5647 Vistas |  4

“Diablero”: realismo mágico urbano bien puesto y bien enchilado

Netflix estrenó la serie «Diablero», que cuenta las travesías de Elvis Infante –legendario cazador de demonios– y del padre Ramiro Ventura. Ambientada en México, la dupla de personajes combate a temidas criaturas de las fuerzas del mal que intentan cambiar el destino de la humanidad.


— ¿A poco tú me ves así?
— ¿Así cómo?
— Bonita
— Pues sí, eres bonita… incluso con los demonios dentro

Tuve un novio cineasta (en ciernes) quien un día me tiró su idea acerca de hacer una serie de televisión sobre “Operación Bolívar”, del mexicano Édgar Clement, una novela gráfica situada en la Ciudad de México y que trata de ángeles peleando con demonios en locaciones de esta gran urbe, como si se fueran a agarrar a madrazos en serio en pleno Ángel de la Independencia. De ese anhelo no se hizo nada, tampoco de “Operación Bolívar” ni de la famosa serie, pero qué gran imagen era esa de estos seres mitológicos –convencionalmente en el cine gringo– en una obra audiovisual ubicada en México, aquí donde Hernán Cortés llorara la Noche Triste.

«Diablero», la serie de Netflix que se estrenó el pasado 21 de diciembre, ha convertido esa ilusión realidad. 

Tratándose de esa fantasía obscura, de “realismo mágico urbano”, vamos a decir, esta nueva serie hace posible un fenómeno muy relevante en la cinematografía de Latinoamérica:

«La ilusión no es sólo para los gringos y para los europeos. Aquí también hacemos ficción mágica… y lo estamos haciendo bien. Nos preocupa mucho la realidad, pero a veces, ya estuvo: escapemos de ella de vez en cuando».

Compuesta de diez episodios que rondan los cuarenta minutos, «Diablero» es una adaptación de la novela mexicana “El diablo me obligó”, del autor F. G. Haghenbeck. De hecho, la historia se relaciona con el universo de Clement en algún punto. Narra las aventuras de Elvis Infante, un exsoldado y exconvicto cuya verdadera vocación es la de exorcizar y capturar demonios en la frontera de Los Ángeles para venderlos en una red mundial clandestina de peleas de chamucos. Aunque con muchas referencias a la novela original –y la recuperación de Elvis Infante como personaje–, “Diablero” se ubica en la Ciudad de México y plantea una convención de esas carnosas que se presentan sin mayor explicación: este es un mundo donde los demonios y los ángeles existen, viven entre nosotros y hay gente a la que le toca lidiar con ellos, tal vez, a ti y a mí no. Divertida, repleta de humor negro, vestida de barrio, ñera y muy emocionante: a los diez minutos ya se sabe si gusta o si no gusta. 

Elvis (Eleodoro) Infante y su hermana, Enriqueta, contactan al Padre Ventura, quien se acaba de enterar de que tiene una hija (¡ups!) con una exnovia a la que ve morir en el hospital después de un crimen donde la niña es secuestrada. Al enterarse de la autoría demoniaca del secuestro, Elvis y su hermana intentarán, de inicio, sacarle unos pesillos al cura, ofreciéndole encontrar al demonio y a la hija. Reclutan a Nancy, un “recipiente de demonios” que ha dominado el arte de dejarse exorcizar a (im) placer e irán en busca de “El Indio”, magnate clandestino, peleador de demonios, quien seguramente sabrá guiarlos en la búsqueda. Evidentemente, esta aventura inicial los lleva a la otra y a la otra hasta meterse a la más grande, en donde una serie de conspiraciones religiosas y poderes obscuros y prehispánicos están involucrados.

El universo de Diablero involucra herencias indígenas con herencias orientales y judeocristianas, ubicadas el día de hoy a cualquier hora en la Ciudad de México. A cada elemento narrativo le concede un valor verosímil, algo complicado para cualquier historia de fantasía, sin embargo, la visión de “Morena Films”, compañía española responsable de maravillas como “Celda 211” (2009), dota a la producción de una factura de alto calibre y logra un ansiado equilibrio entre cine de calidad y cine comercial. Es decir, no estamos hablando de “Constantine” –referencia facilona a la que la serie ya ha sido asociada–, pero tampoco de “Las alas del deseo”, de Wim Wenders. Tampoco estamos hablando de «Diablero» como si fuera un hit mundial, pero sí es sólida y sí está bien. 

De entrada, la serie se ve y se escucha bien, así, tal cual. Un espectador asiduo a producciones latinoamericanas entenderá el alto valor de estas dos características. Aplausos de pie para diseño de producción y locaciones, cuyo trabajo los metió hasta rincones fácilmente reconocibles en el Centro Histórico de la Ciudad de México, pero nada obvios para el espectador. Se trata de varias casonas viejas –de esas que seguro clausuraron después del 19S–, una tienda de coreanos con su sótano donde se guardan pociones mágicas, un bodegón clandestino con un ring de peleas de demonios, una casita embrujada en un lugar apartado del Estado de México y varios de los edificios más representativos que rodean el Palacio de Bellas Artes. Todos conforman los oscuros sitios de encuentro del cónclave católico. El auto del Elvis; los amuletos, las cajitas y las pociones; el vestuario de las brujas; y la caracterización de los poseídos… En realidad lo han hecho muy bien. 

Giselle Kuri, Horacio García Rojas, Christopher Von Uckermann y Fátima Molina encabezan el reparto de «Diablero», la nueva serie de Netflix.

Casting es un tema riesgoso para este tipo de producciones: un mal actor asociado a un personaje fantástico se vuelve caricaturesco. Pues, aquí hay un poco de todo. ‘El equipo diablero’, compuesto por Elvis, Queta, Nancy y ‘El Indio’ (bueno, Isaac, porque se ofende), están encarnados en actores medianamente conocidos, pero muy efectivos; mientras que, por el contrario, ‘El equipo católico’ del Padre Ventura, su hija, su chava y su mentor, dejan qué desear. 

Horacio García Rojas (Elvis), se anuncia a sí mismo como actor “orgullosamente mestizo”. Y es que su tipo le ha dado para protagonizar, por ejemplo, “La Carga” (2015), en donde interpreta a un indígena tameme puro. Pero no sólo es el tipo lo que lo hace increíble, sino que aquí estamos viendo en cada uno de sus movimientos a Elvis Infante: un antihéroe carismático, audaz, corrioso, con sentido del humor, playera de futbol y malicia de rockstar. Un personaje deliciosamente exótico. 

La YouTuber e ‘influencer’ Giselle Kuri (Nancy) es una grata sorpresa porque, si bien su dicción no es la más elocuente de los clásicos de Shakespeare, el personaje oscurito de la nena dañada con daddy issues le viene muy bien y se le cree cada momento de posesión demoniaca. Y, vamos, pudo haber sido un completo desastre. 

Un poco lamentable es la participación irónicamente desangelada de Christopher Von Ukermann (Padre Ventura), quien a pesar de tener tantas tablas, nunca termina de hacer click con su personaje galanezco; o, más bien, Horacio se lo come para el desayuno. Sí se le nota el esfuerzo por la convicción; sin embargo, no llega. Como tampoco ocurre con la hija, quien tiene un papel importante en la serie y que cae en este cliché de los niños pobremente dirigidos. Menciones aparte son las de Humberto Busto (Isaac), un viejo y amplio conocido del cine mexicano, quien siempre está simplemente bien; y el papel antagónico de Dolores Heredia (Mamá Chela), cuya triste historia le da un giro interesante a la trama. 

Además del casting principal, Diablero está plagada de personajes secundarios que no por tener menos tiempo en pantalla son menos simpáticos de manera automática, como ocurre con las hijas de Isaac (Dulce Neri y Mariana Botas), una especie de poquianchis modernas que, además, tienen una banda que toca como Las Ultrasónicas; la pareja de coreanos con los hechizos compuesta por un tío y su sobrina malencarada todo el tiempo y, por ejemplo, una participación del mismísimo Édgar Clement, de «Operación Bolívar», como parte del staff maluco de las peleas de demonios.

Un tema inevitablemente interesante es el soundtrack de la serie, lleno de rolas de proyectos independientes con un alcance en desarrollo y otros consagrados del underground, como Felipe El Hombre, Ampersan, Candy y María Daniela y su Sonido Láser, además del tema principal, tirado por Café Tacvba («Futuro»), una especie de electro-cumbia obscura que, en conjunto con el montaje de imágenes de la introducción, sitúan al espectador inmediatamente en la atmósfera misteriosa de la serie. Esto del soundtrack es importante porque, además, funciona como escaparate para proyectos musicales latinoamericanos, evidenciando la fructífera mancuerna entre el cine y la música. 

Sin embargo, no puede ser todo maravilloso y entre mayores sean los riesgos corridos mayores pueden ser las pifias. Y es que, a nivel de efectos visuales, «Diablero» deja qué desear en algunos momentos. En una serie donde coexisten seres sobrenaturales –como demonios y ángeles–, los efectos visuales juegan un papel fundamental. En este caso, aunque el diseño de personajes es muy elaborado, el render, digamos, el resultado final, no corresponde a la fineza con la que están hechas otras cosas en la serie. De repente vemos personajes poco integrados; de pronto vemos criaturas en 3D medio acartonadas; o un par de secuencias que se resuelven “por pop” o por corte directo, así como cuando el Señor Barriga le aventaba la torta al Chavo y de repente le aparecía en la boca; y vemos también a un ángel que, más bien, es como un Silver Surfer región 4; o una peligrosísima macrosecuencia en plena Plaza de las Tres Culturas, con una pelea épica que involucra a un demonio gigante que casi le saca la risa a uno, pero no. Este aspecto, casi seguro se resuelve con más tiempo y con mayor presupuesto, esperemos, en la segunda temporada.

Lo que no se resuelve con más recursos es el montaje. Tristemente, en este caso, a veces lleva muy bien la narrativa y en otras ocasiones fastidia un mucho la progresión dramática, restándole, por ejemplo, suspenso a uno de los puntos pivotales más importantes de la historia. Es decir, el tiempo-secuencia en pantalla y cómo unes dos acciones paralelas en la misma línea de tiempo, ayudan o joden la tensión dramática. Sin embargo, esto tiene que ver también con realización. 

El director y show runner de la serie, José Manuel Cravioto, se caracteriza por una carrera sólida en términos, primero, de documental –es el autor del documental de Café Tacvba–, y después, de un exitoso salto a la ficción de acción con “Mexican Gangster” (2015). “Olimpia” (2018), una serie sobre el movimiento estudiantil de 1968 y algunos episodios de “Narcos” le dan el músculo suficiente para llevar la empresa de «Diablero» a buen puerto. Este aspecto también es notable ya que, aparentemente, hay una carencia latinoamericana de «show runners«, siendo ahora la “serie” un formato tan amplio para explorar y producir; o, están en formación. Un show runner necesita despojarse mucho del protagonismo del director para darle una visión global a un producto mucho más voluminoso que una película, y, en muchas ocasiones, esto no se ha logrado con éxito. 

«Lo más importante de ‘Diablero’ es la barrera de ficción que rompe con su propuesta. Tiene su propia identidad, su propia cosmogonía y su propio discurso. Las comparaciones del tipo: ‘Es como Supernatural mexa’, le quedan todas infantiles».

Los elementos que fallan son absolutamente perfectibles con el tiempo y con mayores recursos, sobre todo, con la experiencia dejada por la primera temporada. Este primer planteamiento termina bien y deja un cliffhanger suficientemente atractivo para la siguiente, incluida la desaparición de uno de los personajes protagónicos y la aparición de otro personaje ampliamente abordado durante la primera historia. Vemos güeritos, morenitos, conocidos, desconocidos, palacios y casitas en el monte, así como es México en realidad, todos conviviendo en la misma dimensión fantástica de oscuridad.

Sí tenemos otras inquietudes, sí tenemos otras historias y, sobre todo, sí podemos hacer buen cine fantástico de calidad. Tal vez todavía nos resulte extraño porque no tenemos una tradición sobre este tipo de narrativa, sobre este tipo de imágenes. Sin embargo, pocos pueblos son tan místicos como los nuestros, los latinoamericanos, y ahí también estamos. Qué bueno que existe “Diablero”, qué bueno que existe Clement y qué bueno que existe “Operación Bolívar”. Después de todo, ángeles y demonios siempre los tenemos mucho más cerca de lo que pensamos, aquí en la tierra y en la realidad. 

¿TE HA GUSTADO EL ARTÍCULO?

Suscríbete al boletín y recibe cada semana los contenidos en tu email.