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El 28 de junio de 2009 murió la democracia en Honduras

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Dos días antes del golpe, un compañero de trabajo me había advertido que le darían un golpe de Estado a Mel Zelaya; que no lo dejarían instalar la cuarta urna que serviría para consultar a los hondureños su opinión sobre la reelección. Eso mismo nos lo ha negado hoy Juan Orlando Hernández, el actual presidente, y la clase política corrupta de Honduras; hoy JOH nos bloquea el derecho a emitir opinión sobre su reelección, pero él, a diferencia de Mel, se impuso sin consultar y, con ello, nos traicionó; traicionó a la patria.

Recuerdo el domingo 28 de junio de 2009, hace ocho años. Me desperté muy temprano con el sonido de los aviones militares que sobrevolaban el cielo de Tegucigalpa, y el sonido de las balas. Yo vivía cerca de donde empezó todo. Se llevaban al presidente Zelaya, pero eso lo supimos hasta después, porque no teníamos luz ni señal de televisión o celular. Salíamos a la calle a ver a los vecinos confundidos, a otros eufóricos, y a otros furiosos. Escuchábamos decir:

¡Golpe de Estado!

La información llegaba poco a poco, conforme pasaban las horas. La electricidad no llegaba; no podíamos ver noticias. Con la luz eléctrica llegó la declaración del toque de queda. La gente ya se había organizado para protestar en las calles.

Dieron unas horas para que fuéramos al supermercado; entrábamos de 20 en 20 a comprar. En la calle todo estaba militarizado y había muchos infiltrados golpistas entre la gente que protestaba en las calles, cuya misión era crear caos y miedo. Los medios de comunicación ocultaban y manipulaban la información.

En ese tiempo, mi papá vivía en Venezuela. Llamó muy preocupado por las noticias que veía de manifestantes que eran reprimidos con brutalidad por los militares. Mi papá me decía que la situación era muy grave y en aquel momento yo no alcanzaba a ver la magnitud de todo lo que estaba pasando.

Los medios —aliados con los golpistas— ocultaron a la población todos los abusos, las violaciones de mujeres que valientemente se manifestaban por la defensa de la democracia, los asesinatos, la represión. Esos medios negaron el golpe y aun hoy siguen llamándolo “sucesión presidencial”.

Luego, Roberto Michletti, uno de los golpistas, hacía realidad su sueño de ser presidente.

Recuerdo lo que nos tocó vivir a los ciudadanos comunes en la primera semana de crisis después del golpe; cómo ponían los toques de queda cuando les daba la gana; cómo los medios tildaban a quienes protestaban contra el golpe:

“Ahí vienen los violentos, los revoltosos que apoyan a Zelaya”.

Vi cómo quemaron un restaurante de comida rápida, un autobús en el que dijeron que había manifestantes a favor de Zelaya.

Los camisas blancas —que eran los manifestantes a favor del golpismo— también salían a las calles y los empresarios daban permiso a sus empleados de que fueran a apoyar esas movilizaciones. Hasta los pasajes de autobuses les daban gratis.  Durante la crisis, creo que esos empresarios fueron los ganadores.

Recuerdo, de esa primera semana, las imágenes de una de las manifestaciones más grandes y sangrientas, la del aeropuerto de Toncontín, donde ocurrió uno de los hecho más infames y detestables: el 5 de julio de 2009, cuando los militares atacaron a los manifestantes que esperaban a Mel Zelaya en los alrededores. Mataron a dos personas y dejaron varios heridos.

Yo no estaba de acuerdo con algunas acciones del presidente Zelaya, y creo que también hay que investigar casos de corrupción de su periodo, pero creo que, en general, no estaba haciendo un mal gobierno. Sí me parecieron obras que su gobierno hizo, como las que impulsó Xiomara Castro de Zelaya, su esposa, quien abrió comedores solidarios en la zona sur. Por mi trabajo iba mucho a esa zona, que siempre fue tan pobre, y me sigue dando mucha tristeza que después del golpe cerraron esos comedores a los que iba tanta gente.

Y también estuve de acuerdo cuando el gobierno de Zelaya subió el salario mínimo, y vi cómo la empresa privada, que nunca pierde, comenzó a despedir a miles de personas.

Después del golpe de Estado, los politiqueros —especialmente los del Partido Nacional— llevan ocho años en el poder. Y todo ha ido a peor. El actual Gobierno tiene un lema:

“Honduras está cambiando”.

Y sí, claro que está cambiando: se ha institucionalizado el crimen organizado; se legalizó la violación a nuestra Constitución y la violación a los derechos humanos está a la orden del día; hay más impunidad, más corrupción, más violencia; no hay libertad de expresión.

En Honduras, la escasa democracia que había antes del 28 de junio de 2009 desapareció y se convirtió en una mafiocracia. El expresidente Lobo se vio salpicado por el narcotráfico y calló el robo atroz al Instituto Hondureño del Seguro Social para no afectar a su partido.

Luego llegó el presidente Hernández, también salpicado por la corrupción y el narcotráfico. Él es el principal violador de la Constitución. Y sigue prometiendo y prometiendo, como si aún fuese candidato. Al abogado Hernández se le olvidó que ya es presidente y, para garantizar impunidad, sigue creando mentiras.

Es triste reconocer que ese 28 de junio de 2009 en Honduras murió la democracia y murió el Estado de Derecho.

Hoy, ocho años después, nos enfrentamos a un nuevo fraude electoral con el que un presidente busca se reelección y garantizar la impunidad.


  • Marcela Ortega es fundadora del Movimiento Oposición Indignada de Honduras.
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