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En defensa de la ideología

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Unos meses atrás, mi amigo Mauricio Alarcón me hablaba de la crisis ideológica en la política salvadoreña. Mauricio puntualizaba que “si le preguntás a los de izquierda, solo quieren hablar del éxito de sus proyectos, pero nunca de las idea que mueven esos proyectos. Nuestros políticos se han vuelto nihilistas”. Mauricio tiene razón ¿de qué sirve planear cosas, ejecutar proyectos y controlar el ejecutivo si no sabés cuál es el horizonte al que te dirigís? En política, ese horizonte no debe de ser la Habana, Caracas o Washington D.C. Lo que sí es fundamental es definirlo y comunicarlo. A eso me refiero con ideología,  a esa cosmovisión de mundo en la que los actores políticos definen sus proyectos y planes de futuro. Y esta ideología va más allá a la visión de los partidos y la popularidad en las encuestas. La ideología es un ecléctico producto cultural que guía el horizonte de los cambios sociales. No es singular, sino plural y contradictoria. Todos y todas tenemos ideología, aunque la ocultemos.

La construcción de una política sin ideología ha tratado de hegemonizarse en nuestro país desde principios de los noventas. En ese entonces, las clases altas y medias altas se veían a sí mismas como administradoras de un Estado que solo debía responder a las necesidades de un mercado cada vez más global e incontrolable. Para acceder a ese aparato, solo se necesitaba una lista de títulos académicos y una firme creencia en la infalibilidad de la mano invisible de la economía y el arquetipo del ciudadano heterosexual y religioso. Esa lógica no solo se volvió en el discurso oficial derecha, sino que la izquierda política lo adoptó para ser elegible. En la izquierda, cualquier atisbo de debate ideológico ha sido ocultado por miedo a la división interna y la inviabilidad electoral.

Pese a que la “desideologización” de la política ha sido usada periódicamente y casi de manera exclusiva contra la izquierda, la nueva víctima de este “nihilismo” o “posmodernismo” político ha sido la derecha. En días recientes, dos diputados areneros renunciaron a su reelección y argumentaron la falta de  apertura de la cúpula. Uno de sus argumentos contra el COENA es que le negaron a uno de uno de ellos elegir a su suplente, quien era Aída Betancourt, una profesional que es acusada por la ortodoxia arenera  por estar a favor de las causales por interrumpir el embarazo y los derechos de grupos sexuales vulnerables.

Los opinadores y comentaristas han señalado que este es un ejemplo de falta de renovación de las cúpulas partidarias o de la superficialidad de los mensajes políticos, y es cierto. También dicen que ese es un ejemplo de la necesidad de que haya más jóvenes en posiciones de poder, como que tener menos de cuarenta años implica poseer una vibrante y potente creación intelectual y claridad política.

Pero lo que evidencia la renuncia de los diputados de ARENA es la incapacidad generalizada de nuestra clase política de generar nuevos productos ideológicos y del miedo de sus operadores de iniciarlos más allá del pleito interno. Los disidentes de ARENA son críticos de las formas dentro del partido, pero han sido fríos con el fondo de su desacuerdo. Al parecer, los disidentes tienen almas liberales, de esas que creen en la infalibilidad de los mercados como se puede ver en una propuesta de ley de agua, pero atrapadas en el cuerpo de un partido conservador, anticomunista y sumamente religioso. Por lo que observo, ellos, incluidos los dos diputados en cuestión, no tendrían problema en privatizar partes del Estado o en reciclar el discurso de la guerra fría en política exterior. En esa parte, parecen estar de acuerdo, pero los confunden las posiciones morales de sus superiores.

Esas contradicciones son normales en política, pero debería esperarse que los comentaristas y los analistas políticos le dieran más valor a la emergencia de una nueva sensibilidad en la derecha. Para los involucrados en el tema a lo mejor es más beneficioso enfocar esas diferencias como un simple debate sobre el control de las cúpulas y de la imposibilidad de que jóvenes provenientes de estratos medios altos accedan a puestos de decisión en el partido; y así es vendido también hacia fuera, hacia los electores, ante quienes los diputados quedan como paladines de esa renovación, sin ponerle mucha atención a su real apuesta ideológica. Por eso es que este caso es mucho más que una problemática de renovación de caras, aunque existe la posibilidad de que sus protagonista no lo entiendan. El tema real es que nuestras élites políticas son incapaces de valorar e incluir la dimensión ideológica como materia prima que genere nuevas utopías, lo que estanca el consenso político en una discusión sobre trueques y favores entre partidos políticos en una suerte de ruleta en la que se pasan .

El debate ideológico no es etéreo. Genera soluciones prácticas a problemas sociales y energizan a muchos sectores de la población a creer que un mejor país es posible de alcanzar. Las más recientes elecciones de Estados Unidos, del Reino Unido y de España dejan claro que, aún en sociedades donde se creía que había un fuerte consenso liberal, han emergido productos ideológicos que tratan de responder a problemas prácticos planteados por la globalización financiera. De esa forma,  el socialista Bernie Sanders propone desde la izquierda del Partido Demócrata acceso universal a la salud, Jeremy Corbyn, en el Reino Unido, quiere incrementar los impuestos a los grandes capitales y el movimiento político Podemos ha quebrado el bipartidismo en España. Sanders, Corbyn y Podemos no hubieran emergido sin un fuerte debate ideológico, ya sea en el partido Demócrata de Estados Unidos, el partido Laborista del Reino Unido o en la izquierda española en general. Estos movimientos han producido no solo discursos nuevos, sino políticas claras y visiones de largo plazo –por supuesto que cargadas de ideología- para construir sociedades más justas, prósperas y abiertas a defender los derechos fundamentales de las mujeres y de los ciudadanos que han sido oprimidos por siglos por su preferencia sexual e identidad de género.

Es por eso que aún defiendo lo fundamental de la tan satanizada ideología en la política salvadoreña. No se puede hacer políticas públicas sin tener una visión de los problemas del mundo y cómo queremos resolverlos. La derecha parece tener miedo a este debate, pero el país lo necesita ahora más que nunca.


* Ricardo J. Valencia es candidato a doctorado en Medios de Comunicación de la Universidad de Oregon, Estados Unidos.

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