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El hilo invisible

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“Phantom thread” es uno de esos retratos íntimos de pareja en que todo está puesto al servicio de una trama romántica tejida, en este caso muy particular, con finos retazos sobre lienzos que no siempre son seda fina.


Daniel Day-Lewis, el actor que da vida al protagonista masculino de esta historia, es uno de los mejores de su generación, la que siguió a la ya mítica formada por tipos como Al Pacino, Robert DeNiro, Meryl Streep, Diane Keaton o Dustin Hoffman. Y eso, la presencia de Day-Lewis, es la mitad del negocio aquí.

“El hilo invisible”, que es como han titulado este filme en español -una de esas pocas veces en que la traducción es apropiada- muestra la historia de Reynolds Woodcock, un diseñador que viste a las elites y la realeza europea en el Londres de los 50, pocos años después de la Segunda Guerra Mundial. Cuenta el drama de su tórrido romance con Alma, una de sus modelos, interpretada con mucha fuerza por la actriz Vicky Krieps.

La película es como “El abrazo”, el famoso cuadro de Gustav Klimt, o como “La conquista”, del muralista mexicano Jorge González Camarena. En ambas pinturas, las dos figuras que ocupan sus centros acaparan la atención desde el primer momento; lo que las circunda sirve, al principio, para reforzar la fuerza de sus abrazos, pero con el tiempo el espectador también puede darse cuenta de que esos elementos periféricos tienen belleza propia.

“Phantom thread” es eso, la historia de un abrazo de amor, sofocante a veces, dulce otras, imprescindible para ambos involucrados casi siempre.

Y como en todo abrazo, los protagonistas son dos. Es cierto que la mayor parte de la atención recae, en este cuadro fílmico, en Mr. Woodcock, el diseñador que interpreta Day-Lewis, no solo porque así está escrito el guion y dirigida la película, sino porque el idilio de este actor con las cámaras de cine es de tal intensidad que su presencia en la pantalla siempre resulta abrumadora.

Mucho ha pasado desde que Day-Lewis, jovenzuelo aún, nos regaló una de las mejores interpretaciones sobre la transformación vital de un ser humano sometido a circunstancias extremas cuando encarnó, en “In the name of the father”, a un joven acusado en forma injusta de terrorismo, un joven que tiene que ver a su padre morir en prisión. Ya entonces, en 1993, nos enteramos de la versatilidad con que este londinense podía manejar la expresividad de sus rasgos. Luego, en la cúspide, llegó “There will be blood”, donde interpreta a un hombre duro convertido en cruel magnate petrolero. Y después, “The butcher”, el asesino racista en “Gangs of New York” de Scorsese, en la que Day-Lewis añade con suma fineza toques entrañables al monstruo que interpreta.

Este es el afiche oficial de “Phantom Thread”, película que cuenta con seis nominaciones al premio Oscar.

Hay un poco de todos ellos en Mr. Reynolds Woodcock, y hay sobre todo el ímpetu insaciable de un ego que se entiende superior, pero en la intimidad se sabe muy vulnerable. Como nos tiene acostumbrados, Daniel Day-Lewis se proyecta sin fisuras ante la cámara, sin exageraciones ni tonos bajos, con la naturalidad de un divo. Es, este actor, uno que hace ver todo fácil, natural, mientras acomete la difícil misión de desenvolver ante un lente de cine las pasiones más intensas, a veces solo con una mueca de sonrisa.

Aun con todo el peso de actor, la otra protagonista del cuadro, Alma, la modelo interpretada por Krieps no es simple comparsa. Lo suyo empieza por el gesto de su rostro de huesos fuertes que marcan una quijada demoledora, matizada por una sonrisa cautivadora las más de las veces. Ella aparece como la pareja de baile destinada a seguir los comandos del gran diseñador, pero no es eso, ni mucho menos. De hecho, buena parte de la trama de la película descansa en las sorpresas que este personaje nos da.

Decía antes que, como en el mural “La conquista”, en “Phantom thread” hay elementos secundarios que refuerzan a los protagonistas, pero, gracias a una impecable dirección artística, terminan teniendo vida propia en la película. Es el caso del vestuario, del decorado y de la puesta en escena que nos llevan al mundo elegante, casi irreal, de la alta costura, que también sirve para envolver esas pasiones bajas y altas que abruman a los seres humanos.

Entre esos elementos que navegan alrededor de la pareja formada por el diseñador y su musa hay uno de particular belleza, un personaje secundario, que es la hermana de Reynolds Woodcock, quien es en realidad su primera y más amenazante dosis de realidad, quien todos los días, con muchísima sutileza, hace saber a su hermano que, muy en el fondo, no es más que un hombre débil, consentido.

Las escenas más bellas de la película son esas en que la sobria elegancia victoriana que los circunda sirve de marco a los intercambios entre los tres, como esa en que Day-Lewis, harto de las sutilezas de hermana y pareja, pierde, impotente, su tan lograda compostura.

Como en las mejores películas sobre las relaciones de pareja, sobre su cotidianidad, la clave en esta es su capacidad para transmitir sin contemplaciones esos sentimientos que conviven con quienes comparten cama, techo y lecho, los más sublimes, pero también los más nefastos.

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