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Choose life

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“La opinión no es tan importante. Cualquiera tiene una”.

– Andrés Calamaro


Me ha costado escribir columnas de opinión desde hace un buen rato. Mucho. De hecho, ya casi no lo hago. Hubo un tiempo en que me veía forzado a escribirlas para subsistir y porque había adquirido un compromiso. Cada dos semanas. $100 al mes. Alcanzaba para los tacos y algo más. Y los tacos, believe it, son vitales. Era rendirme al inmaculado ritual de la salsa, cebolla y cilantro, y reflexionar: «¡Qué timo! Mi opinión no puede valer tanto».

Y tenía razón. No lo valía.

Hoy que ya no tengo aquel compromiso, poco a poco, a tropiezos, he ido cayendo en la cuenta de que opinar está bastante “sobrevalorado”, tajante participio que –casi estoy seguro– en su irritante modorra inventó algún millenial sabiondo que mamó de la teta de Google.

A veces comienzo a teclear ideas sin sentido, como un bajista que jammea con su instrumento, persiguiendo musas que hace mucho se piraron. Pero insisto y pueda que llegue a la nada, como cortejando a una sirena trans que sabe bien que no me atraen las sirenas trans. Y a veces, cuando pienso que la proa avista buen puerto, desisto. Me vence la apatía, fina droga que nos suministran en el tren emo y descarrilado donde todos viajamos, ebrios de sarcasmo, y al que nos encanta rebosar de carbón.

Anoche veía (¡por fin!) la segunda entrega de “Trainspotting”, entrañable y recordada oda al brit-junkie. Y para no variar, como seguro nos pasó a todos los que gozamos de mente inquieta y corazón impuro, quedé enganchado a la versión actualizada del manifiesto “Choose life”, especialmente al siguiente extracto:

“Escoge un iPhone hecho en China por una mujer que saltó por una ventana y métetelo en tu saco recién hecho en una Firetrap sur-asiática. Escoge Facebook, Twitter, Snapchat, Instagram y mil maneras de difundir tu bilis a través de personas que nunca conociste. Escoge actualizar tu perfil; decirle al mundo lo que desayunaste y esperar que a alguien, en algún lugar, le interese. Escoge buscar exparejas, desesperado por creer que no te ves tan mal como ellas. Escoge el ‘live-blogging’, desde tu primera masturbación hasta tu último aliento; la interacción humana reducida a nada más que datos. Escoge diez cosas que nunca has sabido acerca de celebridades que han tenido cirugías. Escoge gritar acerca del aborto. Escoge hacer bromas sobre violación, chicas promiscuas, porno vengativo y una marea interminable de misoginia deprimente”.

–Mark Renton

Y así.

Escogé la vida… pensando que –por alguna razón que nadie se tomará la molestia de explicarnos bien– debemos opinar sobre lo que sea que sacie la gula de esta merienda artificial. Y luego transportala. Escupila. Llevala al plano de la (ir)realidad. Ahí donde whatsapeamos en el momento preciso en que se descuidan los interlocutores que ya ni se ofenden porque en plena plática nos rendimos al idilio que sostienen nuestros pulgares y el display. O sé descarado. Texteá inmisericorde, frente a sus narices. Porque ellos también saben que la adicción a tener la razón en un debate acalorado en Facebook es más importante que una charla mundana, y por eso merece ser sobreseída.

En mis redes, yo escogeré publicar fotos y videos de vinilos que a nadie le interesan; mientras Velázquez Parker pone al mundo a opinar sobre su video y no sobre su misoginia ni su enérgica defensa de lo que él percibe como el inalienable derecho a “ser matón” y a menospreciar a las minorías. Yo escogeré compartir mi ilustrada opinión sobre la indignación que me causa que Fito Zelaya siga vistiendo el azul y blanco; mientras nadie nos explica porqué nos gobierna un presidente Gasparín, ni se nos aclara cuál es el verdadero estado de su salud, a semanas de habernos pintado, de nuevo, el panorama de un país fantástico, tan eficiente en su sistema de salud que extrañamente le obliga a ausentarse de compromisos trascendentales, como la Conferencia sobre Prosperidad y Seguridad en Centroamérica, realizada en Miami;  o emular a Houdini en situaciones de emergencia, como cuando ocurrieron los días más críticos del enjambre sísmico.

Lo importante (para ellos) es que sigamos opinando, porque al final de los finales lo nuestro deriva en letra muerta, no en acción (¡por eso está muerta!). O incluso, en el más maquiavélico de los casos, porque se amparan en el precepto de que, ante una sociedad apática a la autocrítica y entregada al vicio de tener la razón, “no existe tal cosa como una mala publicidad”.

Lo había abandonado, pero ahora escojo volver a esta vida. Elijo volver a opinar, aunque a nadie le importe. Vuelvo a opinar por capricho iluso, por la terquedad de creer que tal vez esta opinión revolotee en la mente de un futuro elector; o despierte otras más sensatas; o quizás esta opinión convoque a un batallón de electores daltónicos que decidan castigar –más allá de la cicuta de los colores y las extremas– a los inoperantes, a los corruptos y a los excluyentes que integran el zoológico de la “clase política” nacional, tan decidida a responder a intereses mezquinos.

Que se les castigue ahí donde más les duele: en el voto.

Porque si esa es la vida que ellos escogieron, nosotros podemos elegir nunca más volver a elegirlos.

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