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La Cuba descascarada de Padura: Cuatro estaciones en La Habana

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Netflix produjo una serie de cuatro capítulos, de hora y media cada uno, basada en las novelas del cubano Leonardo Padura que protagoniza el detective Mario Conde. El mismo Padura supervisó guion y producción. El resultado, un pequeño tesoro para los adeptos del escritor o de El Conde, el policía entrañable, medio cínico medio sentimental y melancólico, de la Cuba del periodo especial de los 90.


Mario Conde se parece bastante al Zurdo Mendienta, el detective del narco de Sinaloa, creado por el escritor mexicano Élmer Mendoza. Ambos, el Conde y el Zurdo, son de alguna forma las voces de las consciencias de sus sociedades latinoamericanas, carcomidas por la pobreza, la corrupción, las envidias, el arribismo y la violencia como argumento último. Pero también son diferentes, porque sus consciencias lo son: ahí donde el personaje mexicano dictamina y acciona empujado por el desdén a las convenciones sociales y morales de una sociedad inmoral, el cubano es incapaz de funcionar sin las dosis de lealtad que entiende como esenciales, las humanas y las que, aun desde su cinismo, no puede dejar de prodigar a la revolución.

“Demasiadas nostalgias lo ataban… a los amigos que le quedaban y a los que jamás podría abandonar, a ciertas pestes y olores, a muchos miedos y euforias: su ancla estaba encallada de un modo en que casi no hacía falta ni saberlo: simplemente estaba trabada, sin más remedio, por una necesidad fisiológica de sentir que pertenecía a un lugar”, escribe Padura desde las entrañas de Mario Conde en Paisaje de otoño.

Dice Padura de El Conde: “Lo que he hecho con Mario Conde, de alguna forma, es utilizar su punto de vista, su mirada, su perspectiva, su sensibilidad para hacer una crónica de lo que ha sido la vida cubana contemporánea en estos últimos veinticinco años y más atrás porque Conde, constantemente, va al pasado.”

Y dice Mendoza del Zurdo: “En vez de tener los 15 minutos de fama lo que tiene son 15 minutos de lucidez. Y en esos 15 minutos es que él ubica en qué país vive, cuál es su situación, por qué está metido en la policía, cuáles son las debilidades de su profesión.”

Son estos dos policías hijos de sus tiempos, enfrentados a ellos, y no sin cierta complicidad, a elites autoritarias, corruptas, que engullen y vomitan a quienes no se arrodillan ante ellas, narcos en México, burócratas que son dueños del destino en la Cuba revolucionaria.

Es por la riqueza que Mendoza y Padura dieron a sus dos detectives en sus novelas que ambos personajes nos cuentan con tanta certeza sus entornos; y es porque lo cuentan desde todas sus imperfecciones humanas que sus historias son también las de sus países, y por eso son tan satisfactorias, tan intensas.

Jorge Perugorría en una escena de la miniserie Cuatro estaciones en La Habana. Foto tomada de sensacine.com

Y por todo eso dice bien Padura, con razón y con un dejo de arrogancia, que la suyo no es novela noir común, sino que es una diferente a la holmesiana, donde los meandros internos de Sherlock se esconden más sutiles bajo los pormenores de los crímenes cometidos en las sombras del Londres victoriano. Dice Padura que con Conde pasa al revés: los asesinatos que hacen brincar los resortes de su detective son, acaso, una excusa: “Todo eso viene después… es esa mirada social, esa indagación en una circunstancia tan peculiar como la cubana, tratando de ver desde su interior a través de un personaje muy anclado en esa realidad”.

En sus libros, y gracias sobre todo a sus dotes descriptivas, capaces de hacer al lector incluso oler los rincones que sirven de entramado a la acción, la circunstancia cubana “peculiar” es tan intensa que esconde con muchísima eficiencia la trama detectivesca cuando esta es por demás predecible. Es cierto: aquí lo importante no es quién mató o cómo mató, lo importante es cómo se explica el Conde, desde su pesquisa, “como La Habana de tanto decaer se fue a la mierda”.

A finales de 2016, Netflix estrenó en Latinoamérica “Cuatro estaciones en La Habana”, una miniserie de cuatro capítulos de 90 minutos cada uno. Se trata de las adaptaciones para televisión de las novelas Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Paisajes de otoño y Máscara, los títulos de la tetralogía sobre Mario Conde.

El actor cubano Jorge Perugorría, a quien en El Salvador conocimos por la ya clásica Fresa y Chocolate, de los directores Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, es el encargado de llevar a Mario Conde a la pantalla.

No sé, pero me parece que Perugorría actúa como cansado o, peor, como quien no se cree del todo los recovecos de el Conde. Y eso es un pecado. El detective es, en el papel, un personaje completo, contradictorio, pero en el cuerpo de Perugorría, y sobre todo en su gesto, ya no lo es tanto. Lo que tendría que haber sido uno de los fuertes de la adaptación visual -y es sin duda uno de sus principales ganchos- termina siendo su mayor debe. Una lástima.

Los secundarios, sobre todo las mujeres, son otra historia: las amantes de Mario Conde aman a la cámara y la cámara las ama a ellas; se despliegan completitas, retando las ñoñerías del detective, obligándolo a enfrentarlas para enfrentarse a sí mismo. Juana Acosta y Laura Ramos destacan.

También los co-protagonistas hombres llenan pantalla con la energía que al protagonista le falta. Candito el rojo, amigo de El Conde, informante del bajo mundo convertido al cristianismo, tiene registros geniales. O el mayor Antonio Rangel, interpretado por Enrique Molina.

El realizador español Félix Viscarret -quien co-escribió el guion con Padura y la esposa de este, Lucía López Coll- es el mago detrás de la cámara: su visión de La Habana del periodo especial, la de los 90, es esencial, protagonista de este relato sobre Mario Conde y sus casos, sus asesinos y sus víctimas, que es al final un relato subterráneo de esa Cuba de fin de siglo XX.

A Viscarret le gusta mucho frasear con sus planos y tiros de cámara. De la frase larga, escrita con una panorámica a vista de pájaro o desde el punto de vista de un protagonista posicionado en un edificio alto y corroído, el director nos muestra una Habana más bien neutra, bañada por imposibles cielos azules. Pero esa frase es, en realidad, un engaño, una ilusión efímera: de ahí, Viscarret nos llevará a la frase más corta, a los puntos y seguidos, a los párrafos visuales constreñidos en callejones descascarados, salas atemporales, rostros cansados de tanto esconder.

Ese fraseo es, en sí mismo, una metáfora: La Habana es, casi siempre, lo que esconde.

Quien ha visitado La Habana, quien fue ahí a final de los 90 o principios de la década pasada, quien se recorrió El Vedado, las calles aledañas a la parte vieja, los parques que salpican Línea, las cuarterías apiñadas, paladeará, gracias a la visión de Viscarret, los rincones más auténticos de la ciudad sitiada entonces, y como nunca, por la terquedad de quienes decidían su destino y el de los habitantes de esos barrios a punta de autoritarismo y bloqueos.

Hay cubanos, por supuesto, a los que la adaptación de Netflix no les gusta, en esencia porque no les gusta Padura, a quien, entre otras cosas, acusan de escritor sobrevalorado que trata con timidez los desmanes del régimen. Rafael Piñeiro López, crítico y ensayista cubano, escribe: “En esta… historia vuelve a hacerse patente la estafa ideológica que anima a las narraciones Padura. Conde no es el individuo escéptico y rebelde que se nos pretende vender.

Pero el de Piñeiro es, al final, un reclamo que está más basado en su concepción de la Cuba castrista que en una crítica a la estética o la técnica de Padura. Es, el de él, un reclamo más ideológico.

En conjunto Cuatro Estaciones en La Habana es un producto digno de ser visto. Primero, porque hace honor a las letras de Leonardo Padura, cuya novela negra podrá gustar más o menos, pero de cuya confección de personajes y ambientes, y de su capacidad para hablar a través de ellos de la Cuba descascarada de los 90, es de necios renegar.

Y segundo porque la confección visual de Viscarret, desde la puesta en escena dramática hasta su construcción de los personajes, es correcta, y en muchos tramos incluso extraordinaria.

Cuba, sandeces de Trump aparte, abre cada vez sus rincones más oscuros al resto del mundo, y eso es algo que, desde una barra maloliente en un antro habanero, con un vaso de ron enfrente y otros cuatro entre pecho y espalda, ya había empezado a hacer Padura a través de la voz de Mario Conde. Hoy podemos verlo en la tele.

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