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Estimado Héctor: Why so serious?

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La siguiente es una columna en respuesta a la opinión que ayer publicó mi compinche y amigo, Héctor Silva Ávalos, quien a propósito de la humillante derrota que sufrió la selección mexicana de fútbol, preguntó de qué nos estamos riendo los salvadoreños que sentimos antipatía por ese equipo de fútbol. Aquí le comparto mi respuesta a esa pregunta…


Al fútbol hay cientos de maneras de comprenderlo, de vivirlo, de sentirlo. En mi caso, por ejemplo —y ya lo he escrito antes—, lo entiendo como un columpio que oscila entre el amor y la repulsión. Y ambas dan mucho placer y desconsuelo. No disfruto del fútbol si no es con héroes y anti-héroes. Estos últimos cuentan con la capacidad de darme tremendo placer cuando los veo caer; y no es necesario que patinen siempre bajo la influencia de los míos. Verlos caer es, de facto, una garantía de placer.

Pero verlos caer 7-0… ¡Eso ya es una orgía de felicidad!

Estimado Héctor: esto que te digo vos lo entendés muy bien. No hay misterios. Sabés que esta es la visión del hincha, no la de un aficionado ocasional. En mi postura —que la comparten miles de centroamericanos más—, el odio a la selección mexicana de fútbol es algo innegociable. Es para siempre. No es algo en lo que aplique el “a veces sí; a veces no”. No es algo coyuntural. Y, sobre todo, el odio al equipo mexicano no está atado a la (sempiternamente triste) realidad del fútbol salvadoreño. La coyuntura actual es, en realidad, algo secundario. El odio a ese equipo existe desde hace mucho tiempo y va a seguir existiendo.

Vaya, exagerando un poco: dudo mucho que vaya a ocurrir, pero quizás dentro de cien años—cuando los mundiales se realicen en otros planetas— quizás hasta entonces, El Salvador podría jugar, por fin, tan bien como el nivel competitivo de las potencias del mundo. Y sin embargo, eso sería irrelevante para el tema en cuestión… ¡El placer de ver perder a México de manera humillante seguirá siendo una gozadera! Ese placer es indiferente a si nosotros somos muy buenos o si somos muy malos. No tiene relación.

El tema pasa un poco por saber ubicarse cada quien en el lugar que le corresponde. Vos, por ejemplo, formás parte de una camada de salvadoreños que están terriblemente desilusionados con el equipo nacional. Los amaños, la corrupción, la pobreza (mental, administrativa y económica) de nuestro fútbol. Todo ello hace que sea tan popular en estos días basurear a El Salvador en el fútbol. Esa es nuestra realidad actual, lamentablemente.

Y por lo mismo, pienso que no debemos ubicar los objetivos del fútbol salvadoreño en la misma línea de los de México, porque evidentemente no somos iguales. Las diferencias son abismales. A no ser que ocurra lo de la película “El día después de mañana” (y el norte del continente se congele inesperadamente), nunca vamos a tener los mismo insumos para competir de igual a igual con ellos. Entonces, que me ponga a reflexionar sobre cómo nosotros casi nunca ganamos (porque lo cierto es que casi nunca lo hacemos) no debería limitarme el placer de odiar al anti-héroe de mis pasiones futbolísticas… ¡Claro que no! Como te explicaba antes, eso es tan sagrado como el amor a un equipo. Es lo mismo, pero al revés. Y necesito que las dos cosas existan.

Por otro lado, pienso además que mi postura no es una batalla por legitimar la mediocridad. No creo, por ejemplo, que sea mediocre el sagrado lema de cultura popular salvadoreña y que dice:

“Al mundial no vamos, pero a México le ganamos”.

En México (que es donde vivo), cuando comentan esta oda, siempre tildan a la frase como el ejemplo de la mediocridad. Yo, en cambio, pienso que en realidad es el ejercicio más sensato de ubicación al que podemos aspirar. Como dije antes, nosotros no podemos aspirar a sus mismos objetivos. Ellos aspiran a llegar a un quinto partido en un mundial; nosotros soñamos con volver a jugar uno. Pero lo cierto es que ellos están mucho más cerca de conseguir su objetivo, y tienen todo para hacerlo. ¿Nosotros? Cada vez más lejos. Aceptarlo no es signo de mediocridad. Es un primer buen paso para enfocarnos en objetivos más cortos, más acordes a nuestra realidad, como por ejemplo, comenzar a facultar mejor a las selecciones juveniles.

Podrías preguntar entonces: ¿el odio a la selección mexicana nos ayuda a crecer? Y mi respuesta es que no. Pero re-pregunto: ¿acaso el odiar a México es cosa que le corresponda a los federativos?

No, fijate. Es cosa de nosotros, los hinchas; y es inmoral que, tras sufrir tanto, encima nos quieran robar este placer.

Ayer cuando disertábamos sobre este tema, el amigo César Fagoaga (quien también opinaba que mi premisa legitima la mediocridad) me preguntó lo siguiente:

“¿Entonces la acepto y mi diversión es reírme cuando a México lo humillen? ¿O intento algo?”

Y mi respuesta es que los encargados de manejar el fútbol deben intentar que el equipo nacional mejore, no nosotros. Y cuando ellos lo intenten —si es que acaso ese camino a El Dorado llegara a acontecer— deberían hacerlo siempre ubicados en nuestra realidad, que no es la misma de México. Y recalco la idea: el placer de disfrutar las desgracias deportivas mexicanas es un tema aparte, algo que no amerita seriedad, un tema de aficionados, hinchas, forofos. No es menester de las personas que realmente tienen la obligación—ellos sí, seriamente— de facultar las posibilidades para ser mejores.

Por otra parte, siento la necesidad de aclarar que no somos los únicos que gozamos cada vez que le va mal a México. En realidad es algo regional y es evidencia de que que no se trata de mediocridad de fracasados. Sirve de mucho el ejemplo de Costa Rica, que no es nada mediocre y también ha gozado con los descalabros mexicanos. Para no ir demasiado lejos en la historia, basta remontarse tres años atrás, cuando Costa Rica (que ya estaba clasificada) venció a México 2-1 en San José y el público deliraba de la alegría de sentir que estaban propiciando la eliminación mexicana (que lastimosamente no ocurrió porque Panamá falló en casa contra Estados Unidos). Pero la antipatía tica hacia el equipo mexicano fue más que evidente.

El veneno de algunos medios

Vale la pena destacar el tema de la arrogancia generalizada y asquerosamente evidente en ciertos comunicadores de distintos medios de comunicación mexicanos.

Héctor, retomo algo que escribiste en tu columna. Dijiste:

“¿Qué nos da risa? ¿Que Chile le haya ganado a México? Era, ese, el resultado más lógico sin importar las absurdas premoniciones de los analistas del tinglado gringo-mexicano”

Pienso, antes que nada, que el 7-0 no era de ninguna manera el resultado lógico. Apenas semanas atrás, México le ganó a Chile 1-0 en un amistoso previo a la Copa América. En realidad no nos da (tanta) risa que Chile le gane a México. Eso es normal. Lo cierto es que estamos felices por ver que Chile aplastó a México. No es lo mismo ni es igual. El hecho de que Chile le ganara a México no cae en el terreno de la sorpresa; que lo humillara, sí.

Celebramos, entre muchas cosas que lo ocurrido el sábado pasado fue un accidente del fútbol. Lo cierto es que Chile sí es mejor que México, pero no lo es de esa manera tan salvaje. Celebramos entonces que lo del sábado fue, más bien, una inusual lección de humildad para tantas personas relacionadas al negocio (sí, negociazo) que es la selección mexicana de fútbol, incluidos los mismos que vos mencionaste con evidente resquemor: “los analistas del tinglado gringo-mexicano que lanzan absurdas premoniciones”.

¿Ves que a muchos nos molesta esa soberbia? ¿Por qué vamos a despilfarrar el gozo de la justicia, si es tan esporádico? ¿Por qué dejar de reír cuando, por fin, al soberbio no le queda más que enmudecer? ¿Por qué debemos exculpar del peso de sus palabras a mexicanos como David Faitelson? ¿Por qué no gozar del placer tan inusual de ver cómo el karma por fin hace su chamba?

Why so serious, Héctor?

Por otra parte, es un error asimilar la aplastante victoria chilena como propia. No, no es nuestra. Es de Chile y solo del equipo de ese país. Ahora bien, la derrota mexicana sí que la podemos gozar todos, porque lo ocurrido no fue una simple anécdota. No está ahí la razón de nuestra risa. Celebramos que existan las lecciones de humildad y que (por una vez) sean más democráticas. ¿México aprenderá a ser más humilde después de esto? Lo dudo mucho. Adquiere todavía más lógica que los que reímos con esta lección hagamos lo posible por que no la olviden. Sin duda en el futuro ellos tendrán mil razones más para recordarnos porqué son tan grandes cuando juegan contra nosotros. ¿Por qué vamos a malbaratar ahora el argumento y la evidencia de que en realidad no son tan grandes cuando por fin dejan de jugar contra simples desventurados?

Además, me alegra que hayás mencionado aquella derrota histórica en la que la (presunta) mejor selección salvadoreña de la historia perdió 10-1 contra Hungría, en España 82. Por suerte, mis amigos mexicanos no saben mucho de fútbol y no utilizan ese partido para aplicarme bullying. En realidad, como pasa en otras cosas que van más allá del fútbol, los mexicanos casi no saben nada de El Salvador (ni les interesa). No existe lo que algunos mencionan como una “rivalidad El Salvador-México”. Esta columna es evidencia de que algunos de nosotros sí que los basureamos; pero la mayoría de ellos no sabe ni de nuestra existencia. Y los que la saben siempre me preguntan por “la guerrilla” o “los mara”.

Te digo, loco, casi nadie aquí en México sabe quién es el “Mágico” González. Esa es la realidad…

Pero volviendo a lo de Hungría, te cuento: meses atrás, otro buen amigo salvadoreño (Rodrigo Arias) me enseñó cómo replicar la burla, si en alguna ocasión un mexicano bromeara con el 10-1 de Elche. Bastaría recordarle “la brillante” actuación mexicana de cuatro años antes, en Argentina 78, cuando México recibió 12 goles después de perder con Túnez, Polonia y Alemania Federal. Imaginate… ¡12 goles! Apenas uno menos que los 13 que El Salvador recibió en los tres juegos de España.

Why so serious, México? 

Me alegra que hayás mencionado también a Cristian Villalta, gran periodista, columnista e irónico profesional. El periódico deportivo salvadoreño que él dirige, al día siguiente de la debacle mexicana, publicó la siguiente portada:

Mencioné lo de las goleadas que tanto gigantes como enanos hemos recibido en mundiales y lo del periodismo como manifestación del placer de la burla popular porque las dos cosas forman parte de la cotidianidad del fútbol y siento que no es necesario anularlas, porque al fin y al cabo este deporte debería ser más diversión y menos burocracia.

Sí, sé que en el horizonte se vislumbra, temible, la gris nube del próximo 2 de septiembre en el Estadio Cuscatlán. Lo lógico es que México le gane a El Salvador. Rarísimo sería si no. Es más, la diferencia es tan abismal que lo lógico es que México golee a El Salvador y se desquite las penas con nuestro equipo. ¿Nos reiremos de ello? Por supuesto que no. Pero no pasa nada. Si sabemos ubicarnos en las realidades del fútbol de cada país, no pasa nada grave. Si acaso la lógica volviera a ser puntual, les tocará a ellos reír, carcajearse, burlarse de nosotros. Pero no pasa nada, porque siendo completamente honesto, yo no quisiera que ellos dejaran de ser los soberbios que siempre han sido. Es que perdería gracia el asunto. Imaginate, si de pronto ellos se volvieran humildes, ¿dónde depositaría entonces mis necesarios odios? ¿Solamente en el Alianza? Dejaría de alegrarme tanto cuando los veo caer 7-0… ¡Y no quiero perder esto!

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