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Donald Trump: ¿acaso conoce el significado de la palabra dignidad?

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Las medidas que anunció hoy, presidente Trump, son patéticas. Como patético es ese grupo de personas que se dicen cubanos y se reúnen en torno al mandatario de otro país para rogarle que estrangulen económicamente a los suyos. Esos que gritan “Viva Cuba Libre” desde el otro lado del estrecho de la Florida, o el congresista que cree conocer al país de donde vienen sus padres sin haber caminado sus calles, o el otro congresista que apenas puede pronunciar la palabra “libertad” con la belleza y la soltura que caracterizan al español. Las medidas que anunció hoy no son irrespetuosas con el gobierno cubano, son irrespetuosas con los ciudadanos cubanos. Son irrespetuosas conmigo.

La absoluta arrogancia –esa que no por gusto rima con ignorancia– que ha caracterizado toda su presidencia ha tenido otro punto de inflexión hoy, 16 de junio de 2017. A un presidente que no es capaz de entender los fundamentos del cambio climático, perceptibles especialmente en el estado donde tiene su propiedad más preciada, no se le puede pedir que entienda las complejidades de un país como Cuba. Un presidente que no ha sido capaz de comprometerse con el futuro de la humanidad toda, sería incapaz de comprometerse con el futuro de una pequeña isla en el Caribe y con sus ciudadanos. Y hubiera sido extremadamente sencillo. Lo único que han pedido los ciudadanos cubanos a Estados Unidos desde siempre es respeto. Y lo único que no tuvimos este 16 de junio fue precisamente respeto.

Le preguntaba al inicio de mi carta, presidente, si usted conoce el significado de la palabra dignidad. Es fácil para un gobernante tener dignidad. No debe elegir qué va a comer, dónde va a dormir, con qué vestirá a sus hijos. Son los pueblos, no los gobiernos, quienes pueden presumir de dignos, porque son a quienes tocan las decisiones difíciles. Yo provengo de una familia de gente pobre y digna. Gente que nació pobre y digna y gente que ha sido durante casi tres generaciones pobre y digna. Maestros de escuela primaria, bibliotecarias, auxiliares pedagógicas, técnicos medios en economía, vaqueras y campesinos. Cuando mi madre me preguntó qué iba a estudiar si conseguía ir a la universidad le respondí, con nueve años, que cualquier cosa menos maestra, “porque ya no quería que fuéramos tan pobres”.

Las ventanas del cuarto de mi madre se compraron con la venta de dos carneros que quedaron huérfanos de madre y a los que alimentamos con un biberón durante meses. Mi cama ha sido la misma por 25 años. Recuerdo cada uno de mis zapatos desde primero hasta sexto grado porque fueron solo tres. Pudiera narrar la primera vez que vi a un extranjero tirando caramelos desde su auto rentado en la playa de Guanabo porque nunca había visto caramelos de esos colores. Sé los libros que leí desde séptimo hasta noveno grados porque me salvaron del llamado Periodo Especial.

A pesar de todas esas carencias económicas, de alguna manera, conseguí ser feliz. Me hicieron feliz los mangos y la temporada de tomates y las montañas que rodean mi casa. Me inventé mil historias para darle algún sentido a la pobreza económica y convertirla en riqueza espiritual. Un día, les conté a mis amigos de la escuela que siguiendo por la montaña que queda detrás de mi casa en línea recta se podía llegar hasta la Base Naval de Guantánamo. Era tanta la repetición de noticias al respecto y el misterio que rodeaba a aquel lugar que todavía no era campo de torturas sino espacio para balseros cubanos que me lo traje cerca. Les describía los campos de minas, el mar, las caras de los soldados cubanos, el rostro de los americanos, las casas de campaña. La pobreza me enseñó a imaginar. No creo que todos los niños deban ser pobres para ganar imaginación. Solo insisto en que de alguna manera, quizás demasiado retorcida, hemos aprendido a sortear las barreras de la realidad.

Historias como estas abundan en cada esquina cubana. El 17 de diciembre de 2014, Barack Obama mostró que otra realidad era posible. Pero, para ser justos, hemos aprendido a desconfiar. Estoy segura de que a pocos cubanos les tomó por sorpresa sus medidas de hoy. Hemos aprendido a esperar lo peor y a celebrar lo mejor, cuando llega. Casi nunca llega. No llegan ni el aumento de salario, ni el acceso a Internet que necesitamos, ni las reformas constitucionales que pedimos, ni la economía próspera, ni el Socialismo sustentable, ni la cabeza de un guanajo. Llegó, en cambio, la reforma migratoria, el fin de la carta blanca, la apertura del sector por cuenta propia, la apertura de la compra venta de carros y casas y otro manojo de favores que se disfrazan bajo el eufemismo de “reformas”. En este estira y encoge entre pueblo y gobierno vamos logrando cosas y mientras otras cosas ya logradas, deudas históricas de su país con su gente, se nos van derrumbando.

Repita conmigo, presidente: “El acceso a la educación debe ser gratuito y universal”. No es cosa de Bernie Sanders, es cosa ya de varios países que, siendo infinitamente más pobres que el suyo, consiguen alcanzar esta meta. Repita conmigo, presidente: “El acceso a la salud debe ser gratuito y universal”. Otro bonita manera de ridiculizar a su país por parte no solo de Cuba sino también de Suiza, Singapur, Irlanda, Canadá. Toda una conspiración internacional para hacer a Estados Unidos lucir mal.

Se terminaron los viajes individuales para ciudadanos americanos. ¿Sabe a quién daña esa medida? Primero: al pueblo de su país; un país que hace alardes de libertad y permite que su gobierno limite su movilidad (establecida en la Carta de Derechos Humanos). Segundo, al gobierno de su país. ¿Qué clase de potencia mundial cree que el viaje de sus ciudadanos a una isla de once millones de habitantes y un presidente de apellido Castro podría enriquecer solo al gobierno? ¿Acaso ha visto a alguien del gobierno cubano limpiando las habitaciones del hotel Saratoga, sirviendo en las paladares y restaurantes que pululan en La Habana, sembrando la comida orgánica que tanto quieren comprar los americanos? ¿Ha visto a Raúl Castro vendiendo souvenires en la Plaza de la Catedral? ¿Ha visto a José Ramón Machado Ventura tomando un almendrón para llegar temprano a su trabajo? ¿Ha visto la casa de Ramiro Valdés listada en Airbnb? ¿O acaso Miguel Díaz Canel ha dado servicio de taxi a algún ciudadano de Kentucky de ida y vuelta al aeropuerto internacional José Martí? ¿Está Lázara Mercedes López Acea limpiando los baños de la terminal 3? Voy a facilitarle la respuesta. No. Pero son las personas anteriores las que se benefician del aumento del turismo americano en la isla. El gobierno coge su tajada, por supuesto, lo sabrá usted que es ahora gobernante, pero también lo coge el ciudadano común: la camarera, el agricultor, el taxista, la señora que limpia el baño…

Ni siquiera tuvo el coraje de George W. Bush para suspender remesas, viajes y visas. Sus medidas son reglas de contención para contentar a Marco Rubio –el contrincante en campaña presidencial que lo ridiculizó en varias ocasiones, no porque fuera especialmente brillante, sino porque es fácil ridiculizarlo–. Sus medidas huelen a cobardía. A cortina de humo. A distracción para mantener al pueblo estadounidense alejado de lo que realmente les importa. Ya no el futuro, sino el presente de su país. Sus medidas, presidente, son el resultado de la altanería política y el irrespeto. Otros pueblos quizás se plieguen ante su país. Cuba no lo ha hecho y no comenzará a hacerlo hoy. Puede que el trato con Obama se haya jodido; pero nuestra dignidad sigue intacta.


* Elaine Díaz Rodríguez es periodista cubana, directora de Periodismo de Barrio en Cuba y embajadora de sembramedia.org

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