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Camelo: a la conquista del paraíso musical

Camelo, la banda salvadoreña de pop, estrenó a mediados de enero una producción musical llamada “Siete segundos en el paraíso”. Si bien un tanto repetitivo, su debut discográfico es sólido. El disco presenta influencias de funk, soul y pop, además de una alusión al juego adolescente donde dos personas dan rienda suelta al deseo en un breve espacio de tiempo. El álbum es un homenaje a la naturaleza efímera de las relaciones. 

Fotos FACTUM/Gerson Nájera


A un año de volverse una revelación del pop, Camelo se ha movido en la escena independiente salvadoreña con una confianza propia de veteranos. Han compartido escenario con artistas internacionales en eventos como el Golden Fest y llenado casi todos los conciertos que han ofrecido. Estos son hechos curiosos, dado que la mayoría de sus miembros no pasa de los veinticinco años. 

Este impulso de vida se desborda en las letras enamoradizas de sus canciones, en las melodías que se resisten a sonar tristes aun si el momento lo es. Semanas atrás, la banda ofreció una listening party previo al lanzamiento del disco. Los músicos de Camelo hablaron abiertamente de cada amor fallido e ilusión que terminó siendo canción. Ver a cinco hombres jóvenes discutir, como si nada, acerca de mariposas en el estómago o lágrimas es, cuando menos, esperanzador.

Esta es la portada de “Siete segundos en el paraíso”, el debut discográfico de la banda salvadoreña Camelo.
Foto cortesía de la banda.

El amor que explora “Siete minutos en el paraíso” es joven y optimista incluso en los momentos más dolorosos. El álbum sigue la historia de un salvadoreño enamorándose de una extranjera en la playa. El protagonista masculino está listo para el compromiso, desesperado casi. Pasa la mayor parte del álbum convenciéndonos de lo que siente hasta que salta del desamor a la indiferencia, con la facilidad que permiten los afectos de paso. Musicalmente, también se presenta en fase de crecimiento, compensando con actitud lo que le falta en diversidad. Porque “Siete minutos” es bueno, pero resulta demasiado seguro.

Los sencillos “Ya no juegues con mi amor” y “Suavecito” ilustran el tono de la producción: sensual, alegre, movido y hasta juguetón. Las influencias pop que los miembros señalan –desde John Mayer o Michael Jackson hasta Bruno Mars y Luis Miguel– son evidentes, pero esconden tras de sí las propuestas más interesantes de la producción.

El concepto se divide en dos partes: seducción y desamor. Y es el tema “Swing de medianoche” –que pareciera un calco exacto de “El bar muerto”, de Cartas A Felice– el que separa ambos lados.

Las voces de Ernesto Martin y Jorge Gómez son el día y la noche. El punto más delicioso del disco llega con “Instinto natural”, en donde cada una de las dos voces hace lo suyo: Gómez se desliza con calidez; mientras los agudos de Martin electrizan, en un contraste que se abre a la melodía. La línea del bajo encanta, mantiene la tensión e invita a dejarse llevar. La experticia del grupo brilla en un track de funk que no es igual en ningún momento y que sorprende a cada nota. 

En la segunda parte, “Quizás” destaca por la misma razón, ya que revela poco a poco su complejidad musical y presiona los botones adecuados. Es un tema que se mueve sin esfuerzo. Aquí es la guitarra de Ricardo Clement la que infunde intensidad y marca el paso. Es una lástima que la batería no destaque en una canción llena de tanta energía. También debe lamentarse que en algunos puntos del disco la mezcla de sonido no es pareja de pista a pista. 

No todas las canciones corren con la misma suerte. Si bien hay tracks como “On the sand”, “Alguien como yo” y “Me siento bien”, que no son malas, tampoco resultan memorables luego de los home runs descritos con anterioridad. Aquí es que la juventud empieza a jugarles sucio, en el sentido de que no sabe hacia dónde apuntar después y ofrece lo mismo. No siempre Martín empalma con la intensidad de la instrumentalización y los arreglos se vuelven repetitivos. “Si tú estás aquí” consigue amortiguar algo del cansancio que provocan las mismas melodías y ofrece un descanso acaramelado al ritmo del disco, ese mismo ritmo que por ratos resulta agotador. 

Sin embargo, esta repetición no se debe a falta de capacidad. “No sabes” demuestra que Camelo sí puede salirse de la zona de confort. El resentimiento en clave de rock les sienta interesante y agrega picante y fuerza. Para ser una canción que habla de “un amor de porquería”, suena muy bien. 

“El gran acierto de ‘Siete minutos en el paraíso’ es la consistencia. Camelo sabe a qué quiere sonar. La banda camina hacia ese punto con independencia y seguridad”.

Es por ello que la emotividad que expresan tiende más a la vulnerabilidad que a la conquista agresiva. En un horizonte pop lleno de machitos seductores, esa sensibilidad resulta refrescante. A pesar de ello, esta consistencia se vuelve una zona segura, repetitiva e impide tener un gran disco en comparación a lo que aquí encontramos: un buen disco con momentos interesantes.

En palabras de sus propios integrantes: el pop es una herramienta para unir en apreciación tanto a músicos conocedores como al común denominador de la población. “Siete minutos en el paraíso” logra eso en un país donde el género tiende a ser un calco de glorias musicales pasadas. Camelo puede descansar con la tranquilidad de haber entregado un trabajo competente, pero sin dejar de tener en cuenta que la barra marcada por ellos mismos es alta. Mientras consolidan su identidad, el paraíso funky que ofrecen da lo suficiente para bailar y dejarse seducir.

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#Música