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Óscar Ortiz planea convertir en su victoria la derrota del FMLN

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Meses antes de las elecciones del 4 de marzo de 2018, lo más selecto de la dirección del FMLN ya había hecho cuentas alegres: en un derroche de optimismo algunos de ellos se habían asignado tareas postelectorales como la coordinación de la nueva bancada legislativa y la conducción de la campaña presidencial de su ungido para 2019. Pero las inesperadas dimensiones de la derrota del 4M desbarataron sus planes y, en cambio, dieron un soplo de vida a las pretensiones del vicepresidente Óscar Ortiz, quien ahora juega con piezas poderosas en el tablero efemelenista en un intento por, finalmente, poner jaque a sus grandes rivales de partido desde las internas que perdió en 2003.   

Ilustración FACTUM/Judith Umaña


El primer golpe en la mesa no llegó sino hasta el jueves 8 de marzo, cuando emisarios de Casa Presidencial cercanos al presidente Salvador Sánchez Cerén dieron más claridad al mensaje que se venía cocinando desde la noche del 4 de marzo y la madrugada del 5: las cosas tenían que cambiar. Todo tenía que cambiar. Eso, se vería luego, implicaba que Gerson Martínez dejaría de ser el candidato “de la cúpula”, pero también el intento de que las voces de líderes como Medardo González y José Luis Merino fueran menos influyentes.

El plan inicial de la Comisión Política (CP), que hasta la noche del 4 de marzo fue el plan del FMLN, no fue nunca lineal. Sufrió cambios en el camino y recibió avisos de advertencia. Pero una vez fue pactado a gusto de los líderes más influyentes, y se convirtió en una especie de hoja de ruta de un plan bienal que, para concretarse, debía pasar por el 4 de marzo con una meta: mantener al menos la llave de 29 diputados que impidiesen a la oposición los 56 votos para las mayorías calificadas.

Eso no pasó.

“Ya sabíamos que era vergueada, lo que no sabíamos es que era esta vergueada”, decía la madrugada del 5 de marzo, casi desahuciada, una militante del partido y funcionaria pública que ha participado como oyente en uno de los grupos de profesionales que suelen reunirse con el denominado Colectivo, una especie de cuerpo de dirección informal pero más selecto que la CP. El Colectivo lo integran seis personas.

La tarde del 3, de acuerdo con personas que conocieron de esa reunión, el vicepresidente Óscar Ortiz se encontró con algunos colaboradores, lejos de los centros del poder del partido, para adelantar posibles escenarios. La vergueada de la que habla la militante no tenía proporciones aún, aunque la derrota era el escenario esperado por todos. De lo que pasara la noche siguiente, dice una persona cercana al vicepresidente, dependería el nuevo guion efemelenista.

Cuando quedó claro que el Frente había perdido la llave para bloquear mayorías calificadas, que la hemorragia de votos se contaría por varios cientos de miles y que bastiones tan emblemáticos como Tecoluca habían caído, comenzó a escribirse ese guion y pasó a ser más real la posibilidad de que Ortiz se erigiera como el vértice del nuevo establishment.

El pacto inicial del viejo establishment, ese que ponía a Gerson Martínez como candidato presidencial y daba continuidad al cuarteto José Luis Merino-Medardo González-Lorena Peña-Norma Guevara como liderazgo incontestable, había empezado a hacer agua antes, pero nadie se había atrevido a cuestionarlo en público.

Una de las primeras señales de duda, dice un funcionario efemelenista, vino del mismo presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén. Según explica, el mandatario llamó a su canciller antes de la elección de marzo. “Animate a entrar”, le dijo. Eso aclaró al bando adversario de la CP que las puertas no estaban del todo cerradas y que mucho dependía del resultado electoral.

El canciller Hugo Martínez (izquierda), Medardo González, Secretario General del FMLN y Gerson Martínez (derecha), cantan el himno de la Internacional Socialista junto a los militantes del FMLN que asistieron a los actos de los trabajadores el pasado 1 de mayo en la Plaza Salvador del Mundo, en San Salvador. Ambos se preparan para las elecciones internas del partido con miras a las presidenciales de febrero de 2019.
Foto FACTUM/Salvador MELENDEZ

Para entender lo anterior hay que dimensionar el rol de Sánchez Cerén, el excomandante guerrillero de seudónimo Leonel González, firmante de la paz y el último referente moral del FMLN tras la muerte de Schafik Hándal. Un colaborador de su Casa Presidencial lo describe así: “No es él quien manda; no es él quien controla la operación del partido… pero tiene poder de veto”.

Tres de las fuentes consultadas aseguraron que Sánchez Cerén, tras la derrota, accedió a que su vicepresidente tomara las riendas del Ejecutivo y, por medio de terceros, envió mensajes a la CP, que es el máximo organismo ejecutivo del partido. Algunos de sus emisarios en esta coyuntura fueron Roberto Lorenzana, secretario técnico de la Presidencia hasta pocos días después del desastre electoral; Eugenio Chicas, secretario de Comunicaciones de la Presidencia hasta pocos días después de la derrota del 4 de marzo, y Manuel Melgar, secretario privado del presidente.

El 4 de marzo provocó una correlación interna marcada por el debilitamiento del dirigente José Luis Merino, quien asumió el mando en la recta final de la campaña y había, entre otras cosas, azuzado a la base para que votara por la bandera y no por rostros específicos de candidatos a diputados. El comandante Ramiro, que durante casi una década aumentó su influencia gracias a tener un pie en la dirección efemelenista y otro en la corporación Alba Petróleos de El Salvador, salió, como pocas veces lo hace, a dar entrevistas a medios que él controla, pero también con declaraciones públicas retomadas por periódicos impresos.

Pero Ramiro perdió. Ni siquiera él mismo, que pretendía un escaño legislativo, entró a la bancada legislativa que, entre otras funciones, debía procurarle un último año de gobierno relativamente tranquilo al quinquenio de Sánchez Cerén. Pero el viceministro Ramiro perdió, con lo que la inmunidad que le da el cargo tiene, en caso de que el FMLN pierda la presidencial del próximo año, fecha de caducidad: 1 de junio de 2019. Por ahora, perdida la posibilidad de una curul, Merino debe aferrarse a su puesto de viceministro de Cooperación Externa en la Cancillería que dirige Hugo Martínez. No es un escenario bonancible para alguien que, como Ramiro, enfrenta una investigación fiscal en El Salvador, es sujeto de interés de la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos y ha sido blanco de acusaciones de 14 congresistas demócratas y republicanos que lo señalan por presunto lavado de dinero.

Medardo González, secretario general del partido desde hace 14 años y gestor del pacto previo a la elección, también ha tenido que bajar la voz. Como Lorena Peña, la dirigente de la CP y parte del Colectivo que ha sido de las voces más abiertas en favor de la candidatura de Gerson Martínez, quien meses atrás renunció al cargo de ministro de Obras Públicas y luego anunció su intención de competir por la Presidencia de la República.

En un inicio, y tras el resultado del 4 de marzo, la CP quiso pasar de lejos por cualquier tablero que los dirigentes no controlaran, pero había quienes sí habían interpretado el mensaje de los votantes y les complicaron ese esfuerzo. Por eso los principales dirigentes quisieron recoger las últimas migajas del poder disponibles y eso lo tradujeron en un intento porque a los candidatos a alcaldes y diputados perdedores se les diera contratos como asesores en el gobierno. Eso rebasó el nivel de tolerancia de los que ya habían asumido un rol más crítico. “Ahí fue cuando varios dijeron ´por la puta, si por eso perdimos´”, dice un miembro del cuerpo partidario conocido como Colectivo.

Revista Factum habló en las últimas dos semanas de abril con media docena de líderes y colaboradores de dirigentes efemelenistas que han participado directamente en las pláticas posteriores al 4 de marzo. También entrevistó a funcionarios clave cercanos a la Presidencia de la República y a otras instituciones estatales. La mayoría habló bajo la condición de que no se les identificara por su nombre, porque sus revelaciones podrían causarles reclamos importantes dentro del FMLN.

La historia que permiten reconstruir es la de un golpe inesperado de realidad, que de inmediato botó algunos planes importantes de la dirección, como por ejemplo las designaciones que ya había hecho para la coordinación del trabajo legislativo a partir del 1 de mayo de 2018, y para dirigir la campaña presidencial de Gerson Martínez.

Hace muchos años que la dirección no encaraba objeciones importantes a sus decisiones. Y era fácil de entender, tomando en cuenta que el partido logró convertirse en una maquinaria electoral exitosa que en 2009 obtuvo la mayor cantidad de diputados y la presidencia de la República. Y tomando en cuenta que en 2014 obtuvo refrenda de la presidencia.

Los cálculos de Óscar Ortiz

Es agosto de 2017. Faltan siete meses para la elección y el vicepresidente Óscar Ortiz llega a su residencia oficial apurado. La última parte de la agenda pautada este día incluye conversaciones off the record con periodistas. Óscar Ortiz quiere hablar sobre sus planes de seguridad y de la estrategia del gobierno para intentar bajar los homicidios y frenar a las pandillas, según detallan tres comunicadores que asistieron a esa reunión.

Quien visita la residencia del vicepresidente, una vieja casona en la parte alta de la colonia Escalón, en San Salvador, puede hacerse una idea de las facetas de Ortiz a lo largo de las últimas tres décadas. Los cuadros colgados en las paredes del salón principal, separado de un pequeño jardín por puertas de vidrio, cuentan esa historia.

Ortiz no vive en esa casa, sino que es la sede de su despacho. Hay ahí fotos de Ortiz guerrillero, aún con abundante cabello en la cabeza, de uniforme y con el AK-47 colgado del hombro. Muchas otras corresponden a la época como alcalde de Santa Tecla. Y hay cuadros que muestran una arista menos conocida de él: la de escritor. Tres paredes que sirven como un pequeño salón de trofeos están tapizadas con poemas enmarcados firmados por Saeta, el seudónimo literario del vicepresidente.

También destacan un cuadro y un trofeo que celebran uno de los campeonatos del Santa Tecla, el equipo de fútbol que Ortiz y algunos empresarios hicieron crecer cuando el efemelenista era alcalde tecleño. El fútbol llevó alegrías a Óscar Ortiz. Aunque también problemas.

En abril de 2016, El Faro publicó una fotografía de Ortiz junto a José Adán Salazar Umaña, alias Chepe Diablo, en el estadio Calero Suárez, de Metapán, tomada en diciembre de 2014. Salazar entonces estaba relacionado con el club de fútbol Isidro Metapán y había sido designado por Estados Unidos como capo internacional del narcotráfico. En 2010, Ortiz y Salazar habían formado la sociedad inmobiliaria Desarrollos Montecristo.

Antes de que esa fotografía fuera publicada, El Faro y Revista Factum habían publicado sendos reportajes sobre la relación entre el vicepresidente y el presunto narco. A la postre, Ortiz diría que, en efecto, había fundado una compañía con Salazar Umaña, de la cual según él no se lucró y a la que no canceló en su momento “por un descuido”.

La cúpula del partido FMLN (izquierda a derecha), Medardo González, Salvador Sánchez Cerén, Oscar Ortíz y Nidia Díaz, durante un acto partidario en el Centro Internacional de Ferias y Convenciones (CIFCO) en San Salvador, El Salvador, el 22 de Octubre de 2017, donde celebraron el 37 Aniversario del FMLN.
Foto FACTUM/Salvador MELENDEZ

A mediados del año pasado, cuando ya Ortiz había asumido, por instrucción de Sánchez Cerén, la jefatura del gabinete de seguridad en plena guerra contra las pandillas, el propio vicepresidente y varios de sus operadores políticos seguían empeñados en bajarle volumen al tema Chepe Diablo.

Ese asunto también ha incidido en los planes del vicepresidente, que tenía él mismo aspiraciones de convertirse en candidato presidencial. De acuerdo con un alto funcionario del Ejecutivo familiarizado con las discusiones internas en el FMLN, dos cosas jugaban en contra de sus pretensiones. “Óscar tenía dos obstáculos: lo de Chepe Diablo y que se le estaban acabando los días de fungir como presidente”, dice. La segunda valla hace referencia al obstáculo legal que el vicepresidente hubiese enfrentado si, en su intento por ser candidato, hubiese fungido en lugar del presidente de la República más de lo permitido por la ley.

La Constitución salvadoreña prohíbe la candidatura presidencial a las personas que hayan dirigido la Presidencia por más de seis meses, consecutivos o no, en el período anterior a la elección. Incluso, si se presidió el gobierno en cualquier momento durante los últimos seis meses antes del inicio del nuevo período presidencial. Cuando habían pasado 19 días después de la elección del 4 de marzo, el presidente Sánchez Cerén anunció que partiría a Cuba para uno de sus chequeos médicos, y eso implicaba que el segundo en la línea de sucesión debía hacerse cargo. Según los cálculos de sus colaboradores, para entonces a Ortiz no le quedaban más de siete días como presidente en funciones para quedar inhabilitado. Muy apretado.

El vicepresidente titubeaba desde noviembre de 2017 sobre esa ambición que arrastraba desde 2003, cuando en una reñida elección interna perdió la postulación presidencial del partido ante Schafik Hándal.

Sin embargo, en enero de 2018, cuando el secretario general Medardo González había anunciado en público que la dirigencia apoyaba la candidatura de Gerson Martínez, Ortiz confirmó su interés en competir. De nuevo Ortiz, como lo hizo en 2003 y después en 2004 en la lucha por la secretaría general, desafiaba a la corriente dominante. Y no había salido indemne de aquella lucha, que lo llevó al borde de la purga, como sucedió a algunos de sus colegas de la corriente reformista. Esta vez, la derrota electoral de marzo aclaró el escenario para Ortiz, pero en este persistían nubarrones: su relación con Chepe Diablo y el mínimo saldo de días disponibles para ejercer como presidente corrían en su contra.

La luz del nuevo escenario, no obstante, venía de la derrota de un partido en el gobierno conducido por una dirección que había escogido ya a su ungido para la presidencial de 2019. La derrota del 4 de marzo obligaba a repensar todo, a limpiar la mesa y a sentarse de nuevo a planear el futuro. Con esto en mente, y también con los dos factores que corrían en su contra, Ortiz encontró la manera elegante de dar su paso: la rotación que hizo Sánchez Cerén en el gabinete como reacción al 4 de marzo, dejó al vicepresidente como nuevo secretario técnico de la presidencia. “Aceptar el cargo como secretario técnico va a demandar tiempo completo de todo mi esfuerzo y capacidad. Y eso me ha hecho reflexionar, pensar y procesar la decisión. He decidido no participar en las elecciones internas para la candidatura presidencial”, dijo el 21 de marzo, dos días antes de que Sánchez Cerén anunciara su viaje a Cuba.

Pero Ortiz no estaba claudicando. Había pensado ya en varias posibilidades. Y si el plan A pudo haber sido alguna vez la presidencia, también había un plan B, y hasta uno C.

El plan B era intentar hacerse con el control del partido, aprovechando la posición débil en que quedó la dirección efemelenista tras el fracaso en las urnas. Pero eso también podía ser riesgoso: con Arena adelantada en la selección de su presidenciable, con el desgaste del FMLN tras 10 años de gobierno, y con el hasta entonces alcalde Nayib Bukele con grandes posibilidades de consolidarse como tercera fuerza, 2019 no ofrecía nada parecido a garantías de triunfo. Ortiz no quería tomar el poder del partido para perder en 2019. Eso posiblemente sería su funeral político.

Por eso tenía un plan C, dicen al menos tres personas que participaron en las discusiones posteriores al 4 de marzo. El plan C es más complejo y no estaba del todo delineado antes de la elección. El primer paso en este plan era, dice una de las personas que participaron en los debates al respecto, que el vicepresidente propusiera hacerse cargo del gobierno para evitar que el último año de la administración Sánchez Cerén se convirtiera en un lastre más para el partido. Con los homicidios en números estables y los reclamos por ejecuciones extrajudiciales atribuidas a la Policía escondidas por la maquinaria oficial de propaganda, tocaba ahora mostrar un gobierno dinámico.

“Si vos ves, Óscar pasó toda la Semana Santa de arriba para abajo, todos los días en una foto por lo menos”, dice el alto funcionario del Ejecutivo, en referencia a la febril actividad pública que protagonizó Ortiz unas semanas después de la derrota. Basta ver las cuentas de Twitter del gobierno y la personal del vicepresidente para corroborar esas palabras.

El segundo paso era desistir de la candidatura y empezar a preparar otro escenario: el asalto a la dirección partidaria en 2019, después de la presidencial, sin hacerse cargo del partido antes. Y, por último, alinear a un candidato afín, a un eventual presidente para un eventual gobierno de un FMLN controlado por Óscar Ortiz. Ese candidato es Hugo Roger Martínez, el canciller y viejo compañero de Ortiz en intentos por ganar terreno ante la cúpula que dirigió primero Schafik Hándal y luego la actual CP. En 2003, Ortiz perdió la lucha interna por la candidatura presidencial ante Schafik Hándal, y en 2004 volvió a salir derrotado, esa vez ante Medardo González, quien se convirtió en coordinador general efemelenista. Este cargo hoy se llama secretaría general. Desde aquellos años Hugo Martínez y Óscar Ortiz quedaron marcados negativamente ante la dirigencia, y Ortiz siempre ha sido visto como el obcecado conductor de la corriente “reformista”. El estigma fue tal que, aún en 2007, José Luis Merino, en una entrevista con El Faro, sentenció que para el partido los dos seguían siendo sospechosos. “Óscar y Hugo deben ordenar su pensamiento”, dijo Merino.

El “animate a entrar” del presidente Sánchez Cerén a Hugo Martínez se leyó como una posibilidad en el entorno del canciller en la previa de la legislativa y como un salvoconducto en los días posteriores.

Todo empezó a alinearse: Ortiz tenía ya la batuta del gobierno y, de su lado, al círculo íntimo del presidente en Casa Presidencial, formado en esencia por Melgar, Chicas y Lorenzana. Los primeros reacomodos en el Ejecutivo tras el 4 de marzo, que muchos leyeron como una muestra irrisoria de voluntad de cambio tras la derrota, eran en realidad un posicionamiento de las piezas del nuevo establishment.

Luego, acuerpado por el hálito de Casa Presidencial, Hugo Martínez pidió permiso para dejar temporalmente su puesto como canciller, se lanzó al ruedo e inició una operación de medios de comunicación. Varias entrevistas en las semanas posteriores a su inscripción en las internas le han servido para delinear una serie de mensajes que pretendían, sobre todo, desbancar la percepción de que Gerson Martínez fue alguna vez el ungido. Pero ha habido otros mensajes más sutiles y acaso más importantes, como los guiños que Hugo Martínez ha hecho desde entonces a militantes y simpatizantes efemelenistas que habían dejado de votar por la bandera roja.

“En los pueblos, sobre todo en las zonas de excombatientes, la frustración con la dirigencia es grande. Oímos a compañeros putearlos… El mensaje de Hugo ha sido: no tienen nada que perder, ellos los marginaron, yo los voy a incluir”, dijo a Factum un funcionario cercano al vicepresidente Ortiz.

La principal apuesta de la dupla Óscar Ortiz-Hugo Martínez es abrir hasta donde sea posible el padrón interno del FMLN, reducido ahora a menos de 25,000 afiliados debido a purgas internas o abandono de militantes. Es una carrera contra el tiempo, porque la elección interna está programada para el 27 de mayo. La gente que no está dentro, que es efemelenista y nunca votaría por la derecha, no está conforme con el establishment saliente, pero son susceptibles de volver a votar por un candidato del Frente. No es casual que el excanciller haya insistido cuando ha podido en el tema del padrón. Este cálculo pasa además por otra lógica: entre más amplia la lista de afiliados, más posibilidad de que ahí entren todos los descontentos con la cúpula actual.

Que Hugo Martínez sea el delfín de Óscar Ortiz no garantiza nada al vicepresidente, en caso de que su pieza lograra el triunfo interno y se convirtiera en presidente en 2019, como bien lo han mostrado recientemente el caso de Rafael Correa y Lenín Moreno, en Ecuador, y el de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, en Colombia. Pero el plan de Ortiz no depende de que su candidato se convierta en presidente. Este es el último objetivo de Óscar Ortiz: capitalizar el descontento para, aun si el FMLN pierde la presidencial, hacerse con el control del partido.

Las declaraciones de Fabio Castillo, excoordinador del FMLN y concejal en la Alcaldía de San Salvador que administró Nayib Bukele hasta el pasado 30 de abril, hacen un bosquejo de las intenciones del grupo de Ortiz. “Creo que ya pasó un tiempo suficiente para que Medardo González diera sus aportes y que es hora de que él vaya pensando en renunciar. (…) Yo creo que él sí debería decirle a la militancia: señores, después de las elecciones de 2019 vamos a renunciar a nuestro cargo y nos comprometemos a no volver a presentarnos en ese período”, dijo Castillo en una entrevista de República, del canal 33.

El canciller Hugo Martínez (izquierda) conversando con Jacqueline Rivera, durante las celebraciones del 37 Aniversario del FMLN el pasado 22 de octubre de 2017, en el CIFCO en San Salvador, El Salvador. Cerca, el ex coordinador general del Frente, Fabio Castillo. Martínez se lanzó en busca de ser el candidato presidencial del partido.
Foto FACTUM/Salvador MELENDEZ

Nayib aún vive en el corazón del FMLN

Uno de los efemelenistas más involucrados en el plan que surgió tras la derrota del 4 de marzo explica así cómo ve las posibilidades de que el partido de izquierdas y una eventual candidatura de Hugo Martínez prosperen en la presidencial de febrero de 2019: “Solo hay dos tiquetes para ir a ver la final del Mundial (de fútbol), y Arena ya tiene uno. El otro lo peleamos nosotros con Nayib (Bukele, el exalcalde efemelenista de San Salvador que fue expulsado del partido en 2017 y que está ya formando su propia organización para competir en 2019)”.

Bukele y la posibilidad de una candidatura con el Frente marcaron la discusión interna del partido mucho antes de la derrota de marzo pasado.

De acuerdo con un funcionario cercano al círculo de Óscar Ortiz y en lo cual coincide un alto funcionario del Ejecutivo, uno de los primeros planes de José Luis Merino fue apoyar la potencial candidatura del joven y popular alcalde capitalino. Fabio Castillo, el concejal capitalino, fue uno de los principales interlocutores con el partido en ese plan. Sin Bukele dentro del FMLN, Castillo declaró su apoyo a Hugo Martínez para que este se convirtiera en el candidato presidencial.

“Está claro que en el partido también priva la visión de que hay que apostar con alguien que gane”, dice un funcionario del Ejecutivo, miembro del FMLN, al recordar aquellos acercamientos con Bukele.

El obstáculo: líderes importantes del partido, tanto de la departamental de San Salvador como de la CP, nunca estuvieron de acuerdo. Las frecuentes críticas públicas de Bukele a decisiones de gobierno o del partido, sus constantes confrontaciones públicas con la dirigente Lorena Peña, que explotaron en septiembre de 2017 en Twitter luego de que ella se inclinara abiertamente por una candidatura interna que luego encarnaría Gerson Martínez, y las desavenencias más sordas con liderazgos como el de Miguel Sáenz en San Salvador, empezaron a carcomer esa posibilidad.

Episodios como el enfrentamiento entre Bukele y Xochitl Marchelli Canales, síndica de la alcaldía de Bukele, por un voto en contra en que el FMLN y Arena se aliaron en contra del alcalde, los interminables tuits de Bukele en que decía que su partido era Arena 2.0, indicaban que la alianza no cuajaría.

El episodio que lo dinamitó todo, de acuerdo con dos dirigentes consultados, no ocurrió en El Salvador, sino en Washington, D.C., cuando en un acto en el que Bukele ya coqueteaba con una candidatura independiente y empezaba a crear estructuras de apoyo en Estados Unidos, el alcalde dijo que en El Salvador no había presidente. “Eso lo rompió… Acordate de que Leonel (Sánchez Cerén) es una especie de brújula moral en el partido… irrespetarlo tenía costos”, dice un funcionario del Ejecutivo. Después, dice un militante cercano a Óscar Ortiz, ni Merino fue capaz de defender a Bukele.

Y, a pesar de todo eso, Bukele sigue siendo un nombre que el FMLN no quiere terminar de satanizar. Por razones prácticas.

Después del 4 de marzo, las referencias a Nayib Bukele se suavizaron. Hugo Martínez incluso ha hablado de posibles “alianzas amplias”, en guiños que parecen dirigidos al exalcalde. Bukele, enfrascado en la consolidación de su propio vehículo electoral, también ha bajado el tono. Fabio Castillo, cercano a Hugo Martínez y a Nayib Bukele, ha subrayado que el FMLN no debe descartar un acercamiento con Bukele frente a las presidenciales de 2019. En todo caso, el adversario de los dos, por naturaleza, es el partido Arena.

Nadie, valora uno de los efemelenistas cercanos a la candidatura del canciller, quiere pelearse con Nayib. “Nos necesitamos… Si él pasa a segunda (vuelta) lo hará con votos que fueron del Frente y necesitará más votos… Igual nosotros”.

El grupo que apoya la candidatura de Hugo Martínez y el grupo de Ortiz no parecen despreciar la fuerza de Bukele, pero la matizan. Así: el exalcalde, dicen, quiso medir su fuerza electoral con su apoyo a los votos nulos en la legislativa y municipal, y luego atribuirse como propias las cerca de 120,000 mil nuevas nulidades; eso, razonan los efemelenistas, es exagerado, porque en esas nulidades hay algunas producidas intencionalmente por votantes descontentos en Arena y el FMLN que no necesariamente votarían por alguien más. “En todo caso, el piso electoral del FMLN en presidenciales ronda los 400,000, con lo que Bukele necesitaría mucho más”, razona uno de ellos.

La partida de ajedrez que libran Ortiz y la dirección del partido no evidencia tener motivaciones ideológicas. La lucha es, simplemente, una batalla por la administración del poder: el del partido y el del país. Y aunque la batalla aún no termina, ya produjo bajas importantes, y todo porque la dirección efemelenista se comió el pastel cuando este aún no estaba cocinado. Uno de los grandes perdedores es Gerson Martínez, quien de candidato seguro pasó a ser el contendiente de Hugo Martínez, con el lastre que pueda significarle haber sido el ungido por una dirección que fracasó el 4 de marzo.

En el caso de los otros tres, lo que han perdido es el cargo para el que ellos mismos se habían nombrado desde la dirección: José Luis Merino no podrá ser el coordinador de los diputados efemelenistas del período 2018-2021 porque los votantes le negaron el escaño legislativo. Y, al menos por ahora, Lorena Peña y Medardo González han tenido que dejar a un lado su autonombramiento como los directores de la campaña presidencial de Gerson Martínez.

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