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¿Cómo hablamos de moral, urbanidad y cívica en el currículo nacional?

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Hace ya un poco más de un año, la Asamblea Legislativa decretó como obligatoria en el currículo nacional la asignatura de Moral, Urbanidad y Cívica para todos los niveles de la educación (desde parvularia hasta bachillerato). A la fecha ya se elaboró su plan de estudios, con sus variantes y adecuaciones para primaria, tercer ciclo y media, y tiene como objetivo incorporarse al plan de estudios nacional a mediados de este año. Según declaraciones del ministro de Educación, la elaboración de estos planes es producto del trabajo entre algunos docentes y especialistas.  Agregó que se están preparando alrededor de 300 especialistas para replicar el contenido de la asignatura con todos los docentes.

Hace un año, cuando conocí esta propuesta – que finalmente se aprobó- y di mi opinión sobre la misma, aclaré, como punto de partida, que tomar una postura con respecto a este tema no era tan sencillo como decir que algo es blanco o es negro, o que algo es bueno o malo; pues el tema tiene buenas intenciones, pero en él hay demasiados matices y hay varias preguntas por hacer. Y este sigue siendo mi punto de partida.

De un año para acá ha habido muchos avances en cuanto a la elaboración y concreción de esta asignatura. Revisando un poco entre los planes de estudio de esta asignatura encontré algunos ejes temáticos que se definen como la espina dorsal: derechos, deberes y vida pública; pensamiento crítico y juicio moral; ciudadanía política y mundial (participación y responsabilidad democrática); memoria y pasado reciente; diversidad e identidad (valoración de las diferencias); convivencia, cultura de paz y derechos humanos, ecología y ética de consumo.

Estoy parcialmente de acuerdo con los ejes temáticos que esta asignatura concentra y su intención de hacer de  la escuela un espacio de construcción y fortalecimiento de la ciudadanía y democracia. Ahora bien,  primero, hay que aceptar que la escuela no es la panacea o el lugar mágico que resuelve conflictos, injusticias, deudas, vacíos y debilidades históricas de nuestra sociedad salvadoreña; y segundo, muy ligado con lo anterior, es que la escuela no es una entidad aislada de la dinámica del mundo, concretamente, de la realidad salvadoreña. Así como la misma asignatura de Moral, Urbanidad y Cívica se plantea que lo que pasa en la escuela impacta lo que pasa afuera y a futuro, yo agregaría que la escuela se contagia, se llena y, sobre todo, se ve afectada por lo que pasa afuera.

Sin duda, hay diferentes miradas desde las cuales reflexionar sobre la asignatura de Moral, Urbanidad y Cívica; desde el análisis de los contenidos específicos del plan de estudios, sobre el proceso de diseño y elaboración de la asignatura y quiénes han quedado excluidos del mismo, hasta cómo será el proceso de implementación de este nuevo plan de estudios: cómo se lleva a la práctica cotidiana de las escuelas y la práctica cotidiana de cada uno de los docentes. Sin embargo, en este espacio, me voy a concentrar, por una parte, en el riesgo que existe de caer en una visión ingenua o idílica  (ya sea de forma intencionada o no) sobre conceptos como ciudadanía, democracia, participación ciudadana, diversidad, convivencia, vaciándolos de significado e impacto, y sin que aparezca, explícitamente, una articulación central de cómo la exigencia de la justicia en nuestra sociedad es algo indispensable en la formación y construcción de una mejor ciudadanía y democracia.

Por otra parte, en el riesgo de caer en la incoherencia entre cómo se plantea que a través de esta asignatura se busca alcanzar un tipo ideal de ciudadanía, un tipo ideal de juicio moral, de participación y cultura de paz, pero no se aplica, no se exige, ni se articula con otros espacios y actores de la vida pública en El Salvador, indispensables para que el país entre en un proceso de transformación.

Cuando hablo del riesgo de caer en una visión muy ingenua e idílica de estos conceptos y valores y vaciarlos de significado me refiero a que se aspira a construir ciudadanía, pero dentro de ciertos “límites”: sin pretender mover o cuestionar la configuración histórica de estructuras sociales, económicas o políticas tradicionales que reproducen y profundizan relaciones asimétricas y de desigualdades en la sociedad salvadoreña, sin meterse en temas delicados como la comprensión de la búsqueda de la justicia como uno de los compromisos fundamentales en la construcción y fortalecimiento de la democracia y de la ciudadanía de los salvadoreños. Partiendo de esto, creo que vale la pena, al menos, preguntarnos en el marco de los propósitos de esta asignatura ¿Qué implica construir ciudadanía? ¿Qué implica promover el diálogo y la participación ciudadana? ¿Cómo se abordan los límites que existen en nuestra sociedad para la construcción de esa ciudadanía de la participación plena, del diálogo y de la democracia? ¿Qué se entienden por construir nación y desde qué visiones se construye el ideal de nación? Pronunciar palabras como ciudadanía, democracia, cultura de paz, pensamiento crítico, diversidad e identidad es fácil y se escucha muy prometedor.

Frente a este escenario, lo primero que puedo pensar es en lo incoherente que suena este propósito de construir ciudadanía y fortalecer la democracia a partir de un ideal de ciudadano, ignorando (con intención o no) las limitaciones que enfrenta la exigencia y el ejercicio de la justicia en nuestro país, la reproducción y fortalecimiento de ciertas dinámicas económicas, políticas o sociales donde unos quedan abajo y otros arriba; donde unos sí tienen posibilidades de participar y tener poder de decisión y otros no; donde a unos se les plantea como necesario el ideal de ciudadanía, pero otros simplemente se lo saltan – y se les permite saltar- con completa libertad cualquier regla o ley, solo porque pueden.

En ese sentido, y según el propósito de esta asignatura, si se quiere incidir desde la escuela en la construcción de la democracia y de una mejor nación, con una ciudadanía que participe activamente, que tome decisiones, que tenga pensamiento crítico, que sea propositiva; una ciudadanía que posea y practique valores como la solidaridad; una ciudadanía que se apropie de una cultura de paz y de la valoración de la diversidad; y, sobre todo, una ciudadanía que comprenda el compromiso que tiene para poder exigir justicia, se debe establecer un equilibrio entre lo que se desea que ocurra en las aulas y una revisión crítica de la historia reciente de nuestro país. Una mirada crítica sobre quiénes se han encargado de definir las prioridades de la nación, de cómo han definido el “hacer democracia” y los límites que se le han impuesto a la misma desde diferentes sectores (público y privado) según intereses económicos o políticos.

Y es que para mí, no sé para ustedes, la construcción de ciudadanía y democracia debe ser incisiva, debe hacer preguntas y exigencias que incomoden; debe hacer preguntas y reflexiones sobre las asimetrías y desigualdades históricas en el país; debe hacer preguntas, reflexiones y demandas críticas a la organización y actores políticos del país. La formación en ciudadanía, si no implica que uno pueda apropiarse de ella y ejercerla con toda la fuerza, con toda la libertad, con toda la responsabilidad y compromiso social y  político, se vuelve un concepto de adorno, vacío e inútil.

Y, como he dicho en otros textos opinando sobre este tema, no pongo en duda las buenas intenciones detrás de esta propuesta, ni de todas las que quieren mejorar y transformar el sistema educativo. Sin embargo, quiero dejar sobre la mesa la necesidad urgente de preguntarnos ¿cómo se construyen y se definen los límites a conceptos como ciudadanía, diálogo, justicia, democracia, participación, tanto en el marco de esta asignatura como a nivel de nación? ¿Para quién aplican las exigencias de estos conceptos y para quién no? ¿Qué incidencia real tendrán estos conceptos en la práctica? ¿Estos conceptos pretenden provocar una ruptura real o solo es un concepto vacío, idílico que no pasa de escucharse prometedor en un entendido de qué es lo “políticamente” correcto decir sobre la función de la escuela salvadoreña?

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