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La increíble historia de los cándidos policías y el borracho que les robó a Carla Ayala

¿Cómo un agente ebrio, desarmado y en sandalias que acaba de disparar a su compañera Carla Ayala frustra tres intentos del Grupo de Reacción Policial por capturarlo? Esta es una historia inverosímil y plagada de contradicciones. Y de policías adormecidos, jefes complacientes y un GPS que nunca fue usado.

¿Cómo un agente ebrio, desarmado y en sandalias que acaba de disparar a su compañera Carla Ayala frustra tres intentos del Grupo de Reacción Policial por capturarlo? Esta es una historia inverosímil y plagada de contradicciones, pero es la que los involucrados han contado a la Fiscalía sobre el ataque y la desaparición de su compañera a manos del agente Juan Josué Castillo a finales de diciembre. Las declaraciones retratan un cuerpo policial élite integrado por muchachos ingenuos y de reflejos adormecidos: un oficial que confía en que el hombre que acaba de disparar a Carla Ayala solo pretende estacionar el carro policial, no huir en él. Dos agentes que, una vez el victimario les entrega su arma, no lo capturan, sino que se marchan. Agentes y jefes que, en la emergencia, se pasan de mano en mano la responsabilidad de capturarlo y olvidan atender a su compañera que se desangra. Y un vehículo policial con GPS que resultó irrastreable para la Policía durante más de cuatro horas.

Texto: Bryan Avelar
Diseño e ilustraciones: Judith Umaña | Edición: Ricardo Vaquerano

Dos policías élite tienen, por fin, desarmado y a su merced al hombre que acaba de disparar a una de sus compañeras. Pasan unos cinco minutos de las 12 de la noche y los agentes Ovidio Pacheco y Wilfredo Deras han logrado llegar en un pick up de la Policía Nacional Civil hasta el cuartel del Grupo de Reacción Policial (GRP), y a bordo, en el asiento trasero, llevan también a los agentes Samurái y Carla Ayala. Samurái acaba de disparar a Carla Ayala. Está borracho y, para alivio de ellos, finalmente entrega su pistola a Deras. Entonces, cuando han logrado meter a Samurái a la boca del lobo, lo tienen desarmado y saben que su compañera Carla Ayala está desangrándose en el asiento trasero, actúan: bajan del vehículo y se marchan.

Pacheco y Deras dejan en el pick up a Samurái y a Carla Ayala desangrándose. También dejan las llaves del pick up puestas en el interruptor de encendido. Y se marchan. Informan al jefe del equipo de asalto que en el estacionamiento de la unidad policial están Samurái y Carla Ayala desangrándose. El jefe del equipo de asalto, a su vez, instruye a los agentes para que informen al oficial de servicio. El oficial de servicio, a su vez, decide informar al jefe del GRP, Julio César Flores Castro. El jefe del GRP, a su vez, ordena a Villalobos, el oficial de servicio, que capture a Samurái. Y Villalobos, a su vez, ordena al jefe del equipo de asalto, a Deras y a Pacheco, que capturen a Samurái.

Solo entonces, los agentes corren, juntos y de prisa, a cumplir su deber: capturar a Samurái. Al llegar al estacionamiento se percatan de que Samurái se ha pasado al asiento delantero y está ya al volante del pick up, y que tiene el motor en marcha. Observan que al verlos aproximarse, Samurái maniobra con el vehículo. Los agentes del grupo élite de la Policía temen que quiera huir y entonces Villalobos, con autoridad, le ordena que se detenga y que baje del vehículo. Pero Samurái es astuto: “Ya vengo, solo me voy a parquear”, le promete. Villalobos, el oficial de servicio con años de experiencia, valora que ese hombre que acaba de disparar a su compañera Carla Ayala es una persona de fiar y accede a que Samurái estacione el vehículo. Y Samurái engaña al pobre Villalobos y a sus compañeros, y en lugar de estacionar el pick up, huye con él y con el cuerpo de su compañera desangrándose en el asiento trasero.

Esta es la versión que los policías antes mencionados, incluido el jefe del GRP, han relatado sobre el ataque a Carla Ayala y su posterior desaparición a manos de un agente policial la madrugada del 29 de diciembre de 2017. Esta es la historia que han contado ante la Fiscalía, la Policía y ante el juez Sexto de Instrucción, Roberto Arévalo Ortuño, de cómo un agente presuntamente borracho recién salido de una fiesta en la que presuntamente no hubo alcohol disparó a una compañera y burló tres veces al equipo élite de más alto rango de El Salvador. Esta es la historia de cómo el ya clausurado GRP desperdició las oportunidades de oro que tuvo para capturar a Samurái, cuyo nombre es Juan Josué Castillo. Una historia plagada de contradicciones, de inconsistencias, de escenas inverosímiles, de cabos sueltos y de actuaciones de agentes que parecían más ser facilitadores de la huida de Samurái que cazadores ansiosos por atrapar a su presa.

Cinco meses después de la desaparición, la Policía es incapaz de decir dónde está el agente prófugo Juan Josué Castillo ni cuál fue la suerte de la agente Carla Ayala. Y el último episodio de la historia, que fue la reconstrucción de los hechos por sus protagonistas -salvo Samurái, que sigue prófugo- la noche del martes 29 de mayo de 2018, dejó al juez diciendo a los periodistas que ahora tiene más dudas sobre lo sucedido.

Carla Ayala desapareció a manos de Castillo aquella madrugada luego de una fiesta de fin de año celebrada la noche del 28 de diciembre en la sede del GRP, ubicada en la zona del Estadio Cuscatlán, en el sur de San Salvador. A la fiesta asistieron algunos jefes policiales y familiares de los policías. Hay dos particulares y cuatro policías capturados, estos últimos acusados de incumplimiento de deberes.

Cuando había pasado un mes desde aquella noche, la Fiscalía dijo que tenía un camino cuesta arriba. La fiscal Guadalupe Echeverría, jefa de la Unidad de Delitos de Homicidios y Antipandillas, explicó que la Policía se estaba protegiendo a sí misma y que la unidad de investigaciones policial había filtrado información a los involucrados para que estos cambiaran su versión de los hechos. El juez Arévalo Ortuño también observa un camino cuesta arriba. Dice que tienen en sus manos un rompecabezas de mil piezas del que hasta ahora apenas tienen unas 200. Además, dice, algunas de esas piezas en realidad no pertenecen a este rompecabezas.

La historia que cuenta este texto está basada en los testimonios de quienes estuvieron ahí como partícipes o testigos de aquella noche. Los relatos constan en un pequeño expediente judicial que engrosa de a poquito en el Juzgado 6° de Instrucción de San Salvador y que lanza a gritos preguntas como esta: si el vehículo en que huyó Samurái tenía activado su equipo de posicionamiento global (GPS), 

El acompañante fantasma de Carla Ayala

Un equipo especializado en tácticas de reacción contra criminales al que se le escapa tres veces un hombre borracho y desarmado tras una fiesta en la que no hubo alcohol. Un disparo en una pierna cuyo rastro de sangre está en el respaldo del asiento trasero del pick up. Tres policías que tuvieron la capacidad de adivinar el futuro. Las contradicciones y las inconsistencias sobran en lo que relataron los protagonistas de esta historia.

El jefe del GRP, Julio César Flores Castro, dice que tres días antes de la fiesta recibió una llamada. Ese día, el 25 de diciembre, según contó a la Fiscalía, Carla Ayala le llamó a su teléfono vía WhatsApp. Ayala, según él mismo lo explica en su declaración, no era amiga suya. Carla Ayala sí era amiga de un agente de apellido Orantes, encargado de la Unidad Disciplinaria interna del GRP, con quien Ayala se entendía por asuntos de trabajo.

En esa llamada, el jefe del GRP aprovechó para invitar a la fiesta de fin de año a su no-amiga Carla Ayala, y a su vez a una amiga de su no-amiga. Ninguna de las dos pertenecía al GRP. De esta última, Flores Castro dice que ni siquiera sabía su nombre, y que solo sabía que existía porque la veía llegar con Ayala de vez en cuando al GRP. Pero eso no hizo falta para invitarlas a una fiesta exclusiva para miembros del grupo élite y su familia cercana. Exclusiva, según el memorando N° 0270 suscrito por el subdirector de Áreas Especializadas de la PNC, comisionado Mauricio Arriaza Chicas, entregado a Factum por la Unidad de Acceso a la Información Pública el 19 de febrero de este año.

Esa desconocida de quien el jefe del GRP dice no saber ni el nombre se llama Yeny de los Ángeles Salguero y era compañera de Carla Ayala en la Unidad de Investigación Disciplinaria (UID) central. Y aquí surge la primera contradicción. Esa desconocida, al ser entrevistada por investigadores policiales, dijo que quien la invitó fue el jefe del GRP y que lo hizo por medio de una llamada de WhatsApp. Yeny, además, dice que fue ella quien invitó a Carla Ayala. Y Yeny sería quien, tras finalizar la fiesta, se quedaría preocupada por su amiga, sobre todo después de recibir un mensaje que Carla le envió pocos minutos antes de que Samurái le disparara.

Los preparativos para la fiesta habían comenzado temprano. En el libro de novedades del GRP -del cual hay copia en el expediente judicial del caso Carla Ayala- quedó registrado el ingreso al cuartel policial de equipo de apoyo en cocina, de equipo de sonido y de un par de invitados. A las 4:47 de la tarde, según reportó el comandante de guardia en turno, el agente Ovidio Antonio Pacheco salió “a traer a las amigas”. No detalla si esas “amigas” son Ayala y Yeny. Esta última declaró que ambas llegaron a las 6:30 de la tarde a la fiesta cuyo inicio estaba programado para las 6:00 p.m.

Y lo que registró el cuaderno entre los días 28 y 30 de diciembre apenas permite entender lo que ocurrió aquella noche y los días posteriores. Omite, por ejemplo, la llegada y salida de Samurái, la llegada de Carla Ayala y su amiga y los detalles sobre los escapes de Samurái. Tiene omisiones tan importantes como no mencionar que en el vehículo en que Carla Ayala salió del cuartel del GRP también viajaba a su lado el agente Juan Josué Castillo. El libro está lleno de salidas sin regreso, de regreso de personas que no habían salido, de visitantes cuya identidad se omite…

Ese libro es poco útil para ayudar a resolver las contradicciones o los misterios relatados por los testigos o los acusados por la desaparición de la agente. Todos coinciden en que el jefe del GRP fue claro desde el principio en que nadie que asistiera a la fiesta tomaría alcohol. Sin embargo, los compañeros del agente Juan Josué Castillo concuerdan en que al final de la noche, cuando este salió del cuartel junto con Carla Ayala y otros dos agentes, estaba borracho.

Los relatos no detallan qué ocurrió entre el inicio de la fiesta y el final, pero con todas las versiones se puede entender que la fiesta comenzó a declinar poco antes de las 9:30 de la noche, y que ya para las 11:00 p.m. había acabado. Varios de los testigos e imputados aseguran que la fiesta terminó a las 10:40. Sin embargo, el libro de novedades registra que desde las 9:25 empezaron a irse algunos agentes con sus familias. Y Yeny dice que disfrutó de la fiesta con su amiga Carla Ayala hasta las 11:00 de la noche. Que a esa hora les avisaron que las irían a dejar a sus casas. Ella cuenta que le ofreció a Ayala que se quedara a dormir con ella, pero que su amiga la rechazó y le dijo que prefería que la fueran a dejar a su vivienda, en Apopa.

El relato de Yeny da detalles interesantes sobre los últimos minutos de aquella noche en el GRP. Yeny dice que después de que les informaron que las irían a dejar, se encaminó hasta la comandancia de guardia, a unos metros de la entrada principal del GRP. Ahí estuvo aproximadamente 26 minutos. Carla Ayala, en cambio, se quedó dentro de las instalaciones. A las 11:26, Yeny recibió en su celular un mensaje de su amiga en el que le decía “Hey, no me deje”, a lo que Yeny respondió “¿Qué se hizo?” Este mensaje, según Yeny, ya no fue respondido, pero su amiga sí le correspondió tres minutos después, por medio de una llamada. Carla Ayala le dijo que ya estaba a bordo de un pick up policial.

El libro de novedades registra la salida de Carla Ayala a las 11:35 de la noche y Yeny asegura que vio salir a su amiga en el vehículo y que al costado de esta, en el asiento trasero, iba Samurái. Como desde que se dio por finalizada la fiesta Yeny optó por dirigirse a la comandancia de guardia mientras que Carla se quedó dentro de las instalaciones, hay al menos una media hora sobre la que Yeny no sabe qué sucedió a Carla Ayala para que esta le pidiera repentinamente “Hey, no me deje”..

Yeny, aunque no lo menciona explícitamente, no se quedó tranquila. Después de aquel “Hey, no me deje” de las 11:26 p.m., intentó comunicarse con Carla Ayala al menos ocho veces durante las horas posteriores. Le llamó, le envió mensajes, e incluso le envió fotos solo para comprobar que el teléfono “todavía tenía señal”. Su preocupación continuó durante todo el día y le hizo llamadas por la tarde y por la noche hasta que el teléfono por fin se apagó.

La “comisión” (así le llaman los testigos e imputados a la tarea y al equipo que se integra para ir a dejar a sus casas a algunos de sus compañeros e invitados) encargada de ir a dejar a Carla Ayala hasta su casa estaba formada por los agentes Wilfredo Deras y Ovidio Pacheco, dos agentes rasos del GRP. Según el libro de novedades del GRP, a bordo de la patrulla 01-2924 únicamente salieron Deras, Pacheco y Carla Ayala. El comandante de guardia, por alguna razón, omitió registrar que en el vehículo policial también viajaba Juan Josué Castillo, y los relatos oficiales no explican esa omisión.

Deras y Pacheco, después de aquella noche, han reconstruido varias veces, con sus relatos, lo que ocurrió. Aseguran que salieron los cuatro en el pick up rumbo a Apopa. Que tomaron esta ruta, que llegaron hasta tal semáforo, que siguieron derecho, que subieron por aquí, luego hacia la izquierda y continuaron hasta llegar a la residencial La Gloria, en el vecino municipio de Mejicanos.

Pacheco manejaba el pick up y Deras viajaba como copiloto. Samurái viajaba detrás de Deras y Carla Ayala iba detrás del conductor. Un semáforo se puso en rojo cuando avanzaban por la residencial La Gloria. Esperaron unos segundos. Deras dice haber escuchado a Samurái hablar con Ayala, aunque dice que no entendía bien lo que decía. Sí dice haber pensado que Samurái hablaba con acento mexicano y que le decía a Carla que él era un tipo con poder. Pacheco, el motorista, dice que no puede recordar nada de lo que hablaban.

El semáforo cambió a verde y el pick up avanzó. Deras y Pacheco dicen no entender cómo ni en qué momento a Samurái se le ocurrió dispararle a Carla Ayala, no saben dónde le disparó ni por qué lo hizo. No escucharon ni un grito de la mujer, ni una palabra, ni un “¡Ay!”. Nada. Solo un disparo dentro de la cabina.

–¡¿Qué pasó, comando?! –dice Deras que le gritó a su compañero, después de escuchar el disparo.

–¡Así quería esta perra! ¡Dele, dele, dele, dele! –le respondió Samurái.

Deras imita la voz de Samurái y dice que después del disparo no dio más explicaciones, que no dijo qué había pasado y que se limitó a decirles que todo iba a salir bien.

En su declaración, Deras dice que a él se le ocurrió regresar a la base del GRP para, una vez ahí, capturar a Samurái por lo que había hecho. Su compañero Pacheco dice que Samurái le puso una pistola en la cabeza y lo amenazó. Deras no menciona en su relato esa amenaza explícita a su compañero. Su idea era llegar a la sede del GRP, a la boca del lobo.

GRP ocultó al 911 que Carla Ayala había sido baleada

Dos horas y media después de la primera huida de Samurái, en la madrugada del 29 de diciembre, el teléfono del agente a quien identifican como “Ponzoña” suena en una sala de reuniones del GRP. Están presentes el jefe del GRP, Julio César Flores Castro, el oficial de servicio, Pablo Villalobos, los agentes Deras y Pacheco, y un puñado de policías más. Ponzoña acerca el teléfono al agente Deras, quien pone el aparato en altavoz. Habla Samurái, quien hace dos horas y media engañó al pobre Villalobos, que le creyó que solo iba a estacionar el pick up con el cuerpo de Carla Ayala desangrándose.

Deras toma el papel de entrevistador-negociador y habla con Samurái. Aunque en su testimonio Deras no explica qué preguntas le hizo, cuenta que Samurái dice que está en el oriente del país y que acaba de “botar” de la patrulla a Carla Ayala y ahora quiere regresar al cuartel del GRP.

–De la chamaca no te preocupés que ya me deshice de ella –dice.

Samurái avisa que pretende volver a la boca del lobo. Y la unidad élite de la PNC no quiere ser víctima de la astucia de Samurái nuevamente y prepara una celada. El lobo tiene garras y dientes. El lobo también tiene astucia. Siete declaraciones en el expediente judicial podrían hacer creer a cualquiera que desde el GRP aquella madrugada lo que se hizo fue coordinar con Samurái su huida, pero Deras jura que aquella conversación era parte de una estrategia para hacerle creer que podía volver tranquilo al cuartel del GRP.

.–Mi comando, venga a dejar la patrulla, esa tiene GPS –le advirtió Deras.

–Mire, a mí no me venga con paja porque esta mierda no tiene nada, ya me hubieran encontrado –responde Samurái, seguro.

–Negativo, comando. Tiene GPS. En San Miguel se lo pusieron para controlar los patrullajes –insiste Deras.

–Yo intenciones de robarme esta mierda no tengo –subraya Samurái, y luego habla de más al revelar un detalle de cómo pensaba evitar que lo atraparan–. Ya voy a llegar, la voy a dejar ahí por el carwash. La voy a ir a dejar en la mañana.

Samurái habla de dejar estacionada la patrulla en que huyó frente a un carwash ubicado a unos 100 metros de la sede del GRP, justo en la entrada principal, la única entrada y salida que tiene la residencial San Fernando, sobre la calle Antigua a Huizúcar.

Y, mientras tanto, por el mismo relato que hizo a los investigadores el jefe del GRP, más las declaraciones de sus subalternos, Flores Castro permaneció callado cuando Deras intentaba persuadir a Samurái de regresar. Flores Castro no aparece en los relatos para planificar la estrategia de captura de Samurái ni para guiar la conversación telefónica con el prófugo.

–Mire, comando –cuenta Deras que le dijo a su compañero– si va a venir a dejarla, mejor venga a dejarla hoy de noche porque si viene mañana en el día todo el mundo lo va a ver, y va a llamar sospechas que una persona de civil venga en un carro patrulla. Venga mejor ahorita, en la noche, que aquí nadie sabe nada.

Esta conversación ocurrió, según los relatos de los testigos, entre las 2:00 y las 3:00 de la madrugada. La bitácora del GRP registró que a esa hora el oficial de servicio, Pablo Villalobos, ya había alertado al sistema de emergencias 911 sobre la huida de Samurái. La bitácora del 911 registró el aviso a las 00:30 de la madrugada del 29 de diciembre, es decir, unos 25 minutos después de que Samurái engañara a Villalobos con el cuento de que iba a estacionar el pick up. Villalobos informó al 911 que un agente vestido de civil se había llevado un vehículo policial del cuartel del GRP, pero por alguna razón omitió advertir que en el pick up iba desangrándose una agente policial.

Solo cuatro horas más tarde Villalobos sí informaría al 911 que en el vehículo policial iba también una agente herida por el agente Juan Josué Castillo. A las 4:18 el sistema de emergencias comenzaría a buscar a Carla Ayala en los hospitales de San Salvador, según la bitácora.

La conversación en la sala de reuniones continúa y queda claro que Samurái está a punto de volver. En el GRP, en este momento, hay una manada de unos 60 lobos en espera de uno de los suyos para atraparlo: la mitad, que están por iniciar turno, y una cantidad similar que están por salir con licencia. 60 lobos contra un borracho desarmado.

El jefe del GRP escucha cuando Samurái pide un favor a sus compañeros, en lo que parece ser otro error del fugitivo por hablar de más:

–Mire, comando, lo que yo quiero es que me pongan mi carro de punta, así, listo –pide Samurái.

–Sí, comando, yo se lo voy a dejar así, pero venga a dejar la patrulla –contesta Deras.

Samurái ha dejado su carro, un Mazda 3 color gris año 2012, estacionado en el cuartel del GRP. El plan de Samurái, al parecer, es escapar en su propio carro con ayuda de sus compañeros.

Tras al menos cuatro llamadas de negociación con Deras, Samurái está listo para llegar. Pero 15 minutos antes de que lo haga, Deras le termina de limpiar el camino en una última llamada. Primero le avisa que hay “un procedimiento”, que un grupo de agentes está saliendo hacia un operativo de custodia de dos camiones blindados. Minutos después, y habiéndose asegurado de que el camino está limpio, Deras le da luz verde a Samurái.

Comando, la calle está libre.

“Él quería botarla, desaparecerla”

Los agentes Deras y Pacheco juran que sus vidas corrían peligro aquella madrugada cuando escucharon la detonación en el pick up, detrás de ellos. Dicen que, de haber dado un paso en falso, podrían estar muertos. Dicen que están vivos solo gracias a su astucia y a Dios: “Con mentiras, seduciéndolo, logramos hacerlo regresar”, declaró Deras a los investigadores y al juez durante la primera reconstrucción de los hechos el pasado abril. Además, “bendito sea Dios”, dijo al menos ocho veces. “Si no, no estuviéramos contando el cuento”, añadió Pacheco aquella misma noche.

Después del disparo y un breve intercambio de palabras sin que el pick up se detuviera por completo ni un segundo, los agentes hicieron un giro y emprendieron su camino de regreso a la base del GRP con el cuerpo de Carla Ayala. Aunque en los relatos no hay precisión de horas sobre estos momentos, debió ser antes de la medianoche, porque el reingreso al cuartel del GRP está marcado a las cero horas con cinco minutos del día 29.

–Miren, no se preocupen. Esto yo lo he hecho, yo ya me voy a la mierda del GRP. Yo ya me voy y ustedes no tienen culpa de esto, yo ya me voy. No se preocupen –dice Deras que les repetía su compañero.

Los dos agentes élite iban coordinando un plan casi sin hablar, apenas un par de señales con movimientos de ojos o gestos de boca. No se atrevieron a actuar en el momento y capturar a Samurái y preferían llevarlo a la boca del lobo.

Habían transcurrido unos cinco minutos desde que viraron para regresar, cuando ambos escucharon a Samurái insistir, a gritos, que tenía una idea:

–Aquí la vamos a botar, ¡y aquí no ha pasado nada!

Era aproximadamente la medianoche, según los cálculos de Deras y Pacheco, y Samurái insistía en que lanzaran a la calle el cuerpo de Carla Ayala. Los agentes no dicen si creen que su compañera iba muerta.

–¡Hey, no, comando! ¡Aquí mucho carro! -le respondió Deras, cuando iban por la plaza del  Salvador del Mundo, un punto muy concurrido de la ciudad.

“Él la quería botar, botarla, desaparecerla… botarla… o sea, botémosla y aquí no hay nada, no ha pasado nada, y de esto yo asumo, aquí ustedes no tienen nada que ver”, recuerda Deras.

Al llegar a la sede del GRP, por fin, a las 00:05 de la madrugada del 29 de diciembre, Pacheco detiene el vehículo en una pequeña cuesta de la entrada principal. Ahí, Samurái entrega su arma a Deras y entonces Deras y Pacheco lo dejan a solas en el pick up con Carla Ayala desangrándose. Unos cinco minutos después -según alguna de las declaraciones que constan en el expediente judicial, bien pudieron ser hasta 25 minutos los que Samurái permaneció en las instalaciones del GRP sin ser capturado- logró escapar por primera vez al burlarse de la buena fe del pobre Villalobos.

Cuatro horas más tarde, Villalobos tendría la oportunidad de reivindicarse.

Un equipo de asalto lejos de la acción

A las 4:45 de la mañana, el comandante de guardia, Juan Antonio Linares Flores, apuntó en su libro de novedades la llegada de Samurái. Linares Flores lo escribe como si el hecho se tratara de un acto de trámite puramente administrativo, y no de una emergencia en la que hay de por medio el posible homicidio de una compañera de la Policía. “Llegó el agente Castillo a dejar el equipo 01-2924 en el cual se había dado a la fuga. Luego manifestó que se hiba del GRP (sic)”.

Según los testigos e imputados, Samurái dejó el pick up frente a la sede del GRP, le aventó las llaves al comandante de guardia y se marchó. Eso, a pesar de que las alarmas estaban encendidas desde aquel intercambio con los oficiales y agentes reunidos en la sala del GRP, en el que Samurái anunció no solo su intención de ir a devolver el pick up policial, sino también de escapar por segunda ocasión, pero esta vez en su propio carro.

Para este segundo momento, el jefe del GRP, Julio César Flores Castro, había dado la orden directa a Villalobos de capturar a Samurái y de usar armas de fuego si era necesario.

Por una razón que los policías no explican en sus declaraciones, la manada de lobos preparada para atrapar a Samurái no estaba esperando al prófugo ni cerca del carwash vecino, ni en las afueras del GRP por la única ruta de acceso vehicular, y ni siquiera dentro de las instalaciones cercanas a la entrada principal. Al contrario: estaba al fondo de la zona residencial donde tiene su sede la unidad policial y donde no hay ni entradas ni salidas vehiculares. En el cuartel, a pesar de las alarmas encendidas hacía rato, solo estaban Villalobos y un par de agentes desprevenidos.

Pero Villalobos no estaba dispuesto a que Samurái se burlara de nuevo de él. El comandante de guardia advierte a Villalobos sobre la llegada de Samurái y el oficial de servicio esta vez trae dos armas consigo, un fusil y una escuadra Smith & Wesson, y se hace acompañar por tres agentes más, también equipados con armas de fuego. Villalobos sale del cuartel y corre tras Samurái. Lo mira a la distancia, caminando por la calle de entrada a la residencial, se le acerca, lo alcanza y lo encara: le pide que se rinda. Pero Samurái es necio, le dice que no y le pega un empujón a su superior y vuelve a escapar, corriendo hacia un vehículo particular que ya lo espera. El jefe, sorprendido de nuevo en su buena fe, solo atina a disparar al carro que ha abordado Villalobos, pero no le acierta ni un tiro.

Samurái escapa por segunda vez de la boca del lobo. Villalobos ha sido burlado de nuevo. Pero tendrá una tercera oportunidad para reivindicarse.

Sangre en la calle y en la parte exterior del pick up

El pick up que Samurái dejó abandonado frente a la sede del GRP en su segundo escape tiene manchas de sangre que no tienen explicación a partir de las declaraciones de los acusados y los testigos. Estos aseguran que Samurái nunca bajó a Ayala del vehículo en los dos momentos que estuvo en el GRP. Sin embargo, un acta de Inspecciones Oculares incluida en el expediente judicial describe una serie de manchas de sangre fuera del automotor.

Aunque no describe los tamaños y por el momento no hay un álbum fotográfico que permita evidenciarlas, el acta policial dice que en la escena fue encontrada una mancha frente al pick up, otra detrás, contigua a la llanta trasera izquierda, otra más en la lodera delantera izquierda y dos más dentro del vehículo. Las manchas internas están en el respaldo izquierdo del asiento trasero y otra más en el marco interno de la puerta.

Pero afuera descubrieron otras manchas: la misma acta de Inspecciones Oculares describe una serie de rastros de sangre sobre la calle principal frente al GRP.

Estas manchas no coinciden o no se explican con los testimonios. ¿Cómo llegó una mancha de sangre al frente y otra detrás del vehículo? ¿Cómo llegó una mancha de sangre a la lodera delantera izquierda? ¿Por qué había una mancha de sangre en el respaldo izquierdo, donde estaba Carla Ayala, si el disparo supuestamente había sido en la pierna? ¿Cuán grave era la herida de Carla Ayala para que goteara toda esa sangre desde el pick up?

En torno a las manchas de sangre también surge otra pregunta: la única versión del posible punto del cuerpo donde Carla Ayala recibió el disparo es dada supuestamente por el oficial de servicio Pablo Villalobos. Así consta en la entrevista que los investigadores le hicieron al jefe del GRP, Julio César Flores Castro. En esta entrevista, el jefe del GRP dice que Villalobos le informó sobre la situación de Carla Ayala cuando llegaron los agentes Deras y Pacheco a la base por primera vez, cerca de la medianoche. Pero Villalobos, en su entrevista, afirma que él nunca vio a Carla Ayala y sostiene que los agentes nunca le informaron con certeza de la situación de la agente herida. En resumen, se trata de la palabra de Flores Castro contra la palabra de Villalobos.

Aparte de esas manchas, otra mancha grande de sangre fue encontrada en la pendiente de la entrada al GRP. Esa mancha, según testigos e imputados, se hizo la primera vez que Samurái llegó al GRP junto a Deras y Pacheco. La mancha, a partir del álbum fotográfico de la escena, tiene unos cuatro centímetros de ancho y más de 15 de largo. Una mancha que, según el juez Arévalo Ortuño, pone en duda la versión hasta hoy conocida del caso.

Un acta policial que registró lo que aún no había ocurrido

Aquella madrugada del 29 de diciembre de 2017 ocurrieron otras cosas sin explicación. Después de que Samurái escapara la primera vez a bordo de la patrulla 01-2924, el jefe del GRP, Julio César Flores Castro, ordenó que se hiciera lo necesario para capturar al agente borracho. El sargento Carlos Humberto Ventura Martínez, jefe del equipo de asalto desde el año 2001, dijo que el oficial de servicio, Villalobos, le ordenó que formara tres equipos de búsqueda y captura y que el resto del personal disponible estaría prevenido para crear un “dispositivo de intervención”.

Ventura Martínez dice que él cumplió las órdenes diligentemente y creó tres equipos, uno asignado a Villalobos y dos más para búsqueda en el exterior.

El primer equipo del que formaban parte los agentes Deras y Pacheco salió, por órdenes de Villalobos con dirección a la carretera del Litoral, hacia el departamento de Usulután. Villalobos dio la orden, según Ventura Martínez, porque sabía que de ahí es originario Samurái y creía probable que huyera hacia donde su familia.

Un segundo equipo fue enviado a rastrear las zonas cercanas. Los agentes de indicativo Gufy y Cristofer fueron enviados “por orden del señor Isaías para la calle que conduce hacia la Lomita al costado sur del estadio Cuscatlán, a la espera que regrese Samurái con la patrulla”. “Isaías” es como llaman en el GRP a Villalobos.

“A la espera que regrese Samurái con la patrulla”, declaró Ventura Martínez. Esta orden, según el jefe del equipo de asalto fue dada pocos minutos después de la medianoche, cuando Samurái apenas acababa de huir. Para entonces, según todos los relatos recopilados en el expediente, incluido el del mismo jefe del equipo de asalto, nadie sabía que Samurái regresaría. Nadie. Es más, Deras, quien haría las coordinaciones para el regreso de Samurái, habla de un primer contacto con el prófugo a las 2:30 a.m. y de una última llamada a las 4:15 de la madrugada.

Ni el jefe del equipo de asalto, ni Villalobos explican cómo es que pocos minutos después de la medianoche sabían que Samurái iba a regresar.

Aunque ocurrió algo más extraño esa madrugada. A las 3:20 a.m. el comandante de guardia apuntó en su libro de novedades que un equipo de Inspecciones Oculares ingresó a la sede del GRP.

Cinco minutos después, a las 3:25 a.m., un investigador levanta un acta en la que dice haber entrevistado al jefe del GRP, Julio César Flores Castro. En esa entrevista, el jefe del GRP, “de indicativo Ernesto”, hace una cronología de los hechos que van desde el inicio de la fiesta, cerca de las 6:00 de la tarde, hasta la segunda huida de Samurái. El acta cita lo que dijo el jefe del GRP: que a las 4:40 a.m., aproximadamente, Juan Josué Castillo regresó “dejando estacionada (la patrulla) a un costado de la guardia y saliendo con rumbo al oriente”. Inspecciones Oculares levantaba un acta a las 3:25 a.m. en la que incluía la declaración del jefe del GRP, que explicaba que a las 4:40 a.m. el agente prófugo había llegado a dejar el vehículo en que había escapado la primera vez.

Otro detalle sin explicación en las declaraciones de Flores Castro es que, para esa hora, aún no se sabía el rumbo exacto que Samurái había tomado, es decir “hacia el oriente”, un detalle que solo revelaría dos días después el director general de la Policía, Howard Cotto, en una conferencia de prensa.

El carro de Samurái salió aquella noche del GRP

–Mire, comando, lo que yo quiero es que me pongan mi carro de punta, así, listo –pidió Samurái a Deras, durante aquella llamada telefónica recibida en la sala de reuniones del GRP.

–Sí comando, yo se lo voy a dejar así, pero venga a dejar la patrulla –contestó Deras.

La promesa que, a decir de los imputados, no se cumplió nunca, puede ser puesta en duda.

El Mazda 3 de Samurái estacionado aquella noche en el GRP sí salió del cuartel aquella noche. Lo sacó un agente de nombre Josué Amílcar Urbina. Lo aceptó delante de un grupo de investigadores que llegaron dos días después a la sede del grupo policial.

Él dice que lo sacó para ir a dejar a una amiga a Apopa, una amiga que había asistido a la fiesta. Una amiga de la que no hay registro en el libro poroso del GRP, el libro que tampoco registra su salida ni su entrada.

La versión del agente Urbina pudiera parecer inútil, sino fuera por el contexto: ni su salida ni su regreso fueron registrados en el libro de novedades del GRP, a diferencia de las “comisiones” anteriores integradas para ir a dejar a sus viviendas a algunos de los asistentes a la fiesta, incluida en la que iba Carla Ayala.

El investigador de Inspecciones Oculares entrevistó a Urbina el 30 de diciembre de 2017, es decir dos días después de la fiesta. Ese día, Urbina dijo que Samurái le había prestado su carro porque nadie más le quería prestar uno para ir a dejar a su amiga a Apopa. Dice que regresó y que dejó las puertas abiertas y la llave de encendido cerca de la palanca de velocidades, ahí mismo donde las había encontrado. Añade que minutos después, en aquella madrugada, Pablo Villalobos, el oficial de servicio, se le acercó para preguntarle dónde estaban las llaves del carro. Dice que él le fue a mostrar dónde las había dejado, pero que ya no las encontró.

¿Por qué aquella madrugada, después que Samurái había pedido que le tuvieran listo su carro, Villalobos preguntó por las llaves del mismo?

Urbina también dijo al investigador que dejó las puertas del carro abiertas porque se sentía cansado después de regresar y no las pudo cerrar. El vehículo fue encontrado por Inspecciones Oculares con una puerta abierta y la llave de encendido cerca de la alfombra del mismo. Completamente vacío.

El jefe del GRP, Julio César Flores Castro, dijo, cuando le preguntaron por ese carro, que Samurái solía andar una escopeta ahí, y que no sabía si tenía permiso para la portación de esa arma. Pero cuando Inspecciones Oculares le realizó un “registro minucioso” no encontró nada más que los papeles de compraventa y una vara para un gato, la herramienta para levantar el carro. Ni un papel, ni un recibo de nada. Samurái era un hombre que, al parecer, mantenía su carro impecable.

El 14 de febrero de 2018, mes y medio de una desaparición sin respuestas, en un acto público el director de la PNC, Howard Cotto, anunció la disolución del GRP. Al mismo tiempo anunció la creación de una nueva unidad en la que serían incorporados agentes de otras unidades también involucradas en delitos como la Fuerza de Reacción El Salvador, FES. La disolución del GRP y el envío de sus elementos a tareas de seguridad pública fue, según admitió Cotto, el resultado de una crisis causada por el caso de Carla Ayala.

El jefe del GRP pasó a estar destacado en la subdelegación del municipio de Soyapango hasta el pasado 25 de marzo, cuando fue suspendido por decisión de un tribunal interno que lleva un proceso disciplinario por el caso, según explicó Cotto.

Quien ríe de último…

Las inconsistencias en el caso y las advertencias de funcionarios de que en la PNC ha habido protección para Samurái han puesto a la Policía salvadoreña en una crisis. Así lo acepta el director al responder brevemente algunas preguntas de Factum a mediados de mayo cuando se le abordó en un evento público. En esa ocasión, Cotto aseguró públicamente que llegará hasta el fondo de la investigación “cueste lo que cueste y sin importar quién esté involucrado”.

El camino, sin embargo, es cuesta arriba. Hasta ahora nadie ha podido descifrar la ruta que siguió Samurái aquella madrugada en el vehículo del GRP. A pesar de que, según la Fiscalía, durante las más de cuatro horas que Samurái anduvo prófugo en la el vehículo policial con el cuerpo de Carla Ayala a bordo, un dispositivo GPS los acompañó. Es decir, mientras el GRP preparaba su operativo de captura en la retaguardia y el sistema de emergencias 911 buscaba a la policía herida en los hospitales, el dispositivo hecho para indicar la posición del automotor en tiempo real podía guiar a los lobos hacia su presa. Pero no lo hizo. Y aquí hay una contradicción entre la Fiscalía y el director de la Policía.

El director, Howard Cotto, niega que justo ese vehículo estuviera equipado con GPS. Eso respondió a Factum entre risas cuando este medio lo abordó a mediados de mayo. Dijo que no todos los vehículos del GRP tenían dispositivos de geolocalización, y que justo la unidad 01-2924 en la que huyó Samurái no lo tenía.

La jefa de la Unidad Especial de la Fiscalía contra Delitos de Homicidios y Antipandillas, Guadalupe Echeverría, sostiene lo contrario. Este martes 30 de mayo, durante la segunda fase de la reconstrucción de los hechos, Echeverría aseguró a Factum que la patrulla sí tenía un dispositivo GPS y que, es más, de él se obtuvo una de las pruebas principales en este caso, que aún no se atreve a revelar “por estrategia”.

En la reconstrucción de los hechos de este 30 de mayo, el juez ordenó que se replicara cómo había huido Samurái. Así que algunos de los involucrados reprodujeron la historia de aquella madrugada del 29 de diciembre, cuando el oficial de servicio, Pablo Villalobos, sufrió la burla de Samurái por segunda vez dándole un empujón y abordando un carro que lo esperaba. Pero aquella ocasión, Villalobos supo que aún tendría una carta más para jugar en su mano a mano contra Juan Josué Castillo. Y la jugó.

Samurái viajaba ya en el carro que lo estaba esperando y la reacción del grupo élite no se hizo esperar. Tres equipos le dieron persecución y unos cientos de metros adelante lo alcanzaron y le acertaron cuatro disparos al vehículo particular. Lograron que el conductor se detuviera en la rotonda del Árbol de la Paz, sobre el Bulevar de los Próceres. El fugitivo salió del auto y comenzó a caminar. Los lobos perseguidores, que viajaban en tres automotores, tuvieron la tercera oportunidad de oro. Pero Samurái, que es astuto, también tuvo la suerte de su lado. Cuando los perseguidores estaban a punto de alcanzarlo, un pick up apareció de la nada y les estorbó el paso. Samurái logró escapar a pie y el pobre Villalobos perdió de nuevo. Juan Josué Castillo escapó por tercera vez de la boca del lobo.

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