pasaban un día libre, aficionados a los dos equipos y familiares de los jugadores– no celebró nunca un gol. El silencio era lo único que ganaba allí. Se escuchaban solo las voces de los vendedores de golosinas y gaseosas que no vendieron mucho y las de los jugadores que se debatían en la cancha: “Metela, Zancudo…”, “Pasala, ey, Chele”, “No, hombre, así no”, “Mirame, ve; mirame, ve”.

No había la bulla de las barras que animan a algunos equipos de la Primera División. De lo lejos llegaban los sonidos del hule de la pelota cuando era pateada por los tacos de los jugadores.

El fútbol de la Segunda División es más precario que el de la primera. La afición y los ingresos son menores. Y su relevancia –para quienes son seguidores del deporte– se puede medir bajo varios parámetros. Por ejemplo, estos partidos no se transmiten por televisión. Solo algunos periódicos, para llenar espacios, retoman los sucesos de estos juegos en sus páginas de los lunes. Eso, al menos, hace recordar que esta liga existe, que se juega.

Los escenarios en donde se disputan los partidos oscilan entre ser pequeños estadios o canchas.

En la “liga de plata”, que así se da por llamarse también, confluyen equipos renegados de la Primera División y los que han recibido refuerzos desde la Tercera División –sí, en El Salvador también hay una tercera división y hay niveles más bajos aún– para llegar a jugar la segunda.

En medio, hay un pequeño mar de comodidad y resignación de equipos que no aspiran a la primera pero tienen el cuidado de jamás bajar de categoría, y otros que tienen el nivel para llegar a la primera liga del país pero prevén que no van a tener el dinero para mantenerse. En estos últimos casos, a los equipos no les queda más que ceder el espacio ganado a cambio de dinero.

No es extraño que en El Salvador un equipo que logra subir a la primera venda su categoría porque simplemente no puede costearse mejores salarios, mejor infraestructura de su sede de local, mejores uniformes, transporte y más inversiones. Por ello, para llegar a la Primera División de fútbol no solo se necesita una calidad futbolística mínima, también el dinero con el que cuenten los propietarios de los equipos es determinante.

Marte Soyapango y Audaz pertenecieron al grupo B de una Segunda División integrada por 23 equipos y distribuidos en tres grupos. Cada grupo en esta liga reunió a los equipos de una sola región: el grupo A aglutinó a ocho equipos del occidente salvadoreño, mientras que en el grupo B compitieron siete equipos del norte y centro del país; y el grupo C lo disputaron ocho equipos de oriente. En cada temporada larga de un año, los primeros lugares suben de categoría para pelear un jugar en la Primera División.

Estos dos equipos han tenido una buena campaña. El Audaz terminó en primer lugar del grupo B y el Marte Soyapango en cuarto lugar. Los dos lograron clasificarse para una ronda de doceavos de final. El Audaz la tuvo contra el Fuerte San Francisco de Gotera, Morazán, que terminó en cuarto lugar del grupo C. Y el Marte Soyapango se debió liar contra el Turín de Ahuachapán, que resultó en el primer puesto del grupo A.

Solo el Audaz pudo progresar. Ya se encuentra en etapa de semifinales y su próximo rival será el histórico Once Lobos de Chalchuapa.

Pero en la cancha del complejo España, el hastío colmó aquel sábado. “¡Lo vas a mataaar!”, le gritó, con sarcasmo, el mismo aficionado a uno de los delanteros del Marte Soyapango que soltó un pelotazo que más pareció un pase fuerte que un tiro a gol y que llegó, manso, a las manos del portero del Audaz. Fue casi lo último de ese partido antes de que el árbitro pitara para terminar otro encuentro más de la Segunda División del fútbol salvadoreño.

Fueron noventa minutos que costaron tres dólares en la única entrada del complejo España de Soyapango, uno de los mejores escenarios para ver el fútbol de segunda en El Salvador.

[LEE ADEMÁS LA PRIMERA ENTREGA DE ESTE REPORTAJE]

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