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Llegó la hora de proponer y dejar de trolear

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Hoy empieza el periodo de cuatro meses que la ley otorga a los candidatos a la presidencia y vicepresidencia para la República para hacer campaña electoral. El proselitismo, en realidad, comenzó hace meses, pero hasta ahora es muy poco lo que hemos escuchado en materia de propuestas discernibles, inteligentes, elaboradas sobre los principales problemas del país como los entienden los salvadoreños, según las encuestas: la economía y la inseguridad.

La campaña política previa a la presidencial del próximo 3 de febrero inició en realidad hace mucho tiempo, como suele en El Salvador debido a la falta de escrúpulos de los partidos y a la complicidad del Tribunal Supremo Electoral. En todos esos meses los candidatos y sus acólitos nos han inundado con superficialidad o con la tradicional guerra de descalificación a los contrarios.

Esta campaña es diferente por dos razones. La más importante es que por primera vez desde la firma de los Acuerdos de Paz en 1992 hay una posibilidad real de que un candidato que no compite con una de las dos principales fuerzas políticas de la posguerra, Arena y el FMLN, sea presidente de la República. La otra es que esta es la primera presidencial en que las redes sociales parecen destinadas a convertirse en protagonistas del proselitismo.

La carrera es, sí, de tres. No se trata hoy, como fue en 2014, de que haya un tercer candidato -Tony Saca y Unidad en aquella ocasión-; hoy Nayib Bukele, el tercer contendiente es en realidad el primero: todas las encuestas publicadas hasta la fecha -UCA, LPG Datos, Gavidia, CID Gallup- dan al candidato de GANA como favorito para ganar.

¿Qué implica la irrupción de Bukele más allá de la posible derrota de efemelenistas y areneros? Una cosa en clave de campaña: el dominio de las redes sociales como instrumento de proselitismo.

Pero, como era antes en los mitines de plaza, en campañas de descalificación por radio o televisión o en coberturas periodísticas sesgadas, Twitter, Facebook e Instagram han servido hasta ahora para una campaña que no pasa de ser una ensordecedora cacofonía que no hace más que esconder la falta de propuestas reales para abordar los problemas reales del país y, de paso, de los candidatos y de los partidos políticos que los postulan.

El Salvador entrará al nuevo ciclo presidencial marcado por los viejos retos que lo aquejan desde hace tres décadas: bajo crecimiento económico, un problema de inseguridad que incluye hoy la profundización de los abusos cometidos por agentes del Estado y un deterioro institucional insostenible evidenciado, entre otras cosas, por los procesos penales que pesan sobre los tres presidentes de la República que antecedieron a Salvador Sánchez Cerén. De esas cosas aún no han hablado los presidenciables con inteligencia o con una dosis mínima de decencia.

No es un asunto menor, por ejemplo, lo de la partida secreta de la presidencia, que, sabemos hoy por la reciente confesión-condena del expresidente Antonio Saca, ha sido uno de los principales instrumentos de apropiación indebida de fondos públicos. Ninguno de los candidatos ha sido tajante al respecto, ni de palabra ni en acciones.

La corrupción, en general, es un problema de primer orden en El Salvador. Si, como alega la Fiscalía General, Saca extrajo ilegalmente unos 300 millones del erario y Mauricio Funes sacó una cantidad similar, estamos hablando de un nivel de pillaje que hace muy difícil una intervención efectiva del Estado para atender los problemas básicos de cobertura en salud, seguridad o educación.

¿Qué dicen los candidatos al respecto?

Calleja ha dicho que hará desaparecer la partida secreta, pero el suyo es un reclamo poco creíble si se atiende a que el jefe de la fracción legislativa de su partido sigue sin explicar de forma convincente cómo se pagó un viaje de placer al Mundial de Rusia en julio o a que en fotos alusivas a la campaña presidencial de Arena siguen apareciendo personas señaladas por corrupción.

Hugo Martínez, del FMLN, promete mano dura contra los corruptos, pero trastabilla al explicar el rol de su cancillería en el posible desvío de 10 millones de dólares de Taiwán hacia la presidencia de Mauricio Funes.

Nayib Bukele ofrece un mecanismo internacional anticorrupción parecido a la Cicig de Guatemala, pero evita explicar que esto solo es posible si la Asamblea Legislativa lo aprueba, algo que tampoco parece probable cuando el diputado más influyente de GANA, el partido que lo postula, está plagado de señalamientos por crecimiento patrimonial indebido.

¿Y en el terreno económico? Calleja habla de creación de empleos y un renovado empuje del sector empresarial. Eso ya lo dijeron antes Funes y Saca. ¿Cómo hará el empresario candidato de los empresarios para sacar al sector privado del letargo que lo caracteriza desde mucho antes de que la izquierda llegó al poder?

Todos han pasado de puntillas por el tema de la seguridad. Las cifras oficiales más recientes indican una reducción considerable en los homicidios, pero aún falta explorar si esta es una tendencia sostenible e, igual de importante, abordar las consecuencias de las políticas de seguridad de los últimos dos gobiernos, que facilitaron abusos del Estado, incluso las ejecuciones extrajudiciales. Martínez, el candidato del oficialismo, tampoco ha dicho algo relevante en este campo.

¿Política exterior? Los partidos han estado demasiado ocupados con sus trifulcas para hablar con inteligencia de las causas que siguen provocando la migración masiva de salvadoreños hacia los Estados Unidos, o de sus planes para relanzar la diplomacia nacional, reducida a la mínima expresión en este gobierno.

Muy poco en propuestas. Hay tres candidatos ahora y hay redes sociales, pero eso solo ha significado que los insultos son a tres bandas y que hay plataformas nuevas desde las que dispersar la bajeza.

Trascender a un escenario en el que el surgimiento de un tercer candidato o de nuevas formas de comunicación social contribuyan a la dignificación del ejercicio político en El Salvador pasa, primero, porque los presidenciables empiecen a portarse como adultos y dejen de trolearse. Y eso implica, sobre todo, que Nayib Bukele, Carlos Calleja y Hugo Martínez sean capaces de plantarse ante los desmanes de sus partidos y financistas. El país tiene problemas demasiado graves como para aguantar cuatro meses más de memes y falsedades.

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