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Fascinación por el diablo: 45 años de El exorcista

A unas semanas para su aniversario número 45, El exorcista sigue siendo la única producción de terror ganadora de dos Oscar, el Globo de Oro a mejor película y declarada como patrimonio cultural de Estados Unidos. Su impacto cultural dejó marcas insuperables. Se trata del primer filme que abordó un rito de la religión católica y que revolucionó el género de terror que se conocía hasta principios de los años setenta. Pero también fue responsable de una ola de sugestión y trastornos del sueño, en personas susceptibles que no soportaron el peso del drama, en todos los países en que se proyectó. Incluido El Salvador.

*Esta reseña contiene fragmentos de la novela El exorcista, de 1971, escrita por William Peter Blatty.

Abrió la puerta y entró en la habitación. El hedor era más penetrante aún que el del día anterior. Cerró la puerta. Miró. Aquel horror. Aquella cosa sobre la cama. Mientras se acercaba, la cosa lo iba observando con ojos burlones. Llenos de astucia. Llenos de odio. Llenos de poder.

—¡Hola, Karras!

El sacerdote oyó el ruido de la diarrea que caía sobre el pantalón bombacho de plástico. Le habló con calma desde los pies de la cama.

—¡Hola, diablo!, ¿cómo te sientes?

—En este momento, muy contento de verte. Feliz. -La lengua le colgaba fuera de la boca, mientras los ojos examinaban a Karras con insolencia-. Veo que te estás poniendo pálido. Muy bien. -Otra descarga diarreica-. No te molesta un poco de hedor, ¿verdad, Karras?

—En absoluto.

—¡Eres un mentiroso!

—¿Te molesta que lo sea?

—Sí, algo.

—Pues al diablo “le gustan” los mentirosos.

—Solo los buenos, querido Karras, solo los buenos mentirosos -se rio-.

(…)

—¿Y cuánto tiempo pensáis quedaros?

La cabeza pegó un salto en la almohada, contraída con furia mientras rugía:

—¡Hasta que la cerda se “muera”! -Inmediatamente, Regan volvió a adoptar su sonrisa tonta en una boca amplia-. A propósito, hace un día magnífico para un exorcismo, ¿no te parece, Karras?

***

Septiembre, 2016. Georgetown. La escalinata es empinada. Son decenas de escalones grises de cemento que desde arriba van a desembocar al río Potomac. Pasé un par de horas buscando esas gradas mientras caminaba por las casas coloniales de ladrillo visto del suburbio. Las hileras de residencias angostas de dos niveles están pintadas con brillosos rojos, blancos y marrones. Hay un aire de bonanza en este barrio caro de la capital estadounidense. Entre las calles M y Prospect, estos escalones pasan medio sombreados y silenciosos casi todo el día, flanqueados por los muros de las casas contiguas. Una de esas casas, la 3600, sirvió como fachada de la residencia de Chris y Regan McNeil, dos de los personajes principales de la película El exorcista, de 1973.

El filme sigue siendo un fenómeno cultural. Cuarenta y cinco años después de su estreno en los cines, la historia sigue aterrando. Hay a quienes las escenas más chocantes les siguen erizando la piel. Otros más estudiosos siguen admirando el maquillaje, la escenografía, la musicalización, la dedicación de los actores. Y otros que han profundizado más han llegado a acercarse a historias más inéditas, como la investigación extensa del autor para escribir la novela.

La cinta horrorizó a la sociedad estadounidense desde el 26 de diciembre de 1973, cuando se estrenó en 24 salas de cine en todo el país. En los días siguientes, la demanda en Nueva York y Chicago hizo que se dispusiera de cuatro salas más, dos por cada ciudad. Para dimensionar estas cifras, no se debe olvidar que décadas atrás los cines consistían en una sala única y que incluso el concepto de cines gemelos no era común. Fue hasta los años ochenta que incursionaron con fuerza los megaplex cinema de la actualidad. En los meses siguientes, la cinta llegó a otros países, incluido El Salvador.

“Aquí se estrenó en el 74”, comenta Mario Meléndez, salvadoreño y crítico de cine. “Pero el boom ya venía desde que se estrenó en Estados Unidos, en el 73. Además, para cuando se estrenó en El Salvador ya había ganado Oscar y Globos de Oro”. Esa ansiedad por ver la película que menciona Meléndez se amplificó. Y es que nunca se había estado ante una historia de terror religioso -llamémosle así- bien investigada, bien escrita, bien guionizada y bien puesta en escena como El exorcista. 

La propuesta de la novela de William Peter Blatty fue plantear cuestionamientos no solo dirigidos a la religión -como la evidente falta de fe del sacerdote Damien Karras-, sino también a la ciencia, como cuando ochenta y ocho doctores no logran explicar el padecimiento aparentemente neurológico de una niña de doce años. La historia fue inspirada por un caso documentado en The Washington Post en 1949, mientras Blatty era estudiante de la Universidad de Georgetown. “El éxito de la novela y la película fue por su novedad: no se había hablado hasta entonces con profundidad del cristianismo y el demonio, y en medio involucrar a la iglesia”, dijo Meléndez.

La susceptibilidad de un público que en esos años estaba desfamiliarizado del cine de terror religioso fue un campo abierto para Blatty y Friedkin. Los dos estaban decididos a comprobar con su producción que todo argumento ateo o laico se podría quedar corto, al no poder explicar lo que estaba sucediendo en una de las habitaciones de la segunda planta de la 3600 de la avenida Prospect y la calle M, en Georgetown.

Fachada de la casa 3600 en la Prospect Street de Georgetown, Washington D.C., donde se filmó la película “El exorcista”.
Foto FACTUM/ Fernando Romero.

Esa, precisamente, es la virtud de esta historia: el permanente dilema espiritual del bien y el mal y de quienes refutan tal dialéctica. Nadie gana en El exorcista. Todos pierden con sus teorías. Los más científicos se quedan sin respuestas. Los más escépticos se quedan sin explicación de lo que presencian. Los más espirituales dudan. Es el diablo mismo entre los renglones, travieso, haciéndonos pasear de un lado a otro entre las creencias y las certezas.

La película tiene espesura en su contenido. Llevó -y muy probablemente siga llevando- a los espectadores a la confusión, a los dilemas espirituales y, más peligroso, a la sugestión.

Los terrores nocturnos se dispararon y las clínicas psiquiátricas en Estados Unidos empezaron a recibir pacientes que luego de ver la película padecían de trastornos del sueño, como lo recogieron noticieros de televisión y algunos periódicos. Al filme se le atribuyeron muertes por infartos, ataques de epilepsia y el caso de un aborto espontáneo. En El Salvador, los medios de comunicación no se dedicaron a investigar las consecuencias tras ver la película. Meléndez recuerda lo que se comentaba en la generación anterior a la suya, entre aquellos que pudieron ver la película en el cine: “Cuando aquí salían del cine, la gente ya iba con los nervios de que cada vez que se iba a dormir imaginaba que iba a escuchar ruidos en el techo. Y eso daba mucho miedo”.

También las parroquias católicas en Estados Unidos reportaron mayor asistencia de personas a las misas. Y más allá de que la película les procuró más feligreses a las iglesias, una nota publicada por The New York Times un mes después del estreno en los cines y que se tituló: El exorcista les ha traído problemas a los clérigos, refleja los reclamos de sacerdotes que habían tenido que atender casos de supuesta posesión demoníaca como producto de la sugestión. 

El reverendo Richard Woods, padre dominico de la Universidad de Loyola en Chicago, describió al Times que había recibido docenas de llamadas de personas que estaban horriblemente atemorizadas y tan confundidas que habían perdido la noción de la realidad. Incluso, habló de dos jóvenes que luego de ver la película creyeron que estaban poseídos y terminaron hospitalizados. La Conferencia Católica de Estados Unidos catalogó la película como A-4, que significa que incluso para algunas personas ya adultas la cinta podría resultar confusa y ofensiva. 

El reverendo Michael Rush, de la parroquia de San Patricio en New Jersey, le dijo al periódico que conoció el caso de una chica de 19 años que tras ver la película pasó la noche entera rezando el Rosario con sus padres y tuvo que ser atendida por uno de sus sacerdotes para calmarse.

La molestia generalizada de la iglesia católica no fue para menos. El Concilio Vaticano II recién acababa de entrar en vigor y la apuesta era atraer más feligreses mediante el Dios de amor, una figura lejana de las ideas del infierno y las condenas eternas si se alejaban de la iglesia. Pero la obra de Blatty y Friedkin vino a echar por el traste el nuevo método. Y, al contrario -y aunque esto nunca sucedió-, la iglesia le debió un enorme agradecimiento a Blatty y Friedkin. Ellos dos lograron hacer nuevos cristianos y a otros los reconvirtieron, pero por miedo al diablo y por la sugestión de que eso podría pasarle a cualquier persona. “Parece que le estás haciendo un gran favor espiritual a la gente si la asustás hasta los huesos -dijo, molesto, el padre Woods al Times-. Esas eran las maneras de la iglesia cuando Blatty estudiaba en Georgetown, pero ya no son las maneras de la iglesia actual”.

Meléndez recuerda que la escena de la violación con el crucifijo fue editada para Latinoamérica. Los gobiernos de entonces no dejaron pasar esa escena, ni en el cine ni en la televisión, por petición de la iglesia católica.

Pero, aunque la iglesia refunfuñó por mucho tiempo sobre la novela y la película, porque se trata de un acercamiento a Dios a través del miedo al diablo, en otras latitudes se la tomaron mucho más en serio. En Túnez, país africano en el que el islam es la religión impuesta por el Estado y es practicada por el 95 por ciento de su población, El exorcista fue censurada. Pero no por las causas que la editaron en otros países, sino porque la película, “de forma injustificada, hace propaganda en favor del cristianismo”, como recogió el periódico británico The Times en 1975. Es decir, mientras el catolicismo protestó porque la película da importancia al diablo, algunos líderes islamistas la rechazaron porque es demasiado cristiana. 

El fenómeno cultural de El exorcista ha tenido varios flancos de influencia desde su estreno. En el cine, la huella de la película no se ha borrado y, al contrario, es un referente constante de otras cintas que abordan la posesión demoníaca y los exorcismos. En El Salvador, Meléndez recuerda que fue Canal 6 quien transmitió la película por primera vez para la televisión. La generación anterior, que la pudo ver en el cine, la recomendaba. “Creo que para la mayoría que ahora pasa de los 40 años, esta película simplemente es insuperable en el género de terror. Aunque a los jóvenes de hoy puede ser que les impacte más la monja de El Conjuro, no hay que olvidar que todo esto deriva de referentes como El exorcista”, dice Meléndez.

Linda Blair maquillada como la niña poseída por el demonio es un ícono en la cultura popular. El impacto de El exorcista es, desde el 26 de diciembre de 1973, una especie de año cero en el género cinematográfico de terror. Luego de décadas de encajonarse con personajes clásicos de cuentos como Frankestein y Drácula -con excepciones muy específicas de subgéneros como Psicosis (reina del suspenso) o La masacre de Texas (madre del slasher)-, El exorcista, basada en el terror religioso, inquieta, su atmósfera asfixia, los preludios de la posesión de Regan son ominosos. El rostro de Regan poseída es, como lo describe Blatty en su novela, una cosa maligna. Insufrible.

“Para la mayoría que ahora pasa de los 40 años, esta película simplemente es insuperable en el género de terror. Aunque a los jóvenes de hoy puede ser que les impacte más la monja de El Conjuro, no hay que olvidar que todo esto deriva de referentes como El exorcista“.

– Mario Meléndez

En los días siguientes al estreno, los periódicos norteamericanos dedicaron publicaciones a las extensas filas de personas que esperaban hasta ocho horas por ver la película en los cines. Algunos diarios, desde sus primeras páginas, dentro de las noticias nacionales más importantes, imprimieron titulares para la posteridad. The Boston Globe: “El exorcista no es para para personas con problemas cardíacos”. Los Angeles Times: “El exorcista causa desmayos y abandono de los cines”. The New York Times: “Esperan horas para ser asustados”. Toronto Star: “El exorcista mantiene ocupadas a las ambulancias”. Pánico, mareos, desmayos, vómitos, gritos, llantos. Histeria. El exorcista se saltó la barda y dejó la medida demasiado alta en su género. Y se mantiene insuperable 45 años después.

Basta contemplar el primer tráiler que Blatty y Friedkin aprobaron para entender la expectación que había creado la película meses antes del estreno. El avance fue censurado en varios cines por ser demasiado espantoso.

Hasta ahora, El exorcista es la única película de terror tomada muy en serio por la crítica y por toda la comunidad cinematográfica. Obtuvo diez nominaciones al Oscar, entre las que compitió para mejor película del año, mejor director (William Friedkin), mejor actriz (Ellen Burstyn como Chris McNeil), mejor actor de reparto (Jason Miller como el padre Karras) y mejor actriz de reparto (Linda Blair como Regan), entre otros. Ganó dos Oscar, uno para William Peter Blatty por mejor guion adaptado y otro por mejor sonido.

Ganó el Globo de Oro a mejor película de drama y también varios Globo de Oro: a mejor director, a mejor sonido, a mejor guion, a mejor guion adaptado y a mejor actriz de reparto. También se llevó el premio Saturn a mejor película de terror. La trascendencia de El exorcista llevó al Congreso de Estados Unidos a resguardarla para la posteridad dentro de su Archivo Nacional de Películas y es considerada desde 2010 un patrimonio cultural de este país.

La historia se ubica en la capitalina Georgetown. El autor desde el principio nos invita a su visión de la dialéctica del bien y el mal. Una niña de doce años, Regan McNeil, no encuentra una cura científica para su enfermedad, cuyos momentos más críticos ocurren en medio de eventos paranormales. Luego de prolongados análisis clínicos, su madre, Chris, recurre a la psiquiatría, pero tampoco halla una solución. El último recurso es el poder de la sugestión, según los doctores. Si Regan alega estar poseída por un ente invasor, el acto que la libera de esa posesión, el exorcismo, debe hacer un efecto estimulante que remedie el aparente desdoblamiento de personalidad que padece.

Chris recurre a la persona menos indicada -y sin embargo la única que podrá ayudar a Regan-: Damien Karras, el consejero espiritual de la parroquia de Georgetown. Karras es un escéptico psiquiatra graduado de Harvard y sacerdote jesuita. Mientras a Regan la acecha el demonio, Karras atraviesa un grave conflicto de fe con la enfermedad y posterior muerte de su madre. Este personaje es el cemento con el que Blatty construyó su novela. De Karras se desprende el personaje mejor elaborado del autor: la guerra interior, el sentimiento de abandono, la soledad en un mundo lleno de maldad. Karras ha estado pidiendo una señal de Dios para saber que sigue existiendo. Quiere ver para creer.

La idea del Dios de amor se ve, casi de inmediato, ennegrecida por la situación de Regan. La búsqueda de Dios -que ya no de amor, sino de auxilio- es intensa en El exorcista, pero es imposible su encuentro con personajes que no tienen, en sí mismos, certeza espiritual. Valga ver a un sacerdote jesuita, Karras, priorizando con ahínco las posibilidades psiquiátricas del padecimiento de Regan, más que las probabilidades de una posesión demoniaca.

Cuarenta y cinco años después, los dilemas sobre el bien y el mal, la ciencia y la espiritualidad, no se desvanecen. Siguen vigentes. El exorcista encierra con densidad estos debates.

Escalinatas que conectan Prospect Street con la M Street. en Georgetown, Washington D.C., donde se filmó la película “El Exorcista”.
Foto FACTUM/ Fernando Romero.

Son cerca de las 7 de la tarde en Georgetown. Antes de partir, tomo fotos de los escalones y de la casa. Estoy frente a las instalaciones que sirvieron para filmar una película que es un ícono cinematográfico en la historia del cine. Frente a las gradas, desde arriba, recuerdo las escenas finales. El padre Karras rodando por esta escalinata hacia abajo, luego de salvar a Regan y expulsar al demonio. Hacer el bien le costó mucho al sacerdote falto de fe. Reencontrarse con Dios le costó la vida. Y con un retorcido agradecimiento al diablo por haberlos reunido de nuevo. Uno de los finales felices más perversos que yo haya visto.

***

Lentamente, Karras estiró una mano hasta coger la muñeca de Dyer, que apretó con suavidad. Dyer luchaba por contener las lágrimas. Se inclinó aún más, hasta poner la boca en el oído de Karras.

—¿Quieres confesarte, Damien?

Un apretón.

—¿Te arrepientes de todos los pecados de tu vida y de haber ofendido a Dios Padre Todopoderoso?

Un apretón.

Dyer se irguió, y mientras, lentamente, trazaba la señal de la cruz sobre Karras, recitó las palabras de la absolución:

—“Ego te absolvo”…

Gruesas lágrimas rodaron por las comisuras de los ojos de Karras. Dyer sentía que le apretaba con fuerza la muñeca mientras él terminaba la fórmula de la absolución: …”in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen”.

Dyer volvió a inclinarse hasta poner de nuevo la boca junto a la oreja de Karras. Esperó. Luchaba contra un nudo que le atenazaba la garganta. Luego murmuró:

—¿Estás…?

Se detuvo de pronto al sentir que se aflojaba bruscamente la presión sobre su muñeca. Irguió de nuevo el busto y vio aquellos ojos llenos de paz y de algo más: algo misteriosamente parecido a la alegría ante el fin de una añoranza del corazón. Los ojos seguían abiertos, mirando. Pero ya nada de este mundo. Nada de aquí abajo.

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