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El Gran Hotel Budapest

Wes Anderson es un director de esos a quienes críticos y periodistas en Estados Unidos llaman “de culto” y The Grand Budapest Hotel, su película de 2014, es una cinta a la que aquí llaman cine-arte, o de esas que los catálogos incluyen en la categoría indie (de independiente, contrapuesta al cine de temporada, el mainstream, el que se hace en los grandes estudios para vender boletos en los complejos de 20 salas que pueblan nuestro mundo). Esta película, una comedia de situaciones mezclada con un plot de suspense y aderezada con un elenco coral que incluye a una docena de nominados y ganadores del Oscar, es -más allá de las etiquetas enunciadas arriba- una gran película.

Abro el párrafo inicial con lo de las etiquetas para volver a machacar esa bipolaridad de la que escribo desde hace rato cuando me ocupo del cine: cada vez me da más pereza -hueva, digamos- saberme inmerso como espectador en la trivialidad de esta industria, la gringa, que hace ya un buen rato no encuentra las cosas que la hicieron grande, no en dinero, sino en creatividad; pero cada vez que veo una película como The Grand Budapest o descubro a un director como Wes Anderson me vuelvo a entusiasmar con las ventanas -pequeñas- que esa misma industria ha solido dejar abiertas para honrarse a sí misma, o al menos a su lado más sublime.

The Grand Budapest Hotel trata sobre un viejo conserje de hotel (F. Murray Abraham) que, confinado por la nostalgia de sus grandes amores -a su esposa y a su mentor-, decide contar a un escritor (Jude Law), justo en ese viejo hotel, las glorias pasadas del establecimiento y de los seres que lo poblaron. Esa historia, narrada en un gigantesco y decandante comedor solitario, es la historia de Gustave H., el mentor, el héroe y antihéroe, un tipo que enamora a huéspedes ancianas y solitarias para conciliarse consigo mismo, con un mundo que se le escapa y con su soledad.

El protagonista de The Grand Budapest es Ralph Fiennes (La lista de Schindler, Harry Potter, Dragón Rojo), Gustave H., el concierge o jefe de piso de este vetusto hotel enclavado en una bucólica postal alpina de una república europea ficticia durante el periodo entre guerras. La acción se desarrolla en 1932.

Este es un Fiennes reinventado, fresco, voluble, que tiene algunos de los rasgos más profundos que le dio a su paciente inglés en la película homónima de Anthony Minghella, pero a la vez se descubre como un exquisito comediante del absurdo.

Siempre me gustó Fiennes por su dualidad y por lo denso del registro que suele dar a sus personajes. El nazi de Schindler, por ejemplo: carnicero, capaz de mandar a quemar a decenas de almas en su campo de concentración mientras se limpia las uñas, pero incapaz de administrar su fascinación por su mucama judía.

Aquí, en The Grand Budapest, el suyo es un personaje de construcción más plana, lo cual no es una falla del guión, sino uno de sus principales méritos. De entrada, en la primera escena, Gustave H. se presenta con la misma máscara con la que terminará la película, la de un adorable embaucador. Que no se me entienda mal: este es un personaje difícil de interpretar porque requiere de un registro más bien discreto, pero de uno que debe garantizar la risa, la complicidad y el suspenso.

Así, mientras otros directores se han valido mucho de acompañar a Fiennes con primeros planos capaces de explotar al máximo esa expresión de nostalgia macabra por la que mejor le conocemos, este director, Wes Anderson, además de aprovecharse de esos acercamientos, obliga al actor a desplegar recursos más cercanos al teatro. No es casual que, para establecer con precisión el tono de comedia, el director recurra en muchos pasajes de la película a una cámara fija de plano amplio que más parece un tablado sobre el que los actores tienen que desplegar el físico. Fiennes se luce. Se luce cuando corre para escapar, con dejos chaplinescos, a la policía que lo persigue; se luce cuando, en la previa de un pleito a puño limpio con soldados fascistas, hace todo lo posible para no perder la compostura. Se luce.

El filme no es solo Ralph Fiennes, pero sí es el actor inglés el pilar más fuerte de la obra entera.

Anderson suma -él escribe el guión- dos decenas de personajes secundarios poderosos, que van desde el co-protagonista, el concerje que cuenta la historia cuando es joven aprendiz de Monsieur Gustave, hasta villanos-sketch interpretados casi a puro rostro por grandes como William Defoe y Harvey Keitel, pasando por la genial viuda-amante que desencadena la historia, interpretada por la siempre sorprendente Tilda Swinton.

Escena de la película. Foto tomada del sitio oficial.

Escena de la película. Foto tomada del sitio oficial.

Y suma el director una estética propia, marcada por esos pases de cámara fija, por la impronta teatral de la puesta en escena, por un vestuario y maquillajes exacerbados que además de fijar la época de la acción conllevan, en sí mismos, una firma de autor.

Esos dos componentes, actuaciones y puesta en escena, son tan avasalladores que hacen que uno se olvide por completo del hilo de la historia, del thriller de enredos que protagonizan Gustave y compañía, uno que involucra a la viuda muerta que hereda al conserje, a los hijos de la viuda, a asesinos y presos que llegan a la escena a atar cabos y a un amor adolescente en el que el viejo conserje quiere refugiar sus nostalgias.

Ya hay, en Estados Unidos, quienes se han apresurado en nombrar a Wes Anderson como nuevo enfant terrible del cine gringo con suficiente firma propia -estética y de construcción de personajes- como para entrar a los primeros lugares de esa lista de posibles sucesores de Woody Allen, el transgresor por excelencia. Aún no. Anderson es sorprendente, fresco, pero aún le falta obra. Por ahora, no obstante, The Grand Budapest Hotel se pinta como una de las mejores de 2014 y como contendiente prematura al Oscar. Antes, y más importante, es esta una gran película, entrenida, guapa, capaz de sorprender.

Nota: Incluimos en esta sección reseñas críticas y comentarios de cine, TV, música, teatro. Al discutir el criterio para escoger las obras a comentar concluimos que es reseñable cualquier película, libro, disco u obra que pueda ser consumida en El Salvador. The Grand Budapest Hotel está -lo confirmamos- en renta videos, en algunos puestos en el centro de San Salvador y, por supuesto, en Netflix.

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