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Fake news del cajón de los recuerdos I

Las fake news se pusieron de moda en 2016, durante la campaña presidencial de Estados Unidos que enfrentaba a Donald Trump contra Hillary Clinton, al grado de que esta expresión fue designada como “término del año” por varios diccionarios de la lengua inglesa.

Retomo la definición de fake news, dada por Hunt Allcott y Matthew Gentzokow en un artículo publicado en la revista Perspectivas Económicas, de la Asociación Americana de Economía, publicado en el segundo trimestre de 2017. Estos autores lo definen como “artículos de noticias que son intencionalmente y verificables como falsos, y que podrían inducir a error a los lectores”.

Pero la información falsa y/o la información sesgada no son algo nuevo, lo único quizás nuevo es que su alcance, gracias a las nuevas tecnologías, es mayor: ya no es necesario comprar un periódico o encender la radio o la televisión a una hora determinada para enterarnos de una información. La información, incluida la falsa o sesgada, ahora está al alcance de la mano, en el teléfono celular, en tiempo casi real.

¿Existían antes las fake news o noticias falsas? Sí. Fueron la semilla de la prensa amarillista y han servido durante décadas para inclinar la balanza y favorecer intereses de particulares, ya sea para alimentar económicamente a propietarios de medios de comunicación o inclinar la balanza de la información a favor de grupos políticos, ideológicos o económicamente dominantes. O, triste y simplemente, para hacer figurar a un autor o a un medio con las noticias más impactantes del momento.

Antes de las granjas de notas falsas en Rusia en 2016, periodistas, editores y propietarios de medios ya venían haciendo lo suyo. Ejemplos de ello abundan si revisamos periódicos antiguos. Algunos son más conocidos que otros. Esto, en gran parte, porque los medios en que fueron publicados reconocieron que habían mentido. En la prensa internacional podemos ver ejemplos antiguos: como el de Christopher Newton, de la agencia Associated Press;  Jayson Blair, de The New York Times; Stephen Glass, de The New Republic, o el célebre caso de Janet Cooke, de The Washington Post, que inventó la historia de un niño de ocho años adicto a la heroína que se inyectaba con su padrastro, ganó el Pulitzer y luego devolvió el premio porque confesó que su historia ganadora era falsa.

Pero quiero ir más atrás, a ejemplos más antiguos: situémonos en la noche del 15 de febrero de 1898, en el puerto de La Habana, Cuba, cuando una explosión provocó el hundimiento del acorazado USS Maine, de Estados Unidos, con un saldo de 266 marinos estadounidenses muertos.

Dos días después: la prensa estadounidense tituló: “Destruction of the war ship Maine was the work of an enemy”. En específico, New York Journal, propiedad de William Randolph Hearst, solo dos días después aseguraba: “La destrucción del buque de guerra Maine fue trabajo de un enemigo”.  El mismo 17 de febrero, el periódico The New York World, de Joseph Pulitzer, daba más pistas en su titular: “La explosión del Maine fue causada por una bomba o un torpedo”.

Foto FACTUM/Cortesía

Ninguno de los periódicos tenía pruebas de lo que afirmaban en sus titulares, pero las notas empujaron a la opinión pública a apoyar la guerra hispanoestadounidense al grito de “Remember the Maine, to Hell with Spain!”, que se declaró el 25 abril de ese año. Incluso, The New York Journal ofreció una recompensa de 50 mil dólares, que ahora equivaldría a un poco más de 1.5 millones de dólares, por información que diera con los culpables del hecho.

Antecedentes que no tomaron en cuenta los periodistas antes de la publicación: la posibilidad de combustión espontánea de las carboneras del buque, algo que ya había pasado en más de una docena de casos. Era posible, sí, más cuando en el USS Maine, la carbonera estaba situada al lado de los depósitos de pólvora negra. O una explosión del mismo polvorín. Esto quedó plasmado en un informe realizado por la Naval de Estados Unidos en 1975.

¿Hearts y Pulitzer eran pro belicistas o simplemente querían vender más periódicos? No podría asegurar lo uno o lo otro, lo cierto es que sus notas sobre el USS Maine estaban lejos de ser periodismo. Y mintieron a sus lectores.

Viajemos en el tiempo de nuevo, ahora a enero de 1932, a tierras salvadoreñas, donde el general Maximiliano Hernández Martínez gobernaba y las ideas anticomunistas afloraban en el país. En las páginas del periódico Al Día, un periódico dirigido a las élites intelectuales salvadoreñas, fundado por el médico Rafael Víctor Castro y el doctor en química Julio Enrique Ávila, y cuyos directores eran Alberto Masferrer y Manuel Andino, publicaron una nota titulada: “El alcohol, factor del comunismo”, en medio de otras notas como el decomiso de libros comunistas por el censor de prensa del Ministerio de Gobernación, el poeta Gilberto González Contreras y anuncios de la venta de naipes de lino.

Foto FACTUM/Cortesía

Hoy sabemos, por estudios científicos, que el consumo prolongado de alcohol aumenta las probabilidades de inflamación y daños en el hígado, páncreas, riñones, etcétera. Pero, ¿aumenta las probabilidades de que alguien se haga comunista? Ninguna prueba de ello.

También sabemos que Alberto Masferrer no comulgaba con las ideas comunistas en el país y era un enemigo público del alcohol, como lo mostró en su obra “El dinero maldito”, por lo que se pueden suponer algunas razones del porqué de esta información falsa en un periódico que él ayudaba a dirigir, pero no si él la escribió o qué pasaba por la mente de quien la escribió. Sin poder saber los porqués detrás de la publicación, difícilmente sabremos qué se buscaba con ello ni el alcance que tuvo la nota en la sociedad salvadoreña.


*Rodrigo Baires Quezada es periodista salvadoreño. Desde 1998 fue parte de redacciones de El Diario de Hoy, La Prensa Gráfica, El Gráfico, Ciper de Chile y El Periódico y Plaza Pública de Guatemala. Especializado en periodismo de datos y seguridad digital.


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