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Crónica salvadoreña del Riot Fest 2017

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La siguiente crónica detalla las incidencias de uno de los festivales musicales más importantes que se realiza cada año en Estados Unidos. Un grupo de salvadoreños vivió la experiencia del Riot Fest 2017, realizado en la ciudad de Chicago, donde se presentaron artistas de fama mundial como Ministry, Nine Inch Nails, New Order, M.I.A., Queens of The Stone Age y Danzig, entre muchos más.

Fotos FACTUM/Gerson Vichez


Una vez escuché decir que el presupuesto nacional de un país es el máximo documento político de un gobierno. No importa si en lo discursivo, la salud —por ejemplo— es la prioridad; si no se refleja en el presupuesto. Lo mismo pasa con los horarios personales en un festival de música. Organizar cuáles bandas elegirás entre las que tocan simultáneamente no deja espacio para guardar la imagen: la prioridad son las bandas amadas. Sobre esos horarios hablaba con cuatro salvadoreños mientras almorzábamos la tarde del 13 de septiembre. Estábamos en Chicago, Estados Unidos, a un par de días de vivir el Riot Fest 2017.

El Riot Fest es un festival y carnaval musical que inició en 2005 y que poco a poco ganó reputación debido a la curaduría del cartel; y además porque suele lograr reuniones históricas, como la del año pasado, cuando obraron el milagro de juntar a Glenn Danzig con Misfits.

Portada de un periódico local, y que mostraba con anticipación la emoción por la nueva edición del Riot Fest.
Foto FACTUM/Gerson Vichez.

El enfoque principal del festival es el punk, la música alternativa y el hip hop. En esos géneros, hay de todo y para todos. Los medios locales hacen eco del hecho e incluso le dedican portadas.

Uno de los mayores atractivos de este año es Nine Inch Nails, una leyenda viva del industrial rock, con nuevo material bajo el brazo: el álbum “Add Violence”. La banda decidió que la edición en vinilo fuera presentada en una tienda de la zona, llamada Reckless Records.

Luego de comer, acompañé a una amiga a la tienda. Digo “acompañé” porque, honestamente, no soy un gran seguidor de esta banda, aunque sí admiro mucho (sobre todo como productor) a su vocalista, Trent Reznor. No logramos lugar adentro del negocio, pero sí escuchamos toda la conferencia de prensa y luego vimos la demencial venta de discos.

Después hice un par de rutas obvias de turismo, para regresar a descansar y guardar energías con la finalidad de vivir al máximo la intensidad de los tres días de música que se aproximaban.

Día 1

Hice fila para entrar al Douglas Park, el hermoso y enorme parque donde por tres días sobraría música. Era uno más de los muchos chavorrucos por entrar. Había pocos jóvenes, quizá por que era día de clases. También había muchos adultos mayores. Esto último me resultó curioso, porque en El Salvador la presencia de personas mayores de 40 años en conciertos es mínima o nula. Luego de entrar, mostré mi documento de identidad, para que me dieran una pulsera que me permitiera comprar alcohol.

Todo estaba estratégicamente ubicado: cientos de sanitarios portátiles, dispensarios de gel para limpiar manos, zona para tomar agua, ventas de comida y mercadería oficial del Riot Fest y de las bandas. Además, había lugares para entregar o pedir objetos perdidos, como también puntos para emergencias de salud. No todo era música. Una de las cosas más llamativas es que en el carnaval había un circo y juegos mecánicos.

Una constante en los festivales de música es que no existen localidades diferenciadas. Los beneficios de las entradas VIP son otros. Por tanto, acceder frente al escenario se trata simplemente de llegar temprano. Aquello era fácil en los primeros shows del día, pero conforme la tarde avanzó, el nivel de dificultad aumentaría.

Mi primera elección para el viernes fue Tobacco, un músico de electrónica, también famoso por ser el frontman de la banda Black Moth Super Rainbow. Él se hizo acompañar de una banda completa y todas sus canciones sonaron más pesadas que en estudio. Sin mayor interacción con el público que su energía en el escenario, Tobacco desarrolló su presentación y, al final, se retiraría sin despedirse, a la 1:20 p.m., como estaba anunciado. Todas las bandas sabían que el horario era estricto, así que lo cumplían.

Me trasladé al escenario de al lado. No podía evitar pensar en el gran trabajo de producción. Dos de los seis escenarios tenían el tamaño del que montaron en El Salvador, en el en Estadio Jorge Mágico González, para la presentación de Iron Maiden. Esos eran los escenarios principales. Pese a la cercanía, el sonido había sido perfectamente aislado.

A la 1:25 de la tarde, inició el show de INVSN, una banda de post-punk originaria de Suecia. El grupo es bastante nuevo, pero sus integrantes son viejos conocidos. El vocalista, Dennis Lyxzén, también canta y lidera la legendaria banda de post-hardcore Refused. Y justamente esto hizo la diferencia, porque en la cultura hardcore no existe división entre el público y los músicos. A la mitad de show, Dennis terminó en medio del público, sin seguridad a su alrededor, bailando e incluso abrazando a los asistentes. Como buen punk, tuvo palabras contra el sistema, el racismo, el clasismo y el peculiar momento político que vive Estados Unidos. INVSN cumplió. Su espectáculo fue mejor de lo que esperaba.

A las 2:15 p.m. empezó LIARS, una respetada banda estadounidense de post punk y dance punk. Su vocalista y único miembro permanente, Angus Andrew, vestía de novia, con un vestido blanco y velo. Atrás de él estaban el baterista y el encargado de las guitarras y los sintetizadores. Angus tenía debajo de su micrófono el voice coder. Estaba decido a dejarlo todo y hacer saltar a los presentes, algo que lograría.

Agotado por esos tres shows, decidí descansar un poco y ver de lejos a X, uno de los puntos obligados de este festival, ya que se trata de un grupo pionero del punk rock en Estados Unidos. Iniciaron en 1977 y siguen dando la batalla, aunque con evidente desgaste. Era la segunda vez que los veía. La primera fue en Costa Rica, en 2011, cuando fueron teloneros de Pearl Jam. Los años de diferencia entre un show y otro parecen décadas, pero aun así no decepcionan.

Faltaban cinco minutos para las cuatro y la franja ‘punk en etapa de jubilación’ aún no terminaba. En el escenario principal estaba otro de los pioneros del género, una leyenda llamada Buzzcocks. El setlist iba a lo seguro. Abireron con “Boredom”, tal como lo viví decenas de veces a través de sus discos grabados en directo. Una hora, 19 canciones, con espacio para bromas y saludos. Las arrugas en sus integrantes delatan la vejez que su energía en el escenario niega. Finalmente se despidieron con un clásico de clásicos: “Harmony in my head”.

Buzzcocks es una banda británica de punk rock formada en Inglaterra, en 1976. Son considerados como una importante influencia en la escena musical de la ciudad de Manchester.
Foto FACTUM/Gerson Vichez.

El escenario más pequeño del festival era del tamaño de cualquier escenario montado en un pabellón de CIFCO. Estaba reservado para las bandas más underground y para las locales. Caminé para lograr ver a Chon, cuatro talentosos californianos que juegan entre el progressive rock y el math rock. La fineza en vivo es igual de alta que en estudio. Eran las 5:50 p.m. y los escuchaba acostado a la sombra de un árbol que fungió como limpieza auditiva y preparación corporal para lo que venía.

Hidratado, descansado y casi en paz con el universo, regresé a uno de los escenarios grandes para presenciar al músico y superviviente Al Jourgensen, con su empresa más famosa e influyente: Ministry. El tío Al es de Chicago, así que estaba en casa. Pasaron cinco minutos de las 6:00 p.m. y las pantallas proyectaron la iconografía clásica de Ministry. Con ellos arrancó el primer plato fuerte del viernes. El tema que eligieron para abrir fue “Psalm 69”. La convocatoria hizo efecto y cientos acudieron. Para el escucha atento, la politización de esta banda es algo de toda la vida; para los más descuidados, quizá no sea así. Por eso había caras largas cuando la pantalla mostró al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibiendo mil puñetazos sin parar; intercalando imágenes de supremacistas blancos golpeados para la canción “Punch in the face”.

Unos cuantos decidieron retirarse.

Pero por lo visto, esa noche Ministry no quería nada que oliera a derechas en su show. La pantalla mostró la bandera antifascista, al mismo tiempo que dos personas marchaban con ella sobre el escenario. El tema en cuestión es nuevo y lleva por nombre “Antifa”. Causó efecto: un buen número de personas se retiraron del show. Los que quedamos nos reagrupamos. Y otros más, finalmente, se acercaron. La fiesta recién iniciaba.

Lo politizado no bajaría y el setlist tampoco lo permitía, con temas como “Rio Grande blood”, “Señor Peligro” y “N.W.O.”, entre otras. Esta última canción me recordó que en uno minutos se presentaría New Order, en el escenario que estaba a la par. Junto con mis compañeros de festival concluimos que la decisión más sabia era terminar de ver a Ministry desde el otro escenario, para lograr un buen lugar. Así hicimos. La banda cerró su presentación con “Thieves” y “So what”. Nada más que agregar: estuvieron geniales.

Ya ubicados donde queríamos, logramos estar bastante cerca del escenario. Estaba ansioso. New Order es una banda que he escuchado toda mi vida, pero con una pequeña muestra de presentaciones en vivo —de las que están en YouTube— basta para saber que sus conciertos son una ruleta rusa, donde nunca se sabe si tocarán bien o mal. Primera buena señal: observé que el escenario estaba preparado para una banda completa. Luego empezó un alucinante juego de luces. Segunda buena señal. Todas las dudas quedaron disipadas a las 7:10 de la noche, cuando Bernard Sumner y compañía saludaron y abrieron el show con el segundo corte de su último disco, “Singularity”. La euforia colectiva dijo presente y los veteranos de la electrónica sacaron su primera arma secreta: “Disorder”, un tema original de Joy Division, la banda que terminó en 1980, con el suicidio de su vocalista, Ian Curtis. Los miembros restantes iniciaron ese mismo año la agrupación inglesa que esa noche, 37 años después, congregaba a miles para su ceremonia en el Riot Fest.

New Order es una banda británica de ‘synth pop’ formada en 1980. El grupo está integrado por Bernard Sumner, Stephen Morris, Gillian Gilbert, Phil Cunningham y Tom Chapman.
Foto FACTUM/Gerson Vichez.

El setlist continuaría en lo inesperado, esta vez con un tema del disco “Power, corruption & lies”: “Ultraviolence”, un guiño a los fanáticos más fieles. New Order siguió con la misma producción, esta vez con el tema “Your silent face”. Las versiones eran apegadas a las originales y por eso, con solo los primeros beats, todos reconocimos “Subculture”.

Esa noche New Order era un francotirador y no desperdiciaba un solo segundo: “Bizarre love triangle”, “Plastic”, “True faith”, “Blue monday”. El festival de punk se había convertido en una discoteca gigante. Luego tocarían por primera vez en América la canción “Temptation”. La felicidad abajo del escenario era absoluta. Se despidieron. Todos estábamos satisfechos, pero por deporte pedimos otra. Regresaron. En la pantalla apareció Ian y comenzó un riff que todos conocíamos. Los gritos se multiplicaron. El tema extra era “Love will tear us apart”, de Joy Division. La imagen de su fallecido compañero fue intercalada con el texto “Forever Joy Division”. New order demostró que su catálogo de éxitos es tan amplio que fácilmente obviaron dos décadas (’90 y ’00) sin problema. La experiencia me dejó sin energías y con nula capacidad de concentración.

Me acerqué a la presentación de Nine Inch Nails, pero no logré que mi cerebro se integrara al momento. Continuaba con New Order. Una amiga estaba igual y optamos por dar una vuelta. Terminamos subiendo a la noria, comúnmente conocida como “La Chicago”. Justo estábamos desde las alturas, viendo el escenario, cuando inició “Closer”. Terminó la vuelta y nos acercamos al show. En seguida sonaría “Copy of A”.

NIN fue la banda que cerró el primer día. La mayoría de los que estaban en este concierto, como mínimo, vestían una camiseta de la banda. Muchos tenían tatuajes alusivos a la misma. Trent Reznor debe mucho de su carrera a su amistad con el fallecido David Bowie, por eso es que esa noche fue emotivo cantar “I can’t give everything away”.

Con 17 temas, Nine Inch Nails dio a sus fieles lo que esperaban y más. Pero tuvieron tiempo extra y agregaron tres canciones más. La última fue “Hurt”, coreada masivamente.

El cansancio pasó factura y ya era tiempo de volver a la casa temporal. Al día siguiente esperaba otra jornada exigente.

Día 2

Una buena ducha y un desayuno doble. Era sábado, 16 de septiembre, y ya estaba listo para empezar el segundo día del Riot Fest. Salí a las 12:55 del mediodía  y… “my god is the sun”. Hacía un sol insoportable. La primera banda de la jornada sabatina era una leyenda del punk británico: GBH. Un ‘cincuentañero’ con una chaqueta de cuero y demás indumentaria punk dirigía el show como su tuviera 20 años. Se trataba de Colin Abrahall, integrante de la banda desde 1978. No había tiempo para treguas, la descarga llegaba sin pausas.

La siguiente banda en mi lista era La Armada, un grupo de hardcore-punk formado en República Dominicana. Desde hace varios años viven en Chicago y poco a poco han ganado seguidores en el circuito underground de Estados Unidos y del mundo.  A las 2:00 p.m. aparecieron en escena y taladraron los cerebros de los asistentes, no solo por su estridencia musical, sino porque su música está llena de crítica social.

En el circle pit compartían espacio mujeres y hombres, negros, blancos y latinos; ningún malentendido iba demasiado lejos. La Armada cumplió y se despediría entre aplausos.

A continuación me ubiqué en el escenario donde se presentaría Peaches. Apareció con un gran abrigo y una vagina en su cabeza, el statement iniciaba. El verdadero nombre de Peaches es Merrill Beth Nisker. Es canadiense y a sus 50 años es un icono de libertad sexual femenina.

Al poco tiempo se incorporaron dos bailarinas al escenario. Fueron 45 minutos de agresiones y transgresiones a la moral conservadora muy bien articulados. Incluso retó la censura de la transmisión del Riot Fest (ver video). En la pista de baile cabían todos, desde los que usaban un look pop; hasta metaleros y punks. Peaches se retiró con una ovación total del público.

A las 3:25 de la tarde entró en escena Dead Cross, una superbanda liderada por Mike Patton (Faith No More/ Tomahawk/Fantômas) y Dave Lombardo en la batería (Suicidal Tendencies/Misfits/Slayer/Fantômas). Mientras que los otros dos miembros provienen de Retox. Dead Cross se autodenomina como punk rock, pero evidentemente su propuesta tiene más decibeles, por eso roza con el crust y el thrash. Mensajes politizados y bromas de padre de familia por parte de Patton. El setlist incluyó un cover de Bauhaus: “Bela Lugosi’s dead”; y uno de GG Allin: “Suck my ass it smells”. Eran las 4:00 p.m. y todo el público tenía los ánimos al máximo. Para la despedida hicieron estallar a los asistentes con “Nazi punks fuck off”, original de Dead Kennedys.

Nuevo cambio de escenario. Esta vez la misión era Bayside. La banda ya estaba lista para iniciar. Tocarían completo su disco “The walking wounded”, por su décimo aniversario. Todos rondábamos una media de 30 años de edad y coreamos cada palabra del disco. La lista era precisa. Le siguieron “They’re not horses, They’re unicorns”, “Duality” y “Carry on”. A este punto me detuve para ver un poco de Fidlar.

Bayside ofreció un concierto en el que tocaron todos los temas del disco “The walking wounded”.
Foto FACTUM/Gerson Vichez.

Fidlar es de las bandas de moda entre los más jóvenes. De hecho, en este show todos en el público parecían entre 15 y 25 años. Y sí, se nota en toda la energía. Un amplio circle pit y mucho crowd surfing. Satisfecha mi curiosidad —y a pesar de estar integrado en el show—, recordé que estaba a pocos minutos de la reunión de Bad Brains, así que tocó sacrificar un par de temas de Fidlar para lograr un buen puesto.

Finalmente, llegó el turno de escuchar a una de las bandas pioneras del hardcore: ¡Bad Brains! No era un sueño, aunque parecía. Ahí estaban esas leyendas que iniciaron tanto. Mi emoción comenzó a menguar. Primero sospechaba que el sonido no era muy bueno. Tocaron “I luv I Jah” y “Jah love”, dos de sus canciones de reggae/dub. Les doy el beneficio de la duda. Luego llegaron dos temas acelerados: “Soul craft” y “Pay to cum”, pero les ponen freno.

Evidentemente, H.R. ya no está capacitado para cantar, y menos para encender al público. Sin embargo, los asistentes eran indiferentes a esto y continuaban disfrutando. Puse de lado mi admiración y tuve que admitir que el espectáculo era malo y que sonaban fatales. Entendí las razones, pero opté por retirarme.

Con esa ventaja de tiempo, logré colarme hasta muy cerca de la tarima donde Danzig tocaría completo el “How the gods kill”, su tercer álbum. Ya eran las 5:30 de la tarde. La misa inició y se desarrolló sin desperdicio. Incluyeron canciones que jamás fueron tocadas en vivo, como “When the dying calls”. La gran masa negra sabía que había llegado el final con ese tema, porque es el que cierra el disco. Pero Glenn estaba de buen humor y tenía preparados cuatro regalos. El primero fue “Twist of Cain”, el corte que abre su álbum debut, el mismo que todo reconocimos de inmediato. El circle pit creció y se reprodujo. La banda aprovechó el entusiasmo para presentar un tema nuevo: “Devil on Hwy 9”. Después retomaron algo de su segundo disco: “Her black wings”. Todos aplaudimos y agradecidos por el tiempo adicional, pero faltaba el tiro de gracia. Con el primer riff lograron que todos tuviéramos los puños en alto. Era el himno llamado “Mother”, coreado de principio a fin. No hubo tiempo para más y así se despidieron.

Tras su salida de The Misfits, Glenn Danzig formó la banda que se convirtió en su sello musical.
Foto FACTUM/Gerson Vichez.

El show de Danzig me quitó el mal sabor de boca de Bad Brains. Debo apuntar que Glenn tampoco está en una buena etapa vocal, aunque sabe lidiar con ello.

Me relajé viendo el DJ set de Mike D. ¿Les suena el nombre? Era uno de los miembros de Beastie Boys, quien no se limitó solo a mezclar. De vez en cuando soltó algunas rimas y jugó en el escenario con temas como “So what’cha want”, “Sabotage”, “Sure shot” e “Intergalatic”.

Finalmente, decidí caminar al escenario donde horas más tarde estaría Queens of the Stone Age, los headliners de aquel sábado. Aún estaba en escena Gogol Bordello. La misión era buscar un espacio que permitiera ver al escenario de al lado, donde estaba At The Drive In y luego solo girar la cabeza para QOTSA. ¿El sacrificio? Perderme el show de Wu-Tang Clan, que estaba pautado para tocar completo el disco “Enter the Wu-Tang (36 Chambers)”.

Misión cumplida. Con mucho esfuerzo conseguí un espacio privilegiado. Eran las 7:40 de la noche, At The Drive In estaba en escena. Cedric Bixler y Omar Rodríguez sabían que eran parte de los grandes favoritos de esa noche, por eso no se guardaron nada e iniciaron con “Arcarsenal”. Para entonces no cabía un alma y todos saltamos y gritamos de forma casi coordinada. Luego tocaron “No wolf like the present”, un corte de su última producción. En ese juego siguieron, entre su disco más famoso, “Relationship of Command”, y su nueva producción. El ejercicio se rompió con un regalo para los fanáticos más fieles: “Napoleon solo”, un tema del disco de 1998, “In/Casino/Out”, al que le siguió otro corte reciente, “Governed by contagions”. Cedric conserva su voz. Con él ya no hay gritos desgarrados, aunque el resto de matices vocales no le fallan. A veces le daba por subir a los amplificadores y saltar y otras por hablar el español de sus raíces latinas. El espectáculo llegó a su final y el himno elegido no podía ser otro más que “One armed scissor”.

La locura fue global.

Unas cuatro líneas me separaban de la tarima. El escenario de Queens of the Stone Age era sobrio. No había visuales ni exceso de luces. Jon Theodore (ex The Mars Volta) dio por iniciada la presentación con la batería. No hubo saludos. Luego se integró el resto de instrumentos y la voz de Josh Homme para la canción “You think I ain’t worth a dollar, but I feel like a millionaire”. Después de esa, las palabras que miles repetimos en seguida fueron “nicotine, valium, vicodin, marijuana, ecstasy and alcohol”, para “Feel good hit of the summer”. Esta banda no vive solo de nostalgias; sus discos siguen siendo relevantes, por eso todos recibimos con igual entusiasmo los temas “Feet don’t fail me” y “The way you used to do”, de la producción recientemente estrenada: “Villains”.

Finalmente, Homme habló y reconoció a sus ídolos de toda la vida, los mismos que estuvieron en el mismo escenario que ellos en la tarde: GBH. Y luego mencionó a otras de sus bandas favoritas que habían tocado en el festival, donde incluyó a Wu-Tang Clan. Continuó la selección de éxitos con canciones como “My god is the sun” hasta “Go with the flow”.

Cada músico parecía una máquina, sin mucha acción, pero ejecutando perfectamente cada tema. Sin mayor protocolo, llegó el final con “A song for the dead”. Luego, simplemente se retiraron, mientras todos pedimos “otra” infructuosamente.

Formada en 1997, Queens of the Stone Age es una banda originaria de Palm Desert, California.
Foto FACTUM/Gerson Vichez.

Llegó el momento para buscar comida, repasar lo vivido y luego a descansar para esperar el último día del festival.

Día 3

Mi idea era estar a la 1:00 p.m. en el festival y ver a Downtown Boys y luego a Real Friends. Pero no lo logré. Eso sí, llegué a tiempo para la foto de la “delegación guanaca” en el festival y que además quedó documentada por el TimeOut.

Eran las 3:00 de la tarde y llegé a tiempo para ver a The Orwells, una banda de garage rock que tengo pocos meses de escuchar. No tenía muchas expectativas, pero poco a poco la actitud autodestructiva del vocalista, Mario Cuomo, terminaría por atrapar mi atención. El punto final lo puso “Double feature”. Poco antes de terminar la canción, Cuomo soltó el micrófono y escaló la estructura ubicada al lado del escenario. Al estar en el techo, evidentemente inseguro, se dejó rodar a través de este y desapareció. Los músicos continuaron y hasta improvisaron. El guitarrista retomó el micrófono, abandonado y terminó cantando por última vez el coro. Luego también se retiraron y todos aplaudimos por largo tiempo.

Poco antes de las 5:30 de la tarde alcancé un buen lugar para ver a Minus The Bear. Con ellos viví lo que siempre esperé de en uno de sus directos: absoluta destreza. Como agregado, el humor de su vocalista y guitarrista, Jake Snider, es bastante ácido. Bromeó sobre la reunión de Cap’n Jazz, que tocó horas antes. También se burló de Pennywise, que estaba tocando al mismo tiempo, en el escenario de al lado. Con solo nueve temas cumplieron la misión. Entre las canciones elegidas estuvieron “Last kiss”, “My time” y “Pachuca sunrise”.

A las 6:35 p.m. me estaba acercando al escenario donde ya tocaba una leyenda viviente de la música independiente: Dinosaur Jr. Incluso los que no estaban viendo el show cantaban la canción que en ese momento ejecutaban, porque se trataba de “Just like heaven”, orignal de The Cure. Ese día la banda tocó completo el disco “You’re living all over me”, por sus 30 años. El disco cierra con el cover de The Cure, pero esta vez funcionó al revés. Continuaron con otro cover, esta vez de Deep Wound, la banda de hardcore y grindcore que tenían algunos integrantes de la banda antes de Dinosaur Jr. Después siguieron completo el disco prometido. Terminaron con “Poledo” y entonces entendí que ya era hora de volver a reservar un buen espacio en otro escenario.

Llegué a mi penúltimo show de este festival. Mi elección era M.I.A. La decisión no fue difícil, porque tocaba al mismo tiempo que Prophets of Rage, a quienes afortunadamente vi a inicios del año en el Vive Latino.

Eran las 7:40 p.m. y M.I.A. no aparecía. El escenario ya estaba montado: un simple borde en el que figuraban rejas cortadas por la mitad y luces. Pasaron los minutos y no había respuesta. Iniciaron los visuales: increíbles. Entró en escena un DJ, que levantó los ánimos. Luego se integraron las bailarinas y raperas que acompañan a M.I.A. Y finalmente ella. M.I.A. es como una religión. Por eso, con un par de gestos, el público supo cómo responder. La canción elegida para arrancar fue “Borders”, un tema de su última producción. No hubo pausas y le siguieron “Go off”, “Pull up the people”, “Bamboo banga”, “20 dollar”, “Bucky done gun” y “Bring the noize”.

M.I.A. no descansaba. Subió el borde en medio del escenario y siguió rapeando; luego bajó hasta el público, al que pidió que la sustuviera para seguir con “XR2”. Tampoco los gritos de los asistentes tuvieron pausas. Llegó el turno de “Born free” y luego la despedida.

M.I.A.
Foto FACTUM/Gerson Vichez.

Nadie se retiró. Y en el mismo orden que al inicio, reaparecieron todos. M.I.A. agregaría siete canciones al show, como “P.O.W.A” y “Bad girls”. El último tema de la noche fue “Paper planes”, para el que pidió que todos los que estaban en backstage salieran al escenario. Logré identificar al rapero Vic Mensa y al prodcutor y rapero Blaqstarr. Todos bailaron en el escenario. Acto seguido se despidió y, esta vez, abandonamos de inmediato el lugar.

Mi cerebro debía cambiar la configuración, porque del hip hop pasé al punk y emo de Jawbreaker, los elegidos para cerrar el festival. Jawbreaker es de las bandas fundamentales de la ola noventera del emo. Se desintegraron en 1996, pero Riot Fest logró la reunión. No faltaron temas como “Boxcar”, “West Bay invitational” o “Parabola”. Poco después de la mitad del show tocaron mi favorita: “Condition Oakland”. Incluyeron el audio de Jack Kerouac leyendo “October in the railroad earth” y me di por satisfecho.

El vocalista, Blake Schwarzenbach, agradeció después de cada canción, pero fue casi al cierre que dio unas palabras. Respondió a la pregunta que cuenta que todos le han hecho sobre el futuro de Jawbreaker. Dijo que regresarían a donde estaban: a no existir. Rió y luego cargó contra el capitalismo y el racismo. Los tres temas elegidos para el cierre fueron “Chemistry”, “Kiss the bottle” y “Bivouac”.

Destruyeron la batería, se fueron y nosotros con ellos.

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#Música