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Fútbol miseria: El rey desamparado (parte I)

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El fútbol salvadoreño pasa por una larga noche. La falta de dinero, la violencia, el mal manejo de los clubes, la ausencia de planificación, la corrupción y la indisciplina que conduce a la falta de calidad de sus jugadores han provocado una mala pasada que no termina. El deporte más popular del país se vende como profesional e incluso compite a nivel internacional con verdaderos profesionales, pero naufraga cotidianamente entre la miseria y la pobreza, como una metáfora de la realidad nacional. El círculo vicioso que impide que el fútbol salvadoreño mejore no es invisible, pero lo que rompe la cabeza a dirigentes, jugadores, aficionados y analistas es por dónde empezar a desenredar la maraña.

Fotos de FACTUM/Salvador Meléndez


Cualquier texto habitual sobre fútbol debería empezar con una escena de tarde de domingo en una cancha, una pelota, jugadores y alrededor un público ensordecedor que alienta a sus preferidos. Muchos goles y aplausos. Pero este texto empieza en el salón de reuniones de la Primera División de fútbol de El Salvador. Allí, sobre una mesa de madera, rodeada por sillas de cuero reclinables y de respaldo alto, se decide cada semana el camino de la liga mayor.

La Primera División convive en el mismo edificio con la Federación Salvadoreña de Fútbol (Fesfut). En la primera planta de la sede en la colonia Escalón de San Salvador, cada lunes por la tarde huele a café, pan dulce y humo de cigarrillo de quienes salen a fumar fuera del edificio. Los representantes de los doce equipos de la liga mayor del fútbol nacional se sientan a discutir los horarios de los partidos de la semana y las localidades, mientras atienden otros problemas que han surgido en la semana anterior.

En estas oficinas siempre hay problemas que atender.

El lunes 20 de marzo de 2017, uno de los problemas que se abordaban era si los equipos iban a exigirle a la Fesfut que se hiciera cargo de los futbolistas convocados a los juegos amistosos que tuvo la Selección Nacional, en caso de que resultaran con lesiones o cualquier tipo de problemas físicos. Por entonces, la selección jugó partidos amistosos contra Curazao y el club Olimpia, de Honduras. 

Los representantes de los clubes de la primera también discutían algo que ya parecía solventado hace más de diez años: las sanciones por el uso de pólvora en los estadios, una práctica que ya ha costado vidas de aficionados en los graderíos. Hablaban y se quejaban de lo mal atinados que habían estado los árbitros en los últimos partidos, por lo que pensaban hacer un llamado a la federación para procurar mejores criterios de los jueces en las canchas. Esas discusiones sobre el arbitraje respondieron a una necesidad coyuntural. Sin embargo, un debate institucional sobre la necesidad de elevar la calidad del fútbol, a nivel nacional, no domina las agendas.

En varias entrevistas que ha hecho Revista Factum a dirigentes, jugadores, cuerpos técnicos y  aficionados se han esbozado carencias y causales de la mala calidad futbolística, aunque algunos han tenido cautela para dar sus declaraciones, pues no han querido comprometerse con empezar por una verdad:

  • El deporte rey en El Salvador, el fútbol, es malo.

Mario Alegría, representante de la UES ante la Primera División, es uno de los que no se lo calla:

“(La calidad futbolística en El Salvador) es muy baja. La violencia está causando un montón de problemas y el nivel ha bajado bastante. A nivel nacional, el fútbol salvadoreño ha bajado su rendimiento […] Y para mí es que, primero, no hay un control curricular para que los que lleguen a la federación tengan currículos que hagan potenciar el fútbol y tengan un plan de trabajo para sacar a este fútbol de donde está, porque hay que trabajar bastante para lograr los objetivos”.


El fin de semana pasado la UES descendió de categoría. Durante los últimos dos torneos, su pelea fue constante con el equipo Dragón de San Miguel. Ambos clubes, aparte de pelearse por no descender, han sido protagonistas perennes cada vez que se habla de poca afición, de poca recaudación en taquilla, de jugadores indisciplinados (en el caso del Dragón) y de problemas internos por mala administración que los han llevado hasta el sótano. El torneo incluso finalizó (en su etapa regular) con sospechas de juegos arreglados, una conjetura que incluso fue recogida por distintos medios de comunicación. René Urrutia anotó el gol que salvó a Dragón en el último minuto del torneo. Luego fue y habló a la prensa deportiva nacional. Dijo, entre otras cosas, que la directiva del club migueleño mantenía una deuda de dos meses de salario con los jugadores que acababan de rescatar la categoría, un reclamo que no es exclusivo de su equipo, sino que se mantiene extendido en muchos más.

Detalle del mural de los presidentes de la Primera División de fútbol profesional, instalado en la sala de reuniones de la liga mayor, el 20 de marzo de 2017.
Foto FACTUM/Salvador Meléndez.

El enfoque de las causas que explican la penitencia del fútbol miseria no recae solamente en las precariedades de los deportistas. La culpa se reparte también –y en gran medida– entre directivos y federativos, quienes conducen el Titanic del balompié local.

En la sala de reuniones, frente a los representantes de los doce equipos de Liga Mayor, hay un cuadro en la pared que muestra los rostros fotografiados de todos los presidentes que ha tenido la Primera División. Al echar un vistazo sobre ellos, algunas dudas sobre la administración del fútbol nacional empiezan a disiparse.

Por ejemplo, la Primera División ha tenido como presidente a Roberto Matthies Hill, entre febrero de 1993 y febrero de 1996. Después de su período en el fútbol, Matthies Hill fue condenado a la cárcel por estafa en el escándalo de Finsepro e Insepro en 1997.

Otro de los presidentes que ha tenido la Primera División del fútbol salvadoreño es José Adán Salazar Umaña, quien durante meses fue catalogado por Estados Unidos como un capo internacional de la droga y que actualmente está detenido bajo acusaciones de lavado de dinero. Salazar Umaña es investigado por la fiscalía salvadoreña también sobre los movimientos de una sociedad que formó con el actual vicepresidente del país, Óscar Ortiz.

En el cuadro de honor también aparecen Manuel Rodríguez, actual secretario general del Partido de Concertación Nacional (PCN). Allí están también Sigifredo Ochoa Pérez, expresidente de la CEL y exdiputado de la Asamblea Legislativa con el partido Arena, de donde se fugó para crear un minigrupo parlamentario que ayudó al partido opositor de Arena, el Fmln, en sus causas dentro del congreso. También se encuentra impreso el rostro de Mauricio Vargas, militar retirado, parte de la generación de oficiales conocida como ‘La Tandona’ y actual diputado de Arena; y también la estampa de Jorge Rajo, quien se desempeña hoy como presidente de la Fesfut, misma entidad que tuvo como presidente a Reynaldo Vásquez, condenado hace dos meses a purgar ocho años de prisión por el delito de apropiación o retención de cuotas laborales. Vásquez también fue acusado de formar parte de una red de corrupción al interior de la FIFA, constituida por altos dirigentes del fútbol internacional.

En estas personas, en distintas épocas, ha descansado la administración del fútbol profesional de El Salvador, un fútbol que no despega.

El dinero y los fieles

Los equipos también viven –o sobreviven– de lo que les deja la taquilla. El dinero que pagan los aficionados para ir a ver jugar a sus equipos a los estadios ayuda también al mantenimiento de los clubes. Las taquillas varían en los estadios según la localidad desde donde se ven los partidos, pero también hay una diferenciación de precios según la jerarquía, la tradición y el arrastre que generen los equipos, de acuerdo a su popularidad.

Es decir, no es lo mismo pagar por un partido de Primera División en el estadio Cuscatlán de San Salvador –el más grande del país–, en donde el precio mínimo ronda los cuatro dólares para los sectores populares y el máximo es de quince dólares para los espacios más privilegiados (una butaca, sombra, protección ante las lluvias, menos inseguridad), que pagar por ver un juego de  Segunda División, que cuesta como máximo, en algunos escenarios, hasta tres dólares, sin importar desde dónde se vean los partidos.

Pero la fidelidad de los aficionados que van a los estadios ha ido menguando desde hace años. Dirigentes y administradores de la Primera División, aunque les echan culpas a varias causas, no se enredan ni se contrarían. ¿Por qué hoy los estadios lucen con pocos aficionados durante los partidos? Su respuesta:

  • Violencia de las barras.
  • Mayor acceso a la televisión (no solo para ver juegos nacionales, sino incluso para ver partidos de ligas extranjeras con mucha mejor calidad).
  • Entradas con precios altos.
  • Estadios deteriorados.
  • Malos espectáculos.

En El Salvador el fútbol es malo, muy malo.

El presidente actual de la Primera División se llama Pedro Arieta y es también el presidente del Club Deportivo Águila de San Miguel, uno de los equipos tradicionales y de mayor afición en el país. Arieta lo dice claro al responder por qué con los años la afición en los estadios ha huido:

“Realmente eso usted lo puede ver en los escenarios. Estadios vacíos. La parte económica incide. El nivel de fútbol que estamos desarrollando no es el que el aficionado quiere. También la inseguridad incide. En fin, hay una serie de factores que no nos ha permitido desarrollar nuestro fútbol”.

Los graderíos vacíos con esporádicos puñados de aficionados equivalen a bajos ingresos para los equipos. Por ello, la disminución de aficionados también encuentra rostro en los números. El equipo de la UES es uno de esos en donde caben todos los ejemplos, con números, del fútbol salvadoreño.

En el torneo Clausura de 2015, que se jugó entre enero y mayo, la UES fue el único equipo que terminó en números rojos al final del campeonato al revisar las taquillas. La liga de la Primera División todavía era integrada por diez clubes y la UES, en sus nueve partidos que jugó como local, albergó a 1,731 aficionados. Es decir, la UES promedió 192 visitas a cada uno de sus partidos en su cancha.

Lo que se llevó de taquilla la UES en ese campeonato fueron apenas $7,651. Pero a esa cantidad hay que restarle los gastos de espectáculo en los que incurre el equipo que tiene la sede como local. Los gastos de espectáculo corresponden, generalmente, al alquiler de los escenarios y al transporte de los jugadores. La UES facturó en gastos de espectáculo $8,854.44. Por ello, el saldo al final del campeonato Clausura de 2015 fue negativo para la UES: -$1,203.44.

Los números siguen hablando. Al revisar los partidos de la UES en el Clausura de 2015, uno se topa con un encuentro que tuvo este club como local ante el Dragón de San Miguel en el estadio Cuscatlán. Entre 2014 y 2016, ese fue el partido que menos aficionados convocó el fútbol de primera del país. Solo llegaron 71 personas a ver ese juego. Fueron 71 aficionados en un estadio hecho para alrededor de 33,000 espectadores.

***

Los clubes y en especial los que cuentan con menos recursos económicos y afición hacen lo que sea posible por atraer a la gente a los estadios. Pasaquina, de La Unión, es uno de esos equipos. En el estadio San Sebastián de Pasaquina los aficionados llegan para juntarse en dos sábanas de graderíos de cemento que pueden albergar a unas mil personas cada una. La diferencia entre los dos graderíos la hace el costo de la entrada y la relativa comodidad que dan varios pliegos de lámina para hacer sombra a los espectadores, en uno de esos espacios, por unos dos dólares más.

En el graderío dos dólares más barato, los seguidores del Pasaquina ven un partido entre su equipo y el Águila. Es miércoles 22 de marzo de 2017 por la tarde y se juega la tercera jornada de la segunda vuelta de la Primera División. El marcador 0-0. Ni Pasaquina ni Águila. La pelota va y viene mientras Mauricio, Iris, Yenci y Jennifer, con sus uniformes del Instituto Nacional Daniel Arias de Pasaquina, comen golosinas.

No se escaparon de clases. Ellos cuatro y otros compañeros del instituto llegaron a ver el partido invitados por el club. Ellos dicen que representantes del equipo visitan el centro de estudios cada vez que se avecina un partido del Pasaquina, entre semana, para vender entradas a mitad de precio a los estudiantes. Y aunque los partidos empiecen a las 3 de la tarde y su hora de salida del instituto es a las 4, estos alumnos dicen que si les muestran sus boletos a los maestros, los dejan salir una hora antes para que se vayan al San Sebastián a ver al equipo jugar.

Dos gradas más abajo de los estudiantes del instituto, Julio Hernández, con más de 80 años de edad, ha llegado a ver el partido. El último juego que vio en directo fue un Águila-Alianza en 1976 en el estadio de San Miguel, antes de que se llamara Juan Francisco Barraza. Hernández dice recordar que el Águila ganó ese partido. Desde entonces ya no había visto un juego sentado desde un graderío frente a la cancha.

“Hasta ahora vengo a un estadio. Ahora me gusta el Pasaquina. El fútbol de hoy es diferente. Es que hasta los trajes son diferentes. Antes las calzonetillas y las camisas eran todas pegaditas. El fútbol está casi lo mismo”, dice Hernández, mientras le da chupetazos a la esquina de una bolsa con agua para tomar.

El partido entre Pasaquina y Águila terminó 1-1. Los jugadores se van a los camerinos, que no son más que unos cuartos con paredes lisas de colores claros en los que pusieron bancas de madera para esperar los turnos en las regaderas y cambiarse los uniformes por ropa seca. Los futbolistas de Águila se regresan a San Miguel en su autobús propio; mientras algunos del Pasaquina que no viven en el municipio se suben a un pick up que les va a dar aventón a la Ruta Militar, que es la calle principal que conecta con varias ciudades de La Unión, para buscar cada quien su camino a casa.

***

La televisión le ha quitado espectadores a los estadios, dicen algunos entendidos. Jorge “el Zarco” Rodríguez es el director técnico del Alianza, otro de los equipos de tradición y de mayor afición en El Salvador. El Zarco cree que la televisión ha ayudado a alejar a las personas de los estadios no solo porque ofrece la transmisión de algunos partidos nacionales, sino que también han sido los mismos clubes los que no se han interesado en garantizar escenarios cómodos y seguros para los aficionados.

—Según vos, ¿cuáles son las causas de que haya cada vez menos afición en los estadios?, le preguntó Revista Factum a Jorge Rodríguez, durante un partido de la UES contra FAS en el estadio de la universidad, el lunes 13 de marzo de 2017.

—No tenemos una estructura adecuada. Esto lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo atrás. No hay estadios en donde se pueda jugar un fútbol de primer nivel, a excepción del Cuscatlán, del de la UES y del Calero Suárez (sede del Metapán de Santa Ana). De allí todos los estadios no prestan las condiciones; ni existe tampoco la comodidad para que nuestros aficionados se sientan tranquilos y cómodos para venir a ver los partidos. Además de eso, la televisión y otros eventos extradeportivos hacen que otros aficionados, tal vez por el mismo dinero, tengan otras opciones, respondió Rodríguez, quien también ha dirigido en el pasado reciente a la Selección Nacional de Fútbol de El Salvador.

 

Otra persona que cree que por la televisión se ha ido perdiendo la costumbre de ir al estadio es Eliseo Juárez, gerente de la Primera División:

“La bendición que hemos tenido con la tecnología es maravillosa, pero eso también ha venido a quitarnos el entusiasmo […] Y por supuesto todo esto que nos trae la liga española, todas las ligas de Europa, incluida la de México ahora, que las tenemos viernes, sábado y domingo, toda esa parte ha influido”.

–Eliseo Juárez

 

Pero si bien la televisión sea una causa de tener cada vez menos aficionados en los estadios, esta ya no es tan culpable cuando se habla de los derechos de transmisión. Fuentes dentro de la Primera División aseguran que solo el Canal 4, que ha tenido como lema durante años que se especializa en deportes, paga entre $30,000 y $120,000 a los equipos de la liga élite salvadoreña para tener los derechos de transmisión de sus partidos. Equipos como la UES, por ejemplo, firman contratos por los montos más bajos, mientras que clubes como Águila y Alianza mantienen los contratos más jugosos para la transmisión televisiva de sus juegos.

Pese a las cifras deprimentes de taquillas y afición, la liga salvadoreña ha tenido una mejoría en estas áreas. Al menos así lo dicen los registros que tiene la Primera División desde agosto de 2014 hasta diciembre de 2016. El monto global de taquillas del torneo Apertura de 2014 (disputado entre agosto y diciembre de ese año) fue de $551,531. Este ha sido el más bajo registrado en este período de dos años y medio. Pero en el Apertura de 2015, justo un año después, cuando se incorporaron dos equipos más y la primera liga salvadoreña se integró desde entonces con doce clubes, se facturaron $1 millón 800 mil 335.03, solo en taquillas.

Estos números más felices no necesariamente libraron a algunos clubes de lo paupérrimo en cuanto a sus ingresos por taquillas y afición. En este mismo torneo Apertura de 2015, en medio de partidos con mayor cantidad de aficionados solo para algunos equipos, se repitieron historias tristes como la del partido UES-Dragón en el estadio Cuscatlán, que tuvo apenas 71 espectadores en el Clausura 2015, solo unos meses atrás. El Atlético Marte de San Salvador y, otra vez, el Dragón protagonizaron un encuentro ante solo 107 aficionados en el estadio Cuscatlán. Sí, en ese mismo estadio con capacidad para alrededor de 33,000 personas.    

Juárez, en la entrevista con Factum, también admitió que la violencia de aficionados organizados ahuyenta a la gente de los estadios de fútbol: “No dejan de influir las barras bravas”, comentó.

Imagen de aficionados de Alianza durante la final del torneo apertura del fútbol salvadoreño en 2015.
Foto de archivo Factum/Frederick Meza.

Fútbol violencia

“Lo más triste de todo es que esta es la forma de estas personas, si es que se llaman como tal, esta es la forma en que ellos proyectan amor al equipo. Vaya que hay gente totalmente equivocada en este mundo”, decía, sorprendido, el comentarista Álvaro Molina, del Canal 4, mientras por la pantalla corrían imágenes de aficionados del Alianza que habían roto candados y abierto los portones de malla ciclón para entrar a la cancha del estadio Cuscatlán a reclamar, amenazantes, a los jugadores aliancistas por jugar mal.

Ya dentro de la cancha, uno de los fanáticos aliancistas se acercó al jugador Herbert Sosa y lo increpó. Sosa se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la banca de su equipo. Pero el hincha lo siguió mientras le reclamaba y le pedía la camiseta. Temiendo que el fanático se volviera más violento, el jugador aliancista se detuvo, se quitó la camiseta y la dejó caer a la grama. El aficionado la tomó del suelo y se dirigió de regreso a los graderíos.

Las imágenes en la televisión no dejaban de correr. Lejos de los gestos amables de los jugadores de las ligas extranjeras que les regalan sus camisetas a sus seguidores, Sosa había entregado su camiseta del Alianza por la amenaza de un fanático de su propio equipo. Los agentes de la Unidad para el Mantenimiento del Orden (UMO) de la policía fueron tomados por sorpresa. Su intervención empezó cuando los aliancistas ya copaban la cancha del estadio Cuscatlán. Los policías tuvieron que correr del lado occidente, en donde estaban apostados, al oriente del estadio, hacia los graderíos del sol general, la entrada popular del Cuscatlán. Aquello ocurrió en la jornada 17 del Torneo Clausura de 2014, pero el incidente no fue un episodio aislado. También ha ocurrido con aficionados de Club Deportivo Fas y con hinchas del Sonsonate F.C.

Sin embargo, Alianza Fútbol Club es identificado como uno de los equipos que más debe lidiar con una afición conflictiva, principalmente en términos de violencia. Carlos Gutiérrez, uno de los fundadores de la Barra Brava, contaba (en entrevista con Factum en 2014) que la gran mayoría de los integrantes de este colectivo tiene un pasado afiliado a la Ultra Blanca, pues esta fue la primera barra organizada de seguidores del Alianza. Sin embargo, en 2012, la Ultra sufrió la escisión de un grupo numeroso de miembros que no estaban de acuerdo con la dinámica con la que se tomaban las decisiones en el grupo.  Fue entonces que nació la Barra Brava, que se ha mantenido vigente. Su fundador original fue José Manuel Elías Laínez, conocido como “El Pollo” y quien en 2011 fue capturado y condenado por el delito de tráfico ilícito de drogas.

“A nosotros nos señalan y nos dicen delincuentes, nos dicen lo que quieran… los medios… Acordate que los medios, con tal de vender…. son amarillistas. Y la mayoría de los problemas que ha habido en los estadios pasan por la mala coordinación policial a la hora de retirar a las aficiones. Siempre al final de cada partido (las barras) se encuentran, se topan, empiezan los insultos y empiezan las agresiones, y al final terminan en lo que ya sabemos: piedras, golpes, niños golpeados, gas pimienta, abuso policial… porque de eso estamos… a la orden del día”, explicaba en 2014 Mauricio Montano, quien al igual que Carlos Gutiérrez, rehuye del término “líder” dentro de la Barra Brava. Ellos se reconocen a sí mismos como “referentes” de la barra.

 

En El Salvador hay barras organizadas violentas y no responden solamente a un equipo en particular.

La policía salvadoreña ya las tiene identificadas: las barras de FAS y de Alianza son las más peligrosas en el fútbol de la Primera División. Las autoridades no les despegan el ojo tampoco a las barras de Águila y del Firpo de Usulután. Los miembros de estos grupos han estado involucrados en disturbios fuera de los estadios antes y después de los partidos de sus equipos. 

Cuando ha habido incidentes, las barras de estos equipos se han golpeado entre sí, se han arrojado piedras entre ellas y también contra la policía. Han causado daños a propiedad privada por los que nadie responde, han dañado vehículos en los estacionamientos de los estadios. Más de una vez han afectado a aficionados que no forman parte de ninguna barra en particular.

Algunos integrantes de estos grupos también son miembros activos de pandillas. Su espejo y modelo a seguir está en las barras violentas del fútbol argentino. Copian y adoptan sus cánticos. Incluso muchos de ellos abrazan términos del caló de las hinchadas argentinas, como por ejemplo la decisión de invadir la cancha para reclamarle a los jugadores de su equipo que pongan un mayor esfuerzo, algo que ya había ocurrido en Argentina en 2011, cuando aficionados de River Plate invadieron el campo para presionar a sus jugadores.

La violencia y los descuidos entre las barras han dejado también muertos. El 7 de marzo de 2017 se cumplió el decimotercer aniversario de la muerte de Jesús “el Chino” Montano, uno de los líderes de la Fiel Blanca, una de las dos barras que a comienzos de siglo tenía el Alianza y que contaba con un apoyo decidido de la presidencia del club, por entonces comandada por la familia Padilla. Ese domingo de fútbol de 2004, los albos enfrentaban al extinto San Salvador F.C. —un equipo que llegó a ser campeón nacional y que apenas duró seis años—en el estadio Jorge Mágico González. La Fiel estaba apostada en los graderíos del sector norte. El partido llevaba apenas dos minutos de haber empezado, cuando una fuerte detonación hizo que los jugadores detuvieran la pelota.

De los graderíos en donde estaba la Fiel Blanca salía humo. Nadie entendía qué había pasado en ese momento hasta que después se supo. Alguien dentro de la barra había llevado al estadio una mezcla de clorato de potasio y benzoato de sodio que al estallar tiene un impacto potente, declararon luego las autoridades. El saldo fue una treintena de personas heridas y un fallecido: ‘el Chino’ Montano.

Desde entonces, la Primera División prohibió la pólvora en los estadios. Pero años después la restricción ha sido ignorada por las barras y han vuelto a utilizar pólvora en algunos encuentros, como ocurrió en abril de 2013, con otra detonación que destrozó una parte de los graderíos de cemento del “Vietnam” (la zona más popular) en el estadio Cuscatlán. Los protagonistas fueron, otra vez, los fanáticos del Alianza en un partido contra FAS, el que tiene la otra barra más violenta de El Salvador. Los heridos que resultaron del incidente tenían lesiones leves por las esquirlas de cemento.

Las siguientes declaraciones le corresponden a Menfis Rodríguez, quien en entrevista con Revista Factum sostenida en 2014 también rehuía a la etiqueta de “líder”. Él se identificó como Director Nacional de la Ultra Blanca. Por el incidente de la pólvora, Menfis terminó en un lío legal, detenido por seis días, preso en bartolinas de la policía.

“Lo único que te puedo decir, con propiedad, como todo lo que he compartido (en la entrevista) es que yo estuve en desacuerdo con la pólvora”.

Del problema legal Menfis salió indemne. En el siguiente audio de 2014, Menfis explicaba extensamente su versión de los incidentes de pólvora, ocurridos en el sector de barras de Alianza, en distintas ocasiones. El nombre de Edwin Abarca (vigente gerente de operaciones de Alianza) aparece mencionado:

 

Factum consultó entonces también a Edwin Abarca, quien declaró lo siguiente:

“Cuando se dio lo de la pólvora no se hizo con mala intención. Y te lo digo porque yo estaba en la grada. Andaba a mi esposa, andaba a mis tres hijos […] y no vas a hacer algo para dañar a tu propia gente, no vas a hacer algo para dañar a tu equipo, a la institución. Porque yo te digo, si esa pólvora no explota, y sale un humo, solo cae una multa y miren qué bonito se vio el espectáculo, pero lastimosamente se dio lo que se dio”.

 

 

En El Salvador, las barras violentas son una de las causas que inciden en la decisión de algunos aficionados de no ir a los estadios. Lo dice claro el subinspector Benavides Pineda de la policía salvadoreña: “El fútbol debería verse en un ambiente de paz, tranquilidad y diversión para todos aquellos que asisten a verlo. Pero algunos son muy aficionados y se emocionan y al final utilizan el fútbol para explotar, para agredir, para faltarles el respeto a los árbitros, a los jugadores y a los demás. Siempre les pedimos a los aficionados al fútbol que van a los estadios que guarden el debido comportamiento, porque el objetivo del fútbol es tener un sano esparcimiento”.

Benavides Pineda es el jefe de la policía de Pasaquina, en La Unión. Antes de dar esta declaración, en marzo pasado, el subinspector estaba con su personal policial cuidando uno de los partidos vespertinos del Pasaquina en el estadio San Sebastián. Los visitantes no eran ni Alianza ni FAS. Y los policías lo tenían muy en cuenta: cuando faltaban veinte minutos para que terminara el partido, los riesgos de violencia eran tan mínimos que los agentes empezaron a turnarse para comerse una hamburguesa con gaseosa en el cafetín del estadio.

Pero hay quienes niegan que la violencia sea una causante de tener estadios vacíos. Ernesto Allwood es el representante de Alianza en la Primera División y él está seguro de que la violencia de las barras organizadas no afecta la asistencia a los estadios.

¿Cómo maneja Alianza la relación con sus aficionados y con sus barras organizadas?

—Mire, con las barras organizadas siempre hay un acercamiento, siempre hay una conversación, para ir bajando los niveles de violencia que se han dado en algunas oportunidades. Pero cuando se trata de manejar un evento en donde va a haber aficiones grandes o incluso pequeñas, siempre se monta un dispositivo de seguridad que se coordina con la comisión de seguridad de estadios, con la policía y con seguridad privada. Y además de eso se trata de promover otro tipo de valores dentro del estadio con las taquillas familiares. Violencia siempre puede haber por una persona que haga un desorden, pero por eso usted no va a calificar a diez mil más personas que estuvieron allí y que no tienen nada que ver.

¿Y usted no cree que la violencia de las barras es causa de que la afición en los estadios haya disminuido?

—No, no creo que sea necesariamente eso. Mire, la violencia en el país es generalizada. Se trata también de que hay dificultades económicas de las personas para poder asistir. Se trata de que hay un clima de violencia a nivel nacional, pero en el caso específico de Alianza nuestra afición nos ha seguido siempre cuando el equipo anda bien y cuando anda mal. Creo que sí hay equipos que no tienen afición y hay que ser muy sinceros en eso y no hay por qué verlos peyorativamente.

Frente a Allwood están quienes creen que la violencia de las barras sí ahuyenta a los aficionados.


Espera pronto la segunda parte de esta investigación.

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