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El docente público: entre el discurso enaltecedor y lo real

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Hace algunos meses comencé el proceso para definir un proyecto de investigación sobre las concepciones que hay en torno al papel que se le asigna a los docentes, específicamente, a los del sector público en El Salvador. Me he dado a la tarea, a partir de lo que se ha investigado a nivel latinoamericano, de reflexionar y cuestionar cómo se está concibiendo el papel del docente y su tipo y nivel de participación, ya sea en procesos de reformas educativas, de pequeños cambios curriculares o, más general también, en el sistema educativo. Lo que me ha interesado es verlo desde lo que se plantea y repite a nivel de discurso, en contraposición a lo que sucede y se dice de ellos en la realidad, al asignar y permitir un papel determinado de los docentes. Así que voy a intentar compartirles algunas de las reflexiones y preguntas que me he hecho durante este tiempo, haciendo la aclaración que es un trabajo en construcción, pero con el cual quiero invitar a la reflexión.

Casi todos hemos escuchado y leído repetidas veces, ya sea en discursos, documentos oficiales o en artículos con tonos muy idealistas y enaltecedores, cómo los docentes son hoy por hoy los actores más importantes en la educación, que son la columna vertebral del proceso educativo; cómo se le pide ser un actor más relevante y protagónico para ejecutar las transformaciones educativas que se necesitan, mencionando con mucho énfasis que su trabajo y su disposición para llevar a cabo los propósitos de la educación en cada escuela y cada aula son fundamentales. Estoy segura de que muchos también hemos escuchado cómo se plantea la urgencia de “profesionalizar” a la docencia, es decir, que sea un trabajo con todas las características de una profesión: ser reconocida socialmente, que sean trabajos especializados, que quien la ejerce debe tener control sobre su trabajo y autonomía para decidir cómo desempeñarlo, entre otras.

Estoy completamente de acuerdo con estas descripciones y expectativas que se plantean y predican sobre los docentes. Sin embargo, y lastimosamente, encuentro que el papel que se le asigna (porque es así, el sistema educativo se lo asigna, no es él o la docente la que lo moldea  construye) en la realidad resulta ser contradictorio con este discurso enaltecedor.  Aunque los planteamos como actores centrales y protagonistas del sistema educativo, hay muy poca participación de los docentes en la formulación e implementación de cambios educativos (manifestados ya sea en reformas o propuestas de nuevos programas educativos o curriculares), pareciera que su papel se reduce a solo ser un instrumento para “mejorar la enseñanza”, y que no se confiara en su capacidad para discutir, reflexionar, proponer y crear propuestas e impulsar cambios a partir de la riqueza de sus experiencias en sus escuelas. En ese proceso, se les limita a un papel pasivo y poco autónomo, a cumplir decisiones ya tomadas por autoridades educativas, a reproducir lineamientos, normas y recomendaciones que se les dan, sin considerar su opinión y, sobre todo, sin considerar su experiencia, para lograr así contextualizar sus prácticas, según los problemas propios de cada escuela y comunidad.  Al final, se vuelven más repetidores que autores y creadores de su propia profesión.

Por otra parte, considero que también nosotros, los que conformamos la sociedad salvadoreña, jugamos un papel relevante y, en cierta medida, culpable en esta reproducción del papel y características a las que reducimos a los docentes, especialmente sobre los del sector público salvadoreño. Cuando comencé a inquietarme por este tema, pregunté a varias personas cercanas sobre qué era lo primero que pensaban sobre un docente del sector público salvadoreño. Sus respuestas se movieron entre adjetivos como perezosos, apáticos, personas a las que no les gusta trabajar, conformistas, cómodos, desactualizados profesionalmente, que ganan poco, entre otras características que no estaban alejadas de la descalificación. Constantemente les estamos diciendo que son un problema (“el problema docente”), que son los culpables de las fallas y de los vacíos grandes que nuestro sistema educativo tiene y no pensamos en ellos como lo contrario.  No pensamos en la infinidad de dificultades que enfrentan en sus respectivas escuelas, en los retos que logran resolver cada día para entender a sus estudiantes y en las complicaciones que enfrentan, por ejemplo y sobre todo, en temas de seguridad y violencia en sus escuelas.

El primer llamado de reflexión que quisiera hacer es que estamos haciendo muy mal en apedrear, reducir, juzgar, desconfiar y desprestigiar de forma tan generalizada a los docentes. Principalmente porque esto tiene consecuencias sociales graves, como por ejemplo: ¿quién, con estas características, opiniones y condiciones sobre la carrera docente, va a querer estudiar en la universidad para convertirse en docente? ¿Qué graduado de bachillerato con desempeño notable querría ingresar a la carrera docente y comprometerse con la misma como profesional durante toda su vida? ¿Cómo esperamos que se empoderen y que se vean a sí mismos como protagonistas si en la práctica se les limita y reduce su trabajo como profesionales?

El segundo llamado de reflexión es dejar de insistirles tantas veces y de tantas formas en lo que tienen que hacer y no tienen que hacer, dejar de darles una lista de reglas, lineamientos y normas ya decididas, que ellos solo tendrán que reproducir en el aula.  Además, tendríamos que dejar de juzgarlos, para bien o para mal, como un bloque uniforme y homogéneo, pues cada uno de ellos tendrá algo que lo distingue, así sea su nivel de compromiso, ideas, experiencias, problemas cotidianos y  prácticas profesionales. El reto de cambiar esta mirada está en nosotros, los ciudadanos, pero, sobre todo, en las autoridades educativas de nuestro país, comenzando por ver a los docentes con otros ojos, concebir su papel y su participación con otras características y condiciones: teniendo en mente que son profesionales, que no son solo repetidores de recetas homogéneas creadas desde escritorios, pensar en ellos como profesionales que todos los días se adueñan de su aula, de sus conflictos y que cada día toman decisiones y resuelven problemas para ayudar a sus estudiantes a aprender. Es necesario que el discurso trascienda del hecho de decirles que son los principales responsables y los protagonistas para llegar a permitirles ser protagonistas y ayudarles a que ellos mismos se conciban como tales. Todo esto significaría reconocerlos, abrir espacios para que participen de la creación y formulación de nuevos proyectos, permitirles cuestionar, reflexionar y crear a partir de sus realidades y contextos inmediatos.

Y, como tercer llamado de reflexión, pensar qué tipo de acciones nos llevarían a acércanos a que una nueva concepción sobre el papel profesional de los docentes sea algo real, tangible y sostenible. Un factor fundamental podría ser reorientar y enfocar más los esfuerzos de mejora de la carrera docente hacia la formación inicial. Con esto no me refiero a abandonar la formación en servicio, que es útil y relevante, sino a transformar la estructura y sentido de la formación inicial, lo cual implicaría comenzar por repensar el rol de los estudiantes de docencia, es decir, que no se reproduzca el papel de sujeto pasivo del docente, que no se fortalezca el enfoque memorístico del aprendizaje y la enseñanza, ni de un profesional que espera que solo le dicten una serie de normas y recetas para desarrollar su trabajo, sino que se le empodere como sujeto que se encuentra en una preparación profesional, que en el proceso se apele a su autonomía, a su capacidad de crear y de resolver problemas cotidianos en el aula, a centrar su aprendizaje y formación como docente desde una perspectiva práctica en lugar de teórica, entre otros aspectos.

Como complemento, es necesario el replanteamiento de la concepción pasiva y de sujetos receptores que habitualmente se tiene del papel que los docentes deben jugar en su formación en servicio. Por el contrario, deben concebirse como sujetos conocedores y empoderados de su trabajo, plantearles dinámicas de aprendizaje y de interacción más prácticas, activas y autónomas, y, sobre todo, que no sientan que estos procesos de formación en servicio son una obligación y “algo que ellos ya sabían cómo hacer”. Y, un último factor que considero indispensable, es crear, permitir e impulsar más espacios de discusión, reflexión y participación de los docentes, porque como producto de esto habría creación de propuestas educativas adecuadas a contextos de aula, escuela y comunidad, más específicas.

Es urgente que, tanto en nosotros los ciudadanos, como dentro de la formación inicial, la formación en servicio, en los procesos de creación e implementación de propuestas educativas o simplemente dentro de la infinidad de dinámicas de acción e interacción del sistema educativo nacional la confianza en el trabajo profesional de los docentes se restablezca. Creo firmemente que esto podría hacer crecer y fortalecer el nivel de apropiación y compromiso que tengan los docentes con cualquier objetivo nacional de transformar la educación y con que la educación nacional transforme.

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