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El hobbit: la desolación del público

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Hay un breve momento al filo de los primeros 470 minutos de la insufrible trilogía de El Hobbit en la que por fin la magia capturada en la obra original de Peter Jackson, “El señor de los anillos”, volvió a darle un vuelco a mi corazón. Bilbo Baggings, luego de regresar de su primera gran aventura lejos de la Comarca, contempla uno de los tesoros obtenidos: el anillo único que los une a todos y que será eje central de la saga de “El señor de los anillos”. La magia del cine nos retrotrae al inicio de “El Hobbit: un viaje inesperado” así como al de “El señor de los anillos: la comunidad del anillo”, la fiesta del cumpleaños número 111 de Bilbo. Y es esa remembranza a la primera trilogía la que ofrece la mayor gratificación a un público paciente. Lástima que esa emoción solo dura dos minutos.

“El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos” es la tercera parte que sigue a la citada “Un viaje inesperado” y a “La desolación de Smaug”, y es el recuento dentro del imaginario de J.R.R. Tolkien y sus historias de Tierra Media, que no eran más que un ejercicio freudiano sobre la Segunda Guerra Mundial y el ascenso del nazismo. Si en “El señor de los anillos” la línea argumental es la aventura de cuatro Hobbits y sus aliados, elfos, enanos y humanos, por regresar el anillo único al Monte del Destino para destruirlo, “El Hobbit” nos cuenta cómo llegó ese preciado anillo a manos de los insignificantes Hobbits. Erráticamente.

Allá donde “El señor de los anillos” acierta con éxito, con personajes entrañables, con capacidad de sorprender al público con giros y paisajes, escenas importantes de acción, con batallas cruentas y bien planificadas donde empatizamos con los protagonistas sin perderles de vista. “El Hobbit” es, desde la primera entrega, una absurda repetición; un deja vú intrascendente. He sostenido que incluso el resultado era de lo más lógico y fácil de anticipar. La primera trilogía guarda la proporción de una película por libro. La segunda abusa y alarga a tres películas para un solo libro. De ahí la urgencia de largas secuencias sin sentido, como cuando llegan los enanos a invadir la paz de Bilbo y terminan hasta lavando los platos en un remedo gratuito sacado de “Blanca Nieves”. Esa tónica se repetiría sin ton ni son en cada una de las tres películas. No dudo de que si se hubiera comprimido toda la historia en una sola cinta estuviéramos hablando de un clásico que incluso pudiera haber superado a sus predecesoras. Originalmente sería Guillermo del Toro (Hellboy, El laberinto del Fauno) quien estaría tras la dirección de este proyecto; no dudo que refrescar la visión artística detrás de cámara le hubiera ayudado por igual a la historia.

A fuerza de ser justo debo decir que de las tres Hobbits, la que contiene mayor emoción y aventuras que llevan la línea argumental hacia adelante es la segunda entrega, “La desolación de Smaug”. Pero toda esa dinámica se pierde en “La batalla de los cinco ejércitos”. ¡Por Dios! ¡Se llama El Hobbit y el hobbit desaparece casi toda la película!

Otro de los problemas que tengo con esta saga es que, salvo Bilbo, quien como digo desaparece de pantalla demasiado tiempo, los personajes no logran conectar conmigo. Poco o nada me importan sus infortunios o lo que buscan reconquistar. Y aquellos personajes que penetraron ya el imaginario colectivo, como Legolas, Saruman, Elron y Galadriel son atracciones de parque temático. Vamos. Le invito a hacer el ejercicio: elimínelos mentalmente y verá que la historia poco o nada cambia. Galadriel de hecho no aparece en el libro; es una necesidad mercadológica del estudio. Decisión fatal para la historia.

Y así: muchos errores garrafales que hacen un daño irrecuperable.

Los diálogos son por demás superfluos por más inflexiones que los actores traten de ponerles.

El viaje de héroe mítico de Bilbo tiene una curva brusca, no es como con el de Frodo o el del mismo Sam, donde una flaqueza final pone en evidencia el enorme esfuerzo de ellos por saltar los más difíciles obstáculos que son los personales, ese viaje interior del que hablan muchas veces los alquimistas. No. Bilbo nace como personaje y crece en una interminable línea recta hasta el final. Aburrido para el espectador.

No comparo la película con el material original, el libro. La comparo con las películas previas que supieron asombrar mostrando mundos que nos parecían nunca vistos, peligros rara vez vividos y caracteres con una complejidad de emociones y fallas que se acercaron a nosotros. En “El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos” sucede todo lo contrario: se explota lo alegórico y la melancolía en un estilo, sino forzado, cansado. La importancia de cada evento de la historia es artificial. Trivial.

La batalla, o más bien las batallas, muy bien ejecutadas. Si tan solo fuese la primera vez que vemos algo igual. Pero no. Ya en “Las dos torres”, la batalla del Abismo de Helm o en “El retorno del rey”, la de Minas Tirith tenía una cadencia de ballet y tango que hace que nada me sorprenda en esta última entrega.

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Quizás el acierto que merece la atención es el dragón Smaug, que quizá, solo quizá, empuje una nominación al Oscar en la categoría de efectos visuales, pero solo hay tres candidatas en la categoría, ya que esta cinta es en el mejor de los casos una cuarta o quinta atrás de “Los Guardianes de la Galaxia” o “Interestelar”.

El dragón es tratado con tanta torpeza narrativa en la película que no se define como en el libro. Me permito, acá sí, la comparación entre libro y filme. Smaug es un epítome de la codicia, anticipación de la que cargará el anillo, que es tratado como un obstáculo más, fácil de vencer dentro de todo.

En esta temporada de Oscares hay muchas películas, íntimos dramas y comedias que sabrán imponerse a lo épico de “El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos” en la ronda final de los premios, que son laureles que no definen per sé la calidad de una obra. Pero no creo equivocarme al decir que al igual que con “Episodio I: la amenaza fantasma” (la trilogía previa a Star Wars), la trilogía del Hobbit pasará a ser una sombra de la que le antecedió; una suerte de “variedad de feria” digna de un domingo en la tarde en TNT.

Peter Jackson, como lo he referido, luce cansado del material de Tolkien. Y peor aún, el material de Tolkien luce cansado en manos de Jackson. Y eso hace mella en una cinta que los fanáticos del género de fantasía, y en especial de la Tierra Media, lamentamos. Quiero guardar la esperanza de que, oh celuloide mágico, fábrica de sueños, en la saga de “La Guerra de las Galaxias”, ahora que JJ Abrams está tomando las riendas del episodio VII, se repare el esperpento que George Lucas hizo con los Episodios I, II y III.

Si Guillermo del Toro realizara “El Hobbit”, no me importa esperar una década más para que nos dé una obra maestra. Peter Jackson fue incapaz de hacerlo.

 

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