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El infierno de las bartolinas policiales

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La historia de la subdelegación policial en Zacamil es el reflejo de lo que pasa en las bartolinas de la Policía, el improvisado sistema carcelario salvadoreño: hacinamiento crónico, corrupción policial, negocios sin supervisión, sarna, abusos a los familiares, reos con teléfonos y una desidia que no parece tener fin. Las bartolinas de la PNC, que superan en 300% su capacidad, son territorio de nadie. 

Foto FACTUM/Salvador Meléndez


Una joven esbelta y morena camina despacio mientras el sol le cae perpendicular. Es mediodía y el pavimento está que hierve, pero a la señorita parece no importarle y avanza como si estuviera en una pasarela. Viste una licra negra y camisa verde ajustada sin mangas. Su piel brilla con el sol y en su mano izquierda sostiene una bolsa plástica grande con unas enormes letras blancas en las que se lee “Brooklyn”. La joven se detiene frente a la ventana del puesto policial y vacía el contenido: dentro, una bolsa más pequeña, plástica y transparente, con otras tres bolsas más pequeñas dentro que traen frijoles, arroz y carne de pollo deshilada con tomate. La espulgada está por comenzar.

Un policía está parado frente al escritorio. Es robusto y parece estar molesto. Toma la bolsa con comida y empieza a apretarla con sus manos. Parece buscar algo entre los frijoles, entre el arroz, entre el pollo… la bolsa con frijoles se revienta y se hace una sola mezcla. La joven frunce el ceño y chasquea la lengua como protesta. Se aguanta un rato hasta que suelta un “púchica, usted…”. Y luego se calla. El policía avienta la bolsa con comida a una caja plástica azul donde hay otras bolsas y, sin inmutarse, grita: “¡Siguiente!”

Afuera, en la calle, a la orilla del puesto policial, hay una cola de unas veinticinco mujeres con bolsas plásticas en sus manos. Platican entre ellas, y se tapan del sol con toallas pequeñas sobre la cabeza. Las más afortunadas, con una misma sombrilla donde caben hasta tres. Son mujeres jóvenes, de entre veinte y treinta años, acompañadas por niñas. También hay algunas señoras que rebasan los sesenta. Todas están esperando su turno para poder dejar comida a sus familiares, presos, en las bartolinas de la Subdelegación de la colonia Zacamil, en Mejicanos.

Las mujeres conversan sobre diferentes cosas que giran siempre alrededor de un mismo tema: sus presos. Debajo de la sombra de un árbol, a unos pasos de la entrada de la delegación, hay tres jóvenes que han comprado una minuta de sabores para compartir. Una de ellas se ríe a carcajadas mientras le grita a otra: “¡verdaaad, te dije que sos puta! Jajaja”. Platican sobre lo último que tuvo que hacer una de ellas para que le aceptaran la comida que traía para su hermano. Dice que tuvo que coquetear con un policía y darle su número de teléfono. El agente no quería recibir el paquete de comida porque traía mucha. En estas bartolinas solo se permite entrar poca comida.

Un agente policial en la entrada de la Delegación de la PNC en Colonia Zacamil. Foto FACTUM/Salvador Meléndez

Esta tarde de febrero, la comida y la ropa parecen ser los temas en común. Las mujeres dicen que tienen más de un mes de no dejarles entrar ropa a sus presos y que saben que muchos ya están solo en ropa interior allá adentro porque la que tenían se les acabó. Sí, dicen que la ropa, de tanto usar la misma todos los días, se va llenando de hoyos hasta que un día desaparece.

Y esto es la parte más amable de un sistema no carcelario pensado para tener, provisionalmente, mientras encuentran un hueco en las verdaderas cárceles, a 1,500 detenidos en todo el país. La realidad, sin embargo, es apabullante: las bartolinas, esas minúsculas celdas alojadas dentro de las delegaciones de la Policía Nacional Civil, encierran a más de 5,000 personas.

El vendedor exclusivo

A unos pasos del escritorio, donde las mujeres van colocando las bolsas con comida para sus presos, hay un hombre gordo y blanco que se sienta en un pupitre dos veces al día: al mediodía y a la hora de la cena. Este lunesm a mediados de marzo, viste un short azul y una camisa sin mangas. Sobre la tabla tiene un cuaderno y frente a él se va deshaciendo una cola de unas diez personas que avanza despacio. Ese hombre es el vendedor exclusivo de la bartolina de la Zacamil y tiene privilegios que nadie más tiene.

Las mujeres dicen que los policías de esta subdelegación tienen un negocio con ese señor. Explican que el trato para ingresar comida a los reos es que solo una misma persona la puede venir a dejar, y solo en casos de emergencia puede ser sustituida por algún familiar cercano: madre, padre o esposa. La PNC no tiene un presupuesto para alimentación de reos en bartolinas, por lo que la familia tiene que velar siempre por sus tres tiempos. Pero cuando la persona asignada no puede venir y quiere que su familiar coma, tiene que dejarle pagado el plato de comida al señor del pupitre.

Ese señor se llama Carlos Cocar López y es, desde hace siete años, el arrendatario del comedor que hay al interior de esta subdelegación. Así lo confirma la copia de un contrato al que Factum tuvo acceso. Según ese documento, Cocar paga $100 mensuales a la Asociación Cooperativa de Ahorro, Crédito y Consumo de la Policía Nacional Civil en concepto de alquiler. Dicha cooperativa es, según el mismo documento, la asignada por la administración de la PNC para arrendar los cafetines que están dentro de las diferentes dependencias policiales.

Ese documento no establece que el señor Cocar será el único vendedor autorizado para ingresar alimentos a los reos cuando sus familiares no los puedan llevar, ni tampoco habla sobre su exclusividad para ingresar kits de limpieza e higiene a las bartolinas. Sin embargo, en la práctica, funciona así.

Carlos Cocar es el único proveedor autorizado por la dirección de la PNC en la subelegación Zacamil para vender kits de higiene personal para los reos que viven en las bartolinas del puesto policial. Los familiares de los privados de libertad se quejan de precios altos por productos básicos. Según la PNC, usan este sistema para evitar el ingreso de ilícitos como tarjetas para celulares, teléfonos y drogas. Foto FACTUM/Salvador Meléndez

Según las estadísticas proporcionadas por la Unidad de Acceso a la Información de la PNC, hasta el 1 de marzo de 2017, en las bartolinas de esta Subdelegación había 239 reos, de los cuales 207 eran hombres y 32 mujeres. El señor Cocar López vende cada kit a $10 y cuando es para mujer a $12, pues además de la pasta de dientes, jabón, detergente, papel higiénico, una crema para hongos y otros, el de ellas trae un paquete de toallas sanitarias. El kit entra dos veces al mes. Al hacer cálculos con el número de reos hasta marzo, Cocar López tuvo ingresos de $2,454 a la quincena, $4,908 al mes.  Sin contar los platos de comida.

Al ser cuestionado sobre la exclusividad del señor Cocar López para vender los kits de limpieza cada 15 días, uno de los agentes de la subdelegación aseguró a Factum que esto es por motivos de seguridad. “A él se le ha hecho una investigación para determinar que no tiene vínculos con pandilleros, verdad. Todo esto es basado en la ley, no es ninguna cosa ilícita”, dijo el agente que no quiso dar su nombre, pero cuyo número de ONI es 05472. Sin embargo, a través del memorándum DSP/DCD/114/2017, el subinspector Jaime Arístides Rodríguez Palma, jefe de la Delegación de Ciudad Delgado, quien autorizó al señor Cocar para ingresar los kits de limpieza y alimentos a los reos, admitió que “no existe ninguna base legal para autorizar que la persona encargada del chalet de la subdelegación de Mejicanos venda o ingrese kits de limpieza a los detenidos”.

En el mismo memo, el subinspector Rodríguez Palma dice que “durante los siete años que tiene de funcionar este cafetín con el señor Cocar López, el kit de limpieza ha sido vendido por el señor antes mencionado, lo cual se ha convertido en una costumbre”. Y añade: “también considero que el kit de limpieza vendido por una sola persona es mucho más fácil individualizar a un responsable si se encontrara algún ilícito en el interior del kit en mención”.

Otro memo, firmado por el subinspector Luis Alonso Mendoza Urquilla, con fecha 24 de marzo de este año, señala que “en tiempos anteriores no pasaba comida solo él (Cocar López) sino (que) entraba de tres lugares más, de los cuales prohibieron a dos por haber encontrado objetos ilícitos, a uno LICOR EN UN BOTE DE AGUA CRISTAL para un diciembre de 2015 (sic)”.

De acuerdo con los relatos de las familiares, Cocar López no solo tiene exclusividad para ingresar kits y comida. Las mujeres denuncian que muchas veces el kit o la comida no llega a sus familiares o que al siguiente día de ingresar los kits hacen requisa en las bartolinas y les quitan todo. ¿Cómo lo saben? Pues porque las medidas de seguridad implementadas por la policía, incluida la exclusividad al señor Cocar López, no ha logrado impedir que haya teléfonos al interior de estas bartolinas.

Dos fuentes consultadas por Factum para esta nota brindaron tres números de teléfonos al interior de las bartolinas y mostraron los mensajes que intercambian con los internos. Algunos de los reos mandan mensajes como “te extraño hermanita, vas a ver que pronto voy a salir”. Sin embargo, estos teléfonos también son utilizados para coordinar homicidios, extorsiones y otros delitos desde el interior de las bartolinas.

El pupitre que usa Carlos Cocar, el único proveedor autorizado por la dirección de la PNC Delegación Zacamil. Foto FACTUM/Salvador Meléndez

Uno de los jefes de la subdelegación, que prefirió guardar su nombre por no estar autorizado para hablar, es claro en resumir el problema de estas bartolinas. “Es que no tenemos control sobre esto”, dice.

Parado a unos pasos de la entrada a las bartolinas, el jefe policial señala hacia el techo, un tejido de hierros cruzados por los que bien pasa una mano, y dice: “aquí la gente se sorprende porque pasan teléfonos, pero realmente aquí pueden entrar hasta cosas más grandes”. El oficial se niega a explicar qué cosas más grandes podrían pasar, pero hace referencia a lo encontrado recientemente en el penal de Ciudad Barrios, en el departamento de San Miguel: “allí hasta computadoras encontraron enterradas”, dice.

Según este jefe policial, el ingreso de ilícitos a las bartolinas es incontrolable. Dice que todo el techo está descubierto y que donde antes había techo, los mismos reos han roto la lámina para dejar huecos. “Los familiares se van a una quebrada que queda allá atrás y desde ahí les avientan los celulares”, dice. Al mismo tiempo asegura que no tienen recursos para comprar un nuevo tejado.

Frijoles dulces para una buena “chicha”

Rina es una joven de piel blanca y cabello teñido. Es novia de un pandillero del Barrio 18 que está preso en las bartolinas de la Zacamil. Ella cuenta que el incidente de diciembre de 2015, cuando encontraron licor en una botella de Agua Cristal, no fue para tanto. Dice que los reos siempre tienen bebidas embriagantes adentro de las celdas. Ella y la mayoría de familiares se encargan de eso.

Dentro del menú prohibido de alimentos en las bartolinas está todo aquello que sea dulce. Plátanos, chocolate, azucaradas. Todo lo que sea dulce. ¿Por qué? “Es que ellos con eso hacen chicha allá adentro. Meten las cosas en una botella con agua hasta que se fermente y después se la toman”, dice Rina con una sonrisa en el rostro.

“Uno lo que hace es que a todo le pone azúcar. Frijoles con azúcar, arroz con azúcar, pollo agridulce… todo, todito lleva azúcar. Eso vale allá adentro”, cuenta Rina.

Según esta joven, en el interior de las bartolinas existe un sistema de distribución de “privilegios”. Por ejemplo, una llamada desde uno de los celulares que hay dentro de las bartolinas tiene un precio, un trago de chicha tiene un precio, dormir en una hamaca hecha con bolsas plásticas también tiene un precio. Allá adentro es una jungla donde hay que saber negociar, y para negociar hay que tener una moneda de cambio: lo dulce.

“Por una porción de frijoles dulces le dan cinco minutos de llamada. Por chocolate le pueden dar un rollo de papel higiénico o una Gillette. Esa les sirve a ellos para cortarse el pelo o la barba. Y así, depende de lo dulce que usted dé, así le pueden dar cosas”, cuenta Rina.

La miseria de las bartolinas de la Zacamil

“Viera cómo están allá adentro. Ellos le dicen la ranfla, pero eso es sarna, es escabiosis que les da en los pies, en los genitales, en el ano… viera… A la gente que tiene enfermedades crónicas como azúcar o presión alta, no pueden tomar sus pastillas. Están bien mal allá adentro”. La que habla es una mujer de unos treinta años. Es hermana de un joven de 19 que está preso en las bartolinas de la Zacamil desde hace casi seis meses. Mario, su hermano, está siendo acusado de homicidio agravado y extorsión, junto a otro grupo de pandilleros del Barrio 18 facción Revolucionarios, que es la pandilla que controla los alrededores de las bartolinas y otras colonias cercanas a la Zacamil.

Si el sistema funcionara bien, cada detenido solo debería estar un máximo de tres días en una bartolina policial. Este es el tiempo que las leyes salvadoreñas establecen para que se resuelva la situación jurídica de un procesado, es decir, para que un juez decida si el imputado va preso o queda en libertad. Sin embargo, el número de internos en las bartolinas policiales ha venido en aumento desde la implementación de las políticas Mano Dura y Súper Mano Dura, durante los gobiernos de los expresidentes salvadoreños Francisco Flores (1999-2004) y Elías Antonio Saca (2004-2009), respectivamente.

Según cifras oficiales, para el año 2010, en las bartolinas policiales había albergados 2,267 reos. Para el año 2013 la cifra subió a 3,403, y para el 1 de marzo de 2017 el total era de 5,240. Este incremento de presos y el hacinamiento en los centros penales ha provocado casos como los de la subdelegación Zacamil. En este lugar, en una celda de cuatro metros de largo por cuatro de ancho, hay hasta 60 personas, según lo afirmó un jefe policial. En este espacio, lo “ideal”, según él, sería que hubiera un máximo de diez personas.

Dos madres de reos muestran el sistema de empacado de la comida de los reos para ser ingresados a las bartolinas. Los familiares de los privados de libertad se quejan de precios altos por productos básicos en el Kit de Limpieza. Según la PNC usan este sistema para evitar el ingreso de ilicitos como SIM para Celulares, Teléfonos y Drogas.
Foto FACTUM/Salvador MELENDEZ

De acuerdo con este jefe policial, en las bartolinas de la Zacamil “ha caído una epidemia de sarna y de diviesos”. La sarna es una enfermedad de la piel altamente contagiosa que se caracteriza por la presencia de ronchas que se llenan de líquido y generan picazón y ardor. “Aquí todos están llenos de eso. Y en las otras bartolinas de Ciudad Delgado ha caído una epidemia, pero de esta enfermedad que se transmite al toser… ¿cómo se llama?… ¡tuberculosis!”, dice el jefe policial.

“Aquí hay unos babosos que no se pueden ni sentar por los hongos que tienen en el ano. Nosotros no tenemos los recursos para estarlos atendiendo. Lo único que podemos hacer es traer a la gente de la unidad de salud para que los vean, pero nada más dos veces al mes, y a veces ni los alcanzan a ver todos porque son demasiados”, dice el jefe policial.

La hermana de Mario narra un poco de lo que le cuenta su hermano por teléfono cuando le llama por las noches, desde el interior de las bartolinas. “Últimamente como que el calor les ha alborotado lo de la ranfla. Se les hacen unas chimbombitas de agua y esas pican y cuando se rascan se les sale el agua y les cae en la piel, y les salen más chimbombitas. Dicen que eso pica y aaarde. Así me cuenta mi hermano. Dice que los que están más graves pegan en las paredes y gritan que los saquen por favor hasta que a veces los llevan al hospital. Pero esos son más que todo a los que ya se les revientan los pies por el hongo. Mi hermano ya tiene en los genitales. Tiene dos meses de estar enfermo”.

Las otras víctimas de las bartolinas

Marta se frota los ojos con los dedos intentando regresar las lágrimas que se le quieren salir. Está sentada en una mesa de un restaurante en un centro comercial y ha aceptado hablar sobre lo que sabe de las bartolinas de la Zacamil. Una cosa llevó a otra y, después de quejarse de la corrupción en la policía y del maltrato que recibe su familiar preso, terminó hablando de ella. De cómo es ser familiar de un reo. De cómo lo sufre todos los días.

Marta es también hermana de un pandillero del Barrio 18 que está preso en las bartolinas de la Zacamil. Cuando habla de él se refiere como “mi niño”. Dice que a él lo agarraron recientemente en un operativo policial que intentaba desarticular una estructura de la facción “Revolucionarios” del Barrio 18 que operaba en la zona.

“A veces, viera, él se enoja conmigo… yo digo que quizá es por el estrés que les da de estar encerrados, pero a veces cuando me llama me grita y me dice malas palabras. Yo le digo que no me trate así porque soy la única que está con él. La novia que tenía lo dejó. Cuando cayó preso, le madó un mensaje al Facebook y le dijo que ya no quería saber nada de él. Ahorita a saber para dónde se fue ella. Dicen que para los Estados Unidos”, cuenta Marta.

Según Marta, no es casualidad que todas las personas que esperan a diario, bajo el sol, en las afueras del puesto policial, para llevar la comida a sus familiares, sean mujeres. Dice que es lo que les toca. Que no es una elección democrática.

“En mi caso, como soy la hermana de él y no tengo trabajo, a mí me ha tocado. Yo soy la designada a pasar la comida. Solo yo. Nadie más puede venir. Tengo otra hermana, pero ella es la que compra la comida. Ella trabaja para comprarle la comida a él. Un hombre no puede venir a dejar comida. Yo tengo otro hermano, pero a él no lo voy a mandar nunca porque capaz lo meten preso a él también. Aquí solo mujeres somos. A lo mucho puede venir un papá, pero ellos casi nunca están, y si están no vienen”, dice Marta.

Esta mujer dice que está cansada de ir todos los días, tres veces al día, a dejarle comida a su hermano. “Mi vida laboral y hasta mi vida personal se ha frustrado. Yo quisiera hacer planes de casarme, pero ya llevo un año viniendo y ya solo en eso pienso”, dice Marta.

“Yo no pedí. Un día me tocó y me tocó. Fue porque no había quién le viniera a dejar la comida. Uno hasta hace amistades aquí. Muchas veces nos hemos visto llorar de la impotencia de tantas cosas que vemos aquí, del maltrato que nos dan. Porque, le repito, que ellos (los internos) hayan cometido un error, no nos hace culpables a nosotros los familiares”, insiste Marta.

Un árbol sirve de refugio para los familiares de los reos internos en la subdelegación Zacamil.
Foto FACTUM/Salvador Meléndez

¿A quién le resiente usted este castigo?, le pregunto.

“En mi caso, al sistema, a los policías… talvez hasta a mi hermano. Una, porque yo no sé por qué él está preso. Yo no sé en qué andaba él. Dos, a la policía, porque yo no soy criminal. Los criminales aquí andan todos manchados de la cara y viera cómo les tiemblan las patas a los policías ahí, pero en nosotros que somos personas civiles se empachan”, dice Marta mientras se frota los ojos nuevamente.

Marta llora porque sufre. Dice que lo que más quisiera es que su hermano saliera. Pero a la vez tiene miedo de que salga y continúe en la pandilla.

Si su hermano sale y sigue en la pandilla es muy probable que vuelva a caer preso.

Marta guarda unos segundos de silencio y luego continúa. “Yo amo a mi hermano, y yo hasta el final con él, hasta verlo salir de ahí. Pero a veces quizá mejor preferiría que lo mandaran al penal de una vez. Allá si ya no lo iría a ver tanto. Yo podría tener más vida propia. Solo lo iría a visitar una vez al mes. Sé que suena feo, pero uno no todo el tiempo puede andar metiendo las manos por la gente. Pero él es mi hermano y yo lo amo”.

Los nombres de los familiares de los reos son ficticios. Fueron cambiados por motivos de seguridad.

 

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