1760 Vistas |  1

Me convertiré en científica, no en princesa  

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pagePrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Reddit

“Como regla general, la mujer científica debe ser lo suficientemente fuerte como para estar sola, capaz de soportar el sarcasmo y aversión a menudo injusto de los hombres que están celosos de ver lo que consideran su propio campo invadido”.

[As a general rule the scientific woman must be strong enough to stand alone, able to bear the often unjust sarcasm and dislike of men who are jealous of seeing what their consider their own field invade.]

–Henrietta Bolton (1898, Popular Science Monthly, p. 511)


La ciencia es un conjunto de conocimientos que ayuda a entender cómo funciona el mundo. Requiere ingenio, capacidad de observación, instrucción y creatividad. La ciencia es acumular conocimiento a través de un proceso lento y constante pero que ayuda a descubrir las maravillas del mundo. Las mujeres siempre han sido parte de ese proceso aunque estamos acostumbrados a concebir la ciencia como historia solo de hombres –y de pocos hombres-. Las mujeres han tenido un papel activo en todas las ciencias y áreas disciplinares y han superado obstáculos para llegar a ser científicas, aunque en muchas ocasiones sus contribuciones no son reconocidas.

A medida que la ciencia adquiría más valor en las sociedades patriarcales y en sectores de élite económica e intelectual, más se devaluaba el trabajo de las mujeres. Todavía hay grandes diferencias; sin embargo, las mujeres están dando la pelea y alzan la voz para ser ellas también quienes escriban la historia de la ciencia. La ciencia puede ser un poderoso elemento para la equidad entre mujeres y hombres.

Hace unos meses vengo leyendo solamente literatura hecha por mujeres. Por mis manos han pasado ejemplares de Susana Tamaro, Melania G. Mazzucco, Rosario Castellanos, Rosa Montero, Margaret Atwood (han hecho una adaptación maravillosa del cuento de la criada), Marcela Serrano e Isabel Pisano. En cada libro hay mujeres maravillosas con historias destacables, pero en el último que leí –El papiro de Sept, una novela histórica de intrigas, búsquedas y asesinatos- hay una mezcla de personajes reales y ficticios que cuentan sus hazañas desde el siglo IV con Hipatia de Alejandría, la Italia del siglo XVIII con Eleonora Fonseca y el siglo XXI con la periodista Carolina Garrido. Tres mujeres en épocas diferentes pero unidas por el amor a la historia, los libros y la ciencia; las tres, perseguidas, subestimadas y violentadas.

La elección de estos libros no fue algo premeditado. Solo era el simple placer de disfrutar la literatura, pero me hicieron llegar más allá y me permitieron analizar algunos puntos. En primer lugar, puedo afirmar que es hermoso leer que una mujer escriba sobre grandes mujeres, dejando a un lado esa tonta idea estereotipada en la que la sociedad afirma que las mujeres son las peores enemigas de las mujeres. Y en segundo lugar, que es lo que me interesa más para este texto: cómo en alguna parte de la historia las mujeres han sido retratadas más por su posición social o económica que por su legado científico.

Es bien sabido que los griegos fueron un pueblo patriarcal. Solo en la región de Esparta las mujeres tuvieron un grado de poder. En Atenas, la mayoría de las mujeres eran analfabetas, a pesar de que fue una sociedad que veneraba la sabiduría. Sin embargo, algunas mujeres superaron esas trabas culturales de su sexo, como por ejemplo: Aglaonice de Tesalia (filósofa-astrónoma), Aspasia (maestra sofista), Agnodice (que tuvo que vestirse de hombre para ejercer la medicina), Hipatia (matemática), Trotula (médico). En el siglo XII se recuerda a Hildegarda de Bingen (la “Sibila del Rin”), quien escribió grandes tratados de medicina y ciencia natural; y a Herrad de Landsberg, quien escribió una enciclopedia de Historia, Astronomía, Geografía y Botánica médica. Con el renacimiento, los científicos repudiaron mucho de los logros de la Edad Media y aunque muchas de las científicas fueron llamadas yerberas, matronas o alquimistas,  sus herederas fueron las mujeres de los salones científicos durante los siglos XVII y XVIII.

Es el caso de Anne Conway, una mujer que hizo su contribución a la ciencia refutando los sistemas filosóficos que dominaban en su época (el cartesianismo y el hobbesianismo. ¡Una pequeña tarea!) y que fue autora del libro The principles of the most ancient and modern philosophy. Ella fue reconocida en su tiempo por pertenecer a la aristocracia inglesa, pero luego simplemente fue olvidada. Por razones de “decoro”, su nombre fue omitido de la portada de su tratado más importante, y la obra se le atribuyó a su editor: Franciscus van Helmont.

La investigación científica es un conjunto de pasos que permite a los seres humanos generar conocimiento y resolver problemas; y aunque ahora es una actividad de mucho prestigio –por lo menos en algunos países-, no siempre fue así, sobre todo para las mujeres que durante años han tenido dificultades para acceder a una educación formal. Las que podían estudiar eran parte de una élite económica y estaban supeditadas a su esposo o hermanos, quienes muchas veces no les permitían desarrollarse en el campo laboral.

A propósito de mis lecturas y que el 11 de febrero fue el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, comencé a buscar más información. Leí por ejemplo que el 28,4% del personal de investigación en el mundo son mujeres y que del total de mujeres que estudiaron una Maestría, solo el 43% siguen estudiando un doctorado. Además, encontré que las regiones del mundo que cuentan con más investigadoras son Europa Sudoriental (49%), el Caribe, Asia Central y América Latina (44%).

Al leer la palabra ciencia es normal que nos imaginemos a un hombre con bata blanca, dentro de un laboratorio y haciendo pruebas en tubos de ensayo o viendo a través de un microscopio. Esa es una imagen digna de uno de los mayores estereotipos que tenemos como sociedad. ¿Por qué nos imaginamos a un hombre y no a una mujer? ¿Por qué nos imaginamos un laboratorio o un microscopio y no un trabajo en comunidades, cuando la ciencia tiene una amplia gama de aproximaciones para adquirir el conocimiento? Por suerte, las posturas científicas han evolucionado, y con ellas, van cambiando las percepciones de la sociedad.

La educación de las mujeres se redujo al aprendizaje de los saberes “propios de su sexo”, por lo menos hasta principios del siglo XIX. El liberalismo radical apostó por la transformación de la educación como un asunto de carácter público, por lo que se crearon reformas que permitieron la incorporación de las mujeres al sistema educativo formal. Las escuelas normales femeninas, como en los casos de México, Colombia y Argentina, fueron un primer espacio de instrucción y el antecedente al acceso a la educación universitaria.

Según datos del Ministerio de Educación de El Salvador, en el año 2015 ingresaron a una Institución de Educación Superior (IES) 15,629 mujeres. Ese mismo año, la población de mujeres en estudios de posgrado a nivel de maestría fueron 1,609 y de posgrado a nivel doctoral 31.

Un estudio realizado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, la Universidad Tecnológica de El Salvador y la Universidad Francisco Gavidia del año 2015, muestra que los salvadoreños opinan que hay más hombres que mujeres dedicados a la ciencia y la tecnología. Además, el 21% de los encuestados afirmó que los avances científicos producidos por hombres son más certeros que los de las mujeres. Si bien el porcentaje no es muy alto, ¿cómo es posible que un porcentaje de salvadoreños crea que el intelecto se mide por ser hombre o mujer? Es por eso que el género, como categoría, justifica el análisis de esta situación: el papel de la mujer en la ciencia. El rol que se ha asignado a hombres y mujeres a partir de su sexo biológico forma identidades y constructos sociales que nos hacen creer esas afirmaciones. Por ello, la ciencia y la tecnología vistas desde la perspectiva de las ciencias sociales tienen que incluir esta categoría que nos permita ver las desigualdades en el acceso a la educación, en la elección de la investigación como una profesión, en la producción de material científico y en la docencia a nivel de maestrías y doctorados.

El sistema educativo de El Salvador, público y privado, tiene una gran deuda en la formación de científicos y en el fomento de la búsqueda y generación del conocimiento. En las universidades se enseña a trabajar, a ser productivos en empresas y poco o nada se fomenta el humanismo y la investigación. La ausencia de una cultura científica en El Salvador provoca que el ciudadano crea que la ciencia es importante y útil en la vida cotidiana solo para la lectura de la fecha de vencimiento de alimentos y medicamentos, pues esa fue la respuesta del 80% de los entrevistados en la investigación “Percepción social de la ciencia y la tecnología en El Salvador” realizada por CONACYT en conjunto con la UTEC y la UFG en el 2015.

En el Registro de Investigadores de El Salvador se contabilizan 749 investigadores reunidos en seis áreas disciplinares: Ciencias naturales, Ingeniería y Tecnología, Ciencias Médicas, Ciencias Agrícolas, Ciencias Sociales y Humanidades. Del total, 307 son mujeres, donde 14 tienen estudios de doctorado a nivel de posgrado y solamente 12 son salvadoreñas.

En el repositorio de la Universidad Tecnológica se encuentra un estudio realizado por Camila Calles Minero titulado “Participación científica de las mujeres en El Salvador”. Es una valioso documento en el que se reúne el trabajo de algunas de las científicas más destacadas de El Salvador. Y en el repositorio de la UCA también hay una interesante tesis en la que se analizan los cambios culturales de la educación de las mujeres durante los años 1871-1889 en El Salvador. Fue elaborada por Olga Carolina Vásquez.

A finales del siglo XIX, Antonia Navarro (Ingeniería) y Concepción Mendoza (Medicina) fueron de las primeras mujeres aceptadas en la Universidad de El Salvador (UES). Navarro fue la primera mujer en graduarse de Doctora en Topografía de la UES y se le reconoce por su tesis “La luna de las Mieses”.

Posteriormente, se puede mencionar a María Isabel Rodríguez (Medicina) y Etelvina Morillo (Física) que estudiaron en la UES en la primera mitad del siglo XX. María Isabel Rodríguez es la única rectora que ha tenido la Universidad de El Salvador. Morillo fue de las primeras personas en investigar sobre la construcción de cocinas ahorradoras usando energía solar.

En el área de las humanidades es importante destacar a Matilde Elena López, doctora en letras y que abonó mucho a la educación salvadoreña. Erlinda Handal, Nohemi Ventura y Marta Rosales, también son claros ejemplos. Handal y un grupo de investigación multidisciplinario consiguieron la creación de un material que produce el crecimiento óseo. Ventura lleva las riendas del herbario más antiguo de la región. Rosales es la única musicóloga en El Salvador y realizó un estudio acerca de la huella musical prehispánica.

El debate sobre la educación de las mujeres en El Salvador fue grande y una de sus transformaciones ocurrió a finales siglo XIX, cuando se impulsó una serie de políticas que hicieron posible el acceso de niñas y jóvenes a una instrucción académica. Ahora hay muchas más posibilidades y la elección suele ser libre -en algunos casos-; sin embargo, la lucha por el acceso igualitario a la educación no ha terminado. Todavía hay muchas barreras culturales que deben eliminarse, tanto de la sociedad en conjunto, como de la mente de cada individuo. Redescubrir la historia de las mujeres puede cambiar el mundo. Conocer más sobre eso es un pequeño paso hacia el cambio.


Sitios web recomendados para impulsar la ciencia en niñas:

https://www.girleffect.org/

https://www.mactecperu.com/

https://depdcblog.wordpress.com/


Libros recomendados:

Alic, Margaret. (2014). El legado de Hipatia. Historia de las mujeres en la ciencia desde la Antigüedad hasta fines del siglo XIX. México: Siglo veintiuno


*Alexia Ávalos: Salvadoreña. Reside en México. Comunicadora. Maestra en Estudios de la Cultura y la Comunicación por la Universidad Veracruzana. Actualmente trabaja como encargada de comunicaciones del Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación y coordinadora de la Revista Balajú, editada por el mismo centro.

Compartir...Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestBuffer this pagePrint this pageDigg thisShare on TumblrEmail this to someoneShare on LinkedInShare on Reddit