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El Festival Aural y sus ondas sísmicas

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El legendario festival de música experimental se recuperó del terremoto de México para juntar a grandes agrupaciones mexicanas y norteamericanas del post-rock, noise y avante garde.

Fotos cortesía del Festival Aural


La sexta entrega del Festival Aural, cinco días de música experimental en la Ciudad de México, sobrevivió al terremoto para llevar a ese país a grandes agrupaciones, como por ejemplo la oportunidad de ver por primera vez en Latinoamérica a Godspeed You! Black Emperor (pioneros del post-rock ), Lightning Bolt (emblemática banda de noise punk) y Roscoe Mitchell (leyenda del jazz avante garde).

El festival, que había sido programado para iniciar un día después del terremoto del 19 de septiembre, se pudo desarrollar entre el 13 y el 17 de diciembre, contando con la participación de más de 20 agrupaciones de todo el mundo. Rogelio Sosa, fundador y director del festival, comentó que estos se sumaron a los más de 300 artistas (aproximadamente) que se han presentado en Aural desde sus inicios en 2011, entre ellos, Melvins, Earth, Faust y Melt Banana.

“A pesar de la reprogramación a causa del terremoto, estamos contentos  [por] que pudimos rescatar a los headliners. Fue complicado con lo de los boletos. Pues sí, la gente muy solidaria, pero al mes del temblor ya estaban exigiendo [nuevas fechas]”, explicó Sosa.

Para quienes pudieron cultivar la paciencia, su espera se les recompensó con una experiencia sonora única, reuniendo talento tanto mexicano como internacional en salas, auditorios y foros por todo el Distrito Federal. Los conciertos se lucieron con su variada programación caracterizada por inesperadas colaboraciones en vivo, creando yuxtaposiciones inusuales, a veces chocantes, pero siempre generando nuevas expectativas aurales.

La primera noche del festival abrió con el acto más esperado: Godspeed You! Black Emperor, que apareció en la sobrevendida Sala Corona, frente a una mezcolanza de público que compró boletos tanto para el postergado concierto de septiembre como para el de diciembre. A los canadienses les abrieron los locales de Tajak, banda psicodélica fuertemente influenciada por el drone, cuyos crescendos del bajo le hacen eco a la sombría instrumentalización de Godspeed.

Luego subió el cuarteto defeño, Carlos Marks, sonando un poco como si A Hawk and a Hacksaw y un joven Miles Davis se hubieran subido a un caballo sin riendas. La energía frenética de free jazz con música balcánica se vio calmada finalmente por las intensas progresiones de GY!BE, quienes subieron al escenario en silencio para tocar en círculo, algunos miembros dándoles la espalda al público. La banda se lanzó sobre todo con material de su nuevo disco, “Luciferian Towers”, estrenado el mismo mes del terremoto. Los visuales del set, al igual que la temática del álbum, fluctuaron entre referencias a lo apocalíptico y la urgencia de actuar ante un mundo que corre aceleradamente hacia la descomposición. El show inició con la proyección de la palabra “Hope [Esperanza]” arañada en cinta de 16mm, mientras sonaba el preludio de “Bosses Hang”. El fogoso violín de Sophie Trudeau terminó como llanto desesperado sobre el clamor de la canción final, “BBF3” (del EP “Slow Riot for Zero Kanada”), tocada frente a imágenes de un paisaje en llamas.

Fue un concierto por el que valió la pena la espera.

La noche siguiente, la del 14 de diciembre, se vivió una jornada de alta intensidad. El angosto recinto del Foro Indie Rocks! se llenó hasta las bóvedas con un furioso noise de tres tendencias marcadamente distintas. Primero, (SIC), un dueto local conformado por el vocalista Rodrigo Ambriz y Julian Bonequi en percusión, expuso al público a su experimentación minimalista, un performance entre teatro de la crueldad y un Einstürzende Neubauten con tendencias del black metal.

Luego apareció en el escenario es espectáculo de KK Null, leyenda del noise electrónico desde Japón, y Balázs Pándi, baterista húngaro, conocido por sus complejas composiciones individuales y sus colaboraciones con decenas de artistas experimentales y del metal y grindcore. En una sesión de improvisación en vivo, la dupla dejó al público con la quijada en el suelo.

Finalmente, pasaron los esperados Brian, Chippendale en la batería y Gibson con su bajo de cinco cuerdas. Era el turno del proyecto Lightning Bolt. Los asistentes, quienes habían permanecido atentos pero serenos ante (SIC), KK Nulk y Balázs Pándi, irrumpieron en un mosh violento que espantó hasta algunos veteranos de la escena, ante temas sacados de sus primeros discos “Hypermagic Mountain” y “Ride the Skies”, además de una selección de material más reciente. Al cabo de una hora, incluso Chippendale pareció cansarse, quitándose la máscara que tanto lo caracteriza para tocar el último tema con el rostro sudado y expuesto después del bis.

Los eventos de fin de semana del Festival Aural iniciaron con una oportunidad de recuperar el aliento en el majestuoso Auditorio Simón Bolívar, ubicado justo en frente de las ruinas del Templo Mayor, en el corazón capitalino. Entre las columnas del escenario —pintadas por el mismo Diego Rivera— se presentó el multinistrumentalista Marcos Miranda y el legendario Roscoe Mitchell, fundador del Art Ensemble of Chicago, con The Chicago Underground Duo.

El evento, a diferencia de las dos noches anteriores, fue concebido como una noche de espectáculo tradicional, desarrollándose en un atrio de luz mezquina y con asientos afelpados para todos los asistentes. Después de la tercera llamada, Miranda pasó al escenario en una sublime sesión de improvisación con saxofón soprano, luego con salterio, el cual tocaba dulcemente en estilo tradicional japonés y luego pegaba violentamente con la palma de su mano. Siguió con improvisaciones similares en el clarinete bajo y en el khén, instrumento de viento largo originario de Tailandia. Luego fue el momento de retirarse y darle paso a Roscoe Mitchell y The Chicago Underground Duo. Mitchell, a pesar de ser el headliner del evento, prefirió hacerse a un lado y adaptar las melodías de su saxofón a la dinámica musical entre el trompetista y vocalista Rob Mazureck y el batero Chad Taylor. Las virtualidades de los tres músicos destacaron por casi dos horas. El trío no compitió por atención sino que compartió el espacio sonoro, cada quien cediendo de vez en cuando para destacar algún instrumento en particular.

A pesar de insistir en que el festival no posee una curaduría temática (“pues te puedes inventar cualquier cosa”, según Rogelio Sosa), la intencionalidad de Aural se manifestó en los espacios seleccionados: Sala Corona, con su amplio espacio de caverna, se prestó para el ejercicio de escucha meditativo y sublime de Godspeed; la elegancia y la destacada historia del Simón Bolívar, que fungió como el telón perfecto para la presentación de un transforma mundos como Roscoe Mitchell. Sin embargo, los espacios físicos sirvieron más como patio de juegos para asistentes y agrupaciones que como limitante a los conciertos del Aural.

“Lo que tenemos es una línea experimental”, insiste Rogelio. “Nos gusta mezclar esos dos mundos de vacas sagradas, digamos, como Rosco Mitchell y gente un poco desconocida, como Marcos Miranda; y gente mucho más joven todavía. Nos gusta pensarnos como punto de encuentro, como juntar gente: uno de Hungría y otro de Japón en México. Es casi como un chiste. Nos gusta eso, servir de experimentación para los artistas y no solo para el público”, añadió Sosa.

El Festival, por supuesto, no hubiera podido superar las barreras que impuso el desastre natural si no hubiese sido por el apoyo de una robusta escena experimental que Rogelio solo ha visto crecer desde que empezó a programar conciertos con el pionero Festival Radar en 2001.

“En los últimos cinco años ha habido una explosión de festivales. También hemos provocado que los festivales más mainstream incluyan cosas un poco más experimentales en su programación y que haya festivales autogestivos por todos lados. Si ves la agenda de música experimental de México es una locura. Todas las semanas hay algo”, explicó el fundador y director de Aural.

No obstante, a pesar de su trayectoria y del modesto financiamiento gubernamental que recibe Aural, Rogelio considera que la escena de música experimental mexicana permanece underground. “Sigue siendo una música de nicho, relativamente marginal, pero sí presente”, comentó.

Y evidentemente con mucho aguante. Aural ya se plantea una programación innovadora para 2018, uniendo sonidos y mundos en una ciudad que con o sin actividad sísmica, niega a dejar de moverse.

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