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“Dunkirk” y los cuatro elementos de Christopher Nolan

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A Dunkirk le falta lo que a Darkest Hour le sobra. Y viceversa. Una tiene la pulcritud fotográfica, el ritmo, un manejo de sonido espectacular y una puesta en escena magistral; la otra tiene los diálogos y la actuación, el temple de un histrión decidido a dejar su marca en la interpretación de un personaje corajudo. Si ambas pudieran fusionarse, The Shape of the Water no tendría oportunidad. Pero por sí solas, las dos películas que nos narran eventos circundantes de la “Operación Dinamo” (la evacuación de las tropas británicas acorraladas en la costa francesa, tras el acoso nazi entre mayo y junio de 1940) no pueden optar a la joya de la corona de los premios de la Academia: la categoría de Mejor Película.


Fui a ver Dunkirk al cine, en formato IMAX, como debía ser. Recuerdo haber salido de ahí con el cardio a ritmo de galgo y la impresión de que acababa de contemplar un trabajo de cinematografía excelso. Incrustada en la cabeza, la imagen del Supermarine Spitfire flotando, famélico, vencido, sin combustible, rindiéndose al vacío de una playa en la que aguardaba su juicio sumario. Pero el avión caza británico, con su piloto, fue solo uno de los protagonistas de la historia narrada a través del viento. Planeaba sobre una infantería que sobrevivía a la voracidad de la carnicería librada sobre otro elemento: la tierra, la misma que aspiraba sangre como un tampón. Lo que ahí ocurrió hoy yace para la posteridad en forma de arte. La acción militar en la que Inglaterra evacuó a cerca de 400 mil soldados acorralados en la costa francesa –a merced de la Alemania nazi en el marco de la Segunda Guerra Mundial– ahora se luce hasta donde la tecnología lo permite. Christopher Nolan narra también aquella operación a través del agua; pero es el fuego –ángel de la muerte, tirano y dictador de los cuatro elementos– lo que entrelaza el marco narrativo de esta gran película, nominada a ocho premios de la Academia, donde parte como favorita en casi todas las categorías técnicas.

Dunkirk, la película, es un derroche de lo que un presupuesto robusto puede esculpir. Aunque los efectos especiales actuales podrían recrear digitalmente lo que se les antoje, la producción decidió dar un paso más aventurado: apoyarse en el cinematógrafo Hoyte van Hoytema y su notable credencial de haber trabajado en “Interstellar” (2014) para capturar la esencia de lo ocurrido, desde la misma ciudad donde ocurrieron los hechos, con la recreación física de las mismas aeronaves y las mismas embarcaciones de los años de la Segunda Guerra Mundial.

No es nada sencillo embellecer lo macabro. Dunkirk hace eso y mucho más. Desde el minuto uno hasta el 106 (que es lo que dura la película) se experimenta el frenesí de una historia de sobrevivencia, donde los protagonistas lo pierden todo, desde la cordura hasta la humanidad. Sin embargo, la película muestra carencias, especialmente en el desarrollo de personajes que tienen muy pocos diálogos y que edifican una muralla distante para que el espectador pueda identificarse con ellos. Esta complejidad en la narrativa –la de apostarle a narrar a través de los cuatro elementos y no desde los diálogos– se agradecen como una interesante experimentación en Christopher Nolan, quien ya antes nos ha demostrado (especialmente con la trilogía de “The Dark Knight”) que se siente muy cómodo en los caminos sombríos.

En Dunkirk, los actores no destacan sobre la historia y eso es bueno. La acción se ve separada en episodios que varían también en el manejo del tiempo. Buscar la sobrevivencia puede narrarse a través de lo ocurrido en un par de días, una semana o solamente una hora de la batalla. Pero sí hay personajes reconocibles, como por ejemplo Tommy (Fionn Whitehead), un recluta en bruto que se une a otros dos soldados (interpretados por Aneurin Barnard y la estrella del pop, Harry Styles) para huir de la playa. Nos encontramos también con la vida de un marinero civil, el Sr. Dawson (Mark Rylance), y su hijo adolescente, Peter (Tom Glynn-Carney). Nos transportamos al cielo con la vida temeraria de un piloto de la Real Fuerza Aérea, interpretado por Tom Hardy, quien resulta muy poco reconocible.

Probablemente, esta no sea la mejor película de guerra que se haya realizado. Ni siquiera estaría cerca de competir con otras como “Casablanca (1942)” o “Apocalypse now (1979) –que sí construyeron profundidad en los personajes, algo que Nolan parece haber despreciado intencionalmente en Dunkirk–, pero los resultados técnicos y artísticos sí la colocan como una de las mejores que se ha producido en tiempos recientes.

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