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«El mensaje que quería mandar [con mi documental] era: «nos tenemos la una a la otra»»

María José Araujo es una cineasta salvadoreña radicada en Canadá que cree en el poder de escuchar las historias de distintas mujeres compatriotas para transformar –desde su trinchera y una anécdota a la vez– la complicada realidad del país. María canalizó el mensaje de esas historias en un documental llamado «El lugar donde la luz toca«, que se encuentra disponible en Youtube.

Fotos cortesía de María José Araujo


Cuando la violencia acecha, las tragedias se vuelven incidentes cotidianos que se pierden entre el humo de la ciudad. En El Salvador, parte de esta violencia ha sido ejercida históricamente hacia las mujeres, tanto de maneras físicas como psicológicas y participativas.

«El lugar donde la luz toca», el documental debut de la salvadoreña María José Araujo, es franco y lleno de corazón. Retrata a seis mujeres salvadoreñas resilientes, de distintas condiciones, en un ejercicio de remembranza. Sin conocer el nombre de ninguna, el espectador se vuelve íntimo de ellas mientras comparten sus historias cotidianas entre el dolor y la alegría, a través de la pantalla.

Revista Factum habló con Araujo sobre el proceso de crear comunidad desde las experiencias en común y la empatía como catalizador de cambio social.

¿De dónde sale el nombre de tu documental, «El lugar donde la luz toca»?

Todas estas historias tienen su lado oscuro. Son muy tristes, pero me tocó mucho que en todas las personas que entrevistaba siempre había luz. Como decir: «bueno, esta es mi situación, pero me puedo reír de algo al minuto». Creo que eso es parte de la cultura salvadoreña. No sé si es algo bueno o malo, pero ya estamos muy acostumbrados al sufrimiento. Quizá no todos, porque hay gente que sufre mucho más, por su condición.

Todas estas realidades, de cierta forma, también están en lo oscuro. En los periódicos –más que todo en los periódicos en línea– sí ves historias. Pero nos enfocamos todavía en los números. Tantas personas fueron asesinadas este día o tantas mujeres fueron violadas este año. Aparte de los números, ¿cómo son esas experiencias de distintas mujeres salvadoreñas? La idea de la oscuridad y la luz se me hacía una metáfora muy linda. 

¿Qué te motivó a buscar estas historias?

Yo lo recuerdo muy claro. Estaba leyendo un artículo de El Faro sobre El Mozote. Vi este retrato específico de Rufina Amaya. Se lo había tomado una fotógrafa de Estados Unidos. Se hablaba mucho de cómo ese retrato era, en cierta forma, la imagen universal de la madre salvadoreña: aquella que veía a sus hijos morir por la violencia. 

Me tocó mucho porque esto fue en 1981 y no sentía que esa manera de ver este retrato había cambiado. Para la mayoría de las madres salvadoreñas esa sigue siendo su realidad: ver a sus hijos afectados por la violencia. Me dio curiosidad saber cómo se vería un retrato en video de la mujer salvadoreña, en 2018; esta imagen con la que tal vez todos estarían de acuerdo o no. 

Entiendo que financiaste tu proyecto a través de crowdfunding, ¿no?

Estaba estudiando y trabajando –cuatro trabajos–, porque quería hacer este proyecto. Dos amigos que estudiaban conmigo en la universidad me veían casi muerta y me decían: «¿por qué no haces un Indiegogo? No tienes nada que perder». Al principio no quería, no pensaba que fuese a funcionar, pero ahora me alegra haberlo hecho. Si no, me hubiera costado muchísimo más

La mayoría de gente que me donó es gente que me conoce o familia. No sé si la campaña hubiese sido tan exitosa en un lugar donde yo no tuviera amigos. Además, en Canadá el ambiente económico te deja donar. Yo entiendo que En El Salvador donar diez dólares o veinte significa algo. No es tan fácil, te lo pensás.

¿A estas mujeres les costó abrirse para contar sus historias?

Tuve mucha suerte porque se abrieron y muy rápido. Platiqué con ellas antes sobre lo que estaba tratando de hacer. Les dije que podían decidir de qué hablar. Yo iba a hacer preguntas, pero ellas podían decir: “no quiero contestar esto”. Cuando tú le das el poder a alguien de poder decidir de qué hablar, lo que te dicen es más real, es lo que realmente piensan y les interesa. 

El lugar también tuvo mucho que ver. A muchas de ellas las filmé donde viven, en lugares donde ellas estaban cómodas, pero yo no tanto. Era más yo una invitada llegando a platicar con ellas. Todas tenían mucho que decir y, una vez están contando, es como una ola. Solo se viene toda esta información que tal vez alguien nunca les preguntó. Todas fueron muy generosas conmigo.

Me parece que tu manera de grabar esos lugares en San Salvador es muy emotiva. Cuéntame sobre ello.

Fui a El Salvador por casi dos meses y solo tenía ese tiempo para filmar. Tenía mucho miedo de regresarme a editar y olvidar algo que no pudiese filmar después. Entonces filmaba todo. Si iba a hacer un mandado, llevaba mi cámara. Si veía algo que me llamaba la atención o capturaba una esencia, lo filmaba. Después vi qué cosas tenían sentido y cuáles no.

Quería que estas historias estuviesen súper conectadas al lugar donde pasaban; representar la cultura no solo en comportamientos o tradiciones, también en cosas como colores y olores.

Para gente que tal vez no ha estado nunca [en El Salvador], jamás se lo podrían imaginar solo oyendo; tienen que verlo y sentirlo de esa forma. Los sentidos son muy importantes cuando contás historias.

María José Araujo encontró en el ‘crowfunding’ el apoyo necesario para culminar el proyecto de realizar un documental que contara la vida de distintas mujeres salvadoreñas.

En tu campaña de financiamiento mencionabas que hay una falta de sensibilización hacia la violencia, en general. ¿Cómo luchás contra eso desde tu documental?

Me fui con un estilo poético y más enfocado en las emociones. Quise que las personas a las que entrevistaba tuvieran espacio para hablar también de las cosas buenas con las que nos identificamos todos, como tener una amistad bonita o estar con tus gatos. Cosas a un nivel mundano, pero que traen esa otra cara de «sí, yo soy feliz y tengo estas cosas como tú; pero también esto es mi realidad».

En el género documental, obviamente, hay espacio para experimentar, pero en general te dan hechos, te narran un evento de forma lineal.

Mi ángulo era dar espacio para estas historias como fuesen y hacer un video retrato, capturar una esencia; que todo fuese sobre ellas y los espacios en los que normalmente pasan su tiempo; hacerlo más íntimo y no caer en el estereotipo de victimizar.

Cuando victimizás a alguien, de cierta forma, le quitás algo, esa humanidad con la que todos nos podemos relacionar.

Una de las mujeres que entrevistaste expresaba: «Es evidente que lo que le molesta a la gente es que alguien sea mujer o se identifique como mujer». ¿Esta agresión hacia la mujer es efectivamente cultural? ¿Se puede cambiar?

No creo que lo podrías separar de la cultura. Lo ves hasta en las cositas más pequeñas. Siento que la manera en que pensamos la identidad de la mujer es muy anticuada y muy problemática, pero todo esto tiene historia… historia que tal vez ni yo sé muy bien como para contarla, y también sería una conversación muy larga. Por ejemplo, para mí fue muy importante incluir mujeres trans. Siento que cuando se habla de mujeres siempre excluimos todas esas identidades porque todavía tenemos otras formas de pensar. 

Es muy difícil de cambiar. A veces tiene que cambiar en la cultura para llegar a la política y al nivel judicial. Hemos visto que hace poco han pasado leyes en contra de la violencia hacia la mujer. En la cultura todavía permitimos que estas cosas pasen. El internet ha tenido un papel que jugar en esto. Nos enteramos más, nos indignamos más y podemos hablar al respecto. A nivel político, falta que la gente que nos representa en el gobierno pueda reflejar esas ideas. Sin la ley es difícil.

¿Pensás que este problema es exclusivo de El Salvador o se extiende a Latinoamérica?

Se extiende a toda Latinoamérica, pero cada país tiene su situación individual. Todos son violentos, pero la violencia toma otra forma. Como puedo decirte que en El Salvador tenemos las maras, en México hay muchos secuestros, por ejemplo. El sexismo se extiende también a todas partes del mundo, pero obviamente es un sexismo distinto, con distinta historia hasta en la colonia. Los países que han sido colonizados tienen una estructura política distinta. 

«El lugar donde la luz toca» es el documental debut de María José Araujo, cineasta salvadoreña radicada en Canadá.

¿Qué se descubre en el documental sobre la mujer salvadoreña que no aparezca tradicionalmente en los medios?

Esa es una pregunta muy difícil. Creo que cada una de las mujeres revela cosas distintas y no sé si yo estoy en la posición de decir qué cosa es. La audiencia también se lleva cosas distintas, dependiendo de su experiencia o de qué forma les tocó la película.

A mí me impresionó mucho que todas habían sufrido bastante, pero que no lo hubiese sabido solo con verlas o hablar con ellas inicialmente. Obviamente varía, pero todas tienen ese amor hacia su país y todas tienen esperanza. Esa manera de poder ver lo positivo, que al mismo tiempo me hace pensar: «¿qué otra opción tenemos?». Si no lo vemos positivo entonces, con todo y la situación, sería peor. 

Lo que me reveló también es que hay mucho potencial para esa empatía entre mujeres, a pesar de ser distintas hasta en clases sociales. Siento que esa empatía no existe como debería y era el mensaje que yo quería mandar al final de cuentas. Una de ellas lo dice: «nos tenemos la una a la otra». Compartimos muchas cosas, muchas experiencias. Obviamente, es incluir a otras personas, hombres. Se necesita toda una población para sacar un país adelante.

¿Este tipo de trabajos pueden cambiar la impresión que se tiene de las mujeres salvadoreñas en el exterior?

No te voy a decir que esto es lo que se necesita hacer, lo que va a cambiar totalmente todo. No quiero hacer esa generalización. Pero sí siento que el cine es un arma. O una herramienta… no quiero decir arma. Una herramienta muy poderosa, una ventana hacia la vida de otra gente, en cierta forma.

Si no tenés información, si no ves la realidad de otra persona, nunca vas a estar cerca de entenderla o de poder decir: «yo siento tu dolor». 

La gente en el exterior que no va a El Salvador, si lo hace, va por una semana o son turistas. No tienen forma de empezar a entender lo que significa ser una mujer salvadoreña. Incluso yo, como mujer salvadoreña, a veces no voy a poder entender la experiencia de otras mujeres salvadoreñas en distintas condiciones. Si se crean espacios para que estas historias salgan, contadas por las personas que las viven, se puede empezar a cambiar la cultura, ¿no? Se puede traer esas historias a la luz.

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