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El Viejo Santos y la revitalización de las clicas de Maryland

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Moisés Humberto Rivera-Luna, el Viejo Santos, es uno de los seis jefes-voceros de la Mara Salvatrucha a los que el Departamento del Tesoro declaró objetivos criminales del gobierno de los Estados Unidos en junio de 2013. Tres años y tres meses antes de ello, el 9 de marzo de 2010, una patrulla del FBI allanó una casa en un barrio latino de Maryland y encontró las primeras evidencias de la nueva relación entre las clicas de la pandilla en la costa este de Estados Unidos y los palabreros encarcelados en El Salvador: dos comprobantes de transferencias electrónicas de dinero hechas por Édgar Granados, miembro de la clica Normandie Locos Salvatruchos, vía Western Union, y recibidas en El Salvador por Julia Pérez Abarca, una mujer que era, entonces, visitante asidua de Viejo Santos en el penal de Chalatenango. A ese allanamiento, en la calle Randolph de Wheaton, siguió una investigación según la cual los nexos entre “shot-callers” (palabreros) en la costa este de Estados Unidos con algunos miembros de la ranfla, que luego participó de una forma u otra en la tregua con el gobierno del expresidente Mauricio Funes, se habían revitalizado. Revista Factum reconstruyó este capítulo de la historia de la MS13 en Maryland a partir de la revisión exhaustiva de documentos judiciales, horas de conversaciones con policías, abogados defensores y ex miembros de la pandilla en San Salvador.

 

Este es el primero de dos capítulos sobre la situación actual de la MS 13 en Maryland y Washington que Factum publicará en español e InSightCrime.org, sitio especializado en crimen organizado en las Américas, publicará en inglés. Puede leer aquí la primera entrega en InSightCrime.

 

Fue un viernes, 19 de marzo de 2010. José Martínez Amaya, Crimen es su taca en la pandilla, y Manuel Saravia recibieron la llamada desde El Salvador: Viejo Santos, el jefe de la Normandie Locos Salvatruchos (NLS), su clica, les habló desde el penal de Chalatenango para nombrarlos palabreros de la NLS en Maryland. Solo habían pasado tres años desde que, con 19, José había salido de San Miguel con rumbo a Estados Unidos.

Pinta alusiva a la MS13 en un callejón de Langley Park, Maryland, uno de los barrios de Maryland en los que la pandilla ha tenido presencia desde finales de los 90. Foto de Héctor Silva Ávalos.

Pinta alusiva a la MS13 en un callejón de Langley Park, Maryland, uno de los barrios de Maryland en los que la pandilla ha tenido presencia desde finales de los 90. Foto de Héctor Silva Ávalos.

La hoja de vida de Martínez Amaya es muy parecida a las de miles de jóvenes salvadoreños a quienes sus padres, al emigrar hacia el norte, dejaron al cuidado de los abuelos en pueblos, barrios y cantones que hace década y media no eran tan peligrosos y en cuyas calles y paredes las pintadas de la MS 13 y del Barrio 18 eran aún solo una distracción.

El tercero de cuatro hijos que nunca conocieron a su padre, Martínez Amaya nació en 1988 en San Miguel. A los seis años él y su hermano quedaron al cuidado de los abuelos maternos después de que la madre se vino a Estados Unidos con los dos hijos mayores. A un trabajador social en Maryland José le contó que su abuela lo maltrataba: solía hincarlo en maicillo y pegarle con una vara de madera, le dijo.

Consta en un documento de sentencia de la corte del Distrito de Columbia (Washington), que el pasado 26 de junio dictó cadena perpetua a Amaya Martínez por tres homicidios, que el salvadoreño entró sin papeles a Estados Unidos en 2007. Llegó a los suburbios latinos de Maryland, donde su madre vivía. Intentó adaptarse en la escuela secundaria pero la dejó a los tres meses. Muy pronto empezó a trabajar como albañil para la compañía Genco Constructions en Bethesda, uno de los suburbios más ricos de Washington, en el condado de Montgomery.

Como muchos otros, José no tardó en salirse de la casa a la que había llegado en el norte: después de 12 años sin verla, su madre era una persona extraña. Lo que ganaba en Bethesda le alcanzaba para vivir con su novia y mandar dinero para un hijo que había dejado en El Salvador.

Dice la madre de José, cuyo nombre no se imprime por razones de seguridad, que su hijo ya venía tatuado de El Salvador, pero todavía ahora la mujer insiste en que pandilleros de la MS en San Miguel lo obligaron a “mancharse”, y que José lo hizo para evitar el peligro. Las reglas de la pandilla, sin embargo, indican que portar un tatuaje con las letras MS sin estar autorizado para ello, es decir, sin ser miembro activo, es un buen motivo para ser asesinado.

Todos los documentos de la corte de Washington relativos a la historia personal de Martínez Amaya indican que a los 19 años, cuando cruzó el Río Grande, el salvadoreño era ya miembro de la clica Normandie con derechos plenos.

Lo cierto es que, de acuerdo a los archivos del FBI anexados al expediente judicial 10-256-09, Crimen ya participaba en reuniones de la Normandie en Maryland desde finales de 2008, poco más de un año después de haber llegado. Entre noviembre de ese año y la Nochevieja de 2009, Martínez Amaya y su colega Manuel Saravia, alias Cholo, ya habían vendido cocaína en la ciudad de Silver Spring, habían vapuleado a un emeese miembro de otra clica y habían apuñalado a otra persona en Langley Park, uno de los cuarteles históricos de la MS en la costa este de Estados Unidos, según récords policiales anexos al expediente criminal abierto en la corte federal de Washington, DC.

Desde finales de 2009, Martínez Amaya era uno entre al menos cinco miembros de la Normandie en Maryland que mandaban pequeñas sumas de dinero semanal, producto de extorsiones y venta de droga, según el FBI, al Viejo Santos, el jefe máximo de la clica en El Salvador y, de acuerdo a un informe de la inteligencia policial salvadoreña de 2011, uno de los fundadores de la MS en suelo salvadoreño.

Las órdenes desde Chalate

Eran días movidos los de principios de 2010, cuando el nombramiento de jefes de clica les llegó a José Martínez Amaya y Manuel Saravia. Desde El Salvador, Viejo Santos mantenía un control estricto sobre la clica e insistía en que las reglas debían cumplirse. Eran, además, los días en que la Normandie recibía, desde la cárcel salvadoreña, una nueva orden de ampliar su expansión en los Estados Unidos.

“Después del 1º. de marzo de 2010 Moisés Humberto Rivera Luna participó en una conferencia telefónica de tres personas, una de ellas ubicada en el área metropolitana de Washington y otra en otro estado. Durante la conversación, Rivera Luna comentó que más tarde ese mismo día participaría en una reunión –meeting– telefónico con gente de Maryland, Nueva York y Los Ángeles. Rivera Luna les dijo que era importante que los miembros de la Normandie en Washington fueran a otras ciudades para asegurarse que los otros miembros seguían la palabra, para mostrarles cómo se hacían las cosas, cómo se reclutaba nuevos miembros y para acompañarlos a defenderse de enemigos”, dice una transcripción de la llamada a la que Factum tuvo acceso.

Organigrama de los liderazgos de la MS13 elaborado por la inteligencia policial en 2011.

Meses antes de aquella llamada, en los últimos días de noviembre de 2009, Rivera Luna había participado en otra reunión telefónica. Esa vez, la conferencia lo incluyó a él y a Marvin Geovanny Monterrosa Larios, de alias Enano, otro jefe pandillero preso en El Salvador, y a representantes en Maryland de las clicas Uniones, Normandie y Western Locos, tres de las seis clicas que según el FBI estaban consolidadas entonces en Washington. Las otras tres eran la Sailors Locos, la Peajes y la Fulton Locos.

En esa teleconferencia de noviembre la MS13, Enano y Viejo Santos, los jefes presos en El Salvador, daban la orden implícita de volver a correr los programas Maryland y Washington con sus clicas más poderosas, de acuerdo a los principios fundacionales de la pandilla: controlar el territorio y generar respeto y ganancias económicas a través de la principal moneda de cambio, la violencia. La orden era similar a la que surgió de Estados Unidos poco menos de una década antes, en 2003, cuando según la tradición oral de las pandillas salvadoreñas, desde el norte llegó la palabra de expandir todos los programas de la MS en El Salvador. Dos ex investigadores de la PNC en El Salvador, uno de la División de Investigación Criminal y otro de la División Élite contra el Crimen Organizado, que han seguido la evolución de las pandillas desde la fundación de la policía salvadoreña en 1992-1993, confirmaron, por separado, la expansión de 2003.

“2003 fue un año importante: los líderes en Estados Unidos ordenaron correr los programas, lo que significó que la cultura de violencia, la organización, estructura y el identificación criminal y social construida alrededor de la rivalidad con la pandilla Barrio 18, la otra pandilla nacida en Estados Unidos, culminaba su proceso de exportación a Centroamérica. La sofisticación comenzaba…”, dice un estudio titulado “La política de las pandillas”, presentado en mayo de este año en el congreso de la Asociación Latinoamericana de Estudios Sociales de Estados Unidos, celebrado en Puerto Rico. En 2010, una orden similar, pero reducida en este caso a la capital estadounidense y sus alrededores, viajó de regreso hacia el norte.

Desde entonces quedó constituida una especie de federación de clicas, a las que desde aquella conferencia entre las cárceles de El Salvador y las calles de Maryland y el Distrito de Columbia, que se llama “La Hermandad”, y que, de acuerdo a un agente federal consultado en Washington en una conversación off the record, sigue vigente en 2015. “El propósito de La Hermandad es investigar a personas de otras clicas que está cooperando con agentes de la ley y matarlos si se les prueba eso”, dice el agente. En una palabra, volver a hacer operativa la orden de asesinato, conocida como “luz verde”.

A pocos meses del establecimiento de La Hermandad, Viejo Santos, jefe de la Normandie, y Enano hacían valer el acuerdo en los barrios de Maryland y Washington.

Para enero de 2010, según los fiscales del Departamento de Justicia en la capital estadounidense, el acuerdo funcionaba ya en Estados Unidos y en El Salvador. El 9 de ese mes, por ejemplo, Monterrosa Larios habló por teléfono con un miembro de la clica Uniones en Langley Park sobre la posibilidad de enviar a alguien desde San Miguel para cometer un asesinato en Maryland, y, para finales de mes, Enano coordinaba, desde su celda, la búsqueda de una casa de seguridad para albergar a miembros de la Fulton que, sabían, llegarían deportados.

El asesinato de Zombie

El 7 de marzo de 2010, Viejo Santos había pedido a otro miembro de la NLS, de apellido Solórzano y alias Cocky, que estuviera pendiente del comportamiento de Felipe Leonardo Enríquez, de alias Zombie, un pandillero que según Viejo Santos se había tapado un tatuaje alusivo a la clica y, con ello, “arruinó la imagen de la Normandie”.

Cocky no pudo cumplir con la orden que había llegado de El Salvador: dejó de contestar las llamadas del jefe y se dio a la fuga hasta que el 5 de mayo el Departamento de Seguridad Interna (DHS, en inglés) lo arrestó porque estaba en Estados Unidos sin documentos. Para Viejo Santos aquello había sido una traición de Solórzano. “El big boss estaba enojado con Zombie por lo del tatuaje y con Cocky porque había dejado de contestarle las llamadas”, dijo un testigo en el juicio abierto contra los miembros de la NLS en Washington en 2012.

Con Cocky caído en desgracia, tocaba a Martínez Amaya y a Saravia hacer cumplir la palabra de Moisés Humberto Rivera Luna, el Viejo Santos, el jefe de la clica en El Salvador.

El mismo día en que los nombró jefes de clica en Maryland, Rivera Luna pidió a los dos nuevos palabreros que volvieran sobre el tema de Zombie: investigar si lo del tatuaje borrado era cierto y, de serlo, proceder a matarlo. Así, aquel 19 de marzo de 2010, uno de los jefes de la MS13 encarcelados en El Salvador hacía valer su poder de ordenar el asesinato de un compañero de clica sin pedir permiso a nadie más en la pandilla.

El 31 de marzo Saravia y Martínez Amaya se enlazaron en una teleconferencia con Viejo Santos. Estaba hecho, le dijeron: el Zombie estaba muerto. Ellos dos y otro pandillero, Noé Machado Erazo, le habían ejecutado: fue Martínez Amaya el que disparó el tiro de gracia.

Era la primera vez desde 2005 que las policías locales –del condado de Montgomery en Maryland y del Distrito de Columbia– y federal en Estados Unidos, el FBI, estaban ante un caso de una luz verde proveniente del nivel más alto en la jerarquía de la MS: la ranfla presa en El Salvador.

Entre 2005 y 2007, una corte federal de Maryland, en Greenbelt, condenó a 24 miembros de la MS, de varias clicas, por tres asesinatos, tenencia y portación de armas de fuego, obstrucción de justicia y asociaciones ilícitas. Según los fiscales en ese juicio, al menos dos de los asesinatos fueron ordenados también desde El Salvador, por otro ranflero, Saúl Antonio Ángel Turcios, alias el Trece y  jefe de la clica Tecla Locos Salvatruchos (TLS), otro de los que participó en la negociación de la tregua de marzo de 2012.

El silencio -“la relativa calma” como la llamó un detective de Maryland que habló sobre este caso desde el anonimato por no estar autorizado a hacerlo en público y para no entorpecer otras investigaciones- que reinaba en la zona tras las sentencias de mediados de 2000, se había roto definitivamente.

Allanamiento en Wheaton

La Randolph Road es una calle de cuatro carriles, dos por sentido, que se extiende por buena parte del condado de Montgomery, hogar de decenas de miles de salvadoreños y centroamericanos. Wheaton-Glenmont, unos 20 kilómetros al norte de la Casa Blanca, es una de las ciudades que esa avenida atraviesa. En 2010, el 9 de marzo, carros no identificados del FBI y patrullas del condado llegaron hasta una casa ubicada cerca del cruce de la Randolph con Veirs Mill Road, donde entonces vivía Édgar Granados, alias Babyface, otro miembro de la Normandie.

[Este es el documento del juicio contra dos palabreros de la Normandie]

En la cocina de la casa de la Randolph, arrugados dentro de un bote de basura, los policías encontraron dos recibos de Western Union, pruebas de dos envíos de dinero vía transferencia electrónica, uno por $50 y otro por $350. Granados era el remitente y una mujer en El Salvador, Julia Pérez Abarca, la destinataria.

Con esos dos recibos, la Agencia de Migración y Aduanas (ICE, en inglés) empezó a atar cabos. El encargado de la investigación por ICE* era el agente Jason Brumbelow, quien por primera vez se enfrentaba a un caso de pandillas de gran envergadura, según relataría dos años después en el juicio contra los Normandie.

Julia Pérez Abarca era el primer eslabón. Un diálogo del 17 de julio de 2013 entre el agente Brumbelow y el fiscal asistente Nijar Rantay Mohany durante el juicio contra José Martínez Amaya y Noé Machado Erazo ilustra la conexión entre los recibos hallados en la Randolph Road y el destino final del dinero remesado: Moisés Humberto Rivera Luna, Viejo Santos, quien hasta junio de 2010 estuvo preso en el penal de Chalatenango en El Salvador.

Fiscal Mohany: “¿A quién le estaba enviando Edgar Granados el dinero en El Salvador?”

Agente Brumbelow: “A Julia Pérez Abarca.”

Fiscal (al juez): “Su señoría, la prueba 155 del gobierno, son documentos salvadoreños sellados…”

Fiscal (al agente Brumbelow): “Voy a dirigir su atención a la pantalla para que vea el documento que estoy poniendo con el permiso de la corte…¿Ve lo que está en la pantalla?” (Lo que el fiscal Mohany muestra es una copia certificada de la hoja de visitas recibidas, en fechas no especificadas, por algunos miembros de la MS internos en cárceles salvadoreñas).

Agente: “Sí, lo veo.”

Fiscal: “Ok. Dice, en español, visitas a Moisés Humberto Rivera. ¿Lo ve?”

Agente: “Sí, lo veo.”

Fiscal: “¿Quién es esa persona?”

Agente: “Moisés Humberto Rivera, Viejo Santos.

Fiscal: “Ok. ¿Ve este nombre? Domitala (sic, por Domitila) de la Paz Portillo.”

Agente: “Sí.”

Fiscal: “¿Es ese nombre importante en su investigación?”

Agente: “Tenemos información, que extrajimos de archivos de Western Union que indican que varios miembros de la clica Normandie le han enviado dinero a ella.”

Fiscal: “Y este nombre que aparece más abajo, ¿lo reconoce?”

Agente: “Sí. Julia Pérez Abarca”.

Al final de ese interrogatorio, que empezó a las 10:30 a.m. y terminó a las 3:16 p.m. de aquel 17 de julio de 2013, y tras múltiples objeciones presentadas por la defensa, los representantes del Departamento de Justicia lograron asentar lo siguiente: que entre enero y marzo de 2010, tres miembros de la Normandie en Maryland, entre ellos Édgar Granados y José Amaya Martínez, Crimen, habían hecho al menos 12 envíos de dinero a Michelle Ríos, Domitila de la Paz Portillo y Julia Pérez Abarca; y que las dos últimas habían visitado varias veces a Viejo Santos en Chalatenango (Rivera Luna fue trasladado al penal de máxima seguridad en Zacatecoluca en junio de 2010, según los récords de la Dirección General de Centros Penales de El Salvador).

Al menos dos agencias federales estadounidenses –además del FBI, el Departamento del Tesoro, a través de su Oficina de Control de Bienes Extranjeros (OFAC, en inglés) – siguieron el rastro de aquellos dineros y de otros envíos similares hechos desde Washington y Maryland que terminaron en manos de Monterrosa Larios, el Enano.

Tres años después de haber encontrado los recibos de Western Union en la casa de la Randolph Road en la que vivía el Normandie Édgar Granados, el 5 de junio de 2013, el Departamento del Tesoro declaró a Viejo Santos y Enano objetos de persecución criminal del gobierno de los Estados Unidos. Los dos, según fuentes policiales en El Salvador, eran entonces parte del liderazgo de la MS que había participado en las negociaciones de la tregua con la pandilla rival, el Barrio 18, y el gobierno del entonces presidente Mauricio Funes, representado en esa mesa, de forma subrepticia, por agentes de la inteligencia del Estado y militar que actuaban bajo las órdenes del entonces ministro de Seguridad, el general David Munguía Payés, y el director de la PNC, el general Francisco Salinas.

El peso del tabo

Ni el nombre de Moisés Humberto Rivera Luna, hoy de 44 años, ni su alias, Viejo Santos, aparecen en primera línea en las publicaciones periodísticas o en las pocas y contradictorias declaraciones que dieron sobre la tregua las autoridades salvadoreñas. Tampoco el nombre o la “taca” de Monterrosa Larios, de 41 años, son de los más sonados. Ambos, sin embargo, son palabreros importantes de la MS según los estadounidenses y la policía salvadoreña.

“Moisés Humberto Rivera Luna es un líder internacional de la MS, que envía órdenes e instrucciones a las clicas que operan en el área de Washington, vía celular desde su prisión en El Salvador. Monterrosa Larios, también preso en El Salvador, dirige la coalición de clicas de la MS que se ha formado en el área de Washington”, confirma un agente federal en Estados Unidos.

El documento “El fenómeno de la pandilla MS en El Salvador”, elaborado por el Centro de Inteligencia Policial de la PNC en julio de 2011, antes de la llegada del general Salinas, recoge en una presentación Power Point de 39 láminas los usos básicos de la pandilla, sus reglas y formas esenciales de comunicación, además de nombres significativos. En la quinta lámina, titulada “Estatus jerárquico de la pandilla”, aparecen los 13 nombres de los pandilleros que la Policía identifica como fundadores de la MS en El Salvador: el tercero en la lista es Viejo Santos. Ahí están, además, los voceros de la tregua, visibles o no: Borromeo Henríquez Solórzano, alias Diablito de Hollywood; Ricardo Adalberto Díaz, Rata de Leewards; y Saúl Antonio Ángel Turcios, el Trece.

Entre 2005 y 2007, el Trece fue el primer líder de la ranfla encarcelado en El Salvador –llegó a Zacatecoluca en 2006– que hacía valer la luz verde y ordenaba extorsiones en Maryland, según lo establece la sentencia pronunciada por la corte de Greenbelt, Maryland, en junio de 2007, a propósito del expediente criminal DKC-05-0393, abierto por cargos de homicidio y asociaciones criminales entre otros delitos. Su poder e influencia sobre la pandilla, a través de la clica Teclas Locos Salvatruchos, se habían fortalecido en aquellos años.

En una ficha de identificación anexa al juicio penal 199-1-2006, por asociaciones ilícitas y resuelto por el tribunal de sentencia de Santa Tecla el 9 de octubre de 2006, hay varios ejemplos de esa influencia. Los datos aportados por Ángel Turcios en sus documentos formales de identidad dicen que nació el 17 de mayo de 1975, que estudió hasta cuarto grado y que trabajó en un taller de estructuras metálicas donde llegó a ganar $9 diarios. La biografía no oficial, elaborada a partir de testimonios de compañeros de la TLS que se convirtieron en testigos de la Fiscalía en aquel caso, es mucho menos modesta.

Uno de los testigos en el caso de Santa Tecla aseguró que ya para finales de 2005 Trece recibía, de las 16 clicas que forman el programa La Libertad de la que él es líder, hasta $4,000 semanales de tributo, y que ese año hubo al menos dos entregas de entre $9,000 y $10,000 producto de ventas de armas largas. Cálculos gruesos: solo de los tributos, Ángel Turcios recibía unos $670 diarios. Según el juicio en Maryland, en esos años también recibía dinero desde Estados Unidos.

En 2010, fue Viejo Santos el líder de la MS 13 que recibía tributos desde el norte tras replicar el modelo inicial de expansión de la pandilla, pero en dirección inversa, como ya lo había hecho el Trece: si a finales de los 90 la palabra de expansión viajó de norte a sur esta vez fue en sentido inverso.

Tan importante ha sido el caso de la Normandie y Viejo Santos para el gobierno de los Estados Unidos que el FBI y DHS no dudaron, por ejemplo, en ofrecer una visa S, reservada para colaboradores y testigos en casos criminales de gran calado, a Luis Ávila-Méndez, uno de los pandilleros que formaban parte de la clica en Maryland, para que colaborara con las autoridades grabando reuniones en las que se discutió la comisión de varios delitos. La visa S, según abogados migratorios consultados en Baltimore, una de las ciudades más importantes del estado, es muy difícil de obtener. De hecho, en este caso el proceso quedó pendiente porque Ávila-Méndez cometió otros delitos mientras colaboraba con las autoridades.

Y aunque Manuel Saravia, el Cholo, también fue identificado inicialmente por la policía como co-partícipe en uno de los homicidios por el que José Martínez Amaya, Crimen, fue sentenciado a cadena perpetua en junio pasado, la pena para él no fue tan drástica. La razón: uno de los líderes de la Normandie nombrado desde El Salvador por Viejo Santos decidió acusar al otro ante las autoridades: “Parece que el jurado encontró al señor Martínez culpable de haber asesinado a Felipe Enríquez, conocido como Zombie, basado solamente en el testimonio de Manuel Saravia”, dice el documento de sentencia.

A pesar de las dos cadenas perpetuas dictadas en este caso, contra Martínez Amaya y contra Noé Machado Erazo, y a pesar de que Moisés Humberto Rivera Luna, el Viejo Santos, y Marvin Geovanny Monterrosa Larios, Enano, están hoy en la mira del Departamento del Tesoro, lo que entre otras cosas significa que el gobierno estadounidense puede congelar sus bienes, las comunicaciones entre las cárceles salvadoreñas y las calles del área metropolitana de Washington están activas como lo estuvieron en 2005 y 2006, los años del Trece, y la MS se ha revitalizado, de nuevo, en viejos delitos como la extorsión y, de acuerdo a trabajadores sociales, el mismo FBI y policías locales, ha intensificado su participación en negocios en los que no habían incursionado antes en Estados Unidos, como la prostitución.

* El agente Jason Brumbelow es oficial de ICE, no del FBI como en la redacción inicial de esta nota puede entenderse.
Este es el primero de dos artículos sobre la MS en Maryland y Washington. La próxima semana: "Las menores prostituidas por la pandilla".
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