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Para gobernar es necesario concertar

Pasadas las elecciones del 3 de febrero, en las que salió victorioso Nayib Bukele, derrotados sobre todo ARENA y el FMLN, vale la pena detenerse a ver algunos números fríamente y el escenario inmediato para la gobernabilidad del país. Hay que señalar que estas son las elecciones con menor participación desde 1999, superando apenas el 51%, lo cual evidencia no sólo una crisis de partidos, sino una pérdida de credibilidad por parte de la población en la democracia representativa actual.

Según el informe Latinobarómetro 2018, en El Salvador solo el 6% de las personas tiene mucha confianza en los partidos, evidenciando que la ola de discurso antipartidos que cubre al mundo también nos ha impactado. Desde 1992 hemos venido construyendo y forjando, con aciertos y desaciertos, nuestra democracia representativa, que tiene a los partidos de derecha y de izquierda como sus principales constructores, pero que, debido a la exposición reciente de algunos casos emblemáticos de corrupción (ya que antes no existían mecanismos para conocer los niveles de corrupción) y a la incapacidad estructural del Estado de garantizar los derechos fundamentales, han perdido aceleradamente la confianza de la población.

Las pasadas elecciones dibujan un nuevo escenario para la gobernabilidad que, a mi parecer, está determinado por tres aspectos. El primero es que el nuevo gobierno debe reconocer que de cada 4 salvadoreños, 2 no votaron, 1 votó por el proyecto GANA- Nuevas Ideas y 1 voto por un proyecto diferente. Esta proporción de votantes ha sido casi siempre, pero la pérdida de un 8%  en la participación electoral respecto al 2014 y de un 10% respecto al  2009, refleja el desencanto antes mencionado. Esta pérdida de confianza en el sistema de partidos también incluye a Nuevas Ideas.

Cuando en sus últimas declaraciones los representantes de GANA-Nuevas Ideas dicen llevar el respaldo del pueblo para gobernar el ejecutivo, deben recordar que solo el 27% del total de personas registradas para votar respaldó su proyecto, y que el resto no lo hizo. Es decir que en nuestra democracia representativa también ARENA, el FMLN y el resto de partidos tienen respaldo del pueblo. Y el casi 50% que no votó simplemente no se siente representado por ningún partido. Este escenario vuelve imperante que el nuevo gobierno concierte, como lo han hecho con diferentes estilos todos los presidentes desde 1994,  con todos los actores que también representan al pueblo: los partidos representados en el legislativo, los alcaldes, la sociedad civil organizada. Y, sobre todo, debe generar espacios de participación ciudadana para escuchar a los que no votaron.

El segundo aspecto es que El Salvador tiene uno de los sistemas de partidos más sólidos de la región, el cual ha venido fortaleciéndose, y teniendo como retos, para mejorar su credibilidad, la transparencia del financiamiento y los procesos internos de elección de candidatos. Esto es un desafío para los partidos tradicionales, pero también lo es para los que están en fase de creación, los cuales deben garantizar que son partidos diferentes, más democráticos.

Una victoria electoral no es sinónimo del surgimiento de un nuevo proyecto político, sino veamos el espejo en Guatemala, donde en cada elección se redefine casi por completo su sistema de partidos, lo que no demuestra fragilidad democrática y que se busquen salidas a través de figuras mesiánicas. Estas últimas elecciones fueron una lección para los principales partidos, los cuales necesitan abrirse, actualizarse, fortalecerse, democratizarse, pero no destruirse. Por su lado, los nuevos partidos deben buscar convertirse en institutos políticos con identidad ideológica propia y con proyectos políticos de largo plazo. Llamar a la muerte política de los principales partidos no necesariamente significa una mejor democracia, ni una más sólida. El futuro de la democracia debe tener en cuenta la reconstrucción de los partidos políticos históricos de este país.

El tercer y último aspecto es la frágil situación fiscal del país. Es fácil evidenciar que los niveles de inversión pública y privada son bastante bajos, como para lograr el pleno desarrollo de toda la población, y que la deuda es alta. Este gobierno deberá pagar cerca de 2,500 millones de dólares de deuda de corto plazo en 5 años, por lo que se hace aún más urgente la concertación con las otras fuerzas políticas representadas, en este caso, en la asamblea legislativa. Además hay que considerar que casi la totalidad del presupuesto general de la nación está comprometido con gasto corriente, pago de deuda y pensiones.

Las promesas de campaña deben ahora materializarse en el nuevo plan quinquenal, con calendarios y presupuestos, mismo que no depende únicamente de la aprobación de la asamblea legislativa, sino, sobre todo, de que la factibilidad de dichas promesas responda a la realidad fiscal del país. Aquí debemos plantearnos una pregunta sencilla, pero fundamental: ¿Quién pagará las obras emblemáticas? ¿Los ricos con nuevos impuestos, toda la población con impuestos generales, la cooperación, nuevos préstamos? O como se señala en el Plan Cuscatlán, vía titularización de algunas instituciones del Estado.

La sociedad civil organizada y no organizada también tiene algo que decir en todo esto. Así como la gente expresa su rechazo al sistema de partidos, también lo hace a temas que le son sensibles y que afectan sus intereses, como el aumento o disminución de impuestos, la reducción del gasto social, o el sobreendeudamiento. La gobernabilidad será más compleja porque la agenda pública, desde hace varios años, ya no es exclusiva de los partidos o de los generadores de opinión. Por lo que deben tenderse puentes para dialogar con las diferentes organizaciones populares.

Finalmente, considero que la gobernabilidad en los próximos cinco años dependerá también de las vías que tomen los partidos tradicionales para recomponerse, a partir de sus propios análisis y, ojalá, de la lectura crítica del resultado de las últimas elecciones. Lo mismo sucede con los partidos en formación o de reciente creación y su capacidad de surgir y consolidarse con la fuerza que esta sociedad demanda. Como lo decía José Carlos Mariategui en 1918: “Los partidos no son eternos. Responden a una necesidad o una aspiración transitoria como todas las necesidades y aspiraciones. Una vez que desaparece el motivo de su existencia desaparece su fuerza.”[1]


[1] Nuestra época Año 1. No 2, Lima, 6 de Julio de 1918. En “José Carlos Mariategui, textos escenciales. Flores, Alberto, Fondo Editorial del congreso del Perú, lIma 2005.

*Juan Meléndez es el director ejecutivo para El Salvador del Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria, NIMD.

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