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El comercio que nos sustenta

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Cada cinco años la historia salvadoreña parece repetirse. La dinámica electoral consume el día a día, aprovechando cualquier espacio en la coyuntura nacional para conseguir votos sin importar, si quiera, la universalidad de un santo. Sin embargo, cualquier cambio sustantivo a favor de una política, como mínimo decente, parece seguir siendo una ilusión.

Las grandes decisiones del país rara vez han pasado por algún tipo de reflexión que permitan participación o consulta a la gente. Por esa razón no extraña el sorpresivo cambio en la administración de desechos sólidos en la Alcaldía de Santa Tecla, el dramático cambio en la política exterior nacional a favor de la China Continental o el significativo retraso en la elección de magistrados de la Corte Suprema de Justicia.

Todos los partidos políticos salvadoreños, moribundos o recién nacidos, funcionan a partir de intereses. Esa es la lógica de la representación en la democracia liberal: la sociedad se organiza de acuerdo con sus necesidades o demandas, estas son canalizadas por los partidos políticos y luego de debatirse, negociarse y reflexionarse teniendo en cuenta la realidad, se plantean estrategias temporales para dar respuestas y soluciones. Un proceso sencillo y lógico que sin embargo no toma en cuenta los intereses personales y de corto plazo de esos intermediarios con el poder de decisión: los miembros de los partidos políticos.

Hemos asumido –porque se nos ha vendido como un hecho natural– que las elecciones son el candado que asegura que nuestros problemas serán llevados a la discusión nacional y en algún momento solucionados, dejando de lado que en esa lucha de intereses siempre habrá ganadores y perdedores. Las elecciones se ha vuelto una simple competencia, cada vez más arcaica, para llegar a cualquier instancia gubernamental e instrumentalizarla, para poco a poco obtener más poder y tener el mayor control posible. Ese control absoluto es la hegemonía del poder que prevalece en las elecciones, en la toma de decisiones y en la administración pública. El poder se ha vuelto el fin y no el medio para resolver problemas.

Esta mezcla de intereses individuales y búsqueda del poder total no es nueva, ni tampoco propia de un solo partido. La historia salvadoreña esta empapada de autoritarismo, de manejo arbitrario de los asuntos públicos, del centralismo de las decisiones en una sola persona y del uso patrimonial de las instituciones, incluidos los partidos políticos. Mientras tanto las necesidades de la gente siguen sin solucionarse, incluso, aunque eso haya significado una guerra civil.

El parlamentar, debatir o hasta negociar siempre es parte del accionar de cualquier democracia y eso lo que no vemos en ninguno de los ámbitos de decisión nacional. Los intereses individuales, impulsados por los miembros de los partidos políticos, el gran empresariado nacional o grupos oscuros acostumbrados al poder o que pretender obtenerlo, impulsando mesías, son los grandes obstáculos para impulsar soluciones realistas, en una sociedad como la salvadoreña, que requiere procesos lentos, transparentes y consensuados. Lo que prevalece es el comercio de votos al mejor postor, el comercio de voluntades al que da más, el mero comercio del futuro del país.

En ese marco y como consecuencia de la guerra, el sistema de partidos de El Salvador se configuró en dos grandes bandos sin poder absoluto, es decir, tras los Acuerdos de Paz no se configuró un bipartidismo político. ARENA y el FMLN para poder articular cualquier proyecto han necesitado de un tercer partido. Es decir, cualquier decisión se ha hecho a golpe de pactos coyunturales, en las que el comercio político prevalece a costa de intereses individuales, intercambio de poder y las monedas de cambio de los corruptores con poder económico suficiente.

El problema no es el tal bipartidismo, sino la ineficacia en la resolución de los grandes problemas nacionales, la falta de franqueza en el cómo funcionan las cosas y la manera en que los miembros de los partidos políticos deciden actuar y decidir por nosotros. La política se ha vuelto un negocio y los negocios han demostrado tener más poder que la supuesta democracia en la que vivimos y el bienestar común. Se ha comenzado a comerciar con el bienestar de la gente y lo asumimos como algo normal.

En la actual campaña por la presidencia, esta realidad sigue siendo silenciada. Los cuatro candidatos a la presidencia han comenzado a divulgar sus ideas de un plan de gobierno, muy alejadas de propuestas realistas y con el mismo enfoque hegemónico al que estamos acostumbrados. Así, los problemas continuarán, sobre todo esa separación, el vínculo entre el partido y la ciudadanía. Por eso en la próxima elección la gente no participará, ni en los partidos y mucho menos en la política.

Mientras la lógica y la actuación de nuestros funcionarios públicos, nuestros empresarios y, con mayor razón, de los candidatos presidenciales sea esta, difícilmente la realidad del país cambiará, sobre todo cuando lo único que se busca es decencia.

PD. Al terminar esta columna no dejo de pensar que en la década de los 90 el neoliberalismo logró permear tanto al país, que hasta la política ha terminado siendo dominada por el mercado.

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