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Asesinada por ser mujer ¿qué diablos significa eso?

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A raíz de la mediatización de los asesinatos de la agente Carla Ayala y la periodista Karla Turcios, la palabra feminicidio se ha instalado con fuerza en la agenda pública de las últimas semanas. Con la palabra también aparecieron los típicos ataques de machitrolls en su activismo contra todo los que huela a feminismo, pero también otras personas con preguntas sensatas, dudas válidas que creo vale la pena intentar responder: ¿Es el feminicidio igual a cualquier asesinato de mujer? ¿Cómo se distingue uno de otro? ¿Sirve de algo esta distinción?

Comencemos por el principio ¿Qué no es el feminicidio?

El feminicidio no es una palabra antojadiza de las feministas como parte del lenguaje incluyente. No es la versión femenina de homicidio, ni una estrategia para simplemente no revolver los asesinatos de mujeres con los de los hombres. En El Salvador lo conocemos sobre todo como un término jurídico, un delito definido en la Ley especial integral para una vida libre de violencia para las mujeres. Sin embargo, antes que un término legal, el feminicidio es un concepto creado en la academia e investigación de las ciencias sociales y feminista para señalar las razones específicas, a su sexo y género, por las que una mujer fue o puede ser asesinada.

Por eso, por supuesto que no todo asesinato de mujer es feminicidio. No hacer la distinción es irresponsable y resulta contraproducente para la visibilización y denuncia de la violencia hacia las mujeres. Si una va caminando y de repente le cae una bala perdida en la cabeza y muere, obviamente eso no es un feminicidio. Ni lo es que la maten con un balazo en la cabeza por robarle el bolso, el carro o no pagar la renta. Tampoco es feminicidio recibir un disparo de la policía en el paladar de la boca por estar en el lugar, el momento y con las personas equivocadas. Eso es una ejecución extra legal.

Entonces, ¿qué sí es feminicidio? Es ser asesinada por hecho de ser mujer. Pero, ¿qué significa esto?

En el contexto latinoamericano, el uso del término feminicidio se extendió a partir de la propuesta de dos académicas: Marcela Largarde que, desde 1994, lo usó para investigar, documentar y denunciar asesinatos de mujeres en México y la socióloga Julia Monárrez, a raíz de los asesinatos de las mujeres en Ciudad Juárez. Ambas fueron muy influyentes en la adaptación del concepto en el campo penal. Monárrez, junto al Colegio de la Frontera Norte, creó la base de datos Feminicidio, que caracteriza este tipo de muertes y las distingue de los asesinatos de mujeres.  El  objetivo principal fue intentar condensar en una palabra las causas que tenían que ver con el patrón cultural-histórico que define y marca lo que significa ser mujer en nuestras sociedades.

Dentro del campo legal, esta estrategia de distinguir los motivos de un crimen por las características sociales intrínsecas a las víctimas también es utilizada en otro tipo de delitos. Por ejemplo los que se cometen contra otros colectivos de personas por su raza (personas negras, indígenas), por su religión (musulmanes, judíos, cristianos) o por su género (miembros de la comunidad LGTBI).

En el caso del feminicidio ¿cuáles son esas características del ser mujer – culturales e históricas – que fundamentan algunos de los crímenes cometidos contra las mujeres?

Primero indaguemos en eso de ser mujer. Para algunos somos mujeres por naturaleza. Nuestra biología, nuestros genes nos determinan física y psicológicamente. Nacemos así y punto. Para otros en realidad lo aprendemos. Es la vida social la que nos hace entender e introyectar ese ser mujer gracias a cierta ideas, roles y reglas que nos inculcan la cultura y el tiempo histórico en el que vivimos. Con esas normas y creencias se han construido estereotipos que nos dicen cómo ser y como no ser. Estas concepciones nos traspasan a todas, por supuesto con las diferencias de clase social, etnicidad, raza, edad, etc.

¿Cuáles son las ideas que conforman ese estereotipo de “mujer” en nuestro tiempo? Para empezar, lo físico. Somos mujeres porque nacimos con ciertas características genéticas y capacidades físicas: pechos, vagina y útero, que nos hace seres para procrear a otros seres humanos. Esta capacidad – que no todas las mujeres tienen, ni desean – es lo que la sociedad ha establecido como la diferencia principal con el hombre, no solo físicamente, sino también respecto a nuestra función y comportamiento en la sociedad.

Al hecho de poder concebir y parir, la sociedad le asignó  un significado: que las mujeres por naturaleza somos seres domésticos, hechas para la maternidad y el cuido de otros. Muchos piensan que esas características de cuido son predisposiciones biológicas inamovibles. Pero esas funciones no están escrita en ningún gen, ni en ningún cromosoma. Son en realidad construcciones culturales que se nos imponen incluso antes de nacer.

Al mismo tiempo, para la sociedad esa función materna y de cuido debe darse dentro de una relación de pareja heterosexual y monógama, preferentemente casada. Así que la mujer ideal, la buena mujer, la valiosa en nuestras sociedades, es primero la señorita inmaculada en espera de casarse y luego una esposa y madre heterosexual. Nuevamente dos conceptos -esposa/madre- que no están escritos en nuestros genes, sino que los hemos adquirido dentro de la cultura.

Y cuando digo “cultura” me refiero a las ideas y creencias heredadas de la ilustración, de la época victoriana y la consolidación de la burguesía en los siglos XVIII y XIX. Mismos preceptos que fundamentaron la creación de los estados y democracias modernas occidentales y que de alguna manera aún perviven. Muchos creen que la familia nuclear, la maternidad, la infancia  y la división social del trabajo es algo que se estableció desde el mismo génesis. Sin embargo, es con el surgimiento de la modernidad que estos conceptos toman forma y se imponen paulatinamente como los modelos de convivencia social. Así nos lo recuerda Cecilia Amorós, que es durante este tiempo que se establece la separación ideológica entre naturaleza y cultura, una división que ubica a la mujer en el lado de la primera, y por lo tanto en una posición de subordinación, y al hombre en la segunda como dominador. Quedó establecido entonces que el hombre es a la mujer lo que la cultura a la naturaleza.

Una cuestión fundamental en este concepto es que esta idea ilustrada de “mujer” está configurada dentro de una relación desigual de poder. Como esposa se pasa a ser simbólicamente una posesión exclusiva del esposo, como madre se debe a los hijos. Al ser esposa y madre su deber esencial está dentro del hogar. La mujer ideal no trabaja fuera de casa, se dedica en cuerpo y alma al cuidado de su marido y sobre todo de los descendientes. Tampoco gana dinero, su deber es administrar el que su compañero de vida consigue. Además habla solo dentro del hogar e impone orden dentro de él, porque el espacio público es en realidad para los hombres. Con base en estos estereotipos las mujeres estuvieron excluidas de gran parte de los derechos de ciudadanía que los hombres gozaron desde el surgimiento de los estados modernos. Recordemos que hasta hace poco más de un siglo las mujeres ni siquiera podían votar, ni tener propiedades a su nombre, ni heredar dinero, mucho menos tener participación política.

Por supuesto el tiempo ha pasado, ahora somos ciudadanas plenas de acuerdo a ley y no todas seguimos las reglas del estereotipo de la buena mujer. Muchas desafiamos esas ideas conservadoras de diversas maneras, nuestras propias circunstancias de vida nos los exige o nuestros deseos y expectativas  ¿cuántas mujeres, aunque quieran, en realidad pueden cumplir con el estereotipo de “mujer la mujer buena”? ¿Cuántas mujeres, aunque puedan, no desean cumplir con ese orden establecido? ¿Qué pasa cuando las mujeres no nos apegamos a esas reglas que dicta “la buena mujer”?

Para contestar es necesario hablar de una característica esencial ese concepto de “mujer”: su naturaleza dual. El ser mujer es un concepto conformado por dos caras contrapuestas pero inseparables: la buena (madre-esposa) vrs. la mala (la puta-la no madre). La una es el límite de la otra y ambas nos marcan límites a las que tenemos carne y huesos. Pero ¿qué es una “mala mujer-puta”? ¿Por qué es la mayor ofensa que podemos recibir? La puta es el alter ego de la esposa-madre. Es la mujer caída por antonomasia, estigmatizada, promiscua, viciosa, su territorio está fuera del hogar, cobra por tener sexo, algo que en realidad debe hacerse gratis y por amor, con un solo hombre y bajo el techo de un hogar. Por supuesto no es madre, y si al caso tiene hijos, es la peor progenitora que alguien puede tener.

Sin embargo, el ser “buena o mala mujer” tienen algo en común: ambas se refieren a lo que una hace o deja de hacer con su cuerpo y su sexualidad. En esos dos aspectos se fundamenta el valor social de cualquier representante femenina. Un parámetro que no es aplicado a los hombres. Lo perverso es que, como plantea la académica Marta Lamas, esa valoración desigual de la actividad sexual para unos y para otras se convirtió, y sigue siendo, el fundamento del andamiaje moral de nuestras sociedades.

Así nos controla a las mujeres la sociedad, los hombres y las unas a otras. Por eso, en la vida cotidiana nos la pasamos luchando por cumplir con el ser mujeres buenas, pero ante todo luchamos para nunca ser o parecer “malas mujeres”, para que nunca nadie se atreva a llamarnos y marcarnos con la palabra más maldita de todas: puta.  Ser marcadas con este calificativo es un riesgo constante que todas corremos (con las diferencias correspondientes de acuerdo a la clase social, religión, raza, que hacen a unas más o menos vulnerables que otras), una forma de violencia simbólica, como tan bien lo ha explicado Pierre Bourdieu, que además se convierte en la justificación, no solo para ser discriminadas, sino también para recibir golpes, ser violadas o  asesinadas. “Por puta, le pasó”, dicen, y parece que eso explica todo.

Pero para convertirse en objeto de algún tipo de violencia, no es necesario llegar a ser, literalmente, una prostituta. Basta con trasgredir de alguna manera cualquiera de los preceptos que nos impone “la buena mujer”.  Veamos algunos de los ejemplos más conocidos:

Una chica sola y borracha en reunión de amigos puede ser interpretada como dispuesta  para el sexo con o sin consentimiento. Igual una que quedó inconsciente y tirada en una playa o un campo después de una fiesta. Recordemos el caso de la italiana que fue drogada, secuestrada y violada por un médico guatemalteco en El Tunco. O, como me pasó una vez, que por estar sentada en la barra de un bar, sin acompañante masculino, automáticamente pasé a ser leída por varios como una prostituta en espera de clientes.

Por eso, no ser buenas mujeres, por salir del hogar y estar “solas” en la calle u otro lugar – solas significa sin un hombre – tomando alcohol, fumando o comportándonos “inapropiadamente”, es interpretado por algunos como “cuerpos disponibles”, disponibles para recibir todo tipo de piropos, para ser manoseado, violados e incluso asesinado.

Pero ser considerada un “cuerpo disponible” puede pasar incluso sin salir de la casa. Solo hay que leer sobre los casos de mujeres “reclutadas” por las pandillas. A diferencia del ingreso  de los hombres a las actividades criminales, ellas son incorporadas como novias/parejas, como esclavas sexuales o cuidadoras de los hijos e hijas. Negarse a realizar estas funciones femeninas les puede suponer la muerte.

La mala mujer también puede estar dentro del hogar o la pareja tradicionales. No cumplir con las tareas de la casa a cabalidad, no querer sexo con la pareja, no ser comportarse como “buena madre”, caer en infidelidades maritales o rebelarse ante las situaciones de desigualdad pueden convertirse en la justificación de un hombre para amedrentar, golpear o matar a “su mujer”. También lo puede ser querer trabajar fuera de la casa, estudiar, independizarse o separarse del marido.

Por supuesto el colectivo de trabajadoras sexuales, epítome de la mala mujer, son las más expuestas a sufrir todo tipo de violencia en impunidad. El simple hecho que su actividad económica es considerada la mayor trasgresión al ideal de mujer, justifica para la sociedad su exclusión de derechos y los vejámenes a las que son sometidas. Algo parecido ocurre con la mujeres Trans, cuyo desafío tanto al prototipo masculino como femenino, las convierte en objeto del odio y discriminación social y para muchos en blancos a eliminar.

Con el uso de la palabra feminicidio se pretende nombrar y visibilizar situaciones como estas, entre otras, todas asociadas al concepto y característica específicas del ser mujer en nuestra cultura y tiempo histórico. Vale la pena hacer el esfuerzo de entender el término desde su trasfondo conceptual y criticarlo con el afán, no de destruirlo, sino de hacerlo aún más claro y concreto. Solo así se podrán crear estrategias específicas para cambiar las estructuras socio-culturales que lo sostienen y lograr una traducción al lenguaje legal que sea realmente útil a fiscales y jueces para la persecución penal del delito.

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