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La educación sexual y las secuelas de su ausencia

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Blanca tiene 33 años y está a punto de convertirse en abuela. Ella, a sus cortos 14 años, salió embarazada de su primera hija. Su papá se había ido a Estados Unidos y su mamá trabajaba la mayor parte del día. Ella se sentía muy sola y carecía de una verdadera orientación. Cursó noveno grado embarazada de su novio de 16 años. Tuvo que abandonar el Centro Escolar y a sus 17 años tuvo a su segundo hijo. Asegura que en su Centro Escolar abordaban la educación sexual únicamente desde la perspectiva de la protección por medio de preservativos. Pero nunca le hablaron sobre las consecuencias biológicas y psicológicas que implica el iniciar una vida sexual activa a temprana edad. “De haber sabido las consecuencias de tener hijos, me hubiera esperado. Uno tiene que dejar de hacer sus cosas, para dedicarse a ellos, dejando a un lado sus metas”, afirma Blanca. Ahora, su hija de 19 años se encuentra embarazada.

La historia de Blanca es muy común en las niñas y adolescentes de El Salvador. Según el ministerio de Salud entre 2013 y 2017, más de 900 niñas de 10 y 17 años dieron a luz cada mes. Es decir, 30 niñas daban a luz por día. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), en su informe “El costo económico del embarazo en niñas y adolescentes” de El Salvador, afirma que en el 2015 salieron embarazadas 25,584 niñas y adolescentes, de las cuales solo 2,231 continuaron con sus estudios, siendo el embarazo precoz la causa número uno de deserción escolar.

Debido a la alarmante situación, creeríamos que el Estado está implementado políticas públicas para reducir el alto porcentaje de embarazo precoz. Pero no es el caso. El Salvador carece de una ley de educación en sexualidad responsable. Las niñas, niños y adolescentes carecen de formación en la materia de sexualidad y afectividad. Dicha materia incluiría aspectos éticos, biológicos y emocionales. Buscando fomentar el autocuidado, la autonomía individual y la capacidad de decidir de manera responsable cuando iniciar la actividad sexual. Darles el conocimiento de que son sujetos de derechos y que son los únicos que pueden decidir sobre sus cuerpos y cumplir sus proyectos de vida. La falta de empoderamiento con relación a su cuerpo y sexualidad los hace vulnerables a los abusos sexuales, conductas sexuales de alto riesgo, a enfermedades de transmisión sexual y al embarazo precoz. Resultado de eso, en El Salvador cada 21 minutos una niña o adolescente resultó embarazada en el 2015.

Una educación sexual no solo se vería reflejada en la reducción de embarazos precoces, sino también en la disminución de los índices de pobreza. ¿Por qué me atrevo a hacer tal afirmación? Porque a mayor número de hijos, menor posibilidad de salir de la pobreza por medio de la educación y oportunidades laborales. La Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples 2014 establece que una mujer que no ha tenido ningún grado de educación tendrá un promedio mensual de alrededor $134.74, mientras que una mujer que ha estudiado más de 12 años podrá ganar por lo menos tres veces más. Entonces, si nuestras niñas y adolescentes tienen que abandonar la educación debido a un embarazo, pierden la oportunidad del estudio; teniendo repercusiones económicas y el impedimento de darles un mejor futuro a sus hijos, continuando con el círculo de la pobreza. A excepción, de los casos en donde las madres se ven obligadas a migrar o a depender económicamente de su pareja o familiares.

Los jóvenes necesitamos contar con los insumos necesarios para tener la capacidad de planificar cuándo tener hijos, evitando el embarazo precoz o no deseado, para completar nuestra educación y construir nuestros proyectos de vida. Al contar con la formación necesaria, tenemos acceso a una seguridad económica y la capacidad de brindarles bienestar a nuestras familias. Siendo una contribución a la reducción de la pobreza y desarrollo de un país. Según el artículo “Población y Pobreza” del UNFPA, si las adolescentes de Brasil y la India tuvieran hijos hasta los veinte y pico de años, el aumento de la productividad económica anual equivaldría a más de 3,500 millones de dólares y 7,700 millones de dólares, respectivamente.

Por lo tanto, quisiera que tomáramos consciencia de lo fundamental e importante que es la educación en afectividad y sexualidad para nuestra sociedad. La problemática causada por la falta de información sobre un tema tan esencial como seres humanos nos afecta a todos. Es hora que hagamos a un lado nuestros dogmas e ideologías y nos unamos como salvadoreños para la construcción de acuerdos que beneficien a nuestros niños, niñas y adolescentes. En ellos recae el futuro de El Salvador.


*Natalia Paniagua es estudiante de Ciencias Jurídicas. 

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