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El miedo que nos separa

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El señor H espera a que entre el último carro y que las luces de las casas se vayan apagando. Entonces, cuando ya todo está en silencio, se arropa con su suéter viejo, se baja su gorro roído  y se acuesta a dormir en el suelo. Lo acompaña un perro anónimo, viejo y malgastado como él, al que le cuesta arrastrar su existencia de acera a acera. De pronto algún vecino trasnochador levanta las luces o suena la bocina y el señor H levanta su vejez y todavía medio dormido abre el enorme portón blanco para que el recién llegado entre a su casa, quizá a comer algo y a dormir en un colchón suave. Las pupilas del anciano tardan en acostumbrarse a la oscuridad, las luces del vehículo le dejaron aturdido. Hay un letrero en el portón que solicita apagar las luces para no dañar los ojos del guardián; sin embargo, casi nadie le obedece. El perro ni siquiera se despierta. A sus años, sus labores de cancerbero son poco menos que simbólicas, al igual que su dueño, y además ha perdido la mayor parte de su dentadura. Pasado, hoy sí, el último vehículo el viejo guardián regresa a su cama de concreto a seguir durmiendo.

El señor H es el vigilante de una colonia privada. Bueno…quizá esto es mucho decir. El Señor H cuida con su perro viejo y sin nombre y un machete una calle de San Salvador cuyos vecinos, aterrados por el extravío de algunas partes decorativas de sus coches, decidieron cerrar las tres entradas existentes. La ley exige una serie de requisitos para hacer algo como esto, sobre todo si la calle es una arteria importante. Al parecer estos vecinos no son muy duchos en eso de las leyes, ya que después de varios pequeños concilios, y una recaudación de plata, amanecieron un buen día las tres estructuras metálicas altas, imponentes y coronadas por espinas. Dos de ellas custodiadas por guardianes como el ya descrito y la tercera, para esta no alcanzó la plata, simplemente cerrada con un enorme candado.

La calle en cuestión es pequeña, no más de 200 metros. Está habitada por familias normales de la clase media, con un par de tienditas de poca monta y un salón de belleza montado en un garaje. Atrás de esta calle hay una comunidad o zona marginal, un lugar de casitas endebles, tortillerías de cocina de barril y combustión de leña. La comunidad, como todas y cada una de las comunidades de El Salvador, está dominada por una pequeña clica de una pandilla. En este caso es la Mara Salvatrucha 13. De esta comunidad, su habitantes y su pandilla es precisamente de lo que los vecinos querían separarse y, echando mano de un impulso humano ancestral, levantaron las mencionadas murallas.

Los vecinos, luego de los portones, se sentieron más tranquilos. Habían cerrado su tierra y ordenaron a los guardianes, el señor H y un chico joven armado de un machete y un pito, no permitir el ingreso de nadie que no viviera ahí. Los vecinos habían logrado por fin la paz. Los violentos quedaron fuera.

Sin embargo, en esta calle no todos son iguales y una vez encerrados las diferencias se hicieron notar. Las casas del lado norte son distintas a las casas de lado sur (separadas apenas por 50 metros). Las primeras  tiene doble piso, aires acondicionados y sus cocheras albergan una o dos  camionetas. Comenzaron los problemas.  Todo empezó con la creación de unas pegatinas en las puertas de las familias que  pagan la vigilancia con la leyenda “yo SÍ pago la vigilancia” para diferenciarse de aquellos que no lo hacían. Luego los de las casas grandes del lado norte, al notar su diferencia con respecto a sus vecinos y siguiendo la lógica inicial, empezaron a fraguar la construcción de un portón interno. O sea  un portón dentro de una calle cerrada con portones. Esto con el  objeto de separarse de las familias del lado sur que viven en casas más modestas en cuyas pequeñas cocheras no albergan camionetas escandalosas sino toyotas ochenteros. Todo salió mal. La gente empezó a pelearse entre sí, los que  pagaban la vigilancia quisieron usar a los vigilantes (el anciano, el muchacho del pito y el perro dormilón) como una especie de matones privados para dirimir los problemas de estacionamiento que por tantos años habían causado molestias y pleitos. Claro, dirimirlos en detrimento de aquellos que no pagan. Estos últimos, indignados, se defendieron a gritos e insultos. Los otros contraatacaron  publicando una “lista de la vergüenza” de las personas que no pagan y la pegaron en una pared del pasaje.

Luego se formaron dos grupos: uno pro y uno contra los portones. El grupo en contra consiguió por fin la resolución del Viceministerio de Transporte declarando ilegales los portones: la imprimieron y la pegaron en los postes de la calle. Habían ganado esa batalla. Sin embargo, una carta  aún no se había jugado en esta partida. El pasado 10  de marzo,  una de las señoras del grupo “en contra” fue amenazada de muerte y sobre uno de los carteles alguien, con un plumón azul, escribió su nombre seguido de la frase “te vas a morir”…

El señor H termina su turno de 24 horas a las 7 de la mañana y sin haber comido más que un pan dulce y café. Entonces le deja la custodia del portón a su reemplazo: un señor de unos cincuenta años que vive  recordando sus años en la Fuerza Armada, donde, dice, usaban equipo de alta tecnología para combatir a la guerrilla. Ahora cuida este portón con un machete y el mismo perro macilento que ya no tiene fuerzas para seguir a su amo hasta casa. Este hombre pasará las siguientes 24 horas abriendo y cerrando un portón metálico mientras el sol le evapora la vida.

Lo curioso, o paradójico, del caso es que mientras los vecinos de esta calle deciden si arrancan de una vez los portones o si se matan entre ellos o no, un joven miembro de la Mara Salvatrucha 13 abre el portón sur y entra tranquilamente. A ninguno de los dos vigilantes se les pasa por la cabeza detenerlo o afearle su conducta. El chico toca el timbre de una casa y sin amenazas les pide que le den un par de dólares. Les explica que está de goma y  que quiere comprar algo de guaro. En la casa ya le conocen y  prefieren esta modalidad a la de la salvaje extorsión, así que le dan dos dólares. El chico  se va contento, caminando con ese paso cadencioso y bailarín de los pandilleros  sin que nadie le moleste y sale por el otro portón en busca de sus libaciones. El pleito de los dos grupos continúa  subiendo de tono. Todo en aras de defender aquellas murallas que los separan de los malhechores, los sucios y los violentos. Quizá no se dan cuenta de que en realidad están encerrados con ellos mismos.

Ilustración hecha por el cronistra gráfico de Honduras German Andino.
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