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Soy culpable de haberme rapado

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Tengo 40 años. Aunque soy “tragoaños”, tengo 40 cumplidos. Y tengo canas, pocas, porque tengo poco pelo. Sí, poco pelo… Bueno, se llama calvicie hereditaria con las mismas entradas que tenía mi padre, pues. Y para colmo, un enamorado de tener el pelo largo, como alguna vez lo pude tener en mis años 20 tempraneros.

Pero el punto es que ahora tengo 40 años. Y estoy en esa edad, ya sea por la “crisis” o porque un día hacía demasiado calor en este pedacito de mapa fue que se me ocurrió que podía tomar una rasuradora eléctrica y cortarme el pelo al ras. Raparme, pues. Me equivoqué… De nuevo, me equivoqué.

Soy de la generación que todavía recuerda como la “Guardia” llegaba a la colonia de mi infancia y, con carné de minoridad o no en mano, te rapaban porque tener el pelo largo era “delito” o estaba cerca de serlo. Claro, los guerrilleros eran peludos, los revoltosos eran peludos, los hippies eran peludos, los universitarios eran peludos…

Yo me escapé varias veces de la rasuradora de “La benemérita”, aunque no corrí con la misma suerte frente al coordinador de tercer ciclo del colegio católico donde estudié y su “francesa clara” reglamentaria.

Claro, con 13 o con 20 años siempre fui de esos rebeldes. Tuve el “mechón” de los skaters en el bachillerato; me dejé el pelo largo en los primeros años de universidad para darle motivos a los compañeros para que la jodienda fuera alrededor del “pelo a lo Ricky Martin”; y me lo corte cuando entré a hacer periodismo, cuando me mandaron a una redacción deportiva porque era “el único lugar en que aceptarían a un peludo”.

Y desde entonces, hasta hace un mes, andaba “corte de varoncito” y todo el mundo tranquilo. Bueno, no tanto. Está el “arito”, “pendiente”, “argollita” en mi oreja izquierda. Eso y los tatuajes, todos muy personales y parte de mi historia de vida. Suficiente para tener que pelear mi derecho a mi imagen propia cada vez que tengo que sacarme la foto de un documento personal o cuando hay que entrar a una institución militar o policial.

Y uno se acostumbra y acostumbra a los demás, hasta que se te ocurre la triste idea de raparte. Entonces, con 40 años, como un loop, todo vuelve a empezar. Entonces, rapado a la cero, te bajas con escolta policial de una 30 B, justo frente al colegio donde 25 años atrás el coordinador de tercer ciclo te pasaba la tijera por “peludo”.

—¡Contra la pared!

—¿Por qué?

—¡Contra la pared! ¡Manos en la nuca y abra las piernas!

—…

—Su identificación…

—…

—¿De dónde sacó esta computadora?

—Con ella trabajo… ¿Le puedo preguntar por qué me revisa?

—Por sospechoso…

¡Al carajo la presunción de inocencia! En sus palabras, palabras de agente policial, era sospechoso de ser delincuente por estar rapado. Igual que él, pero sin uniforme policial. “¿Está consciente de que se ve puro  marero?”, me dijo a manera de disculpa después del cacheo. ¿Consciente? Claro, el combo: rapado, tatuajes visibles, arete y de paso parecer joven, o serlo para aquello que sí lo son, sigue siendo suficiente para ser sospechoso.

Lo fue para el agente policial, también lo fue para el joven sin tatuajes visibles, ni aretes ni pelo recortado al ras que empezó a rifarme su barrio un día después mientras iba por una calle de un colonia al sur de San Salvador que es parte de su “territorio”.

—¡¿Y vos qué, perro?!

—¿Perdón?

—¡¿Números o letras?!

—¿Perdón?

—¡¿Vos qué putas fingís, pendejo?!

—Nada… Ni uno ni lo otro… Me confunde…

—Vos no sabés dónde te estás metiendo…

—Voy de paso…

—¡Te estamos vigilando, perro!

—Disculpe…

De nuevo es sospechoso estar rapado. Me lo dijo un buen amigo: “Vos te lo buscás, por cortarte el pelo como marero”. ¿No recuerdan los años en que raparse era algo “normal” o producto de una apuesta desafortunada? No. Digo, ¿quién no apostó a que se rapaba sí Marte o Santa Clara quedaban campeones de Liga Mayor de Fútbol? “No”, me dijo y continúo: “es que mira tú plante: rapado, tatuado y con arete”. Claro, el estereotipo.

Me lo repienso, mientras me dejo crecer el pelo de nuevo: la teoría del enemigo interno sigue vigente en nuestro país. Eso, entre otras cosas, nos dejó la guerra: la desconfianza total hacia cualquier otra persona que tengamos frente a nosotros y que se vea diferente. Antes era ser peludo, hoy estar rapado, mañana que se yo, pero no importa. ¡Todos somos y seremos culpables de algo porque sí ante los ojos de los demás! Yo, hoy por hoy, soy culpable de tener calor un maldito día en este mi pedacito de mapa clavado en medio del trópico, culpable de pasarme una rasuradora al cero, culpable…

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#Violencia