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Erika Pirl: memoria en eterno movimiento

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Nacida en México de padres inmigrantes, a Erika Pirl lo nómada le viene desde pequeña. Artista multidisciplinar, se inició en la danza clásica con la Escuela de Ballet María Eugenia Flores, y cuando se mudó junto a su familia a Estados Unidos, la danza se volvió el lenguaje común que terminaría llevándola a distintas partes del mundo, primero como estudiante, luego como artista y ahora como promotora cultural.

Fotos FACTUM/Gerson Nájera


Con una vida repartida entre Suiza, El Salvador y México, seguirle el paso a Erika Pirl se vuelve interesante. Fundadora del colectivo Le Chic, ejerce como una de las gestoras culturales en Al Lado Arte Residencia, espacio colaborativo salvadoreño que apoya a artistas nacionales e internacionales, proyecto que acoge mientras comparte lo aprendido en su trayectoria y trabaja por conservar un espacio permanente de este tipo en El Salvador.

En el contexto de su performance Tabula Rasa –realizado el pasado viernes 31 de agosto en la Alianza Francesa–, Revista Factum conversó con Erika sobre sus experiencias como estudiosa de historias colectivas alrededor de múltiples países. Quisimos saber cómo esa inquietud se traduce al quehacer artístico y cuáles son sus impresiones acerca del ámbito en El Salvador a través de la gestión cultural. 

Performance “Tabula rasa” con Erika Pirl e invitados en la Alianza Franesa, San Salvador.
Foto FACTUM/Gerson Nájera.


Has tenido una experiencia itinerante alrededor de países muy diversos. ¿Cómo afecta esto tus temas y métodos para desarrollar arte?

Erika: Por un lado, me hace muy crítica a todo. Veo un montón y me cuestiono: ¿estás haciendo este tema porque es el tema del momento en este país o porque te importa? Me ha ayudado a tener más entendimiento global, a preguntarme si trato un tema que me molesta por el reconocimiento o si puedo ampliarlo. Con los talleres, me ayuda a comparar ritmos de aprendizaje y cambiar vocabulario para dar a entender lo que quiero. Es como cocinar: si viajas mucho y pruebas muchos tipos de comida, cuando vas a cocinar conoces más especias y cómo adaptar a cada país para darle sabor. 

En mi forma de ser con otros, es a veces tener paciencia para entender las cosas, porque recuerdo que alguna vez yo fui la no entendida. Te abre un poquito más la empatía. 

Algunos de los temas recurrentes en tus escritos y danza son los recuerdos, la memoria, el origen. ¿Cómo te decantaste por esa línea?

Erika: En 2014 hice mi maestría en Artes Visuales. Mis primeras piezas eran críticas a la sociedad, en lo que siempre cae un estudiante de Artes. Quería observar la gestualidad corporal que tenían las personas, y lo comparaba con estudios urbanos; cómo la arquitectura y la estructura social formaban ciertas posturas de trauma en el cuerpo, sobre todo en la migrancia. Hicimos un diccionario de gestos culturales, y me di cuenta de que estaba estereotipando a todo el mundo. Haciendo lo mismo que la sociedad, que era separar. Al final fue una autocrítica de por qué siempre queremos categorizar todo. 

Cuando empecé a hacer mi tesis, al inicio, la estaba escribiendo con la idea de diálogos entre países que, teniendo tanto en común, a veces nos separamos tanto por la necesidad política de tener una diferencia, por educación, por superioridad. Crear un diálogo de tiempo y espacio entre lugares, en este caso una iglesia en Cholula (México), una iglesia abandonada en Suiza, y otra en Francia. No funcionó, porque me volví muy política, sin querer. Se fue volviendo memoria global, luego histórica, Y luego vino el tema de la apropiación cultural de las imágenes religiosas. Qué chido que al final compruebas que lo que pensás no funciona. Al final, había más similitudes en el hecho de no saber que en saber. 

¡Peor como empezaste!

Erika: ¡Ajá! En Europa, cuando tuvieron esta etapa donde quemaban a las brujas, Suiza era un lugar donde se escondían todas las rebouto, o shamanes. Tan interesante es, que a la fecha nadie suelta el miedo de que puede ser peligroso para ellos si la sociedad sabe dónde están, y se conoce como “el secreto”. Tú puedes hablar de medicina natural y ellos te van a responder súper tranquilamente como «ah no, pues sí, hay una fulana de tal que practica el secreto en un bosque por ahí». Se sabe, pero no hay que molestarlos. Hay un estigma sobre hablar de eso, y me parecía muy interesante cómo formaba parte de la memoria colectiva suiza el protegerlo. Pasan las tradiciones quebraditas de generación en generación, esta trayectoria de historia en familias.

Igual en mi pueblo, la historia oral se volvía leyenda porque no hay suficiente comprobante. Tienes la leyenda desde La Llorona, hasta por qué quitarte el zapato cuando caminas por cierto árbol para tener buena suerte. Luego está la cosa sagrada de todo esto, que es el espacio que genera una cultura o no, y al final una cultura muere cuando ya no hay quien la recuerde. 

Luego, regresando también a lo mío: yo soy hija de migrantes en México que luego vuelven a emigrar, y he sido nómada por el resto de mi vida. Entonces, aunque sí me instalé en Suiza, falta siempre algo. ¿Qué es lo que me hace sentir más atada a México siempre, que no voy a tener en Suiza? Y era la memoria, cómo te criaste en la infancia, cómo la memoria te asocia con ciertos lugares, y cómo compartes memorias con otros paisanos. Todos tenemos un mismo resguardo o tristeza alrededor de otros lugares. Pensar también cómo cambiar la narrativa de ciertos espacios.

Hay un libro que influenció mucho mi manera de escribir: Operación Masacre. Es de un argentino periodista, Rodolfo Walsh, pionero en el periodismo narrativo. Él escribía sobre doce personas desaparecidas, y termina el libro diez años después con haberlos encontrado. Lo hace a través del periodismo forénsico. No paraba de revisitar los lugares donde se supone que habían sucedido los actos de esta supuesta masacre policial. El libro fue súper censurado hasta los años ochenta, porque lleva el paso de cómo el mismo bosque le sigue dando las pistas. Solo en el silencio de cómo se siente le pregunta la verdad otra vez al bosque, se acuesta en la tierra, intenta ver la posible huella de una memoria: si hubo un trauma, el bosque lo siente. Era tomar tan intensamente una idea de testigos que no eran personas. Me encantaba jugar con todas estas ideas, dentro de lo muy personal, político e imaginativo-narrativo.

¿Cómo se traduce esta narrativa colectiva de la memoria y el espacio en tu exploración profesional de la danza o el movimiento?

Erika: Si un espacio tiene memoria, puedo imaginar tener un diálogo con ese espacio. A veces es poder desconectar, dejar de pensar, y más, dejar descubrir. Por eso me gustan mucho más las sesiones de improvisación en el performance. La improvisación tiene el estigma de que es libre, pero… ¡es todo menos libre! Podés hacer de todo mientras que no se salga de “eso”, o no va a tener ningún sentido, entonces tenés que definir cuál es tu “eso”. A veces me doy premisas, como ir de esta pared, o que todo debe pasar adentro de la casa, o sobre este tema.

Cuando escojo tema, puede ser interesante, pero cuando escojo más reaccionar a lo que vibra del espacio en ese momento se vuelve más la proyección e intención que le quiero dar, porque también está la parte de la narrativa, el juego, la imaginación. Hay espacios aburridos, pero podés jugar con lo que podrían decir. Espacios con arquitectura mixta, con cambios, que no te dicen nada en palabras, pero hay posibilidad.  

Marc Augé, un filósofo francés, escribía sobre el espacio vacío creado porque nadie pensó en él, que quizá no es suficiente para ser un espacio de algo, los huecos. Esos no-espacios son los que a mí me gusta infiltrar, pensar cómo rellenarlos o generar otros espacios negativos con el cuerpo mismo.

¿Cómo venís a parar en tu trayecto nómada a El Salvador?

Erika: Por un amigo. En Suiza, uno de mis compañeros de danza era un coreógrafo de acá (Raúl Martínez). Una noche estábamos hablando de un proyecto que yo tenía y que rescataba el náhuatl y el español. Tenía una pieza sonora, tomaba un edificio abandondado y se repetía toda la noche una lista de palabras que me parecían importantes no olvidar. Quizás era enojo, porque en México estaban pasando muchas cosas, y aunque soy hija de inmigrantes, también siento mis raíces en mi pueblo, que estaba más a las afueras, en una zona más tradicional y olvidada. Cuando vio por donde iba el proyecto, y en lo que él estaba lanzando el primer festival Nómada con Circus Contemporaneum, me dijo: «¡tienes que venir a El Salvador!». 

Me invitó a dar un taller para enfocarlo en la memora espacial e histórica colectiva. Cuando llegué, también tenía un espacio para bailar, pero no había pensado en hacer nada sola, porque venía de estar cuatro meses en México haciendo exploración sonora y nada de danza en un rato. Decidí armar un experimento donde nació lo de armar una pieza sonora para mis performances, con piezas que estaba trabajando antes. Creo que uno marca territorio así.

Ya aquí sentí mucho eso de “¡ahuevo” Por eso con Raúl nos llevamos bien o siempre nos hemos entendido más que con otros países. Es todo casi igual. Ahora siempre lo comparo con estar en la casa de tus primos. Es tu familia y se siente cómodo, pero no es tu casa. Es lo más cercano, pero todavía ajeno. Eso fue ya hace dos años. (Ríe).

¿Cómo ves desde una perspectiva global el asunto de la memoria histórica colectiva en El Salvador? Algo que, a veces, es un tema espinoso para nosotros.

Erika: Cuando se compara globalmente, siempre hay una herida que no se supera. Ahorita que estuve estudiando en Viena, estuve muy cerca de la antigua Yugoslavia, con todo esto de la guerra civil con Sarajevo y Belgrado. Cómo se ha o no superado una guerra civil en una raza tan similar, y cómo hasta la fecha aún hay un odio bien cabrón. 

Aquí, a veces, la respuesta es: «pero nadie ha sido tan violento como nosotros» o «es que aquí fue diferente por tal cosa». Puya, no fue diferente. Es lo mismo en el significado de una guerra civil o un levantamiento social. Algo que no pasa en México es poder hablar; es muy «te tienes que merecer que yo te cuente mi historia». Aquí es como «¡mira hija, te voy a contar que cuando era la época de la guerra hacíamos así y así!». Ya ni siquiera con lágrimas, sino como parte de algo que se cuenta. Siento que cierta generación tiene un problema con aceptar que la guerra acabó. Hay un duelo eterno que no permite cambiar el cassette; un enojo eterno con una fecha o un partido. Sí es válido, pero no puede ser la única cosa. No puedes canalizar todo tu enojo a 1932, o algo que le pasó a tu abuela. 

En México todavía no hablamos porque estamos empezando por primera vez como generación a hacerlo, y la cultura de miedo antes lo opacaba todo. No entendías por qué había levantamientos o gente desaparecida. Quizás por ahí era mi necesidad de trabajar la memoria, porque se maneja como no aceptar, como temas delicados, o se inventan cosas. 

Performance “Tabula rasa” con Erika Pirl e invitados en la Alianza Franesa, San Salvador.
Foto FACTUM/Gerson Nájera.

Tal vez las nuevas generaciones nos armamos de la memoria de los más viejos. 

Erika: Sí. Eso es bien poderoso en la literatura y arte que sale de El Salvador. Comparando, cuando di el taller en Costa Rica, noté que ahí no hay acceso a la memoria histórica, y el “buen” costarricense no toca temas que no tienen que ver con el “bien” del país. No es una culpa que tengan ellos. Es una manera de llevar una sociedad. 

En Suiza es parecido, no hay una cultura, no puedes llegar profundo. Ellos han decidido tener una cultura de paz donde los niños no sepan de las guerras, y es casi un experimento de película. De un lado funcionó, pero en el proceso tienes la tasa de suicidio adolescente que estaba en tercer lugar de Europa, que es el caso cuando yo llego ahí. Ahora ya está más abajo. Hay un punto donde necesitas saber más. 

¿Cómo ves el panorama artístico salvadoreño?

Erika: Es una escena con mucha hambre, que quiere crecer tanto, muy rápido, y me parece muy bonito. Sí es muy fértil, pero también muy prematura en algunas cosas. Ahorita me dan miedo las nuevas licenciaturas, como la de música. Creo que es bastante positivo y necesario, pero hay tanto músico bueno que se ha rebuscado sin tener escuela. En la formalización hay un período que mata el proceso de artista. En danza hay un nivel muy bonito, tal vez no hay un vocabulario común desde el cual explorar, pero lo hemos armado en los talleres que he compartido acá.

La manera de vivir acá es muy acelerada, entonces los procesos creativos son muy cortos, vives en un perpetuo speed. Cambias de proyecto como cambias zapatos, que no es malo, pero es una mentalidad distinta. Pero también luego las exposiciones u obras duran demasiado. Quizás a veces las cosas también son repetidas, eventos muy similares. Hay momentos donde piensas “que se copien, pero con algo distinto”. Que ni siquiera es copia, es más que hay una buena idea y todos la hacen.

Los próximos tres años van a ser muy interesantes, porque siento que el país esta en un proceso de renacimiento cultural, y también de apropiamiento. Mucha de la gente ya esta harta, no quieren negar su pasado, pero quieren cambiar, no quieren ser otra generación nostálgica de una guerra. También influye poder tomar de otras disciplinas, información, cosas nuevas. 

No había una “escena” de performance cuando vine, y ahorita siento que se ha subido el nivel de querer hacerlo, hay una libertad de exploración que ahora tiene un plateau, hasta aquí. Un apropiamiento también a lo político, en el arte plástico. No se ha tenido espacios para exponer, pero sí hay artistas. Veo que poco a poco hay más espacios alternativos. Es una escena bastante fértil, joven, prometedora. Dices: «¡qué chido vivir en esta época!».

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