12414 Vistas |  4

El diablo en cuatro ruedas

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pagePrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Reddit

El día martes, nueve de mayo, Uber inició operaciones en El Salvador. El hecho fue celebrado en las páginas de los diarios principales del país, y el vicepresidente del país, Óscar Ortiz, declaró que “estamos seguros que los salvadoreños podrán beneficiarse de todas las ventajas que traen este tipo de empresas que utilizan los avances tecnológicos para mejorar la movilidad en las ciudades, de forma eficiente, segura y cómoda.”

Lamento decir que no comparto su optimismo.

El Salvador ya había tomado el primer paso hacía un transporte eficiente, seguro, cómodo y, sobre todo, público. Pero precisamente un día antes de la noticia de Uber, la Sala de lo Constitucional emitió una medida cautelar que devolvió el caos vehicular a los carriles del SITRAMSS, neutralizando efectivamente el primer experimento en transporte colectivo digno en el país. Uber vino para terminar el trabajo.

A pesar de los elogios del vicepresidente, la empresa estadounidense ha sido perseguida por el escándalo y la controversia desde su inicio. Su fundador y CEO, Travis Kalanik, es un personaje universalmente odiado: en 2015 fue demandado por robo de salario y acoso sexual por su empleada doméstica, una mujer migrante, originaria de Filipinas; en 2016 se unió al Consejo de Asesoría Económica del presidente-electo Trump, renunciando hasta este año, después de una campaña de presión de usuarios; en febrero de 2017 una ex empleada de Uber denunció prácticas misóginas generalizadas dentro de la empresa; en marzo pasado la cámara de un vehículo de Uber grabó al Kalanik insultando y gritando a su motorista, un migrante que se atrevió a criticar a su jefe por bajar los precios del servicio, a la vez que exigía más de los motoristas.

Pero los vicios de su creador no constituyen el problema central de Uber. El pecado original de la empresa es su modelo de funcionamiento. 

En ciudades como Nueva York, Boston, Paris, o San Francisco, donde los taxistas están organizados en sindicatos o cooperativas, Uber vino con precios más bajos a atentar contra estos empleos estables y protegidos. Estos precios más económicos vienen a costo de los derechos laborales de sus motoristas; y la tendencia que lidera Uber hacia empleos cada vez más flexibles y precarios termina impactando a todo el mercado laboral.

Bajo este modelo, las ganancias se filtran hacía arriba mientras el motorista asume todos los riesgos, incluyendo los gastos materiales y emocionales de mantenimiento, accidentes, enfermedades e incluso acoso sexual. Uber ofrece un empleo sin seguro social, sin pensión, sin garantías, sin protecciones —efectivamente, un empleo sin derechos laborales. Esta clase de empleo sólo es posible en una economía que se caracteriza por el subempleo, la informalidad y la inestabilidad, donde los trabajadores no cuentan con un empleo que les garantice sus necesidades básicas y son obligados a buscar ingresos complementarios donde sea.

El ejemplo claro de la visión depredadora de esta empresa vino en enero, cuando los taxistas organizados del aeropuerto de Nueva York —cuya mayoría son migrantes de países musulmanes— decidieron unirse a las protestas masivas contra el decreto del presidente Trump, que prohibió la entrada al país de refugiados, migrantes y visitantes de siete países árabes. Cuando la noticia de la huelga de los taxistas se difundió, Uber envió a sus motoristas al aeropuerto para quebrarla. Los usuarios se indignaron por el acto cobarde, y repentinamente el hashtag #deleteUber se hizo viral; más de 200,000 personas borraron la aplicación de sus teléfonos.

Varias ciudades del mundo, incluyendo Rio de Janeiro, ya prohibieron su ingreso. En otras, como Seattle, hay fuertes campañas para sindicalizar a los motoristas. Pero algo queda claro: en un momento en el que las mafias privadas del transporte colectivo salvadoreño son más abusivas que nunca, cuando el tráfico ha colapsado las calles de San Salvador y cuando la Sala ha golpeado al primer esfuerzo de brindar un transporte público, racional y seguro en el país, la entrada de Uber en el escenario es nada más que un insulto a todo trabajador salvadoreño.

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pagePrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Reddit

Tags

#UBER