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Cambiar el fútbol de cada día

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La solución al enredo semiprofesional del fútbol salvadoreño no pasa por la mano de Eduardo Lara. Por supuesto que su andar por la selección nacional tendrá sus bondades, en especial porque sus años de experiencia en el fútbol formativo colombiano le dan la paciencia para todavía corregir algunos detalles; y su manera de entender el juego le da oportunidades a la calidad por sobre el tan arraigado “indio cuscatleco”, que ha sido el último recurso al que se recurre cuando no se puede competir.


Y ahí está el problema: el futbolista salvadoreño no está preparado para competir. No lo está porque en su cabeza sigue siendo un futbolista semiprofesional, y no es en una selección donde se debería corregir estos defectos. El problema del fútbol salvadoreño es que no ha entendido que los ciclos ya no los marca el fútbol de selecciones, sino el fútbol de clubes, el fútbol del fin de semana, que en realidad es el fútbol de cada día.

Por supuesto que la Copa del Mundo, o la Eurocopa, son torneos que siguen guardando prestigio. El primero es algo con los que sueñan los futbolistas todos los días. Por el contrario, la Copa Oro es un torneo que aporta poco al espectáculo que alguna vez tuvo el fútbol de selecciones. ¿En serio hay que programar esta competición cada dos años? Una confederación seria lo haría cada cuatro años, pero en Concacaf —donde el título de “gigante” en realidad lo están disputando solo dos selecciones desde el presente siglo—, el torneo que decide al campeón de la zona vale muy poco.

Se entiende la emoción de ciertos sectores al ver los resultados de la selección nacional en el torneo disputado en Estados Unidos. Pero lo cierto es que no se estaba enfrentando a lo mejor del área y tampoco olvidemos que el último resultado pudo haber cambiado si las decisiones arbitrales hubieran sido otras. No era lo mismo enfrentar a la selección de Bruce Arena con 11 que con 10, por ejemplo.

México llegó con una selección plagada de mediocridad; Estados Unidos apostó a la calidad y experiencia cuando debía hacerlo —en la ronda de eliminación directa—, pero aún así hay tres o cuatro nombres que se quedaron fuera de la convocatoria y que pueden darle mayor consistencia al juego norteamericano. En especial Cristian Pulisic.

Incluso las selecciones de Costa Rica, Honduras y hasta Panamá dosificaron fuerzas sabiendo que lo importante en realidad es la hexagonal que da el boleto a Rusia 2018. El Salvador no tendrá verdadera “competencia” hasta las eliminatorias para la Copa del Mundo de 2022, en más o menos tres años.

Pero en cuestión de tiempo, estamos eliminados. La selección salvadoreña no es capaz de competir en la próxima fase de clasificación contra México, Estados Unidos y Costa Rica. Quizás tampoco contra Honduras, Jamaica, Trinidad y Tobago, Canadá y Panamá. En ese orden. Y el problema tiene un síntoma bien evidente: el futbolista salvadoreño llega a la selección siendo amateur.

[Lee además el especial “Fútbol Miseria”]

Si revisamos las estadísticas, podríamos encontrar cierto optimismo al notar que Rodolfo Zelaya fue el futbolista que más disparos (acertados o desviados) realizó en la Copa Oro, con un total de 15. Sin embargo, habría que matizar el dato con el cuestionable desempeño del delantero salvadoreño, quien desperdició varias ocasiones claras, especialmente cuando enfrentó a los dos rivales de mayor peso: México y Estados Unidos.

Hay otras estadísticas que no son tan benévolas, como por ejemplo el dato de que Darwin Cerén fue el jugador que más faltas realizó en el torneo (con 14). El volante del San José Earthquakes fue sancionado por Concacaf con tres juegos de suspensión con la selección nacional debido a su “conducta antideportiva” en la Copa Oro. Tanto él como Henry Romero mordieron a jugadores estadounidenses en el juego de cuartos de final de dicho torneo. La sanción de Romero fue de seis partidos.

Basta repasar cuáles han sido las victorias que la selección mayor ha logrado en un ciclo de cuatro años para comprender que es necesaria una profunda reforma del fútbol salvadoreño, especialmente a nivel de ligas.

Los equipos deben dar dos o tres pasos hacia el profesionalismo, porque ese carácter competitivo que se desarrolla a ese nivel surge en los clubes de fútbol. Son ellos quienes pagan los salarios de sus trabajadores, los futbolistas. Es el fútbol de clubes la mayor vitrina para un futbolista en realidad, porque la oportunidad de jugar ocurre con mayor frecuencia que cuando llegan las convocatorias de selecciones.

Pero eso, claro, cuando los clubes son profesionales. En nuestra área futbolística el nivel tan pobre de las ligas lo hace un espectáculo con dotes de aberración. Y eso es malo para el negocio, que ahora es parte importante de este deporte. En esas circunstancias, al fútbol salvadoreño le queda la selección nacional —o la de playa— como escaparate.

Pero para competir, para que la selección sea de verdad un escaparate, hace falta cambiar la realidad de este fútbol miseria; hace falta amueblar la cabeza del futbolista salvadoreño de manera distinta; que llegue a la selección listo para dar el salto a una liga profesional; y no que vaya a conocer las instalaciones de un club de fútbol por seis meses y luego vuelva para contar la experiencia y aprender de la manera más dura que no dio el estirón para dejar el amateurismo.


Es a esa estructura dirigencial que se denomina Liga Mayor de Fútbol a la que le corresponde dar el siguiente paso. Pero quizás no lo den, porque algunos verían como un riesgo si se pone orden, primero, en los aspectos económicos de los equipos.

Mientras tanto, en el fútbol de cada fin de semana, el “de clubes”, seguiremos viendo partidos interminables; seguiremos viendo futbolistas que destacan en sus equipos pero que cuentan con falencias tácticas imperdonables en ligas profesionales; seguiremos viendo un fútbol que en realidad agoniza, en una época en donde un partido de la liga china, argentina, italiana o sueca está prácticamente a un clic de la mano.

En esta época mediatizada, el futbolista salvadoreño brilla por su ausencia en las pantallas importantes. No está ahí, no se refleja en esa pasarela más que para nosotros mismos, y ante nosotros también palidece hasta desvanecer si le toca “competir” a la misma hora contra un partido en la televisión, o en internet. Simplemente no compite ni a ese nivel.

La vuelta de tuerca al fútbol miseria salvadoreño no pasa por la mano de Eduardo Lara —aunque su mano podría resultar bondadosa para el fútbol hecho en casa—, pero no hay que creer que la solución sería tener 11 futbolistas en la MLS, porque la solución no es la MLS, ni la liga mexicana. La solución del fútbol salvadoreño pasa por poseer la capacidad de competir, y eso se gana en el fútbol de cada fin de semana, no en el de selecciones, y menos en torneos con bajo nivel futbolístico. Y esto pasa por la cabeza de los que están en la cancha, pero también de los que dirigen el fútbol, de los que pagan el salario.

Los futbolistas que tienen suerte y salen a una liga profesional a una temprana edad cuentan con la oportunidad de ser profesionales, y todavía así habrá alguno que no la aprovechará, o que no la aprovechó en su momento. Un profesional del fútbol no traicionaría a su profesión arreglando resultados para perder, desdeñando todo espíritu competitivo.

No se diga más.

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