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Episodio VIII: La redención final de Luke Skywalker

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No me vengan con poses. No quieran aparecer como los sabihondos que de tanto leer pasquines, de jugar las mil y una versión Disney en las consolas de vídeo y de tanto consumir poses ajenas pretenden explicarnos por qué Star Wars: The Last Jedi no cumplió con sus expectativas. ¡No me jodan! Es una gran película de acción, con secuencias de acción espacial impresionantes y con el mejor Luke Skywalker que hemos visto desde The Empire Strikes Back.

[Alerta Spoiler: la siguiente reseña incluye información detallada de la película más reciente de Star Wars]


Ya les digo, no me asuman las poses de millenial-políticamente-correctos con frasecitas como “Esto está muy lejos de la trilogía clásica”. Mentira. Esta, lo escribo de nuevo, es una película en la que la línea argumental que da sentido a todo este universo místico, el de la fe en una fuerza sobrenatural que mantiene unidos todos los hilos de las cosas que nos rodean, está llevada a derroteros dramáticos que nunca habíamos visto.

Esta película tiene, sí, varios distractores. Y, sí, esos distractores hay que atribuírselos a Disney y su afán por hacer caja con esta marca, una de las más importantes en la historia del cine moderno. Hay líneas argumentales y sub-tramas innecesarias (Fin y Rose, cabal). Pero esta película tiene una fuerza vital: está montada sobre la silueta de Luke Skywalker, el héroe que lo comenzó todo, el joven granjero que quería ser piloto y terminó siendo el nuevo mesías de la estirpe; y es hasta ahora, casi cuatro décadas después, que el viejo Luke asume el protagonismo que el joven no había podido tener, no como hoy.

Desde 1977, cuando lo vimos por primera vez saliendo de su granja en Tatooine para acompañar a su tío Ben a comprar dos androides a los Jawas, Luke estaba destinado a ser, él, la fuerza dramática que daba sentido a esta historia sobre una orden de caballeros espaciales llamados a derrotar el mal. No siempre logró la saga, en su trilogía original, que el héroe estuviera a la altura, no por culpa de Mark Hamill, sino por idas y venidas de guiones que siempre se revolvieron alrededor de personajes más interesantes que el llamado a ser protagonista.

Han Solo por ejemplo. No hay escena en que estén ambos, el pirata especial y el joven Jedi, en que Luke opaque a Han. Piénsenlo: el bar de Mos Eisley, la vuelta a la vida de Solo en el palacio de Jabba, la entrada del Halcón Milenario en la batalla final de la primera película —la hoy llamada Episodio IV—. Incluso hoy, cuatro décadas después, Luke ocupa una línea de Han en su diálogo cúspide:

See you around, kid…

(“Nos vemos al rato, cipote”, en salvadoreño).

Tampoco hubo vez en que Luke pudiera, en las tres originales, con la imponente presencia de Leia. La princesa siempre fue, claro, mucha realeza para tanto aprendiz. En Episodio VIII, el reencuentro es un poco más de lo mismo; Leia impone el compás. Pero esta película es de Luke. De nadie más.

Hasta hoy había habido, entre los críticos, una especie de consenso: The Empire, que hoy es el episodio V, es la mejor de todos los capítulos de la saga que hemos visto en el cine. Coincido. Plenamente.

Es la mejor porque, como la primera, la que lo comenzó todo, The Empire no nos dio tregua visual: nos llevó de un mundo galáctico a otro sin respiro, sin darnos tiempo apenas para acomodarnos en el asiento; del mundo helado de Hoth y la batalla en la nieve entre los AT-AT imperiales y las fuerzas rebeldes, al sistema Dagoba y a conocer a Yoda; y de ahí a la ciudad de las nubes regentadas por Lando Calrissian, el único pirata capaz de jugarle la vuelta a Han Solo, el rey de los corsarios.

Pero The Empire también es la mejor porque es en ella donde todos los conflictos de los héroes y antihéroes alcanzan picos insospechados. Es ahí donde el héroe, Luke Skywalker, se ve postrado por una de las confesiones más famosas en la historia del cine:

I am your father.

I am your father… ¡Qué giro! (Habrá hoy, por supuesto, sabelotodo que digan que ya se lo esperaban. ¡Mentira!)

En The Empire es donde en realidad nace la dramaturgia Star Wars, esa que mama de los clásicos griegos y que pone las tribulaciones del héroe como el motor de la acción. La Guerra de las Galaxias no es, en principio, un cuento sobre la rebelión contra un imperio del mal, sino la historia de los caminos que un hombre transita en la búsqueda de su propósito hasta que, inevitablemente, se encuentra con la muerte. Es una metáfora sobre la trascendencia.

Durante las tres primeras películas (episodios del IV al VI para entendernos) recorremos el camino del joven Luke. Lo vemos convertirse en un héroe que no termina de creérsela. Lo vemos pelear contra su conciencia, contra sus impulsos, como cuando duda, ante el emperador Palpatine, entre mantener la ecuanimidad o dejarse vencer por el lado oscuro, agarrar su sable láser y partirle la cara-de-pasa al señor Sith.

En las dos batallas contra Darth Vader vemos a Luke atribulado, como los grandes héroes dramáticos que nos ha dado la tradición shakespeariana suelen estarlo. Y es ahí, en los momentos de duda, que este personaje se vuelve más creíble, más entrañable. De ahí la valía del episodio VIII: es aquí donde vemos la evolución final de Luke Skywalker, su tribulación postrera. No estamos ya ante el soñador ingenuo o ante el joven marcado por la revelación paternal; hoy, frente a nosotros, hay un ermitaño oscuro, cínico, cansado de intentar creer sus verdades sin lograrlo, un viejo caballero fracasado que, a pesar de todo, aún tiene que dar su última batalla. (En muchos pasajes este Luke me recordó al viejo vaquero de Clint Eastwood en “Sin Perdón”).

Hay una escena en el octavo episodio que no puede apreciarse en su totalidad sin el cúmulo absorbido de todas las cintas anteriores, incluidos los inefables episodios de las precuelas, y es esa en que Yoda, el gran guardián de la sabiduría Jedi, se mofa de Luke antes de pedirle que se olvide de toda la arrogancia que supone ser uno de los elegidos. Es, este también, un Yoda casi tan bueno como el de The Empire.

Es cierto que el nuevo villano, ese al que Disney ha llamado Kylo Ren, es un mal chiste que palidece ya no digamos a la par de Darth Vader, sino ante villanos menores de la saga, como Jabba. Pero eso no importa: Kylo Ren, el niño malcriado, no es más que una excusa para que se luzca el viejo Luke, como en la batalla final en el planeta de las minas saladas.

Si a todo esto añadimos las secuencias de las batallas espaciales tenemos una película muy potable, fantástica en algunos tramos. El primer encuentro entre las fuerzas rebeldes y los destructores imperiales en el octavo episodio es también un recuerdo de las batallas que nos dio por primera vez “El impero contraataca”; es, seamos justos, una versión mucho mejor de aquellos efectos especiales.

Ya digo, hay personajes y sub tramas que muy bien podrían extirparse, pero para mí, fiel seguidor de esta estética y estos héroes cinematográficos desde la primera vez que los vi en los albores de la guerra civil salvadoreña —en una función nocturna en el cine Uraya de San Salvador—, el reencuentro con Luke Skywalker es efectivo, inteligente, entretenido.

No sé si después de Episodio VIII, muertos ya todos los protagonistas originales —excepción hecha del fiel Chewbacca—, esta saga será lo que alguna vez fue. No me importa.

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