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Las caravanas migrantes y el show electoral de Trump

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El presidente estadounidense enfrenta en las elecciones de medio periodo la posibilidad de que los demócratas retomen el control del Congreso, lo cual puede abrir el camino a un juicio político por supuestas violaciones a la ley durante la campaña presidencial de 2016. Para intentar frenar a los demócratas, Trump ha acudido a una de sus estratagemas favoritas: culpar los migrantes de los males del país, a los demócratas por dejarlos entrar y prometer la reducción drástica de los flujos migratorios provenientes del sur. Con ello el trumpismo busca empoderar a los votantes blancos que son su capital electoral más importante.

Foto de FACTUM/Óscar Rivera


Este martes 6 de noviembre hay elecciones legislativas en Estados Unidos. Con el Congreso en juego, los republicanos y el presidente Donald Trump están urgidos por afianzar de nuevo la base electoral que les permitió retomar la Casa Blanca en 2016. Buena parte de los votantes esenciales para Trump son los hombres blancos sin educación superior, entre quienes la mano dura contra la migración es motivación suficiente para ir a las urnas. No es raro, entonces, que el presidente siga empeñado en usar el tema como cemento de su proselitismo.

Estados Unidos no vota por presidente, pero según algunas encuestas muchos de los votantes tendrán en mente a Trump -ya sea para favorecerlo o castigarlo- cuando emitan el sufragio: seis de cada 10 votantes creen que el presidente es un factor esencial esta vez, según un estudio del Pew Research Center. Del 100% consultado en una encuesta sobre asuntos que importan a los electores en estas legislativas y locales de 2018, 37% votarán contra el presidente y 23% a su favor.

Michael Shifter, presidente del no-gubernamental Diálogo Interamericano en Washington, cree que estas elecciones son, en esencia, una consulta sobre la presidencia Trump. “El tema migratorio ayudó a que Trump llegara a la Casa Blanca. No es una sorpresa que haya vuelto al tema para estas elecciones de medio periodo, que son esencialmente un referéndum sobre él. La caravana de centroamericanos es un fondo conveniente para su esfuerzo continuado de provocar miedo y animar a su base política”, dice.

Entre los votantes registrados como republicanos, el 71% cree que el tema migratorio es importante o muy importante, según una encuesta del Pew Research Center sobre las elecciones del martes 6. Un dato más revelador: 75% de los republicanos cree que la “migración ilegal” es uno de los problemas más graves del país; solo 19% de los registrados como demócratas piensan así.

Así visto, las caravanas de migrantes que siguen saliendo por miles del Triángulo Norte de Centroamérica le han caído muy bien a Trump en la previa de la elección.

Un grupo de migrantes cruza en una improvisada barca el río Suchiate. Foto FACTUM/Óscar Rivera

El tan fotografiado éxodo reciente no solo ha permitido que el migratorio opaque en la narrativa mediática a otros temas que son importantes para los electores estadounidenses, como la seguridad social, los empleos o la economía, también ha permitido a Trump volver al discurso de odio contra los migrantes. Las imágenes de miles de centroamericanos marchando hacia el Río Bravo han dado al presidente y a los republicanos la gasolina perfecta para alimentar las piras de la polarización en la que se ha basado su mandato hasta ahora.

Pero si se atiende a otras cifras también se puede pensar que el deseo republicano de hacer de esta elección un referéndum sobre políticas migratorias no está funcionando tan bien. De acuerdo con encuestas citadas en el sitio PoliticoPro, para los republicanos las elecciones tienen que ver, primero con la aprobación al trabajo del presidente Trump, después con la economía y el empleo y solo en tercer lugar con la migración.

No es poco lo que Trump se juega en este su primer examen político importante: los 435 escaños de la cámara baja del Congreso están a merced de los electores, así como 35 de los 100 puestos del Senado, la cámara alta. Según las encuestas, hay una posibilidad real, aunque no abrumadora, de que los republicanos pierdan el control del Legislativo, lo cual podría poner en graves aprietos a Trump, sobre todo si los demócratas deciden abrirle un juicio político por el tema de la colusión rusa en la elección presidencial de 2016, algo que no han podido hacer desde la minoría.

En los últimos dos meses previos a la elección, las encuestas han sido favorables a los demócratas, con márgenes de hasta 15% a favor de los opositores a Trump, pero la ventaja se ha reducido en los últimos días. Según el portal FiveThirtyEight, uno de los más consultados en materia electoral en Estados Unidos, los demócratas tienen un 87% de probabilidades de retomar el control de la cámara baja. Los republicanos, sin embargo, tienen 83.2% de chance de mantener el control del Senado.

De cualquier forma, las caravanas y las amenazas de acción presidencial para “acabar” con la migración irregular se han convertido en el show que Trump, a juzgar por su enfoque obsesivo en el tema, cree requerir para frenar el avance de los demócratas en las encuestas y, más importante, detenerlos en las urnas.

Y, como en la mayoría de los shows relacionados con Trump y su presidencia, este de las caravanas de migrantes y las elecciones legislativas está envuelto en una narrativa política basada en mentiras. La primera es la que Trump y sus acólitos suelen utilizar para caracterizar al enemigo imaginario que Estados Unidos tiene que vencer, el alienígena de turno, el “no-estadounidense”. Los migrantes latinoamericanos en este caso.

El supremacista en jefe

Donald Trump basó su campaña electoral de 2015 y 2016, en buena medida, en crear ese enemigo para luego utilizarlo como chivo expiatorio de todos los males, reales e imaginarios, que afectan al gigante del norte. Lo de los bad hombres y el muro en la frontera con México es ya su marca registrada.

La premisa le resultó perfecta para encender a una base de estadounidenses blancos que, hasta la irrupción del magnate neoyorquino, no se había entusiasmado demasiado con los republicanos, que después de George W. Bush aparecían bastante confundidos respecto al tema migratorio y los latinos: creían que los necesitaban para ganar elecciones y por eso seguían pasando de puntillas por temas como los beneficios migratorios; algunos los atacaban, pero nadie se atrevía a eliminarlos.

Después del primer triunfo de Barack Obama en 2008, varios estrategas republicanos pensaron que ganar al electorado latino era indispensable para el retorno del partido a la Casa Blanca. Como corolario de esa derrota, el Comité Nacional Republicano (RNC, en inglés) comisionó un estudio sobre las causas de la debacle, del que se desprendió la siguiente conclusión: para volver a ganar era necesario romper el control demócrata sobre las minorías afroamericana, latina y asiática.

Quizá por eso, antes de Trump, las voces más groseras contra los migrantes, como la del sheriff Joe Arpaio de Arizona o la del senador Jeff Sessions de Alabama, eran más bien excentricidades. Incluso cuando en 2010, ya con Barack Obama como presidente, la ola electoral republicana del llamado Tea Party, que retomó el control del congreso, estaba basada más bien en el desprecio al primer presidente afroamericano y sus políticas impositivas, de seguridad social y las relacionadas al estado de bienestar, que a la migración.

Luego vino Trump con una premisa diferente. La clave era amalgamar el voto de los blancos frustrados por los despojos que la globalización y el libre comercio había dejado en los cinturones industriales de los Estados Unidos de clase media. Con ellos y porcentajes pequeños entre las minorías, el triunfo era posible.

Ha resultado, al final, que satisfacer a una porción importante de ese voto blanco ha pasado por el destierro de la corrección política en el tema racial y la vuelta a algunos postulados que coquetean de lleno con la supremacía blanca. Los viejos fantasmas de la exclusión racial han hecho su Halloween.

El ensayista afroamericano James Baldwin escribió en 1962 sobre esos fantasmas en The New Yorker: “Nosotros, que escasamente podríamos llamarnos una nación blanca, persistimos en pensarnos como uno solo, nos condenamos… a la esterilidad y la decadencia, pero si nos aceptamos como nosotros somos podríamos acarrear vida nueva…” Y luego: “El problema de los negros es producido por el profundo deseo del hombre blanco de no ser juzgado por esos que no son blancos, y al mismo tiempo una parte considerable del problema está enraizada también en la profunda necesidad del blanco de ser visto como lo que en realidad es, de liberarse de la tiranía del espejo (racial)”.

Con todos los matices que admite la comparación entre los afroamericanos llegados entre los siglos XVI y XVIII como migrantes forzados a trabajar la tierra del blanco como esclavos y los jornaleros latinoamericanos que han ocupado el último vagón del capitalismo estadounidense desde el siglo XX, la idea que subyace en el texto de Baldwin es válida ahora: en los Estados Unidos de Donald Trump una buena porción de los ciudadanos blancos ha visto, de nuevo, la oportunidad de liberarse de los límites políticos impuestos por la raza.

La apuesta ha sido, entonces, la vuelta al nativismo blanco que entiende a los no-blancos como la otredad, el adversario, el ciudadano menor. (Una de las mejores descripciones del nativismo la he encontrado en el cine, en la película Gangs of New York de Martin Scorcese. En el personaje de El Carnicero que interpreta Daniel Day-Lewis se resume la filosofía según la que el nacido en Estados Unidos, el que llegó primero, tiene más derechos que otros llegados después).

El candidato Trump, de la mano de Steve Bannon, el operador político nativista, echó adelante un nuevo enfoque electoral: presentarse como un empresario-negociador exitoso que aborrece el sistema y habla por el estadounidense de a pie -el blanco, se entiende- golpeado por los abusos de un estado federal indolente y por las concesiones a las minorías.

Fue Bannon quien, según lo describe el periodista Bob Woodward en su libro Fear, animó a Trump a hacer del rechazo a los migrantes pilar primero de su campaña electoral y luego de su presidencia.
Para Bannon el muro en la frontera sur con el que Trump machacó durante la campaña presidencial no era más que una metáfora de algo mucho más profundo: “Nunca daremos amnistía siquiera a una persona. No me importa si construimos 10 putos muros. El muro no es suficiente. Tiene que ser la migración en cadena”, dijo Bannon a Trump en los primeros meses del mandato según lo reportado por Woodward.

Ya desde del despacho oval de la Casa Blanca, Trump convirtió esos postulados en políticas públicas tangibles que van desde la terminación de beneficios migratorios como el TPS y DACA o la restricción en los criterios para otorgar asilo a refugiados procedentes del Triángulo Norte de Centroamérica, hasta el menos tangible empoderamiento de un discurso social que, en segmentos de ese Estados Unidos blanco al que apela Trump, entiende como normal y necesario el desprecio al no-blanco.

Hoy, con las caravanas y las elecciones a la vuelta de la esquina, Trump ha optado por probar de nuevo con la versión más descarada del racismo y, apelando a su rasgo populista de ofrecer lo que en realidad no puede cumplir, ha lanzado nuevas perlas, como la propuesta de despojar del derecho a la ciudadanía a los hijos de extranjeros nacidos en Estados Unidos.

Dice Michael Shifter, en concordancia con otros analistas, que Trump no puede hacer cosas como esa: “No tiene la autoridad para hacer muchas de las cosas que está determinado a hacer. El problema para él es que la Constitución y el Congreso siguen metiéndosele en el camino. Todos los expertos legales coinciden en que Trump no puede simplemente emitir un decreto ejecutivo para terminar con el derecho a la ciudadanía de los hijos de migrantes”.

Pero la amenaza, acorde con el guion de Bannon -quien yo no es funcionario de Trump-, cumple con los cánones del discurso electoral del trumpismo, y con eso basta.

Para Shifter, la obsesión de Trump con la migración lo ha alejado, incluso, de enfoques que podrían reportarle más ganancias en las urnas, como el buen estado actual de la economía.

El epílogo político de la caravana

Trump ha dicho que en la caravana van terroristas, criminales curtidos, y su partido ha pagado una campaña proselitista de última hora que une imágenes del éxodo con la de un indocumentado condenado por asesinato en Estados Unidos, quien ingresó de forma ilegal por segunda vez durante la administración de George W. Bush.

Se trata de otra fórmula del guion trumpista: equiparar a un criminal o a un grupo criminal con toda una comunidad, etnia o raza. Como decir que todos los afroamericanos de la costa este de Estados Unidos son narcotraficantes porque las pandillas afroamericanas han controlado buena parte del narco-mayoreo en ciudades como Nueva York o Washington, DC. O que todos los blancos son maniáticos pistoleros en potencia porque la gran mayoría de los terroristas que protagonizan matanzas con armas de fuego en escuelas, cines o centros comerciales son blancos. Igual.

No importa que las estadísticas muestren que el crimen es menos prevalente en comunidades migrantes irregulares que, en el afán de permanecer lejos del radar de las policías locales, suelen mantener su cotidianidad alejada de problemas con las autoridades.

También ha dicho el trumpismo que las caravanas son fachadas para el ingreso de pandilleros centroamericanos de la MS13, cuando sus propios funcionarios admiten desde 2014 que el porcentaje de miembros de pandillas que llega en estos flujos migratorios no llega ni al uno por ciento.

 

“Los ataques de Trump no tienen base ni mérito: no hay ni una pizca de evidencia de que la caravana es una emergencia nacional o representa una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos, o que incluye criminales o terroristas del Medio Oriente. A Trump eso no le importa mientras le funcione políticamente”, dice Shifter.

No importa: Trump, en el capítulo más estentóreo de este show, ha anunciado el envío de unos 7,000 militares a la frontera sur, una cantidad similar a la de efectivos desplegados en Irak para combatir al Estado Islámico, la organización terrorista que descabeza gente, viola consuetudinariamente a mujeres y niñas y, esa sí, ha jurado destruir a los Estados Unidos de América.

El tema es que, en la previa de las elecciones de medio periodo, a pocos votantes les importan ya los terroristas islámicos. Para el trumpismo los enemigos son otros, los pobres de Centroamérica que peregrinan con su miseria hacia el norte.

Lo más probable es que para cuando las urnas cierren en Estados Unidos al final del martes 6 de noviembre, los restos de las primeras caravanas de migrantes centroamericanos apenas bordeen los límites del Distrito Federal mexicano. Y es muy probable que quienes entre esos peregrinos lleguen a la frontera sur lo harán dispersos, de la misma forma en que miles han llegado por años a las puertas de la Unión Americana.

Con las elecciones decididas, la caravana dejará de ser importante para Donald Trump.

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