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Enrique Rais y el atentado imaginario

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La vista pública por amenazas duró 20 horas. El empresario Enrique Rais había acusado a Claudia Herrera y a tres de sus escoltas de apuntarle con armas de fuego y atentar contra su vida. Estuvo a punto de ganar: uno de los escoltas de Herrera cambió su testimonio a última hora y dijo que lo habían obligado a amenazar al empresario. El jurado no le creyó. Es el mismo caso por el que Rais ha sido acusado, por la Fiscalía, de fabricar pruebas. Esta es la historia de la vista pública que comprobó que lo denunciado por Rais, el empresario procesado por corrupción, nunca ocurrió. 

Foto FACTUM/Archivo

¡Objeción, su señoría!

El abogado David Campos Ventura se levanta de su asiento, empuña el micrófono y se dirige al juez con voz grave.

–La pregunta de la abogada es confusa. Está confundiendo al testigo. Solicito que dejemos que responda a una pregunta diferente – dice Campos Ventura.

El juez acerca el pedestal a su cara y habla al micrófono con un tono más bien tranquilo.

–No ha lugar la objeción. La pregunta es clara – responde el juez.

Bertha María De León es la abogada defensora que está haciendo las preguntas al testigo. Su silueta delgada y pálida está de pie detrás de un escritorio del lado de los acusados, junto a sus clientes, Claudia Herrera y dos de sus guardaespaldas. Uno más, que ya no es su escolta, ha pagado sus propios abogados. Los cuatro han sido demandados por el empresario Enrique Rais de haberlo amenazado con armas de fuego en un incidente ocurrido hace dos años en una calle de San Salvador. La abogada hace sus preguntas con su voz suave pero firme durante esta vista pública celebrada en el tribunal Tercero de Sentencia de San Salvador.

–Testigo, usted contestó que estuvo durante 17 años en el Ejército y que recibió cursos de PPI (Protección de Personalidades Importantes) y de PPMI (Protección de Personalidades Muy Importantes). ¿Puede explicarnos, por favor, qué adiestramiento recibió en el curso de PPI?

–En ese curso recibí adiestramiento de cómo proteger a personas importantes – responde el testigo.

El testigo se llama Atilio Adalid Pérez Salguero, un hombre de piel trigueña, que es uno de los escoltas del empresario Enrique Rais desde hace ocho. El día en que ocurrió el incidente, es decir, el martes 23 de septiembre de 2014, Pérez Salguero se conducía en un pick up Mitsubishi doble cabina, como parte del dispositivo de seguridad cotidiano de Rais.

Este dispositivo consistía para entonces en tres elementos – incluido Pérez Salguero, quien era (y sigue siendo) el jefe – altamente entrenados, ex miembros del Grupo de Operaciones Especiales (GOES) de la Policía Nacional Civil, con adiestramiento especial recibido en Irak, según el mismo empresario lo ha relatado. Su misión, ese día, era escoltar a su protegido, junto a su sobrino, Hugo Blanco Rais, quienes iban unos cuantos metros adelante, en su camioneta BMW X5 color azul oscuro.

De León continúa con sus preguntas con parsimonia.

–Gracias, testigo. ¿Cuáles son las principales acciones que usted como agente de seguridad debe realizar para proteger a las personas importantes? – interroga.

–Proteger incluso con mi integridad física a la persona a la que he sido asignado – responde con tono casi robotizado el escolta de Rais, mientras mantiene la mirada perdida, tal como lo hizo desde el primer segundo en que se sentó en el banquillo de testigos.

–¿Y en qué casos va usted a proteger incluso con su integridad física a la persona a la que ha sido asignado? – insiste De León.

–Cuando esta se encuentra amenazada – responde el testigo, sin pestañear.

–En este evento, en el que usted relata que dos vehículos les obstaculizaron el paso y que tres sujetos armados se bajaron apuntado hacia la camioneta en el que se conducía su protegido, ¿no considera usted que se encontraba bajo amenaza el señor Enrique Rais? – pregunta la abogada.

–Eh, considero que sí, pero como dije anteriormente…

–Gracias testigo – interrumpe la abogada, y continúa –. Si considera que el señor Enrique Rais, la persona a la que usted debe proteger, estaba en riesgo ¿por qué no actuó?

–Porque observé perfectamente que el dedo del señor German no estaba dentro de lo que es el disparador – responde Pérez Salguero, y su mirada sigue en un punto disperso en la pared blanca que está frente a él.

–¿A qué distancia estaba usted del señor German, cuando usted vio que no tenía el dedo en el disparador? – pregunta la abogada.

–A unos ocho metros – responde el testigo.

–Muy bien. Solo dos preguntas más – promete De León, y dicta la primera – ¿Qué tipo de armas portaba usted el día del incidente?

–Una pistola y un fusil.

–¿Y para qué portaba esas armas?

–Para poder actuar si es necesario.

–¿Y cuándo es necesario actuar, según los conocimientos en seguridad que usted tiene? – insiste la abogada.

–Si la amenaza no es determinante, no tengo que actuar.

De León guarda unos segundos de silencio y ante las respuestas de su entrevistado continúa con una última pregunta que más bien llevaba un tono de ironía, mientras el jurado escucha atento.

–Gracias. ¿Considera usted, don Atilio, que tres sujetos apuntando con armas de fuego de diferente calibre hacia la camioneta donde se encontraba su protegido, el señor Enrique Rais, no era una situación de amenaza determinante como para actuar?

–No actué porque, como ya dije, yo vi que la amenaza más próxima no iba a actuar porque no tenía el dedo en el disparador.

–Gracias. No más preguntas – responde la abogada, y toma asiento.

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Claudia Herrera junto con su abogada Bertha De León durante el primer día de la vista pública por amenazas.

El incidente, según Rais y su sobrino

El martes 23 de septiembre de 2014, Rais avanzaba junto a su sobrino, Hugo Blanco Rais, en su camioneta BMW X5 blindada sobre el bulevar del Hipódromo en San Salvador. Dos carros, una camioneta Prado gris y un pick up blanco doble cabina, pasaron en ese momento cerca de ellos.

Eran cerca de las 8:30 de la mañana cuando, según dijo Rais, ambos vehículos se atravesaron frente a ellos y de uno se bajó un hombre armado con una escopeta y les apuntó. Acto seguido, dijo el empresario cuando puso la denuncia ante la policía, en septiembre de 2014, otro hombre se bajó de la camioneta y corrió hacia ellos empuñando un arma corta. Mientras tanto, tres de sus mejores hombres con entrenamiento especial en Irak solo observaban cómo su protegido y su sobrino eran amenazados.

Rais declaró que la camioneta Toyota Prado era conducida por Claudia Herrera y que los hombres armados eran sus escoltas, quienes a su vez habían recibido indicaciones de dispararle. “Nosotros logramos hacer un zigzag entre los carros que nos bloqueaban el camino y huimos a toda velocidad”, relató Rais. Sus escoltas también huyeron con él y no hicieron nada. Todo esto pasó “en segundos”, dijo Rais en su denuncia.

Por eso, según el empresario, luego de “huir” junto a su equipo élite de guardaespaldas, se dirigió a las instalaciones de CEL, donde tenía una reunión esa mañana, y pidió prestado un teléfono para denunciar al 911 el supuesto altercado.

Desde entonces, se inició un proceso legal contra Herrera y sus escoltas. Un proceso que, luego de un turbulento camino, terminó en una vista pública realizada el miércoles 23 de noviembre de 2016, es decir, más de dos años después de los supuestos hechos.

Sin embargo, este no fue un caso aislado. Otros siete procesos, entre ellos uno por lavado de dinero y otro por extorsión, también fueron cayendo sobre las espaldas de Herrera y Mario Calderón, exabogado de Rais y esposo de Herrera, durante la administración del exfiscal Luis Martínez, gran amigo de Rais.

Mi amigo el exfiscal: una historia de bartolinas

El 22 de agosto de este año, Rais y dos de sus abogados fueron citados en horas de la mañana a las instalaciones centrales de la Fiscalía General de la República para ser informados sobre un nuevo proceso judicial en su contra. Cuando el empresario y sus abogados estaban a punto de retirarse, recibieron una sorpresa: desde ese momento quedaban bajo arresto por los delitos de cohecho y falsedad material e ideológica.

La Fiscalía, según el requerimiento fiscal presentado a los tribunales dos días más tarde de la captura, intervino las llamadas telefónicas de Rais y sus abogados durante un año y descubrió una red de corrupción en el órgano judicial y la fiscalía que manipulaba la justicia a cambio de dádivas.

Esta red, según la fiscalía, estaba conformada por un séquito de abogados privados de Rais, su sobrino, Hugo Blanco Rais, un ex juez de San Salvador, un perito de Medicina Legal, el exfiscal general Luis Martínez y un exjefe fiscal, Julio Arriaza Chicas.

El requerimiento presentado por la fiscalía está dividido en cuatro casos, dos de los cuales tienen que ver con el incidente ocurrido entre Rais y Claudia herrera sobre el bulevar El Hipódromo de San Salvador, la mañana del 23 de septiembre de 2014.

El primero caso plantea que el ex juez Noveno de Paz de San Salvador, Romeo Aurora Giammattei, y Ernesto Gutiérrez, uno de los abogados de confianza de Rais, negociaron el resultado de la audiencia inicial contra Claudia Herrera y tres de sus escoltas por el delito de amenazas. En el segundo caso, las llamadas telefónicas describen cómo Gutiérrez y Rais planearon comprar un peritaje psicológico falso a un psicólogo del Instituto de Medicina Legal para probar que el empresario y su sobrino fueron afectados psicológicamente por las supuestas amenazas de Herrera y sus escoltas.

Por estos hechos, Rais, el ex fiscal Martínez y seis más de sus colaboradores – entre ellos dos de sus abogados – pasaron siete días tras bartolinas. Sin embargo, luego de pagar varios miles de dólares cada uno, quedaron en libertad bajo fianza mientras continúan siendo investigados.

La traición que quiso darle la razón a Rais

Los acusados se ponen de pie. El estrado está lleno. Siete personas (cinco propietarios y dos suplentes) conforman el jurado y cerca de ellos están cuatro abogados de la querella. Junto a ellos, dos fiscales. La querella son todos empleados de Rais. Del otro lado están los defensores, Bertha De León y Pedro Cruz, y sus clientes: Herrera y dos de los tres escoltas que la acompañaban aquella mañana del 23 de septiembre cuando los caminos de Rais y los suyos se cruzaron. El tercer escolta, German Serrano, se ha pagado sus propios abogados.

–Ha llegado el momento en que ustedes pueden decidir si van a hacer uso de la palabra para declarar. Tienen el derecho de hacerlo o de no hacerlo – dice el juez del Tercero de Sentencia.

–Yo sí.

El primero en hablar es Serrano, el que fue escolta de Herrera.

–Yo también haré uso de la palabra – dice Herrera, tomando el micrófono de las manos de su antecesor.

Los otros dos escoltas dicen que también tomarán la palabra. Entonces el juez explica que la ley manda que los demás acusados deben salir cuando uno de ellos va a hacer uso de la palabra. Herrera y los otros dos escoltas salen de la sala de audiencias acompañados por tres policías, y German Serrano se queda de pie.

Las puertas se cierran y el micrófono se abre.

–Hoy sí voy a decir la verdad – comienza Serrano, con la mirada puesta hacia el jurado. – Yo en su debido momento ya declaré, pero quiero decir que no hablé con la verdad porque estaba amenazado por la señora.

Un silencio incómodo inunda la sala de audiencias y las miradas de los abogados defensores se cruzan, como buscando una explicación de lo que está sucediendo. Los miembros del jurado hacen gestos, se tocan el ceño, se acomodan en la silla.

Los abogados de Rais sonríen.

–Ese día martes 23 de septiembre, yo pertenecía a la seguridad de la señora Claudia Herrera y su esposo, Mario Calderón. Para entonces, ella residía en la Torre El Pedregal, ahí por Multiplaza. Como a eso de las 8:10 – 8:15 el señor Balmore García, coordinador de la seguridad, nos dio la orden a mí y al señor Juan Carlos, el otro escolta, que abordáramos el pick up Mazda doble cabina color blanco, y dijo que él iba a acompañar a la señora en la camioneta Land Crusier. Que íbamos a una misión.

Bertha De León y Pedro Cruz, los defensores de Claudia Herrera, se miran perplejos. Intentan buscar respuestas en la mirada de sus colegas, los defensores de Serrano, pero no pueden porque estos los evitan. De León y Cruz están seguros de que Serrano está mintiendo, y que todo lo que dice es tan falso como decir que la camioneta era “Land Crusier”, cuando en realidad era Prado.

–Salimos por la calle El Espino y avanzamos hasta llegar al bulevar el Hipódromo. Antes de llegar a ANDA, ella cruzó la camioneta – dice Serrano con tono de seguridad en su voz –. Entonces yo me bajé del pick up con una escopeta, una escopeta automática doble cartucho. Me bajé y le apunté al carro del señor Rais.

Los abogados de la querella sonríen, atentos a las palabras del acusado que está confesando justo lo que necesita Rais para ganar su demanda contra Herrera y hundirla en la cárcel. En el área del público, los abogados Ernesto Gutiérrez y Hernán Cortéz paran por un momento de asesorar a los querellantes y apuntan sus oídos hacia el acusado.

–Le apunté, pero no le quise disparar porque yo sabía en el problema que me iba a meter. Entonces bajaron ellos y nos incorporamos. Y le cayó una llamada al señor Juan Palma – el escolta que iba conduciendo el carro “seguidor” de la seguridad de Herrera –. “¡¿Qué pasó, por qué no le dispararon?!, son unos culeros”. Perdón por la palabra, pero así le dijo la señora al señor Juan Palma. “Son unos culeros” – vuelve a gritar Serrano, y luego baja otra vez la voz –. Entonces yo me regresé al carro y salimos de vuelta.

El ambiente se vuelve todavía más pesado. Los abogados de la querella ya no intentan disimular su felicidad. La defensa se muestra desesperada. Mueven las piernas, cruzan los brazos, tamborilean con los dedos en el escritorio…

–Nos fuimos para la oficina de ella, por la calle El Mirador, y cuando llegamos ella estaba encachimbada, diciendo que no servíamos para ni mierda, que éramos culeros. Eso fue como a las 11:00. Como a las 2:00 nos subió al apartamento y me preguntaron que, si yo tenía preparación, por qué no había disparado, que era pura mierda y que quedaba despedido – concluye Serrano, con un tono de voz más suave –. También me dijeron que me iban a hacer firmar un papel donde yo no tenía que hablar absolutamente nada y que hasta mi teléfono iba a estar intervenido.

Serrano evita ver a alguien más que no sea su abogado, quien le susurra unas palabras al oído. Entonces el acusado, dispuesto a aceptar que es un terrorista, vuelve a tomar la palabra y da su última sentencia: “Ah, y quiero pedir de favor que nadie me puede interrogar de nada”.

El juez, acercando nuevamente el micrófono a su cara – esta vez perpleja –, le dice al acusado que, si no acepta preguntas, su testimonio carecerá de credibilidad. El acusado repite que no responderá preguntas de nadie, pero que, si fuera necesario, podría “hacer alguna conciliación con los señores, o pedirles alguna disculpa”.

El juez hace entrar a Claudia Herrera y a sus dos escoltas. Les hace un resumen de lo ocurrido y les explica. Herrera busca con la mirada a Serrano y luego le hace preguntas a sus abogados, a De León y a Cruz. El juez dice que lo ocurrido amerita un receso y la querella acepta. Los abogados dicen que irán a hablar con Rais y su sobrino, quienes esperan en una sala al interior del tribunal, para plantearles una nueva estrategia.

Pasan unos minutos. Rais ha decidido perdonar al que le apuntó con el arma, al supuesto terrorista, pero no a Claudia Herrera, según dice él mismo antes de absolver a Serrano de toda culpa y ponerle fin a su parte en esta audiencia.

“A mí también me quisieron comprar”

Hay una multitud de gente entrando y saliendo de la sala de audiencias. Familiares y amigos de los acusados. Empleados de Rais que han llevado un proyector de cañón y una pantalla para mostrar videos como prueba de los delitos. Media docena de abogados de Rais se pasean de un lado a otro. Los acusados, despavoridos, buscan consuelo en sus defensores. Policías y custodios. Dos periodistas.

Es ya bien entrada la noche y la audiencia, en realidad, no va ni a la mitad. Lo que comenzó cerca de las 11:00 de la mañana lleva ya casi diez horas y aún falta mucho.

Luego de la sorpresa que German Serrano dio con sus declaraciones ante el jurado y que el juez le explicara a los otros acusados lo que acababa de suceder, la palabra conspiración flota el aire como humo de colores.

Al principio nadie se atreve a mencionarlo, pero al preguntar un par de veces, los acusados y sus abogados sueltan las palabras “comprado” y “traición”. Piensan que Rais volvió a salirse con la suya a su manera, dicen.

Uno de los escoltas de Herrera espera a que pase el receso con la frente puesta sobre el vidrio de una ventana que da al parqueo del centro judicial. Tiene la mirada perdida y no habla con nadie desde hace unos minutos. Me acerco un poco y le pregunto que qué ha pasado.

–A ese chamaco lo compraron. Lo compraron. Créame que lo compraron. Se dejó comer por el hambre al dinero – dice el guardaespaldas con tono desesperado, como intentando convencer.

Le pido al acusado que me explique eso, que cómo sabe él que a Serrano lo compraron y le pregunto si las cosas fueron o no en realidad como dijo su compañero.

–Él está resentido – dice el guardaespaldas y baja un poco más la voz – Está así desde que lo despidieron. Desde que nos metieron en este volado a nosotros, él siempre se mostró diferente, como cómplice de los que nos quieren joder. Yo sé que a él lo han comprado.

El guardaespaldas rehúye un momento de explicar lo que acaba de decir sobre el intento de chantaje que, según dice, le hizo la gente de Rais. Sin embargo, luego de acordar que su nombre no sería revelado, acepta.

–Hay un hombre que se llama Constantino Samur. Él fue esposo de la señora Claudia y es muy amigo de Enrique Rais. Él me mandaba a decir, por medio de uno de sus empleados, que querían hablar conmigo, que me podían dar una oportunidad y dinero si yo declaraba en contra de la señora. Me buscaron infinidad de veces, pero yo nunca acepté.

Insisto más al guardaespaldas para que me dé pruebas de que han intentado comprarlo, y luego de un breve silencio saca su teléfono celular de su bolsillo izquierdo.

–Vaya. Le voy a mostrar un audio de una vez que me llamó este Salvador Galicia que le digo. Ahí me dice clarito que quieren hablar conmigo, que me van a dar la oportunidad de negociar. Es de una de tantas veces que me llamó porque me llamaba seguido, me insistía. Al final yo decidí grabarle las llamadas para que me quedaran de prueba – dice el guardaespaldas y comienza a reproducir el audio en su móvil.

El guardaespaldas acepta pasarme el audio con la condición de que proteja su nombre en los momentos en que es mencionado, no sin antes insistir una vez más: “yo le aseguro que a Serrano lo han comprado para que declare en nuestra contra”.

En el mismo pasillo, frente a la sala de audiencias, la abogada Silvia Bonilla se pasea lentamente moviendo el torso de un lado a otro mientras avanza. Bonilla es una de las abogadas que trabajan para Rais en este caso y forman parte de la querella. Intrigado por lo que acabo de escuchar me acerco y la abordo con tono amigable.

–¿Sorprendida, licenciada? – le digo.

–No – contesta y estira el labio de abajo como fingiendo extrañeza por mi pregunta – estas cosas así son, usted, y la verdad siempre termina saliendo, aunque sea tarde.

–Hay una pregunta que me es necesario hacerla, licenciada – le digo.

–¿Ajá? – responde.

–¿Ustedes nunca tuvieron un acercamiento con Serrano?

–¿En qué sentido?

–Un acercamiento para negociar con él.

Entonces el tono de voz de la abogada Bonilla cambia radicalmente y toma un giro más bien enfadado, de enojo y sube el volumen.

–Aquí en la sala de audiencias y fuera de la sala de audiencias yo no he tenido ningún acercamiento con él. Usted debería preguntarle a cada uno de los abogados querellantes. Yo no he tenido acercamientos y tengo entendido que nadie los ha tenido porque fue una de las advertencias que hizo el juez – responde la abogada y comienza a gritar los nombres de los otros abogados querellantes para que se acerquen y escuchen lo que estoy preguntando.

-Los abogados hemos actuado con ética, yo he actuado con ética. Yo no conozco al señor Serrano ni al señor Román (abogado de Serrano) – insiste Bonilla cuando nadie le hace caso para acercase a nosotros.

–¿En ningún momento se le acercaron para hablar con él ni por medio de terceros? – insisto.

–¡Lo que pasa es que su pregunta es maliciosa! ¡En ningún momento se le han acercado! ¡Vaya a preguntarles si en algún momento han comido juntos o se han visto en una audiencia! ¡Señores, abogados! ¿Me permiten un segundo, por favor? ¡Ulices, Olimpia!

Los abogados se acercan haciendo bromas por los gritos de la licenciada Bonilla y hacen una media luna, rodeándome.

–Lo que pasa es que el joven me está preguntando si “en algún momento” – dice la abogada, haciendo énfasis en las últimas tres palabras – ustedes se han acercado al señor Serrano.

La licenciada Olimpia toma la palabra e interrumpe a la abogada Bonilla.

–No nos alteremos por eso. No lo hemos tenido y no vamos a hablar de eso ni nos vamos a arriesgar a que nos grabe – dice Olimpia, señalando la grabadora que tengo sobre mi libreta.

–No, no es cuestión de alterarnos, pero como él dice que necesita preguntar… – dice Bonilla.

–Así es, mi trabajo es hacer preguntas – le respondo y repito la pregunta esta vez dirigida para todos los presentes. ¿Ustedes han tenido acercamientos ya sea con el imputado Serrano o con uno de sus abogados para pedirle que pidiera perdón?

Los abogados se miran los unos a los otros y guardan un breve silencio.

–Porque eso no es delito. ¿O sí? – les pregunto.

–No…

–¡No es ético! – interrumpe Bonilla cuando otro abogado quería responder. Bonilla está exaltada.

–Delito no es – interrumpe el exmagistrado de la Corte Suprema Ulices del Dios, abogado de Rais, y toma la palabra por el grupo –. Pero como la pregunta es en relación a los hechos, yo le puedo decir que yo no lo he hecho ni he visto ni he oído que nadie lo haya hecho. Esa es la respuesta.

–Dentro de la sala de audiencias, los abogados pudieron hablar incluso para platicar aspectos sobre la conciliación – interfiere Bonilla nuevamente –; sin embargo, ¡yo no lo hice!

***

El abogado Campos Ventura, en el estrado, es un matador. Cuando toma la palabra se levanta lentamente y saluda reverente al señor juez. Suelta dos o tres palabras y luego hace una pausa. Pide permiso para salir a la duela y el juez, obviamente, lo autoriza.

Una vez frente a los miembros del jurado, Campos Ventura se arregla el saco y se asegura de tener una posición erguida. Firme. Con temple. Avanza despacio unos cuantos pasos y luego retorna, dibujando una “U”. Luego empuña el micrófono y comienza a hablar.

El discurso del abogado Campos Ventura es, como él mismo dice, “para disfrutarlo”. Mezcla altibajos en su voz con algunos ademanes y susurros al micrófono. “Uno tiene que cautivar al jurado”, me dirá más tarde, o, más bien, más temprano, porque ya casi amanece. Son cerca de las 3:00 de la madrugada y la audiencia se extendió más de lo esperado; sin embargo, casi llega a su fin.

El delito de amenazas, como pocos en la legislación salvadoreña, es juzgado finalmente por un jurado conformado por cinco personas elegidas al azar entre la población civil. Aunque siempre es un juez quien modera toda la audiencia, finalmente son los miembros del jurado quienes deciden si los acusados son culpables o no. Como sus argumentos no deben ser fundamentados con la ley, se le permite a las partes “tratar de convencerlos”.

Ha llegado el turno de Campos Ventura para tratar de persuadir al jurado y convencerlo de que él tiene la razón. “Sus familias estarán orgullosas de su decisión el día de mañana”, dice el abogado de Rais, susurrando al micrófono.

–La verdad siempre saldrá a la luz y lo que ustedes deben valorar aquí es la verdad, los hechos que nosotros hemos presentado, no las palabras – dice Campos Ventura.

Luego de los quince minutos de su intervención, el abogado hace un último intento de persuasión con el jurado y les resume sus argumentos en una frase: “Si esto queda impune podrá volver a pasar, y en un país tan violeto como El Salvador no nos conviene que la gente ande amenazando a otras con armas de fuego a media calle”.

Luego viene el turno de la defensa. Bertha De León se pone de pie. Decide no acercarse al estrado y hablar al lado de su defendida. Tomando el micrófono con la mano derecha, toca el hombro de Claudia Herrera y comienza a hablar.

–Ella tiene dos hijos pequeños que la necesitan. Una familia que la necesita. Ella está aquí por un delito que no ha cometido, que ninguno de ellos ha cometido. No tiene ninguna lógica que una mujer con su posición un día tome un carro y se vaya a formar parte de un escuadrón terrorista a cometer un atentado. Todo esto tiene un antecedente y ustedes lo saben. ¡Terrible cosa es caer en las manos de Enrique Rais! – De León apenas y ha terminado de pronunciar la última palabra de su frase cuando es interrumpida por la querella, quien le exige que no esté adjetivando porque lo prohíben las reglas del discurso forense en las audiencias.

El jurado debe deliberar después de haber escuchado a ambas partes y el juez ordena receso hasta que haya “humo blanco”.

***

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Claudia Herrera tras recibir el fallo que la libró de responsabilidades en el caso por amenazas iniciado por Enrique Rais. Foto FACTUM/Cortesía

Tras una espera de casi una hora. Los abogados de Rais se han reunido en una esquina en el pasillo frente a la sala de audiencias. Los abogados de la defensa descansan acostados en las sillas plásticas del público. Los familiares de los acusados consuelan a los suyos. Otros duermen en el piso. Son casi las siete de la mañana del jueves 24. Han pasado casi 20 horas desde que inició la audiencia.

Finalmente, se escucha una voz que llama a entrar a la sala. El juez ya está sentado en el estrado y se le nota el cansancio en la cara. Las partes se colocan y se reanuda la audiencia. Rais está sentado en el área del público, junto a su sobrino Hugo Rais. Expectantes de lo que va a pasar.

–Debemos informar que ya hay una resolución del jurado – dice el juez –, su decisión es firme y lo que hayan acordado definirá el futuro jurídico de las personas aquí imputadas.

Las palabras del juez alargan la tensión y complican los nervios de los imputados que solo levantan la mirada haciendo gestos de estar orando. El juez le da la palabra al presidente del jurado y este comienza con su resolución: Los tres imputados todavía procesados quedan totalmente libres de todo cargo. Ningún miembro del jurado votó porque alguno de ellos fuera condenado.

Enrique Rais cruza miradas con sus abogados y con su sobrino. La derrota se les nota en la cara. La sonrisa de hace unas horas, cuando German Serrano declaró en contra de Herrera, se ha borrado y hay algunos gestos de enojo en el ambiente.

–Esto siempre es así. Con jurado es un albur – dice Campos Ventura mientras se da la vuelta y mira a su jefe.

Claudia Herrera se hinca de inmediato al escuchar la resolución del jurado y levanta las manos al cielo. Sus dos escoltas levantan el rostro y comienzan a clamar. Uno de ellos llora y se toca el corazón. La pesadilla ha terminado.

 

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