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Ejercer política desde lo cotidiano

La política no es competencia solo de diputados, alcaldes y gobierno en general. Hacemos política todos los días, todos y a cada momento. A sabiendas de que no es materia única de funcionarios públicos, a la ciudadanía le corresponde hacer un contrapeso. Este poder popular no debiera ser cosa ni de asombro ni de miedo, pero sí de organización.


El ejercicio gubernamental salvadoreño arrastra la carga connotativa de corrupción, robo, amaños, escándalos e indecencia. El Índice de Percepción de la Corrupción de Transparency International, brinda para 180 países una calificación que va desde cero (altamente corrupto) a 100 (muy limpio). En este marco, de 2015 a 2018, El Salvador tiene un puntaje promedio de 35.75-. Es decir que solo nos desprendemos 35.75 de ser altamente corruptos y estamos a 64.25 puntos de ser considerados muy limpios. En este vergonzoso escenario, dar vida sana a la política requiere también de ciudadanos comprometidos con la mejora de las condiciones de vida de la mayoría: civiles que promovamos y participemos en tomas de decisiones colectivas; un poder popular –un contrapoder– que derive en influencias, arbitrajes y facultades. 

¿Quién deja de ser ajeno a decisiones que atañen al bienestar propio y al de los suyos? ¿Cómo no involucrarse y comprometerse con el presente y futuro personal?

«Ejercer la política en sociedad requiere que cada ciudadano se exprese desde su individualidad. Esa suma de influencias son las que provocan dinámicas sociales; se transforman en votos o manifestaciones de reprobación o ‘castigo electoral’, en peticiones o demandas de información, en señalamientos expresos de corrupción o incompetencia, en movimientos civiles».

El único motor de estas acciones es la voluntad y la responsabilidad: el saberse ciudadano con pleno goce de garantías civiles y la decisión de ejercerlas. 

La política no es competencia solo de diputados, alcaldes y gobierno en general. El término se origina cuando ciudadanos libres resuelven temas de mutuo interés de forma grupal. Es decir, resolver y no problematizar; buscar que sean temas de mutuo interés y no agendas fragmentadas, y de forma grupal no dictatorial. La política trata de la regulación de los asuntos de una ciudad o ciudadanos, abonando a la resolución de diferencias en pro de un bien común.

Hacemos política todos los días, todos y a cada momento. A sabiendas de que no es materia única de funcionarios públicos, a la ciudadanía le corresponde hacer un contrapeso. Este poder popular no debiera ser cosa ni de asombro ni de miedo, pero sí de organización.

En la vida cotidiana somos seres políticos pues ejercemos la política al interior de centros educativos, a través de los consejos o comités estudiantiles; desde nuestros hogares, cuando nos involucramos en la mejora de nuestros parques o calles o se dirimen conflictos con los vecinos; desde la familia y el trabajo, cuando deliberamos y definimos normas que ayuden a manejarnos en una sana convivencia.

«Y si la administración pública es el ejercicio de la política a nivel de Estado (el orden y la gestión de los recursos públicos en beneficio de los ciudadanos de una nación), somos nosotros mismos, los ciudadanos, quienes debiéramos ser los más interesados e involucrados en la vigilancia del orden y buena gestión de los recursos públicos, que son producto de nuestros impuestos». 

¿Y cómo llevar la política de lo cotidiano a lo masivo? Estas acciones pueden traducirse en marchas, foros, coloquios o intervenciones públicas artísticas, como la más reciente de un sepelio para el agua. Estas acciones ciudadanas deberían tener un propósito claro –un objetivo– en el que se tenga definido cuál es el problema principal de discusión, haberse nutrido de la información necesaria y pertinentes sobre ello, realizar las interpretaciones del caso, dejar por fuera los prejuicios o supuestos y, finalmente, aportar claridad acerca de las implicaciones y consecuencias de los planteamientos.

¿Y por qué tanta complicación? ¿Por qué no solo salir a protestar, pintar paredes, quebrar vidrios, quemar llantas y ya? Pues, para no ser solo la nota amarillista del día. Todas estas intervenciones y declaraciones ciudadanas, estos movimientos sociales de contrapoder deberían surgir del ejercicio del pensamiento crítico, para que sus acciones políticas –a diferencia de las estatales– fuesen responsables, argumentadas, sólidas, dirigidas y sostenibles en el tiempo: acompañar las buenas intenciones de información, pues ya mucho tenemos de información en mancuerna con intenciones siniestras.

Procuremos, como ciudadanos, ejercer la política de forma apropiada.

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